Alentados
por el discurso proteccionista del flamante gobierno de Donald Trump,
productores del Oeste Medio de Estados Unidos presionan a la Casa Blanca
para que quite un subsidio que favorece la importación de biodiesel
argentino que ronda los 1.200 millones de dólares anuales.
“Peleamos por políticas domésticas que apoyen la producción interna de
combustible”, dijo a Clarín Anne Steckel, vicepresidenta de asuntos
federales del National Biodiesel Board.
Por una ley de 2007, en
Estados Unidos casi todos los vehículos están obligados a usar nafta o
diésel rebajados un 10% con combustibles renovables, generalmente hecho
de maíz o de aceite de soja, para disminuir el nivel de contaminación
ambiental. En el interior estadounidense se produce la mayoría de los
cultivos destinados a los aditivos, pero la Argentina ha triplicado las
importaciones de biodiesel en los últimos tres años hasta llegar a una
cifra de 1.200 millones de dólares en 2016.
Esto sucede porque
producir diésel a base de petróleo es más barato que el biodiesel a base
de soja, por lo que el gobierno de Barack Obama creó un crédito fiscal
de 1 dólar por galón para los que mezclan el combustible y eso abrió el
mercado para la importación argentina.
“El biodiesel argentino es
muy competitivo. Somos el tercer productor mundial de soja y primer
exportador mundial de aceite de soja”, dijeron a Clarín fuentes de la
embajada argentina en Washington. “Por eso las empresas que hacen la
mezcla prefieren el biodiesel argentino”, señalan y explican que hoy el
28% de todo el biodiesel utilizado en Estados Unidos viene desde nuestro
país.
Los productores estadounidenses han visto frenado su
potencial en el sector y acusan tener un tercio de su capacidad
paralizada. Para que las plantas vuelvan a funcionar a pleno,
legisladores como el senador Chuck Grassley de Iowa y productores como
Renewable Energy Group Inc. están reclamando al gobierno de Trump a que
limite los incentivos de importación.
El reclamo no es nuevo sino
que viene desde hace al menos tres años, señalan las fuentes a Clarín.
Pero en el marco de la política de “Estados Unidos primero” y “Compre y
produzca en Estados Unidos”, que pregona el presidente Trump, los
productores ven una mejor perspectiva para sus presiones. En concreto,
buscan que el crédito fiscal de 1 dólar por galón se lo lleven los
productores y no los que mezclan el combustible, que prefieren el
biodiesel desde el exterior.
“No hay ninguna razón para que el
biodiesel importado coseche el beneficio de un incentivo fiscal de
Estados Unidos cuando tantos gobiernos extranjeros subsidian fuertemente
sus propias industrias de biodiesel”, dijo el senador Grassley a la
agencia Bloomberg. “Espero que la administración Trump apoye estas
reformas”, agregó. Joe Gershen, presidente de Encore BioRenewables
apuntó que “si Trump lo hiciera, podría ser un triunfo inmediato para él
y también para el sector de biodiesel de Estados Unidos. Steckel, del
National Biodiesel Board, dijo a Clarín que “es importante asegurar que
el producto sea negociado de manera justa y equitativa”.
Si Trump
diera luz verde a los reclamos de los productores, podría significar un
golpe para la Argentina, que cubre el 63% de las importaciones
estadounidenses del biodiesel (el resto viene de Canadá, de Malasia y
otros países). Fuentes que siguen el tema en Washington dijeron a Clarín
que quitar el subsidio para apoyar a un sector muy particular como los
productores de biodiesel podría traer un dolor de cabeza para Trump. Es
probable que se eleve el precio general del diésel, utilizado en el
transporte público, maquinarias agrícolas e industriales, camiones y
otros vehículos de trabajo. Esto impactaría en los precios y en la
población en general. Pero todo es posible con un gobierno impredecible
como el del magnate.
“El extremismo en nombre de la libertad no
es un defecto. La moderación en busca de la justicia no es una virtud” Senador Barry Goldwater
*Artículo publicado en la Revista Noticias, el 18 de marzo de 2017
El mundo lleva restregándose los ojos desde la noche del 8 de
noviembre de 2016 en que el excéntrico Donald J. Trump, un millonario
sin experiencia política ni pública alguna, conquistó la Casa Blanca con
un ajustado triunfo en el Colegio Electoral, aun obteniendo 2,8
millones de votos populares menos que su rival demócrata, Hillary
Clinton.
Sin embargo, este sorprendente “outsider”, el Presidente de mayor
edad que haya gobernado Estados Unidos, debe ser visto también como el
último fruto, casi natural, de la larga evolución ideológica que
experimentó el Partido Republicano en su obsesión por reimponer un
idílico “orden conservador”.
Todo empezó en los años sesenta, con la refundación de un pensamiento
conservador originario, caracterizado por la defensa a ultranza del
liberalismo económico, de un Estado reducido al mínimo posible en todos
los aspectos y de un orden social bajo supremacía de la mayoría blanca.
Ese replanteo del histórico discurso republicano, hasta ahí más
moderado y de estrategia bipartidista con los demócratas atrajo, en
primer lugar, a muchos sectores ideológicamente reaccionarios. Sin
embargo, cautivó también sectores medios atemorizados, en ese entonces,
por la fuerte agitación social que interrumpía la tranquila prosperidad
de posguerra, en particular con las luchas por los derechos civiles de
la minoría afroamericana.
Esa reacción, inaugurada por el joven dirigente Barry Goldwater, el
candidato presidencial republicano derrotado en 1964 por Lyndon B.
Johnson, alteró radicalmente el mapa electoral norteamericano. Vastos
sectores de la comunidad afroamericana y de trabajadores, que hasta ahí
dividían las preferencias, se volcaron hacia el Partido Demócrata. La
misma dinámica hizo que el Partido Republicano reconquistara bastiones
políticos más conservadores del sur y del centro del país.
La idea central de Goldwater, que anidó en las bases conservadoras de los años sesenta y se impuso al establishment
republicano, fue la de recuperar el espíritu del “american way of
life”: forjar cada uno su propia suerte en la vida sin pedirle nada al
Estado; practicar un estricto respeto por la autoridad; hacer de la
familia el pilar de toda la sociedad y de Dios, el origen y final de
todas las cosas. La religión comenzó a jugar un papel creciente y
expreso en la política, aunque lo que dominaba ese programa era el
libreto económico.
Los republicanos ajustaron así su plataforma reduciéndola a un puñado
de principios en el que la máxima libertad económica frente a la
intervención estatal -hasta allí decisiva para sostener la red de
protección social creada por el New Deal y para crear una próspera
sociedad de consumo- fue elevada a lo más alto de los altares
conservadores.
De Reagan al Tea Party
Esos principios fueron aplicados recién por Ronald Reagan (1981-89), y
reeditados en mayor o menor medida por las de George Bush padre e hijo
en los 90 y en los 2000. Sus políticas desregulatorias y
condescendientes con los más ricos, que tampoco el demócrata Bill
Clinton desterró, explicarían en gran medida la terrible crisis
financiera que se desencadenó en 2007.
Reagan inauguró la era de los nuevos conservadores en el poder, los neocon, decidido a impedir en nombre del “hombre común” tan idealizado entre las bases conservadoras, que una “elite
de intelectuales, desde una capital distante, pueda planear nuestras
vidas mejor de lo que podemos hacerlo por nuestra cuenta”. Trump diría: “Hay que limpiar el pantano de Washington”.
Durante ocho años, la reaganomics benefició a los más ricos
con una amplia reducción impositiva. También combatió y doblegó a los
sindicatos. Pero, aun así decepcionó a los ultraconservadores con
medidas como el endeudamiento del Estado y la amnistía a inmigrantes
indocumentados.
Su vice y sucesor, George H. W. Bush, volvió a cargar las baterías
del ala más dura del partido, con recetas neoliberales. A tal punto caló
el mensaje en el electorado que el demócrata Clinton le impidió la
reelección a Bush padre sólo para terminar proclamando en su discurso
sobre el Estado de la Unión, de 1996: “La era del Estado grande ha terminado”.
