lunes, 23 de marzo de 2026

Argentina y Estados Unidos a 50 años del golpe: de Videla-Martínez De Hoz a Milei-Caputo

 

La subordinación política y el plan económico neoliberal son una continuidad aberrante.

En 1976, las Fuerzas Armadas comandadas por Videla daban garantías al secretario de Estado Henry Kissinger de mantener al país en el rumbo occidental, cristiano y anticomunista que requería la seguridad nacional de Estados Unidos. El apoyo de este país fue fundamental para consolidar la dictadura argentina instalada el 24 de marzo. Medio siglo más tarde, Milei rinde pleitesía a Trump mientras que Caputo acata las órdenes de Scott Bessent, completando el plan económico de Martínez de Hoz, inspirado en los Chicago Boys.

El 7 de marzo Milei asistió solícito a Miami a rubricar el “Escudo de las Américas”, una suerte de renovación del Plan Cóndor setentista. En el marco de la ofensiva contra Irán, el libertario coquetea con la idea de enviar tropas a Medio Oriente. A 50 años del golpe genocida, desentrañamos las enseñanzas que nos deja la historia para entender el actual vínculo entre la Casa Blanca y la Rosada.

Introducción

A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la relación entre Argentina y Estados Unidos, con la absoluta sumisión de Javier Milei a Donald Trump, vuelve a colocarse en el centro del debate político. Estudiar el vínculo entre Buenos Aires y Washington en los setenta no se trata solo de un ejercicio de memoria sobre el pasado dictatorial, sino de una clave interpretativa para comprender las continuidades estructurales que atraviesan las relaciones bilaterales. La articulación entre subordinación política y programa económico neoliberal —ensayada de manera brutal durante la última dictadura— reaparece hoy, bajo nuevas formas, en la experiencia del gobierno de Milei. Si bien los contextos son distintos, las continuidades son más profundas de lo que parece.

Los documentos desclasificados en las últimas décadas han permitido reconstruir con mayor precisión el rol desempeñado por Washington antes, durante y después del golpe. Lejos de la tesis de la prescindencia, la evidencia muestra una combinación de apoyo político, financiero y diplomático a la Junta Militar, en particular durante la gestión de Henry Kissinger. Ese respaldo fue decisivo para consolidar un régimen que no solo implementó un plan sistemático de terrorismo de Estado, sino que también inauguró una profunda transformación regresiva de la estructura económica argentina.

El paralelismo con el presente, queremos destacar, no es meramente retórico. La actual orientación del gobierno argentino —marcada por el alineamiento irrestricto con Estados Unidos y la adopción de políticas de liberalización extrema, en función de intereses extranjeros— remite a aquella experiencia fundacional del neoliberalismo en el país. El actual, de hecho, es el cuarto experimento neoliberal en la historia argentina, luego de los ensayados durante las presidencias de Videla, Menem y Macri. La comparación entre las duplas Videla–Martínez de Hoz y Milei–Caputo permite identificar continuidades en los mecanismos de dependencia, así como en los actores locales e internacionales que los promueven. No es casual, entonces, que el actual gobierno pretenda destruir las conquistas de los movimientos populares, democráticos y de las izquierdas, sintetizados en la consigna “Memoria, Verdad y Justicia”. La relectura del pasado que impulsa la Casa Rosada es funcional a legitimar no solamente el terrorismo de estado, sino las políticas económicas neoliberales desplegadas en esos años.

El golpe de 1976 y el respaldo estadounidense

El derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón no puede comprenderse sin atender al contexto internacional de la Guerra Fría y a la estrategia hemisférica de Estados Unidos. Si bien no hubo una intervención directa de la CIA como en el caso chileno, la documentación disponible evidencia un claro aval de la administración republicana. El secretario de Estado Kissinger no solo fue informado tempranamente sobre la represión que se desataría, sino que alentó a los militares a actuar con rapidez para evitar cuestionamientos.

