Los votos y las botas
El año electoral latinoamericano arrancó en Ecuador, donde el 13 de abril se anunció la reelección de Daniel Noboa 11 puntos arriba de Luisa González, la candidata del correísmo.
Apalancado
por la prensa hegemónica y el poder económico, Noboa, hijo del
empresario más rico del país, logró validar su gestión militarista
neoliberal pese sus magros resultados frente al crimen organizado, que
en pocos años transformó al país en el más inseguro de la región. El
proceso tuvo infinidad de irregularidades y abusos de poder por parte
del presidente, pero la oposición careció de fuerza social para sostener
las denuncias de fraude.
Las urnas en Bolivia marcaron
la partida de defunción formal del “proceso de cambio” iniciado en 2006
con la irrupción del primer presidente indígena
La deriva autoritaria de Noboa encontró un freno en la consulta popular de noviembre, cuando el pueblo ecuatoriano rechazó sus cuatro propuestas, entre ellas la de restablecer las bases militares estadounidenses.
Las urnas en Bolivia marcaron la partida de defunción formal del “proceso de cambio”
iniciado en 2006 con la irrupción del primer presidente indígena. La
guerra fratricida entre Evo Morales y su sucesor Luis Arce decantó en la
autodestrucción del proyecto que más había avanzado en el ecosistema
del progresismo latinoamericano en este siglo.
Con el MAS
fracturado en varios pedazos, una prolongada crisis económica y Evo
proscripto llamando a la abstención, la mesa quedó servida para el
regreso de las élites. El 19 de octubre, Rodrigo Paz Pereira,
calificado como de centro-derecha, le ganó el balotaje al referente de
la ultraderecha Jorge ‘Tuto’ Quiroga proponiendo un “capitalismo para
todos”. El hijo del exmandatario Jaime Paz Zamora debutó en la
presidencia recomponiendo las relaciones con EEUU y quitando los
subsidios a los combustibles, lo que generó las primeras protestas que
auguran un nuevo ciclo de conflictividad social.
La corriente de ultraderecha logró sumar
otro sillón presidencial el 14 de diciembre en Chile, con la aplastante
victoria en segunda vuelta de
La otra
clave fue la gran decepción que significó el gobierno de Gabriel Boric,
que no aplicó ninguna reforma estructural ni supo estar a la altura de
las expectativas generadas tras el estallido social de 2019.
El año electoral cerró en Honduras con el
escrutinio más polémico. El CNE eligió el 24 de diciembre para anunciar,
24 días después de los comicios, el triunfo de Nasry ‘Tito’ Asfura
apenas 26 mil votos por sobre Salvador Nasralla. El eterno conteo de
votos estuvo marcado por interrupciones, fallas en el sistema y
denuncias de inconsistencias en miles de actas.
Nasralla denunció
“una grave traición a la voluntad popular y un “asesinato a la
democracia”, mientras que la candidata oficialista, Rixi Moncada,
coincidió en que “la proclama del ‘presidente electo’ es un fraude y una
imposición extranjera”. Incluso uno de los integrantes del CNE, Marlon
Ochoa, apuntó contra sus colegas y alertó: “EEUU y las élites aliadas
del crimen organizado quieren un presidente que responda a sus
intereses, no importa que surja de un golpe de estado electoral”.
La
injerencia explícita de Trump jugó también en las urnas argentinas,
donde el espaldarazo previo a Javier Milei fue determinante para la
victoria de su partido en la elección de medio término
Todas
las miradas apuntan al Norte. “El único verdadero amigo de la libertad
en Honduras es 'Tito' Asfura. Podemos trabajar juntos para luchar contra
los narcocomunistas”, había dicho Trump días antes de la votación y
amenazó con recortar la ayuda al país. Acto seguido, indultó al
expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (del partido de Asfura),
condenado en EEUU a 45 años por narcotráfico.
Al margen del
controversial desenlace, abre muchas preguntas el duro revés del
progresista partido Libre, que quedó en tercer lugar, más de 20 puntos
abajo, tras cuatro años en el gobierno con Xiomara Castro.
La injerencia explícita de Trump jugó también en las urnas argentinas, donde el espaldarazo previo a Javier Milei fue determinante para la victoria de su partido en la elección de medio término.
Claves del repunte derechista
“Estamos
en un cuadro de gran inestabilidad política, donde los oficialismos de
cualquier signo tienen mucha dificultad para mantenerse en sucesivos
gobiernos, salvo algunos casos a contracorriente como México o El
Salvador”, señala el periodista y analista internacional Marco Teruggi.
Más
allá de particularidades locales, parece haber un punto neurálgico en
la dinámica regional: el auge del crimen organizado y su metástasis
hacia el sur del continente. Un tópico en el que las derechas se mueven
como pez en el agua, al menos en lo discursivo, y en el que los
progresismos carecen de horizontes propositivos.
Teruggi destaca
que “las derechas han logrado conectar e imponer una serie de agendas de
tipo securitarias, de tipo económicas o de tipo anti migrantes, de
marcos de interpretación conservadores”. Y agrega otro factor de
relevancia: “Y han tenido mayor capacidad de unidad política, han
logrado un campo sumamente articulado”. De la mano de este último punto,
aparece el dilema de la renovación de liderazgos, con tensiones
internas que resultaron traumáticas (Bolivia, Ecuador, Argentina) o el
caso de Brasil donde Lula volverá a presentarse a sus 80 años.