Los noventa trajeron otra vuelta de tuerca del discurso republicano,
en la figura del congresista ultraconservador, Newt Gingrich, líder de
una primera era de confrontación sin tregua con los demócratas, fuera
para bloquear el presupuesto federal o un primer intento de reforma
sanitaria. En esta nueva etapa de su refundación, la nueva tradición
política del Partido Republicano sería oponerse a cualquier iniciativa
demócrata.
Agotado el clintonismo, llegó George Bush hijo, quien ofreció a los
ultras posiciones antiabortistas, liberalizar la portación de armas y,
como siempre, recortar impuestos. Pronto los decepcionó incursionando en
algunos acuerdos con los demócratas sobre educación e inmigración. Pero
los atentados del 11 de septiembre enterraron la agenda nacional –salvo
en seguridad- y absorbieron miles de millones en la guerra contra el
terror.
Las elecciones de 2008, que hicieron presidente a Barack Obama,
ahondaron la radicalización ideológica y estratégica republicana. Lejos
de persuadirlos de reconsiderar su intransigencia de principios para
salir de la peor crisis desde 1930, la situación sólo potenció su
resentimiento. “Lo más importante ahora es que Obama no pase de un mandato”, anunció sin rubor el líder en el Senado, Mitch McConnell .
Así, resistieron el paquete de estímulo con el que Obama logró
reanimar la economía. No lograron frenarlo en el Congreso pero sintieron
que merecía una cruzada contra el cobro de impuestos, como la “rebelión
del té”, o Tea Party, de 1773, precedente de la Independencia de 1776.
Enfurecidos por la posibilidad de que los deudores hipotecarios
recibieran subsidios, los voceros ultraconservadores llamaron a
organizar una rebelión que emulara aquél viejo Tea Party. El ala dura se
dio un nombre idílico.
El nuevo movimiento se alimentaba de pretensiones retrógradas:
recuperar la economía previa a los años treinta y volver a la sociedad
con sus patrones culturales tal como era antes de los cincuenta. Todo
eso, condimentado con burdas sospechas sobre la identidad de Obama, los
llevaría a Trump.
Ese Partido Republicano se dio una agenda corta: resistir ciegamente a
que el Estado interviniera más en la crisis y resistir reforma de salud
(Obamacare). Eso, aun cuando la Administración Obama deportaba
inmigrantes (hasta 400 mil por año) y extendía los letales bombardeos
con drones en el extranjero.
Ya reelegido, el persistente bloqueo obligó a Obama a gobernar casi por decreto (executive orders).
Los republicanos le negaron financiamiento a la reforma sanitaria y
provocaron en 2013 el cierre temporal del gobierno federal. El líder de
esa ofensiva fue el senador Ted Cruz, el primer candidato del ala dura
hasta que irrumpió Trump.
La hora de los ultras
El ánimo reaccionario de una parte del electorado estadounidense
refleja la ansiedad, la frustración, la bronca y la confusión por su
paraíso perdido. Trump cabalgó más diestramente que su rival Cruz sobre
una coalición espontánea de atemorizados ante un futuro incierto y
globalizado.
Ahora bien, ante el mismo contexto, el discurso político de los
demócratas fue otro. Es cierto que el candidato autodefinido
“socialista” Bernie Sanders atacó a su rival Hillary Clinton con
argumentos “anti establishment” como los de Trump, como cuando objetó
sus viejas relaciones con Wall Street.
Pero Sanders y el ala más demócrata y más progresista hicieron una
lectura totalmente opuesta frente a problemas como el desempleo, los
acuerdos comerciales o los inmigrantes indocumentados. Sanders invitó a
iniciar una Revolución Política colectiva, que oxigenara la democracia
representativa. Una vez convertida en candidata, Hillary hizo propia esa
agenda progresista.
Trump, vendedor nato sin pasado militante, ofreció refundar el
“sistema” con una revolución ejecutiva que hiciera realidad de una vez
los principios conservadores de orden social y libertad económica
postergados por el “establishment” de Washington, en especial los
jerarcas republicanos.
“Síganme, volveremos a hacer grande este país”: sin más
inmigrantes, ni impuestos, ni regulaciones ni prensa crítica ni
estrategias multilaterales que rindan dinero a Estados Unidos. En ese
sentido, el “populista” Trump no vino a torcer el rumbo ideológico
republicano, sino a profundizarlo y ampliarlo.
El estilo caótico, personalista e imprevisible del Presidente no
disimula su esencia ideológica reaccionaria. La gran influencia que
adquirió en la nueva Administración el estratega nacionalista Steve
Bannon, un portavoz mediático extremista que dirigió el final de la
campaña proselitista de Trump y se convirtió en el nuevo hombre fuerte
de la Casa Blanca, no deja lugar a dudas sobre la ideología detrás de
los personajes.
En Estados Unidos, el “populismo” se alimenta hace tiempo no sólo de
la angustia económica, sino del miedo al progreso de las minorías
étnicas, y sobre todo la creencia de que son sinónimos. Por eso el Tea
Party se afianzó durante los años de reactivación con Obama: dolía más
su ascendencia africana que las contemplaciones que podía tener con Wall
Street.
Desde la Gran Depresión, el Partido Republicano, autodefinido como la
fuerza política de los valores tradicionales y de la ley y el orden,
atrajo casi naturalmente a un vasto sector social ganado por tendencias
autoritarias, sin importar cuán golpeado resultó económicamente por el
profundo cambio de matriz productiva que perjudicó al Estados Unidos más
encerrado y rural.
En cambio, desde los años sesenta, el discurso demócrata favoreció
–más o menos radicalmente, pero sin renuncias- el cambio social que
provocaron la modernización, las corrientes migratorias y la creciente
apertura el mundo, en especial después de la Guerra Fría. Era
previsible, así, que las tendencias autoritarias se instalaran más
cómodamente entre los republicanos.
El impacto de la inmigración y la última gran crisis económica, que en esta última década afectaron más que otras el antiguo status quo
de los trabajadores blancos, activaron esa inclinación autoritaria y,
como ha ocurrido en otras sociedades igual de desarrolladas, como las
europeas, los llevaron a buscar un liderazgo fuerte que restableciera el
orden en un mundo en el que muchos empezaban a sentirse marginados.
¿APRENDIZ O MAESTRO?
En el proceso de radicalización del Partido Republicano, la fase
superior llegó en la campaña de 2016: de tanto tensar la cuerda, la
relación de sus líderes tradicionales con las bases más radicalizadas se
terminó cortando.
Trump se filtró con la velocidad de un rayo por esa enorme grieta,
empujado por nuevos profetas conservadores, académicos e ideólogos
mediáticos de la “alt-right”, la derecha alternativa, una versión ultra y enojada de la coalición liberal-cristiana de los neocon.
Estos predicadores empalidecieron la toma de posiciones de la mayor
parte de la prensa tradicional, que las semanas previas a la elección
pidieron a sus lectores el voto por Hillary Clinton.
Que el segundo candidato más votado en las primarias republicanas, el
senador ultra ortodoxo Ted Cruz, haya desafiado también a la cúpula
partidaria y atacado a la “elite de Washington”, prueba que el derrotero
de Trump se limitó a seguir un surco de descontento interno que ya
estaba marcado en esa mitad del electorado. El liderazgo unificador y
optimista de Reagan invitando a los republicanos a conquistar el futuro
era cosa del pasado: ahora reinaban la bronca, el resentimiento y un
agrio y primitivo impulso de restauración.
Trump desplegó toda su intolerancia hacia “los otros” (Hillary
Clinton, China, los mexicanos, la prensa). En esa estrategia incluyó el nativismo,
grato a los blancos de clase media que se atribuyen la fundación de la
nación. Desde 1964, los republicanos ganaron la mayoría del voto blanco
(6 de cada 10), pero ningún candidato había hecho de esa condición
étnica un valor político tan potente.
