sábado, 3 de octubre de 2026

Elecciones en Brasil: cómo impactaría el triunfo de Lula o Bolsonaro en el escenario regional y mundial

Elecciones en Brasil: los votantes dirimen entre Lula o Bolsonaro. El resultado tendrá fuerte impacto en la región y el mundo. 

Elecciones en Brasil: cómo impactaría el triunfo de Lula o Bolsonaro en el escenario regional y mundial

Los candidatos representan proyectos políticos opuestos y un resultado favorable para uno u otro tendría consecuencias que exceden las fronteras del país. El historiador Leandro Morgenfeld analizó las posibles transformaciones para América Latina y el orden internacional ante cada uno de los desenlaces.

En diálogo con C5N, Leandro Morgenfeld, historiador, docente de la UBA e investigador del CONICET, analizó el escenario abierto por los comicios y recordó una frase de Richard Nixon: "'América Latina va donde va Brasil'. Sin duda, la definición de lo que pase en Brasil va a inclinar el mapa político regional", sostuvo.

Brasil es la principal economía de América Latina y, por tamaño territorial, población y capacidad comercial, ocupa un lugar central en cualquier discusión sobre integración sudamericana. Esa condición explica la importancia histórica del vínculo con Argentina y del Mercosur, pero también el interés de China, Estados Unidos y la Unión Europea sobre la orientación internacional que adopte el próximo gobierno.

Lula y Flávio Bolsonaro, las caras de la polarización.

Lula y Flávio Bolsonaro, las caras de la polarización.

Morgenfeld ubica la elección dentro de una disputa regional más amplia. "Estamos en un contexto en esta segunda presidencia de Trump de avance de los gobiernos de ultraderecha en la región, incluso la participación implícita de Estados Unidos en muchos procesos electorales", afirmó, antes de marcar una diferencia entre Brasil y México frente a Washington.

"Hoy, si bien hay muchos gobiernos de la región alineados con Trump, en los dos principales que son México y Brasil tienen gobiernos que plantean una política soberanista y no alineada con Trump, y por supuesto Brasil es el más importante de Sudamérica", explicó el historiador.

Lula, Bolsonaro y una nueva etapa para Brasil: qué pasará con México

Lula llega a esta elección después de haber gobernado Brasil durante dos mandatos consecutivos, entre 2003 y 2010, y de haber regresado al Palacio del Planalto en 2023. Su trayectoria estuvo atravesada por uno de los episodios más fuertes de la política brasileña reciente: permaneció 580 días preso, desde abril de 2018 hasta noviembre de 2019. En 2021, el Supremo Tribunal Federal anuló las condenas de la Operación Lava Jato al determinar que la Justicia Federal de Curitiba no era competente para juzgar esas causas.

El otro apellido central de la elección es Bolsonaro, aunque existe una diferencia fundamental: el candidato es Flávio, mientras que su padre, Jair, fue condenado en 2025 a 27 años y tres meses de prisión por delitos vinculados con la tentativa de golpe de Estado para impedir la asunción de Lula tras las elecciones de 2022.Para Morgenfeld, una victoria de Lula reforzaría el vínculo con el gobierno de México y el eje regional que, según su lectura, busca mayor autonomía frente a Estados Unidos. "Si Lula consigue la reelección, sin duda el eje que tiene con Claudia Sheinbaum va a verse fortalecido y va a tener un impacto regional muy importante", señaló.

Lula Da Silva va por la reelección en Brasil.

Lula Da Silva va por la reelección en Brasil.

En cambio, consideró que un triunfo de Flávio Bolsonaro modificaría ese equilibrio: "Si triunfa el hijo de Jair Bolsonaro, sin duda va a sumarse al escudo de las Américas y a pintar el continente de gobiernos de derecha y ultraderecha, y va a dejar muy aislado al gobierno de Sheinbaum".

Mercosur, China y Estados Unidos: qué está en juego

El resultado también tendrá consecuencias sobre el Mercosur, creado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y sostenido desde entonces sobre una relación particularmente estrecha entre Buenos Aires y Brasilia. Para el analista, una continuidad de Lula ofrecería respaldo político a ese esquema de integración. "Sin duda, si gana Lula va a ser un espaldarazo para que el Mercosur siga siendo una opción para los países del Cono Sur", afirmó.