Sobre
estos límites, Teruggi menciona también “la incapacidad de llevar
adelante las agendas prometidas. Ante una derecha mucho más avasallante,
mucho más segura hacia dónde quiere ir, las desuniones, las
frustraciones y las desilusiones son algunas claves de las derrotas del
progresismo”.
Tal vez el signo de época más preocupante sea que,
mientras las derechas se radicalizan y expresan la rebeldía al status
quo, los progresismos aparecen a la defensiva, como fuerzas
administradoras del orden. Álvaro García Linera habla de “una huelga de
ideas, una parálisis cognitiva”. Y lo llama “progresismo desteñido”.
En
tiempos de tanta insatisfacción con la democracia, esa falta de
audacia, de creatividad, de proyecto de futuro que despierte entusiasmo
en las grandes mayorías, junto a fracasos en la gestión, terminaron
abriendo paso a personajes neofascistas como Milei o Kast.
A la reconquista del “patio trasero”
Si
bien nunca cesó la injerencia estadounidense en la política
latinoamericana, el 2025 fue el año del regreso de “la diplomacia de las
cañoneras”, de la intervención militar directa 36 años después de la
invasión a Panamá.
Ocho buques de guerra, dos destructores, un
submarino nuclear, decenas de aviones de combate, bombarderos B-52, unos
8.000 marines y el Gerald Ford, el portaaviones más grande del mundo;
un cuarto de la flota naval de la principal potencia militar desplegadas
en las aguas del Caribe, cerca de las costas venezolanas.
Con el
pretexto de combatir al narcotráfico, en los últimos meses EEUU
bombardeó 29 lanchas (también en el Pacífico) y asesinó
extrajudicialmente a 104 personas, sin presentar ni una prueba, sin
ningún proceso judicial, violando completamente el derecho
internacional. En las últimas semanas desnudó uno de sus verdaderos
objetivos con el bloqueo al petróleo venezolano y el secuestro de buques
cargueros.
A principios de diciembre, la Casa Blanca blanqueó con
palabras lo que venía mostrando en los hechos. Presentó la Estrategia
de Seguridad Nacional 2025 con un título elocuente: El Corolario Trump de la Doctrina Monroe (presidente
estadounidense que en 1823 básicamente planteó que el continente
americano les pertenecía). Con la prepotencia de un emperador, Trump se
atribuye, sin eufemismos, el dominio total de la región: “Tras años de
abandono, EEUU reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restablecer
la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger
nuestro territorio nacional pero también para tener acceso a zonas
geográficas clave en toda la región”.
“La presión
extrema [de EEUU] busca alinear políticamente al continente y frenar el
avance de China, que es primero y segundo socio comercial de casi todos
los países de América Latina”
Leandro Morgenfeld,
historiador y especialista en la política exterior estadounidense,
explica que en ese documento “EEUU reconoce que ya no tiene las
capacidades que supo tener tras la posguerra fría de ser el hegemón y el
gendarme planetario, y plantea una suerte de vuelta a áreas de
influencia donde el hemisferio occidental es su zona de despliegue
privilegiada”.
La estrategia es nítida: en un contexto global de
transición hegemónica hacia un orden multipolar, EEUU decide replegarse
en lo que siempre consideró su “patio trasero”. Morgenfeld señala que
“este ataque contra todos los gobiernos no alineados tiene mucho más de
garrote que de zanahoria. Una presión extrema que busca alinear
políticamente al continente y frenar el avance de China, que es primero y
segundo socio comercial de casi todos los países de América Latina”.
El
texto de la Casa Blanca lo admite explícitamente: “Negaremos a los
competidores no-hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras
capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos
estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
La mira principal
apunta al cambio de régimen en Venezuela, por tener la primera reserva
de crudo mundial (Trump llegó al delirio de decir que el petróleo
venezolano le pertenece a EEUU) y por ser el gran aliado de sus
enemigos. Pero el objetivo es el control de los recursos naturales de
toda la región. A México lo amenazó con invadir militarmente con la
excusa de los cárteles y cambió el nombre del Golfo de México; a Gustavo
Petro lo incluyó con Maduro en su lista fantasiosa de líderes narco y
puso a Colombia también bajo posible ataque; a Brasil le quiso subir los
aranceles al 50%, pero la cintura diplomática de Lula logró revertir la
extorsión. Justamente los gobiernos que menos se subordinan a sus
designios.
“Lo que vemos es una militarización de la
política exterior, una vuelta a lo que fue la aplicación de ‘el gran
garrote’ con Roosevelt a principios del siglo XX”
Claro
que también tiene su ejército de vasallos, con Milei, Noboa y Bukele a
la cabeza. Y varias islas caribeñas (como Dominicana o Puerto Rico) que
utiliza como bases militares. “Lo que vemos es una militarización de la
política exterior, una vuelta a lo que fue la aplicación de ‘el gran
garrote’ con Roosevelt a principios del siglo XX, la idea de la
automanifestación de EEUU de intervenir en cualquier país para defender
sus intereses”, asegura Morgenfeld.
La ofensiva recolonizadora de
Trump avanza mientras siguen paralizados los procesos de integración
latinoamericana y los pocos líderes que se le plantan lo hacen de forma
aislada. Las elecciones en Brasil y Colombia en 2026 serán determinantes
para amortiguar el proyecto trumpista de dominación total de la región.
Lo que está en juego es, ni más ni menos, que la soberanía de América
Latina y el Caribe.