A la vez, para dar respuesta a esa bronca de su electorado, no dudó
en saltar los propios límites doctrinarios republicanos. El millonario
sometió sus promesas a una negociación abierta con sus votantes, por
ejemplo con su relativismo moral frente a los influyentes sectores
cristianos en los que se había apoyado un fanático religioso como Cruz.
Trump no negoció posiciones, sino ideas básicas de los conservadores
modernos, como una economía capitalista y abierta, la noción secular de
que Estados Unidos es la potencia responsable de mantener la seguridad y
la paz en el planeta, y la seguridad de que, aun caído el Muro de
Berlín, Rusia jamás podrá ser motivo de aprecio, menos bajo la guía de
Vladimir Putin. Ese pack ideológico quedó sometido a una heterodoxia que
le permitió al millonario, fuera y dentro de la Casa Blanca,
contradecirse todo el tiempo.
Además, el “trumpismo” le imprimió a las alforjas ideológicas de
Gingrich, del Tea Party y de nuevos halcones republicanos como el líder
del Senado, Paul Ryan, un nuevo estilo de hacer política, intolerante y
prepotente. En este sentido, también Trump se limitó a cosechar lo que
otros sembraron: entre 1995 y 2015, entre los republicanos que se decían
“muy conservadores” casi se duplicaron (del 19% al 33%).
Las bases conservadoras, decepcionadas durante toda la Administración
Obama por los resultados de la estrategia puramente ideológica y
obstruccionista de sus líderes republicanos, encontraron en la demagogia
y el discurso autoritario de Trump una vía de acceso más directa para
su viejo anhelo de reconfigurar la sociedad estadounidense a su medida.
Una vez asegurada su nominación, Trump expresó con descaro: “Soy conservador, pero a esta altura, ¿a quién le importa?”. Y luego apostó a replicar su lógica de personaje de la farándula, largamente ensayada en su reality show televisivo The Apprentice
(El Aprendiz): cautivar a un público heterogéneo, ideológicamente poco
estructurado, capaz de seguir a una figura más que a un partido y de ser
definido por sus enemigos, fuesen inmigrantes o musulmanes, más que por
sus afinidades.
QUIÉN USARÁ A QUIÉN
La Administración Trump tensó la cuerda desde su primer minuto.
Cuando el Presidente, frente al Capitolio, proclamó el 20 de enero al
asumir “el poder es de ustedes, el pueblo”, el Partido
Republicano, en especial sus gobernadores y líderes del Congreso,
comprobó el órdago que le echaba un líder sin más ataduras aparentes que
su propio ego.
El viejo aparato puede tolerar a Trump mientras impone su agenda
partidaria (inmigración, impuestos, desregulación financiera, aborto,
medio ambiente, liquidar el Obamacare y asegurar una Corte Suprema
conservadora). Si se sale de control, tiene el recurso muy extremo de
someterlo a “impeachment” por incapacidad. El vicepresidente Mike Pence
sería el recambio.
Pero también Trump y su entorno pueden anticiparse, consolidar la
identidad heterodoxa del “trumpismo” -xenofobia, nacionalismo económico y
demonización de la prensa crítica- y, si hace falta, fracturar el
partido para alumbrar una nueva fuerza extremista que rompa el
bipartidismo, como ocurre ya en países de Europa.
La “guerra” intestina del asesor Bannon con el secretario general del
partido y ahora jefe de Gabinete, Rience Priebus, fue el primer indicio
de esa pugna de fondo. El primer decreto anti inmigración, invalidado
por la Justicia, cargó con todos los defectos de haber sido redactado
por el entorno personal de Trump sin consultar a los numerosos y
sofisticados abogados del Estado.
Ese fue el primer traspié del bando de Bannon, mientras Priebus se
aseguraba con el establishment partidario un contundente consenso para
el juez candidato a reemplazar al fallecido Antonin Scalia y a completar
los nueve miembros de una Corte Suprema de mayoría conservadora.
Las idas y venidas en las relaciones con Rusia, en medio de graves
denuncias sobre intercambio de información de Moscú con la campaña de
Trump, describen también ese errático vaivén inicial que caracteriza
este inicio de la nueva administración. Mientras el vice Pence viajaba a
Europa a reivindicar el papel norteamericano en la OTAN, Trump insistía
con su cantinela “patriota” y aislacionista: “No soy el Presidente del planeta, sino de Estados Unidos”.
Ambas opciones implican un alto riesgo de crisis institucional y
fracturas expuestas: un auténtico des-orden conservador de alcances
históricos.
Las graves falencias que ya demostró Trump como Presidente, firmando
decretos legalmente inconsistentes y desconociendo las mínimas formas de
un líder para los estándares estadounidenses, alimentaron
caracterizaciones sobre su “incapacidad” y especulaciones sobre cuánto
tardará en llegar un pedido de “impeachment” desde el Congreso.
Sin embargo, Trump, quien encuadra a la prensa como “partido
opositor”, quien la identificó como enemigo y hasta le prohibió el
ingreso a la Casa Blanca, no es comparable con el Richard Nixon que cayó
por el Watergate. El ensayista George Packer escribió desde la revista
New Yorker: “Si Trump fuera más racional y más capacitado, tendría realmente la capacidad de destruir nuestra democracia”.
Frente a ese consuelo, el trumpismo sube la apuesta: “Si creen que les van a devolver el país sin luchar, están equivocados”,
azuzó Bannon a los seguidores de Trump reunidos en la emblemática
Conferencia de la Acción Política Conservadora en febrero pasado. Días
antes, el influyente senador y ex candidato presidencial republicano
John McCain había repudiado los ataques a la prensa: “Así es como empiezan los dictadores”, avisó.
Quitando las formas que lo retratan como poco confiable e
incontrolable, Trump satisfizo en el inicio de su administración las
demandas compartidas por todo el arco conservador del Congreso y su
establishment republicano, aunque su forma de perseguirlas haya sido
torpe y lindante con lo ilegal.
En este “des-orden conservador”, por ahora, ambos bandos se necesitan. Sólo por ahora.
Jorge Argüello
Autor de “Historia Urgente de Estados Unidos” (2016)
El gobierno de Macri está apretando el acelerador
para firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, pero sin
exigir que el acuerdo otorgue al MERCOSUR el necesario "trato especial y
diferenciado" que requiere por ser un bloque de menor desarrollo
relativo.
La Canciller Malcorra lo dijo con todas las letras: “Queremos ver la
forma de alcanzar lo antes posible un acuerdo de libre comercio con la
Unión Europea”. La ansiedad no es buena
consejera, y menos en las negociaciones económicas internacionales, en
donde se juega el presente y el futuro productivo y de empleo de
millones de argentinos. Un mal acuerdo de libre comercio MERCOSUR-UE
sería el tiro de gracia para buena parte de la industria nacional y las
economías regionales, profundizando la reprimarización productiva y
comercial en marcha en nuestra economía, un objetivo ya inocultable del
gobierno de Mauricio Macri.
Todo acuerdo de libre comercio tiene ganadores y perdedores, y por cómo
están planteadas las negociaciones en la actualidad, los potenciales
ganadores estarían todos del otro lado del Atlántico: en la Unión
Europea. La evidencia muestra que dicho acuerdo podría servir si fuera
un acuerdo balanceado, equilibrado, que reconozca explícitamente las
asimetrías existentes entre ambos bloques en cuanto a desarrollo
relativo y productividad. El PIB per cápita de la UE es tres veces y
media el PIB per cápita del MERCOSUR, con lo cual para paliar estas
diferencias de punto de partida el acuerdo debería incorporar cláusulas
de trato “especial y diferenciado” para nuestro bloque. A su vez, un
acuerdo con Europa tendría eventualmente atractivos si habilitara el
acceso sin restricciones de la producción agropecuaria y agroindustrial
argentina al voluminoso mercado comunitario. Sin embargo, luego de
largos años de negociaciones, estas condiciones no han sido otorgadas
por la UE. Al contrario, Europa ha sido muy poco receptiva a las
demandas del MERCOSUR, pero sí ha buscado imponer a capa y espada sus
intereses ofensivos en acceso a mercados, propiedad intelectual, normas
técnicas y sanitarias, compras públicas y salvaguardias agrícolas. Peor
aún, en el “intercambio de ofertas” realizado entre ambos bloques en
mayo de 2016, la UE directamente excluyó del acceso a su mercado las
carnes, el etanol y el biodiesel provenientes del MERCOSUR.