El apoyo se expresó en múltiples dimensiones. En el plano financiero, organismos como el FMI y la banca privada internacional facilitaron créditos que habían sido previamente retenidos al gobierno constitucional, contribuyendo a su asfixia. En el plano diplomático, la Casa Blanca brindó cobertura a la Junta frente a las crecientes denuncias por violaciones a los derechos humanos. Y en el plano militar, se restablecieron canales de cooperación que habían sido limitados en los meses previos al golpe.

Dos días después del golpe se reunieron Kissinger y William D. Rogers, subsecretario de Estado, y debatieron sobre Argentina y la postura que debía tomar la Casa Blanca frente al golpe. Mientras Rogers anticipaba que se derramaría mucha sangre y aconsejaba no apresurarse, Kissinger planteó que los golpistas necesitaban del estímulo estadounidense y no quería dar la idea de que serían hostigados por Washington. Como bien recuerda Jon Lee Anderson en un artículo de 2016, Kissinger fue casi inmediatamente advertido por su subalterno: “Pienso que tendremos que esperar un grado de represión bastante alto, probablemente una gran cantidad de derramamiento de sangre en la Argentina dentro de muy poco tiempo. Pienso que van a aplicar mano muy dura no ya para con los terroristas, sino también con los disidentes gremiales y partidos políticos”. A lo que Kissinger le contestó: “Entonces tendremos que apoyarlos en todas las posibilidades con que cuenten […] porque realmente los quiero apoyar. No deseo aparecer como que los EEUU los estén acosando…”.

La designación de Martínez de Hoz como ministro de Economía fue interpretada en Washington como una garantía. Su programa —basado en la apertura financiera, la desregulación y el endeudamiento externo— coincidía con los intereses del capital transnacional y con la orientación que comenzaba a imponerse a nivel global. La dictadura, así, no solo disciplinó a la sociedad mediante el terror, sino que sentó las bases de un nuevo patrón de acumulación.

La primera reunión entre los dos jefes de las cancillerías argentina y estadounidense se produjo en Santiago de Chile, el 10 de junio de 1976. En 2004 se desclasificaron las 13 páginas del Memorándum de esa conversación, en la que el secretario de Estado Kissinger le dijo a su par argentino: “Estamos siguiendo de cerca los eventos en Argentina. Esperamos que al Nuevo gobierno le vaya bien y tenga éxito. Vamos a hacer lo que podamos para que tenga éxito […] Nosotros sabemos que Uds. están atravesando por un período difícil. Resulta un tiempo curioso toda vez que se juntan actividades terroristas, criminales y políticas, sin una separación clara entre sí. Comprendemos que deben ustedes adoptar una posición de autoridad bien clara […]. Si existiesen cosas que deben ser hechas, deberán ustedes hacerla rápidamente”.

Cuatro meses más tarde, el 7 de octubre, Kissinger se reunió nuevamente con el almirante Guzzetti en el famoso hotel Waldorf Astoria de Nueva York, ocasión en la que volvió a manifestarle al canciller su apoyo: “Nuestra actitud básica es que estamos interesados en que tengan éxito. Tengo una visión a la antigua de que los amigos deben ser apoyados. Lo que no se entiende en EE.UU. es que ustedes tienen una guerra civil. Leemos sobre los problemas de los derechos humanos, pero no el contexto. Cuánto más rápido tengan éxito, mejor”.

Estos dichos de Kissinger se conocieron por la desclasificación de documentos diplomáticos impulsada por organismos de derechos humanos y por el National Security Archive desde hace más dos décadas y gracias a la ley de libertad de información. Estas transcripciones de las reuniones entre los cancilleres —y también con el secretario de Estado interino Charles Robinson—, que analizamos en profundidad en el artículo “Kissinger y el terrorismo de estado en la Argentina”, hicieron explícito el apoyo de la Casa Blanca a la represión ilegal que se estaba desarrollando en la Argentina desde el 24 de marzo.