Entre el 20 y el 24 marzo tendrá lugar la XXVII ronda de negociaciones
birregionales en la Cancillería argentina. El serio riesgo que corremos
hoy es que, con tal de avanzar, el gobierno nacional “flexibilice” sus
condiciones y líneas rojas diluyendo la defensa del interés nacional. Y
ya lo está haciendo. Por caso, en ninguna de sus muchas declaraciones
públicas la Canciller Malcorra se ha referido a la centralidad del
“trato especial y diferenciado”, convalidando en los hechos la posición
europea.
Más allá de los vínculos históricos y culturales con
Europa, en términos productivos, y luego de 22 años (¡veintidós años!)
desde el primer lanzamiento de las negociaciones, es evidente que ambos
bloques tienen intereses ofensivos y defensivos contrapuestos, con altos
niveles de protección precisamente en aquellos sectores en los que la
otra parte es muy competitiva. Dada esta realidad, a menos que la UE
sorprenda flexibilizando significativamente sus posiciones, la única
forma de sellar un acuerdo este año sería repitiendo la modalidad
negociadora del Presidente Macri con los fondos buitres: la
capitulación. El costo sería, acá también, demasiado alto.
Un
debate entre cinco intelectuales y políticos destacados sobre la
llegada de Trump y sus consecuencias para el mundo, la región y la
Argentina, con sus riesgos y oportunidades.
HV: ¿Cómo condiciona a la Argentina la presidencia de Trump? Jorge Taiana(sociólogo, ex canciller y ex secretario general de la CIDH, vicepresidente del Parlasur):
Demuestra que esta globalización conducida por la financiarización
produce numerosas víctimas también en los países desarrollados. En la
región veníamos hace ya una década y media señalando sus efectos
negativos, y nos tildaban de atrasados. Ahora el cambio lo plantean los
inventores de la globalización, el Reino Unido y Estados Unidos. Tiene
que ver con el tránsito de un mundo unipolar a un mundo multipolar en lo
económico, un poco en lo político y algo en lo militar. El comienzo de
Trump me hace acordar al de Reagan, que apareció como reacción frente a
Carter, el hombre tranquilo posterior a la derrota en Vietnam, el
presidente débil por excelencia.
HV: Pero Obama no fue un presidente débil como Carter.
Taiana: En la visión de Trump sí. Obama es
el ejemplo del liberalismo progresista, de la multiculturalidad. La
fuerte reacción que produjo lo hace parecer más débil de lo que fue. Se
va de dos guerras, hace un acuerdo razonable con Irán que la derecha
norteamericana no acepta. También muestra las limitaciones del sistema
político norteamericano que se presentaba como un ejemplo de democracia,
de equilibrio. Resulta que no, que es capaz de tener a flor de piel
definiciones políticas xenófobas, que parecían estar fuera de la escena.
Los ocho años de Obama terminan con un saldo muy relativo en cuanto a
la cuestión del racismo, con las muertes de negros en las calles por la
policía y con esa doctrina oficial según la cual basta que la autoridad
piense que está amenazada su seguridad para que su defensa sea
considerada legítima. Felipe Solá (ingeniero agrónomo, ex
ministro de Agricultura y ex gobernador de Buenos Aires, diputado
nacional): Nosotros tratamos de analizar un fenómeno tan fuerte como el
de Trump preguntándonos cuál es nuestro futuro comercial, pese a que no
es tan relevante para las exportaciones argentinas ¿Pero cuál es nuestro
futuro en términos de la hora política, que se transforma a veces en la
hora cultural? Trump va a tener gravísimos problemas para gobernar,
porque esa mayoría silenciosa del interior que lo ha votado no tiene una
gran capacidad de movilización y de tumulto que trascienda fuera de
Estados Unidos como sí la tienen los que están en contra de Trump. No
podrá imponer ese tono beligerante de intolerancia absoluta que
sobreactúa. Estados Unidos ha sido jeffersoniano en el discurso (liberal
y de brazos abiertos, que ha impulsado a Estados Unidos a llevar la
Justicia a todo el mundo), y hamiltoniano en lo económico, cerrado y
proteccionista. Obama fue un aperturista, un liberal, y al mismo tiempo
un hamiltoniano en la economía. Hizo un enorme esfuerzo inicial para que
la derecha lo soportara y por la inercia de ese esfuerzo llegó un
momento en que no podía parar con un tipo de acciones para agradar a la
derecha que lo limitaban a él y a su programa.
HV: Suponés que puede pasar lo mismo con Trump pero a la inversa? Sería la preeminencia del sistema sobre…
Solá: Sobre el hombre, sí. Pero no se cae
sólo la globalización. Antes se caen la Unión Soviética y el mundo
bipolar. La globalización surge en los ‘80, sostenida militarmente por
la unidad entre Reagan y Margaret Thatcher, que sustenta el Consenso de
Washington y produjo guerras que se reflejan en el fenómeno de las
migraciones. La globalización entra en crisis porque cambió la gente,
acá hay un triunfo cultural. Lo mismo hay que evaluar en nuestro país.
Los europeos están hartos de que les vendan institucionalidad,
corrección política, apertura y no venga nada a su favor. No es que se
acabó un periodo sino que la gente se cansa y la pregunta es ¿qué hay
que hacer para que la gente vuelva? Nilda Garré(abogada, ex ministra de Defensa y de Seguridad, diputada nacional):
La aparición de Trump, si bien posterior al Brexit, obedece a temas
internos de Estados Unidos. La globalización que nació hace tres décadas
dejó un tendal de perjudicados, excluidos, gente que se quedó sin ese
horizonte optimista de movilidad social que era el gran mérito del
sistema americano. Esa gente vive con miedo por las cosas que todavía
tiene, como su trabajo. Se ha destruido el 30 por ciento del empleo
industrial en Estados Unidos y estas son las consecuencias. Es como en
la época de la dictadura y veíamos en Avellaneda los galpones cerrados,
con los vidrios rotos, telarañas. El país industrial de Roosevelt, ese
Estados Unidos profundo, blanco, no ha muerto pero ha sufrido un embate
fuerte, en beneficio del aparato financiero.
HV: Así como Felipe hablaba de los discursos jeffersoniano y
hamiltoniano, aquí hay dos Trump. El que denuncia la financierización,
la destrucción de la industria y del empleo y el que le entrega la
conducción económica a Wall Street y quita toda las regulaciones
impuestas por la crisis del 2008.
Garré: Los poderes económicos en Estados
Unidos son cada vez más concentrados y poderosos. Trump es un antihéroe,
un antimodelo, la negación de lo que sería un estadista. Es un guarango
que dice cosas provocadoras, hasta medio demenciales. Defiende la
tortura, tiene un discurso racista, discriminador, contra todos, los
inmigrantes, los negros, los musulmanes. Es un misógino tremendo, contra
cualquier cosa progresista, contra el aborto. Ese antimodelo gana
porque busca representar a los sectores que se han sentido abandonados y
no se sentían representados por Washington y el establishment, el poder
financiero. Este personaje tan racista, atípico, toca algunos puntos
sensibles cuando dice “compren estadounidense” y apela al que vivía al
lado de la fábrica de automotores que por esta forma de la producción
mundial se deshace, cada pieza se hace donde salga más barato por el
menor costo laboral, como en el resto de la industria. Eso es empleo
norteamericano perdido. Lo único que queda intacto son las fábricas que
producen armamentos.
HV: ¿Ese nacionalismo productivista será algo más que un
discurso inicial o Trump intentará terminar con la deslocalización de
las industrias e irá de cabeza al juicio político?
Enrique Arceo(Abogado por la UBA y Doctor en Economía del Desarrollo por la Universidad de París, ex presidente del Banco Nación):
Apple golpeó duramente a Trump diciendo que ni locos van a traer
trabajo a Estados Unidos porque eso aumentaría sus costos. Y Goldman
Sachs señala que las empresas van a repatriar capitales cuando baje la
tasa impositiva aplicable, conforme lo prometido por Trump, pero que el
50% del capital repatriado se utilizaría en la recompra de sus propias
acciones. En el último año y medio las 500 empresas más grandes
compraron acciones propias por un equivalente al 123% de sus ganancias, o
sea que se endeudaron para distribuir beneficios a sus accionistas, no
para invertir. Este es el poder del capital financiero. En todos los
Estados la política está subordinada al bloque de poder, con algunos
matices que son alarmantes. El proyecto de Trump no tiene posibilidades
de plasmarse. La gente cambió. En términos globales estamos ante una
insurrección de la política contra la economía, una reacción plebeya
contra los efectos de la globalización. Los movimientos plebeyos no son
populares, no tienen un enemigo de clase, sino un tercero. Por ejemplo,
los inmigrantes. Se pensó que se podía globalizar el mundo abriendo las
economías, movilizando el capital pero manteniendo inmóvil la mano de
obra. Esto es un disparate. Entre 2000 y 2015 pasaron a los países
centrales 57 millones de personas. Esta es una amenaza objetiva al
ingreso per cápita. Ante esto surge la defensa fascista: militarizar las
fronteras y la política, perseguir a los inmigrantes. Esta
contradicción de la globalización es una fortaleza del proyecto Trump.
Va a tratar de nacionalizar, de recuperar puestos de trabajo, algunos va
a lograr, van a volver actividades automatizadas que generarán poco
empleo. La inversión en infraestructura no alcanza para dinamizar la
economía de Estados Unidos. Y bajo el dominio del capital financiero ya
aprendimos que aumenta su participación en los beneficios. La política
de Trump será bajar los impuestos a los ingresos, aumentar las tasas a
la importación, lo que a su vez baja los salarios y esto compensarlo con
aumento del empleo. Cuando aumenta el ingreso, la inversión no crece en
la misma proporción porque el capital financiero distribuye a los
inversionistas, que juegan a nivel global. Los think tanks de derecha
crearon desde los años ‘70 una red de pensamiento y de difusión que
ahora da sus resultados. En este sentido Trump no es reversible. La
reacción fue por fuera del sistema y por extrema derecha. Los demócratas
van a tener que desplazarse a la izquierda.
HV: Se insinúa el surgimiento de un Tea Party demócrata.
Arceo: Exacto. Lo único que prometía el
liberalismo era crecimiento y fracasó, década tras década la tasa de
crecimiento de la economía mundial descendió, golpeó a los de menores
ingresos, por el comercio pero además por el temor de las inmigraciones.
Este es un coctel explosivo y hasta ahora sólo con una respuesta en lo
económico extremadamente de derecha: bajar del 35% al 20 los impuestos a
los ingresos. Solá: Se parece un poco a Reagan. Arceo: Sí. Infraestructura, gasto militar y
cuotas a la importación de automóviles japoneses; ahora Trump con
infraestructura, gasto militar y tarifa a las importaciones del 20%, con
supresión de impuestos a las exportaciones. Solá: Liquidar el gasto social. Arceo: El dice que va a mantener los
servicios sociales, porque en algo tiene que responder a su base, que le
pone un límite. Algo más de crecimiento va a haber. Esta es la
complejidad que tiene todo proyecto de derecha. Incluso a los nazis era
difícil ubicarlos en muchos aspectos. Por ahora el capital se opone
parcialmente a algunas cosas, pero los mercados financieros están
exultantes y en los hechos nadie cree que Trump pueda obligar a Apple a
invertir en los Estados Unidos. Además la inmigración crea un estado de
fortaleza sitiada, nos vienen a ocupar. Estancamiento económico, caída
del volumen de comercio desde diciembre del 2014 y encima China como
prueba de que estamos haciendo las cosas mal, nos estamos quedando atrás
y nos van a dominar. Esto genera paranoia que es un poderoso caldo de
cultivo. Con Trump se inicia una nueva fase en que va haber todavía más
trabas al comercio internacional, lo cual a su vez va a golpear a la
periferia. Algunos economistas calculan que por cada empleo perdido o
ganado por Estados Unidos crecen o bajan cuatro en la periferia. El
impacto de este cambio de política es gigantesco. Juan Gabriel Tokatlian(Sociólogo, con
una Maestría y un Ph.D. en Relaciones Internacionales de The Johns
Hopkins University de Washington. Profesor de Relaciones Internacionales
en la Universidad Di Tella): Remarcaría tres cuestiones más
contextuales que específicas a Trump. Primero, los largos procesos de
transición de poder e influencia en el mundo. Esta particular elección
coincide con el aceleramiento de una transición global de Occidente
hacia Oriente, que tiene muchos efectos económicos, políticos, militares
y ha hecho que en los últimos años Estados Unidos pase a ser un
perdedor en el escenario internacional. Para la sociedad hubo un ayer en
el que se vivía mejor. Esto que parece anecdótico en la vida cotidiana
de las personas se refleja en este largo y complejo y contradictorio y
dialéctico proceso de transición de poder. Estados Unidos es menos
hegemónico, menos preponderante, no puede ejercer supremacía con
facilidad como lo hacía antes. Y esto genera situaciones de profunda
tensión. ¿China es un competidor o un oponente, una amenaza o un socio,
vamos al G2 o nos preparamos para combatir contra los chinos? Dentro de
Estados Unidos hay tres transiciones domésticas importantes. Una, la
transición social o económica, se ha achicado la clase media, muchos
ciudadanos perdieron empleo u oportunidades y la tasa de mortalidad
creció más en la clase media que en las clases bajas. A eso hay que
sumar la transición demográfico-étnica. Crecen las poblaciones
afroamericana, hispana, asiática, y ese melting pot que antes estaba
dominado, cohesionado por una elite blanca se encuentra con situaciones
más complejas, como esta paradoja: creció la igualdad de género y en las
condiciones de vida de muchos sectores afroamericanos, pero la
desigualdad total en el país se amplió. Otra tercera transición es que
al perderse el sentido de la religiosidad los cristianos hoy son un
porcentaje mucho menor que en el pasado. Trump apareció en el momento
específico, articulando todos los aspectos de esta gran transición de
poder, global y en el interior de los Estados Unidos. Su agenda en parte
es doméstica: frente al estancamiento, el problema son los tratados de
libre comercio mal firmados, los mexicanos, la droga, y entonces hay que
hacer algo en las fronteras. Pero en parte global, con la violencia y
el terrorismo. Entonces la culpa es de los refugiados, los migrantes y
los otros que llegan al país sin control. Ésta fue la elección más
nacional que tuvo Estados Unidos, en medio de la globalización. Los
temas internacionales no le interesaron a nadie, la agenda fue
doméstica. El ABC de un internacionalista es que hay países
revisionistas que están inconformes (China, Rusia quieren patear las
reglas del juego) y otros que son irracionales porque tienen líderes
impredecibles, como Corea del Norte o Irán, nunca una bomba en manos de
ellos porque pueden hacer explotar todo. La paradoja es que Estados
Unidos se ha vuelto un país revisionista, quiere revisar el orden
liberal con un líder cuasi irracional, impredecible. La obsolescencia de
esta jerga y de estas categorías que miran el mundo desde Estados
Unidos abre una gran oportunidad para empezar a verlo desde América
Latina y desde América del Sur en particular.