Kissinger fue una pieza clave en el vínculo de Estados Unidos con las fuerzas golpistas en la Argentina, antes, durante y después del 24 de marzo. Y siguió ejerciendo presiones a favor de la dictadura al menos hasta 1978, cuando ya no dirigía el Departamento de Estado y un sector del mismo, durante la primera mitad de la Administración Carter, pretendía sancionar al gobierno militar argentino por las reiteradas violaciones a los derechos humanos.

Neoliberalismo y dependencia: la herencia de Martínez de Hoz

El plan económico implementado a partir de 1976 implicó una ruptura con el modelo de industrialización por sustitución de importaciones. La liberalización del sistema financiero, la apertura comercial y la valorización del capital especulativo provocaron un proceso de desindustrialización, concentración económica y creciente dependencia externa.

Este modelo no fue una anomalía, sino el primer experimento sistemático del neoliberalismo en la Argentina. Sus efectos se proyectaron en las décadas siguientes, reapareciendo en distintas etapas —la convertibilidad en los años noventa, el endeudamiento durante el gobierno de Macri— y configurando una estructura económica altamente vulnerable.

La relación con Estados Unidos fue un componente central de este proceso. La inserción internacional del país se redefinió en términos de subordinación, abandonando los intentos de autonomía relativa que habían caracterizado a etapas previas. La Doctrina de Seguridad Nacional y la articulación represiva regional —expresada en el Plan Cóndor— completaron ese entramado de dependencia.

De la dictadura a Milei: continuidades y rupturas

El gobierno de Javier Milei retoma, en un contexto histórico diferente y con un origen y legitimidad distintos, por haber llegado a la Casa Rosada a través del voto, varios de los ejes centrales de aquella experiencia. En el plano económico, la orientación es claramente continuista: ajuste fiscal, desregulación, apertura irrestricta y promoción del capital financiero. La figura de Luis Caputo, con su trayectoria vinculada a los mercados internacionales, refuerza esta línea que iniciara Martínez de Hoz y continuara Domingo Cavallo.

En el plano político-diplomático, el alineamiento con Estados Unidos es incluso mucho más explícito que en etapas anteriores. La subordinación no se limita a la adopción de determinadas políticas, sino que se expresa en una adhesión ideológica y discursiva a la agenda de Washington. La relación con la administración Trump y con actores clave del sistema financiero global revela una convergencia que trasciende lo coyuntural.

A diferencia de los años setenta, el contexto internacional actual está marcado por la transición hacia un orden más multipolar. Sin embargo, lejos de aprovechar esa potencial mayor diversidad de vínculos, la política exterior argentina se orienta a reforzar su dependencia respecto de Estados Unidos e Israel. La ruptura o debilitamiento de relaciones con otros socios estratégicos limita los márgenes de maniobra y profundiza la vulnerabilidad.

El nuevo tutelaje financiero

El rol de actores como el secretario del Tesoro Scott Bessent ilustra, sin demasiado disimulo, la persistencia de mecanismos de control externo sobre la economía argentina. Los acuerdos financieros, presentados como herramientas de estabilización, operan en realidad como instrumentos de condicionamiento político. La historia de la deuda externa argentina muestra con claridad cómo estos dispositivos han sido utilizados para disciplinar a los gobiernos y orientar sus políticas.

En este sentido, el vínculo entre Caputo y los mercados internacionales reproduce la lógica inaugurada durante la dictadura. La prioridad otorgada a la confianza de los inversores y a la estabilidad financiera se traduce en un programa que recae sobre los sectores populares y debilita las capacidades del Estado.

La comparación con el pasado permite advertir que no se trata de episodios aislados, sino de una estructura de dependencia que se reactualiza en distintos momentos históricos. La novedad, en todo caso, radica en el grado de radicalidad y no disimulo con el que hoy se asume esa subordinación neocolonial.

A 50 años del golpe: lecciones y desafíos

El aniversario del golpe de 1976 no solo convoca a la memoria sobre el terrorismo de Estado, sino que obliga a reflexionar sobre las condiciones que hicieron posible aquella experiencia y sobre las continuidades que persisten en el presente. La articulación entre poder económico local, intereses internacionales y subordinación política constituye un eje central para comprender tanto el pasado como el presente.