HV: Pasemos a América del Sur y a la Argentina en relación con Trump.
Taiana: Antes se suponía que el ascenso
social era algo que sucedía en tu estructura social. Estudiabas,
conseguías un trabajo, te esforzabas. Ahora para millones de personas la
migración es el canal de ascenso social. Y eso va a seguir, no tiene
arreglo. El proceso por el cual sólo las costas de Estados Unidos eran
demócratas, multiculturales, progresistas y liberales mientras el resto
del país se iba transformando en republicano, e iban ganando los
fundamentalistas cristianos, los republicanos más racistas, se dio a lo
largo de muchos años, configuró un país con mucha contradicción interna,
y no debería sorprendernos tanto que en algún momento tuviera una
expresión política.
HV: Lo que viene ahora sería que los rojos republicanos ocupen también las costas y los azules demócratas se caigan al mar.
Taiana (risas): El progresismo y la social
democracia han sido los grandes cómplices de la derecha en la
globalización. Y eso es lo que ha destruido la izquierda democrática y
ha llevado a que la opción sea la derecha. En Europa está clarísimo. En
América Latina nos salvamos porque salimos antes y criticamos eso. Trump
dice que va a expulsar a no sé cuantas personas. Pero ¿cuántas
expulsaron Obama y nuestros amigos progresistas? Dos millones, 250 mil
por año y los mandó a Centroamérica donde inventaron las maras.
HV: Vos decís que nos salvamos, pero estuvimos a punto de
caer con el alzamiento carapintada, la emergencia de esa derecha
revolucionaria que encarnaban Rico y Seineldin, y la penetración de esa
ideología en sectores muy importantes del peronismo. Eso se evitó porque
en el peronismo Cafiero y Ubaldini le pusieron límites.
Solá: Pese a los alzamientos de Rico y
Seineldín y la intervención de una izquierda semiarmada como reacción a
eso, nunca fueron populares. La prueba es que en diciembre del 90 el
partido militar se muere. El peligro existió pero el pueblo estaba en
otra cosa. Sólo penetraron en algunos civiluchos conocidos que venían
del nacionalismo y algunos peronistas que cuando veían a un tipo con dos
granadas colgando, se volvían locos. Pero nunca un trabajador, calor
popular. Ni Seineldin que era un animal pero carismático, ni Rico que
era el más inteligente pero muy antipático. Arceo: Hay que distinguir el estado
norteamericano del capital transnacional. El capital se quería
transnacionalizar y el Estado norteamericano apostó a esa
transnacionalización. Hicieron una operación compleja, con la
Organización Mundial de Comercio prohibieron las políticas industriales.
El razonamiento era que los países deben acomodarse a su dotación
relativa de factores. Por lo tanto, con el cambio lento en la División
Internacional del Trabajo no preveían que afectara a sus trabajadores
calificados. El capital hizo un gran negocio pero el estado apostó mal,
perdió, porque estaba China, porque estaba Corea y utilizaron el Estado
para violar sistemáticamente la dotación relativa de factores. Hoy
Estados Unidos está bloqueando la compra por una empresa china de una
empresa alemana de chips por temor a perder la pelea por la supremacía
en lo electrónico.
HV: Por la tecnología militar que eso implica.
Arceo: El aumento del gasto militar supone
progreso tecnológico. Esta puede ser la variable Trump. Triunfó el
capital transnacional y perdió Estados Unidos como Estado, como
Gobierno. HV: Pero el conflicto entre el Estado y el capital se va a agudizar. Arceo: Ahora el Estado quiere imponerse al capital y eso es complicado. Tokatlian: La clave de la campaña fue
confundir que el mensaje de Trump era contra el establecimiento. No, era
contra el establecimiento político, contra Washington, pero jamás
contra el estamento militar y mucho menos contra Wall Street. Ahora
tiene que resolver esas contradicciones desde Washington y es un proceso
muy complejo con dinámicas propias de los Estados Unidos pero también
las reacciones de otros actores pasan a ser importantes, porque Estados
Unidos ya no puede hacer lo que quiere. Arceo: Todavía no se enfrentó con China y no sabemos si se va a enfrentar o no.
HV: El secretario de Estado advirtió a China que no le
permitiría utilizar las islas artificiales que construyó en el mar del
sur de China.
Taiana: Y los chinos le contestaron que se
prepare para una guerra larga. El mundo es más riesgoso, porque es
probable que Trump busque una medición de fuerzas para restablecer la
importancia de Estados Unidos. Parecía muy orientado a tener una
confrontación, por lo menos comercial o política, con China en una
cierta alianza con Rusia. Es decir al revés del ‘72, cuando Nixon y
Kissinger se acercan a China contra la Unión Soviética. Pero lo que le
ha pasado con Flynn, que duró menos de un mes como asesor de Seguridad
Nacional, es una clara reacción del lobby antiruso de Estados Unidos,
sectores militares y económicos, que le han volteado uno de sus
colaboradores de máxima confianza porque el tipo no es enemigo de los
rusos. Creo que para posicionarse en el mundo Trump va a hacer una
demostración de fuerza, buscar a alguien a quien imponerle su voluntad.
Eso es peligroso porque si se equivoca de candidato nos va a meter a
todos en un gran lío. Arceo: Después de un análisis del 1.500 a
hoy, Giovanni Arrighi decía que cuando hay una transición en la
hegemonía se abren 30 años de guerra. Es lo que estamos viviendo.
HV: ¿Podemos pasar a cómo nos afecta a nosotros? El discurso
de Trump insiste en el terrorismo, el narcotráfico, la inmigración. Son
los temas que desde principios de siglo el Comando Sur plantea como las
nuevas amenazas y trata de transferir como doctrina a la región. En
materia de Seguridad, Macrì tiene personal de una sobresaliente
ignorancia y de una indisimulable propensión hacia los negocios y la
adquisición de parafernalia represiva, que viene asociada con su
doctrina de empleo. Existe la presión para la securitización de las
Fuerzas Armadas, que no parecen las más entusiastas. Y una tendencia
simultánea hacia la militarización de la fuerzas de seguridad. El
acuerdo firmado con la Guardia Nacional de Georgia señala esa dirección.
Dada la historia argentina y con un gobierno que tiende a criminalizar
la protesta, que por ahora tiene la bala de goma rápida y que en
cualquier momento también puede tener la bala de plomo rápida, este es
un tema central para la democracia argentina.
Taiana: Un mundo cambiante es un mundo con
tensiones, y un mundo con tensiones es un mundo con fricciones y
enfrentamientos. El primer desafío es la participación argentina en
algunas de esas iniciativas con que Trump intentará realzar a Estados
Unidos, cosa que ya se venía hablando con Obama. Es bien distinto
participar en las tradicionales operaciones de mantenimiento de la paz
que en otras de imposición de la paz. Algunos de los casos de los que se
habla Mali, República Centroafricana, son ideas malísimas para la
participación argentina porque no están siendo exitosas. El segundo
punto es que se va acelerar el ya largo proceso de merma de poder del
Departamento de Estado sobre América Latina a favor del Departamento de
Defensa y el Comando Sur. Y tercero la convergencia entre las funciones
de las fuerzas militares y las fuerzas de seguridad, que es meter a las
fuerzas armadas en Seguridad y a las fuerzas de seguridad en tareas
cuasi militares. Esa convergencia es la Guardia Nacional.
HV: Los remanentes de guerra son vendidos a las policías y a
la Guardia Nacional que los emplean en la represión interna. Entran en
las casas tirando granadas de estruendo y luces destellantes y matan a
cualquiera buscando a un pequeño dealer. Si se lo hacen a sí mismos,
¿por qué no nos lo van a hacer a nosotros?
Tokatlian: Hasta ahora, se destacan cuatro
temas: terrorismo y de ahí la prohibición de viajes; migraciones, con el
muro a México; comercio, con el rechazo al Tratado Transpacífico, y
drogas, con el memorándum sobre la capacidad de lucha contra el crimen
organizado. La Argentina no está en ninguno de esos temas, no tendríamos
por qué tener dificultades con Estados Unidos. En la agenda política,
si hay algún problema, más que la demanda de Estados Unidos es la
sobreactuación argentina. De cara a las elecciones legislativas y
particularmente en la Provincia de Buenos Aires recuperan importancia la
seguridad y el narcotráfico. Nuestra agenda doméstica, no es tanto el
producto de una demanda de Washington o de Trump, sino de sectores
argentinos que quieren levantar la mano y decir estamos primeros en la
fila. Solá: Es así, el problema está aquí. Pero
ellos están en oferta permanente de bienes y servicios vinculados a la
seguridad, igual que Israel. Taiana: La Argentina no es de los países más mencionados en ninguno de estos temas. No somos prioridad para ellos Garré: Pero en Seguridad y Defensa los
norteamericanos tienen una política. Y acá hay una enorme vocación para
insertarse en esa política. El peligro sería que a los norteamericanos
les interesara instalar alguna base del Comando Sur, aunque hay mucha
resistencia (ya hablan de la triple frontera como un lugar posible) y en
mandar tropas argentinas a algunos lugares, para que los contingentes
tengan cierta pluralidad. Taiana: Hay que mantener la ley que
requiere acuerdo parlamentario para la salida y entrada de tropas, y no
permitir que abran o falseen ese candado. Esa ley fue una conquista
importante y le da al parlamento un poder de control. En el caso de las
tropas extranjeras, mantener la inmunidad de función y no la inmunidad
total. No admiten que vaya en cana ni siquiera el borracho que se violó a
la piba, aunque no tenga nada que ver con la función. Si no les das
inmunidad total, ellos no vienen y esa es una fortaleza que tiene el
Congreso. Solá: Estamos ante una frontera móvil, lo
que querés hacer vos y lo que quieren hacer ellos. No creo que el
gobierno de Macrì tenga la fuerza suficiente como para que ellos puedan
obtener un objetivo de máxima, como una base. Garré: Yo tampoco. Solá: Pero de a poquito, del lado de la
Bullrich, de la AFI, sobre todo en la cuestión de comunicaciones,
equipos para espiarte, pueden ir avanzando, sin que te des cuenta salvo
denuncias aisladas. Eso sí es posible. Garré: Y también adoctrinamiento, llevarse militares e integrantes de fuerzas de seguridad a entrenarse allí y mandar…
HV: La Facultad de Defensa Nacional junto con la Red
Argentino Americana para el Liderazgo (Real), ya está haciendo cursos y
maestrías de Defensa Nacional pagados por el Centro de Estudios
Hemisféricos de Defensa William Perry. Eso está ocurriendo ahora mismo.
Tokatlian: El único tema global que podría
incidir en la relación con Estados Unidos es Irán. Hasta 2013, la
cuestión se circunscribía al atentado de la AMIA. Pero ahora el atentado
forma un triangulo con el memorándum de entendimiento que se firmó en
2013 y con la muerte de Nisman en 2015. Si el tema de Irán se caldea, y
estamos en un año electoral, va a exigir una definición de la
Argentina. Y allí hay que argumentar sobre los intereses nacionales del
largo plazo en juego y no sólo los intereses gubernamentales de corto
plazo.
HV: El tema clave es Nisman. Lo fue desde que presentó un
informe de 500 fojas, no sobre el atentado a la AMIA, sino sobre las
presuntas células dormidas de Irán en Latinoamérica. Esto fue utilizado
para acosar a Obama cuando estaba por firmar el acuerdo nuclear con
Irán, que Trump ahora propone revisar. Ese informe proviene del contacto
de la inteligencia argentina con la inteligencia de Estados Unidos e
Israel, guiado por los mismos sectores de ultraderecha de esos países
que invitaron al premier Netanyahu a pronunciar un discurso rabioso
contra Obama en el Congreso de Estados Unidos. Nisman era la célula
dormida con la cual trabajan ellos dentro de la Argentina. Estados
Unidos e Israel van a tratar de que este tema sea clave en la relación,
con la Argentina como denunciante internacional de Irán. Creo que en
este año electoral se va a activar, con Macri fogoneando la
investigación sobre la disparatada denuncia de Nisman.
Tokatlian: Aquel acuerdo que se firmó no era el óptimo para Occidente pero era un gran acuerdo, muy razonable. Taiana: Los rusos les proveen lo que ellos
necesitan. Acaban de mandar a Teherán una parte del uranio enriquecido
que era parte del acuerdo
HV: ¿Qué cosas podemos esperar en la Argentina? Desde el punto de vista comercial a nadie le preocupa demasiado.
Arceo: No vamos a ser afectados en forma
directa sino por la caída de la economía mundial. Se acaba una fase. La
dependencia de Brasil es el doble de la nuestra, por lo tanto si hay una
política proteccionista o un aumento de tasas, va a golpear a Brasil y
de rebote a nosotros. Si la política de Estados Unidos es
proteccionista, China tiene que bajar fuertemente su tasa de crecimiento
sobre todo en una coyuntura en la que no puede aumentar muchísimo el
crédito interno porque ya está sobre expandido. Desde el ‘70 el modo de
acumulación mundial se estructura a partir del déficit norteamericano.
Ahora Estados Unidos pretende bajar su déficit y esto es plantear un
modo de acumulación mundial totalmente distinto, cerrar una fase de la
globalización y empezar otra, en la que el eje será golpear a China.
Esto rebotará sobre toda la periferia. Trump está pensando una operación
similar a la de Reagan con Japón en 1985. Reagan atrajo capitales a lo
loco a través de una alta tasa de interés; se revaluó el dólar y las
exportaciones cayeron. Y esto termina en 1985 con el Acuerdo Plaza para
revaluar el yen, es decir, devaluar al dólar. Ahora Trump y los
republicanos dicen que la manipulación monetaria y comercial de China es
intolerable y apuntan a obligar a China (y no sólo a China) a abrir más
la economía y revaluar su moneda. Esto puede complicar brutalmente la
economía mundial.
HV: El déficit norteamericano está equilibrado por los bonos
del Tesoro que compra China. ¿Ese sería el equilibrio que tendería a
romperse ahora?
Arceo: Trump dice que busca “un equilibrio
en el mundo de las mercancías” con México, con China y después va a
decir con Alemania, que son las tres fuertes. Esto supone tasas altas,
reformulación de tratados para aumentar el grado de integración
nacional, en el caso del Nafta; la nomenclatura de origen de las
mercancías, para que las exportaciones mexicanas no puedan incluir
tantos componentes de Asia; renegociación con los países que iban a
estar en el tratado Transpacífico centrada en las normas de origen. Con
todo esto tratan de limitar el componente chino. Taiana: Que los mexicanos no armen y les enchufen, que no sean maquila de afuera del acuerdo… Solá: Vamos a salir de aquí partidarios de Trump… Arceo: No. Desde la periferia, desde la
Argentina, industrializarnos es necesario. Aquí ésta es una política de
izquierda, porque el capital y las transnacionales no lo van a hacer.