La historia demuestra que los ciclos de dependencia no son inevitables. A lo largo del siglo XX, la Argentina ensayó distintas estrategias de autonomía, con resultados diversos. El desafío actual consiste en reconstruir una inserción internacional que permita ampliar los márgenes de decisión y promover un desarrollo más autónomo, en alianza con los demás países latinoamericanos.

En un contexto global de acelerada transición geopolítica del sistema mundial, las opciones no están dadas de antemano. La disputa entre proyectos —entre subordinación y autonomía, entre neoliberalismo y alternativas de desarrollo— sigue abierta. A cincuenta años del golpe, las enseñanzas de aquella trágica experiencia resultan imprescindibles para orientar los debates del presente y del futuro. El Nunca Más al terrorismo de estado también tiene que ser un Nunca Más a la subordinación geopolítica a los intereses de Wall Street y el Pentágono y un Nunca Más a las políticas neoliberales de aperturismo bobo y ataque contra los asalariados y las clases populares.

viernes, 20 de marzo de 2026

Washington, cada vez más aislado por su intervención en Irán


 

 

Washington, cada vez más aislado por su intervención en Irán.

Entrevista a Leandro Morgenfeld en "Séptimo piso", por Sputnik Mundo. 

miércoles, 18 de marzo de 2026

La era de la dominación estadounidense en la guerra económica ha terminado, dice hoy Nicholas Mulder. Reseña de Leandro Morgenfeld de su popular libro, que tiene una enorme actualidad

 


The era of US dominance in economic warfare is over

America has long used sanctions to coerce adversaries, but Iran and China can wield powerful economic weapons too

 ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 


 

Sanciones de destrucción masiva

Hoy en día las sanciones económicas están aceptadas como una herramienta más de las instituciones liberales globales. Pero esta «arma económica» a menudo termina siendo más letal que la propia guerra que pretende evitar.

Jacobin Latinoamérica, 2022

 

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

 

Mulder, Nicholas: The Economic Weapon: The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War, Yale University Press, New Heaven and London, 2022. 434 páginas

 

Por Leandro Morgenfeld[1]

 

Una parte fundamental de la actual Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada, que se libra en el plano militar hoy en Ucrania, son las enormes sanciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados contra Rusia, con efectos económicos, sociales y políticos para el mundo entero. Nicholas Mulder, profesor de la Universidad de Cornell, nos recuerda que hay que retrotraerse casi un siglo para encontrar una situación similar: “La última vez que una economía del tamaño de Rusia enfrentó un espectro de restricciones comerciales tan amplio como el que se aplicó tras la invasión a Ucrania fue en la década de 1930. No obstante, a diferencia de Italia y Japón en esa época, hoy Rusia es uno de los principales exportadores de petróleo, granos y otras materias primas esenciales”[2]. De este tema de enorme actualidad justamente se ocupa su último libro: de la génesis del “arma económica” en el período de entreguerras. Su interés, entonces, no se meramente histórico, sino que es más que útil para pensar el conflicto geopolítico que estremece al mundo, acelerando cambios tectónicos en el orden global, entre los que se destacan la crisis de hegemonía estadounidense, el ascenso de China y Asia-Pacífico, la creciente debilidad y subordinación de la Unión Europea y el fortalecimiento del eje Moscú-Pekín, que articulan además a otros emergentes, a través del grupo BRICS[3].

Claro está que su libro no fue gestado a las apuradas ante la coyuntura crítica que atraviesa el mundo, sino que es el resultado de varios años de investigación –en archivos de seis países, en cinco idiomas- para su tesis doctoral. Si bien es un trabajo histórico que se ocupa del período de entreguerras, concitó tanta atención por la vigencia de la temática abordada. Según un informe oficial de Naciones Unidas de 2015, un tercio de la población mundial vive en países que sufren algún tipo de sanción económica, como la prohibición de exportaciones e importaciones, el congelamiento de activos extranjeros, la expropiación de propiedades enemigas, la suspensión de patentes, el embargo de la venta de armas, entre otras. A pesar de que fue publicado este año, ya provocó repercusiones entre colegas y especialistas y fue discutido en diversas publicaciones, entre las que se destaca el blog Tocqueville21, que reunió las reseñas de Benjamin Coates, Liane Hewitt, Jamie Martin y Glenda Sluga, y las respuestas del propio Mulder[4].