Pero la política de extrema derecha de Trump es absolutamente
incompatible con los que estamos aquí, porque eso no lo va hacer la
derecha, sino que hay que hacerlo contra la derecha. El modelo de Macri y
el de buena parte de América Latina está basado en la expansión del
comercio mundial, que está paralizado desde 2015 y la lógica de Trump
lleva a que esta caída se acentúe. Una economía norteamericana más
cerrada y otras economías que se van a tener que cerrar para defenderse,
es el fin del modelo latinoamericano y asiático, basados en las
exportaciones. Por desgracia, tenemos gobiernos de derecha en una
coyuntura que exige modificaciones estructurales qué sólo pueden
plantear los sectores populares. Taiana: Hasta la crisis de 2008 el comercio
internacional crecía el doble que el producto bruto mundial, desde
entonces crece igual o menos. El crecimiento vía exportaciones, que es
la esencia del modelo neoliberal, se acabó. Pero además se acabó China
como motor. Su último plan quinquenal ya dice que hay que apostar al
mercado interno, desarrollar la base productiva antes de estimular la
demanda, para no tener mucha inflación. Con menos de 7 por ciento de
crecimiento anual no pueden incorporar paulatinamente una masa de 200
millones de personas sobrantes en la agricultura, y ya están en 6 y
pico. Lo que no se sabe es cuánto más puede bajar China sin conflictos. Arceo: Eso era cierto con una
industrialización pesada como la que llevaba China, cuando sus
exportaciones tenían solo 40% de componentes nacionales. Ahora tienen el
60%. Si van a expandir el consumo tienen que expandir ramas mucho más
intensivas en mano de obra. Con lo cual a lo mejor necesitan un
crecimiento menor al 6 por ciento, con ramas más intensivas en mano de
obra. Vamos a un cambio también en el modelo chino, las industrias de
competencia tecnológica quedarán más aisladas y las industrias pesadas
que ya están sobredimensionadas van a tener un freno. Ellos dicen que en
15 años agregarán 500 millones del campo a la ciudad y con eso crearán
al mercado interno. Solá: Son peronistas. Arceo: Sí, al estilo que se creó en
Alemania: salís del campo, los llevás a la ciudad, esto crea mercado,
peronismo puro. Aunque en China no ves obreros, en quince días podés
tener una torre de 40 pisos, con paneles, detrás de eso hay mucho
trabajo. A un gran especialista le preguntaron en el Financial Times:
¿se derrumba China? “Con la propiedad de los bancos y del 50 por ciento
de la industria hay que esforzarse mucho para tener un problema de
política económica inmanejable”.
Guadalupe Lombardo
Tokatlian, Verbitsky, Arceo (de espaldas), Taiana, Solá y Garré.HV:
El gobierno argentino tiene una expectativa ilusoria sobre la inversión
extranjera directa. Por varios años tendremos una cuenta capital
negativa, que se financia con endeudamiento o con ajuste brutal. Han ido
por el lado del endeudamiento, que les resultó fácil porque gracias a
“la pesada herencia” tenían una relación deuda/producto ideal, como
pocos lugares del mundo. Esto les permitió pagar todo lo que les pedían y
emitir muchísima deuda a una tasa de interés moderada, aunque fuera la
más alta de la región. Pero cada año la cuenta de intereses aumenta, las
renovaciones son más caras, comienzan a pesar sobre el presupuesto y en
algún momento van a empezar a decir que no.
Arceo: Si el modelo exportador se cae, un
modelo sustentado en el endeudamiento pero sin motor de crecimiento está
condenado al fracaso. Tokatlian: La agenda de Trump es un
problema para una democracia que requiere mayor consolidación. Su
desinterés por la democracia, por los derechos humanos, por el
medioambiente, son cuestiones muy delicadas por su impacto para la
región. No hay que poner a Estados Unidos como portaestandarte de la
democracia y los derechos humanos, que ni lo fue ni lo va a ser…
HV: Pero como mal ejemplo es peligroso.
Tokatlian: Muy peligroso, porque ese mal
ejemplo sí tiene un impacto. “Déjense de joder, con el medio ambiente,
hay que hacer minería a lo que de, no importa el efecto sobre el medio
ambiente; aprobá la ley tal y meté a los militares, porque algo hay que
hacer con la violencia, etc, etc.” Estas señales de desatención de
Washington, también deberían computarse por sus efectos potenciales en
América Latina. Garré: Además habría una intervención más
fuerte en Venezuela. Y van a hacer todo lo posible para complicarle la
vida a Correa en su última etapa y a Morales. Van a empezar a debilitar a
esos dos países, más la gran incógnita de qué pasa con Cuba: ¿van a
retroceder sobre lo que se avanzó, van a boicotear lo que se logró? Y
Brasil que también tiene un escenario muy incierto, ¿cómo van a operar
en ese escenario? Taiana: No es menor para las perspectivas
de la región lo que ocurra en el proceso electoral de Ecuador. Toda la
ola de que vuelve la derecha es porque ganaron en la Argentina y porque
hicieron un golpe en Brasil, no es muy elegante. No es lo mismo si
Alianza País gana y se reafirma el proceso de Revolución Ciudadana o si
es derrotada con la teoría de que hay que cambiar porque si no vamos
para Venezuela, el mismo esquema que se usó acá. Tokatlian: Y hasta ahora ni Trump ni su
secretario de defensa, ni de Estado han dicho enfáticamente que están
comprometidos como estuvo la administración de Obama con el proceso de
paz en Colombia.
HV: Más bien le están apuntando a Santos con lo de Odebrecht.
Garré: No sé si manejan eso
HV: Creo que sí, aunque es previo a Trump forma parte de una
misma reacción contra la competencia de una gran constructora del sur
que les disputa mercados. Taiana: Las multinacionales latinas
tuvieron un auge y dentro de ellas las brasileñas, Petrobras, Odebrecht,
Camargo Correa, Vale de Rio Doce, Embraer, cinco o seis muy fuertes.
Los chicos de Odebrecht tenían 170 mil empleados y obras en todos lados,
en Asia, en Medio Oriente, en África, el puerto de Mariel en Cuba, que
representa 900 millones de dólares.
HV: El golpe contra Dilma y la investigación sobre Odebrecht
forman parte del mismo cuadro. Esta política de sanción a la corrupción,
Estados Unidos ya la usó hace 40 años contra la competencia europea con
la famosa ley de prácticas corruptas en el exterior, de 1977.
Tokatlian: Dicho sea de paso está a la
firma de Trump un cambio en el artículo que los afecta a ellos, para
permitirles pagar sobornos sin declararlo en algunos rubros, como
energía y minería. Arceo: Es parte del embobamiento que tiene el sector energético con Trump. Taiana: Un fenómeno parecido se está dando
nada menos que en Corea. Se han cargado a la presidenta y encarcelaron
al nieto y presidente de Samsung, que es como un sinónimo de Corea.
HV: En ese episodio de Corea ¿no ves la mano del capital transnacional norteamericano?
Taiana: Es un interrogante. No entiendo
bien la relación entre esa jugada y el acercamiento entre la presidente
Park Geun-hye y el presidente chino Xí Jinping y el memorándum firmado
con Japón. Esto también tiene que ver con el mar. Los chinos hicieron su
plan quinquenal poco después de la visita de Park a China cuando asumió
Xi Jinping. Es una relación compleja porque es obvio que los chinos
tienen su relación con Corea del Norte y los dos habían coincidido en
que se había acabado esta época de crecer hacia afuera y que había que
crecer hacia adentro. Arceo: El hecho de que los millonarios y
los políticos no tengan contención en cuanto a la corrupción puede
generar hechos políticos y no sólo en Corea. En Estados Unidos lo de
Ivanka es increíble, y lo de la mujer de Trump que se queja porque le
sacan la posibilidad de hacer negocios. Lo mismo puede pasar con Macrì.
La derecha tiene esas cosas... Solá: Esto nunca se vio, es como Tachito Somoza o Radamés Trujillo. Arceo: Que la oportunidad de la mujer del
presidente sea aprovechar el marketing del cargo es de una Republiqueta
de tercera. Me parece que lo va pagar.
Participan: - Nicolas Lantos (Periodista Página 12. Cubrió la campaña 2016 en EEUU) - Leandro Morgenfeld (Investigador CONICET) - Juan Manuel Karg (Politólogo UBA. Analista Internacional) - Alejandro Frenkel (Politólogo. CEIL) Coordina: - María Constanza Costa (Observatorio Electoral de América Latina - FSoc-UBA) Invita: Caburé Libros