La estructura del libro es bastante clásica y sigue un ordenamiento cronológico. En la introducción explica por qué, contra el sentido común, el “arma económica” podía ser más letal que la propia guerra que pretendía evitar. Los diez capítulos se dividen en tres partes. En la primera, se analizan los orígenes del arma económica (“La maquinaria del bloqueo, 1914-1917”, “El nacimiento de las sanciones desde el espíritu del bloqueo, 1917-1919”, “La paz-guerra, 1919-1921”). En la segunda, la legitimidad de dicho instrumento (“Calibrando el arma económica, 1921-1924”, “La policía mundial de Ginebra, 1924-1927”, “Sancionismo vs Neutralidad, 1927-1931”). En la tercera, las sanciones económicas en la crisis de entreguerras (“Seguridad Colectiva contra Agresión, 1931-1935”, “El experimento más grande en la Historia Moderna, 1935-1936”, “La bloqueo-fobia, 1936-1939” y “El arma económica positiva, 1939-1945”). En las conclusiones, “Del antídoto (para prevenir la guerra) a la alternativa”, Mulder repasa no sólo el recorrido histórico de tres décadas expuesto en su extensa obra, sino también lo que ocurrió con lo que luego se dieron en llamar “sanciones económicas”, en las décadas siguientes y hasta la actualidad.  

Como señala Mulder al final del libro, su historia de las sanciones en el período de entreguerras puede arrojar luz para entender el siglo XXI en tres áreas: destaca cuán profundamente el internacionalismo liberal fue formateado en la era de guerra total (1914-1945); pone en perspectiva cómo el ascenso de la hegemonía estadounidense normalizó el uso de las sanciones, al mismo tiempo que amplió sus objetivos (ya no sólo procurar cambios “externos”, en las relaciones entre países, sino también “internos”, como caídas de gobiernos); y nos lleva a pensar de qué manera la presión económica provoca (o más bien encuentra límites en su intento de provocar) resultados políticos, sugiriendo una novedosa y fundamental distinción entre efectos y eficacia de las sanciones económicas en la historia global.

La densa obra de Mulder es de interés no sólo para historiadores e internacionalistas, sino para economistas, sociólogos y politólogos y abogados especialistas en derecho internacional. Hoy en día las sanciones están aceptadas como una herramienta más de las instituciones liberales globales y los límites para ponerlas en práctica son cada vez menores –el caso actual de Rusia es una clara muestra de ello-. Mulder nos presenta una genealogía compleja de cómo se implementaron e incorporaron en la naciente Liga de Naciones, y de qué forma, a su vez, se heredaron en el sistema de Naciones Unidas.

Si bien rara vez consiguen sus objetivos, las sanciones son el arma preferida de la política exterior estadounidense desde hace décadas. Fácilmente eludidas por sus víctimas, suelen provocar devastadores efectos humanitarios en civiles inocentes. El caso de Irak en los años noventa es sumamente ilustrativo. Lo interesante de la investigación de Mulder, que recrea los tempranos debates político-morales planteados a principios del siglo XX (recordando, por ejemplo, cómo organizaciones feminsitas se opusieron a los bloqueos por las catástrofes humanitarias que generaron) es que se centra no tanto en la eficacia de las sanciones (muestra que sólo “sirvieron” en casos muy concretos y contra países relativamente débiles), sino en los efectos que produjeron. Eso le sirve, por ejemplo, para argumentar que muchas veces provocaron lo que supuestamente procuraban evitar: empujaron a Alemania, Italia y Japón a la expansión imperialista que terminó en la segunda guerra mundial. Mientras que los gobiernos de Francia y el Reino Unido las consideraban como un arma que podía prevenir la guerra, tanto para Hitler como para Mussolini eran parte de la guerra. El Führer, según un diplomático suizo, declaró “Yo necesito Ucrania, así no pueden someternos a la hambruna como iniciaron en la última guerra” (Mulder, 2022: 249 [traducción propia]).

Uno de los puntos interesantes que plantea Mulder es que, luego de la primera guerra, políticos de ambos bandos se convencieron –erróneamente- de que el bloqueo económico había sido decisivo para derrotar a Alemania y al Imperio Austro-Húngaro. Eso impulsó a los partidarios de las sanciones, desdibujó las fronteras entre la guerra y la paz, minó el estatus de la neutralidad y se instaló en el corazón del internacionalismo liberal.

Las sanciones fueron útiles, por ejemplo, para disuadir a Yugoslavia de invadir Albania en 1921, pero en los treinta fracasaron para prevenir la conquista de Etiopía por parte de la Italia de Mussolini. Sin embargo, no fue a causa de que fueran un “tigre de papel”. Contrariando a la mayor parte de los analistas, Mulder dice que ese fracaso no se debió a que fueron demasiado blandas –insuficientes-, sino demasiado fuertes y extremas, y en consecuencia difíciles de implementar y potencialmente contraproducentes.

Otro punto fundamental sobre el que Mulder pone es foco es la crítica al presupuesto liberal de que los seres humanos son maximizadores racionales del interés propio. Así, los partidarios de las sanciones argumentaban que éstas detendrían la guerra, en tanto los ciudadanos de los países que podrían sufrirlas reaccionarían ante el desmejoramiento de sus condiciones materiales de vida y exigirían a sus líderes que evitaran la guerra y mantuvieran la paz. Como señala Mulder, “La mayoría de la gente en la mayoría de los lugares la mayor parte de las veces toma decisiones colectivas tomando en cuenta un número mucho mayor de consideraciones” (Mulder, 2022: 297 [traducción propia]). O sea, deja de lado el modelo simplista del homo economicus.

Benjamin Coates, por su parte, resalta que “El surgimiento de ‘sanciones’ como el término preferido para la coerción económica en tiempos de paz demuestra el poder de los defensores de las mismas. Los líderes alemanes e italianos de entreguerras rechazaron la descripción y, en cambio, conceptualizaron las sanciones como simplemente la continuación del bloqueo de los tiempos de la guerra. Que las sanciones hoy en día sigan siendo vistas comúnmente como una alternativa a la guerra refleja el residuo de la hegemonía global estadounidense. Incluso los programas estadounidenses unilaterales se describen como ‘sanciones’, lo que sugiere las formas en que Washington ha buscado universalizar sus intereses nacionales”[5]. Esto es significativo dado el doble rol –a veces contradictorio- entre Estados Unidos como gendarme planetario, a cargo de la gestión colectiva y la asociación económica, lo que implica una coordinación (aunque acotada) de la tríada Estados Unidos-Europa-Japón, y la defensa lisa y llana de sus intereses nacionales.

Liane Hewitt destaca correctamente como una de las tesis fundamentales del libro que el “arma económica” reinventó el liberalismo en el siglo XX, en el que se impusieron la guerra total y la soberanía nacional sobre la economía. La incorporación de las sanciones económicas dentro la de Carta de Naciones Unidas, en 1945, fue el triunfo final de los defensores de las mismas contra los neutralistas, luego de dos décadas de debates, que Mulder recrea en detalle. Así, uno de sus aportes de su obra es que reinterpreta la crisis del liberalismo del período de entreguerras no sólo como el resultado de los embates de fascistas y comunistas contra el orden liberal, sino también de un conflicto agudo entre los propios liberales: sancionistas vs. neutralistas. La segunda tesis de Mulder, según esta doctoranda de la Universidad de Princeton, es que la amenaza de sanciones económicas, en la década de 1930, no sólo no frenó la guerra, sino que tuvo un efecto desestabilizador, generando presiones económicas que empujaron los planes expansionistas de Alemania, Italia y Japón. A contramano de la opinión común, Mulder sostiene que su inefectividad para prevenir la conflagración mundial se debió a su dureza. Los efectos fueron contraproducentes. Como concluye Hewitt, “… lejos de pavimentar el camino para el sueño liberal de la paz perpetua, las sanciones parecen incentivar el descenso hacia la perpetua ‘guerra de paz’ o las ‘guerras eternas’”[6]. La Administración Biden debería estudiar mejor esta experiencia histórica, dada la forma en que está encarando la confrontación con Rusia.

Si, como dijo Carl von Clausewitz, la guerra no es simplemente un acto militar, sino una continuación de las relaciones políticas por otros medios, este libro muestra la génesis del proceso a través del cual se fue difuminando la frontera entre la guerra y la paz, habilitando a ciertos gobiernos poderosos –y las instituciones que manejan, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial- a sancionar a otros, incluso sin declararles formalmente la guerra. Quizás enriquecería el análisis incluyendo las teorías del imperialismo, tan populares en esa época, y las nociones de hegemonía, o las más actuales de la geopolítica crítica, para dar cuenta de cómo las sanciones moldearon (y moldean) la estructura jerárquica de las relaciones interestatales. Y cómo son usadas hoy en día, fundamentalmente por Estados Unidos y las potencias occidentales, para intentar ralentizar el proceso de transición hacia un mundo más multipolar.

Como señala Jamie Martin, Rusia y China parecen haber aprendido la lección. El desarrollo de dos poderosos instrumentos del liberalismo globalista –los préstamos condicionados y las sanciones económicas- animó a Pekín y a Moscú a fortalecer sus capacidades nacionales y avanzar hacia la “amistad sin límites” que anunciaron en febrero pasado, impulsando además alianzas estratégicas con India, Irán y otros actores de peso, para plantear nuevas instituciones globales que no les sean hostiles. Pocas veces un estudio histórico como el de Mulder fue publicado en un momento tan oportuno.



[1] Profesor Regular UBA. Investigador Independiente CONICET. Co-Coordinador del GT CLACSO Estudios sobre Estados Unidos. Compilador de El legado de Trump en un mundo en crisis (SigloXXI, 2021). Dirige el sitio www.vecinosenconflicto.com  TW: @leandromorgen

[2] Mulder, Nicholas 2022 “El arma de las sanciones”, en Finanzas y desarrollo, junio, pp. 20-23, en https://www.imf.org/es/Publications/fandd/issues/2022/06/the-sanctions-weapon-mulder. Consultado el 7 de julio de 2022

[3] Merino, Gabriel, Bilmes Julián y Barrenengoa, Amanda 2022 (13 de junio) “Ascenso de China: contradicciones sistémicas y desarrollo de la guerra mundial híbrida y fragmentada”, en https://thetricontinental.org/es/argentina/chinacuaderno3/. Consultado el 5 de julio de 2022.

[4] Schaefer, Christopher (coordinador) 2022 (14 de marzo) “Book Forum: The Economic Weapon”, en https://tocqueville21.com/wp-content/uploads/2022/03/Book-Forum-The-Economic-Weapon-Nicholas-Mulder.pdf. Consultado el 7 de julio de 2022

[5] Schaefer, Christopher, Op. Cit., p. 6 [traducción propia]

[6] Schaefer, Christopher, Op. Cit., p. 11 [traducción propia]

lunes, 16 de marzo de 2026

DONALD TRUMP: IMAGEN y PROYECCIÓN POLÍTICA tras la GUERRA ¿SE DESPLOMA su LIDERAZGO?

La guerra en Medio Oriente golpea a Donald Trump y tensiona al Partido Republicano. Entrevista a Leandro Morgenfeld en Infobae

 


La guerra en Medio Oriente golpea a Donald Trump y tensiona al Partido Republicano

El conflicto, que ya atraviesa su tercera semana, impacta en la economía, profundiza las divisiones dentro del movimiento republicano y complica el escenario político del presidente de Estados Unidos de cara a las elecciones legislativas, según el análisis de un especialista