El docente vinculó esa discusión con la relación bilateral entre Argentina y Brasil y con las diferentes estrategias de inserción internacional. Recordó que Lula había impulsado en 2023 la incorporación de la Argentina a los BRICS, mientras que Javier Milei descartó ese ingreso al asumir la Presidencia. "Han planteado el eje Argentina-Brasil como un eje de articulación clave para empezar a pensar a América del Sur como un polo emergente en este mundo cada vez más multipolar", planteó.

Flávio Bolsonaro en campaña con su remera

Flávio Bolsonaro en campaña con su remera "Brasil sin miedo".

En el escenario contrario, el historiador advirtió que el bloque podría atravesar una etapa de mayor crisis: "Si en cambio gana Bolsonaro, yo creo que el Mercosur va a estar en su momento más débil". El planteo adquiere relevancia porque Brasil es el actor de mayor peso dentro del esquema regional y, además, mantiene una agenda comercial que excede ampliamente a sus vecinos.

China es actualmente el principal destino de las exportaciones brasileñas y también tiene un peso creciente en las importaciones, mientras Estados Unidos continúa siendo un socio comercial estratégico y la Unión Europea ocupa otro lugar central. En los primeros ocho meses de 2026, China concentró el 30,7% de las exportaciones brasileñas y el 26,4% de sus importaciones.

Por eso, el investigador también interpretó la elección como una discusión sobre el posicionamiento de Brasil frente a las grandes potencias. "Si gana Bolsonaro, va a tener una política absolutamente alineada con Estados Unidos", afirmó. Sobre una continuidad de Lula, en cambio, sostuvo: "Brasil está planteando una diversificación, sin romper con Estados Unidos, pero una diversificación de las relaciones no solo económicas, sino también políticas".

Esa estrategia "plantea un vínculo no solo con Estados Unidos y China, también con la Unión Europea, con India y con Rusia, con otros actores, polos emergentes en este mundo cada vez más multipolar", agregó Morgenfeld.

La religión y su relevancia en la captación de votos en los últimos años

La religión es otro componente de la disputa electoral. El Censo 2022 mostró que el 56,7% de los brasileños de 10 años o más se declaraban católicos y el 26,9% evangélicos, en un país donde el crecimiento de las iglesias evangélicas transformó su peso social y político durante las últimas décadas, a favor de los partidos más conservadores. Esa composición no determina por sí sola el voto, pero forma parte de las identidades que atraviesan la campaña.

La primera vuelta será este domingo y, si ningún candidato supera el 50% de los votos válidos, habrá una segunda instancia el 25 de octubre. Morgenfeld consideró que una diferencia menor a cinco puntos entre los principales candidatos dejaría abierta esa definición: "Va a ser un escenario absolutamente abierto de cara a la segunda vuelta electoral".

En ese escenario, Brasil no solo definirá quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos cuatro años: también pondrá en discusión el rumbo de la mayor potencia sudamericana frente al Mercosur, sus vecinos y las grandes potencias que disputan el dominio geopolítico del mundo.

 

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Entrevista a Leandro Morgenfeld sobre Milei en EEUU, viaje 18, elogios a Trump y Netanyahu, críticas a Lula y papelón con Bloomberg

 

#LasPalabrasYLasCosas Entrevista con Leandro Morgenfeld 26-9-26

26 de septiembre, 2026 18:39


4 reproducciones

Marcos Cittadini entrevista al analista internacional Leandro Morgenfeld sobre el paso de Javier Milei en Nueva York y sus reuniones con funcionarios de Estados Unidos

martes, 8 de septiembre de 2026

Programa Interescuelas de Historia Mesa Nº 64: “Historia de las relaciones internacionales, de la integración regional y de la política exterior en América Latina, desde las independencias hasta la actualidad”

 


 


 

 

Mesa Nº 64: “Historia de las relaciones internacionales, de la integración regional y de la política exterior en América Latina, desde las independencias hasta la actualidad”

 

La mesa funcionará sólo el día Jueves 24/9


Jueves 8 a 12 hs.

 

Bloque 1: Entre las independencias y los Estados Nacionales. Las relaciones internacionales latinoamericanas en el siglo XIX

 

Giletta Carina FHUC-UNL – “Indicios de unidad desde los sectores subalternos: antecedentes en la coyuntura insurgente sudamericana de fines del siglo XVIII.”

 

Comenta: Julián Kan

 

Garese Juan Martín (IICS-UCA) – “Redes informativas y de inteligencia en la diplomacia norteamericana: una aproximación desde la correspondencia de Joel Robert Poinsett en Buenos Aires (1811)”

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Alberto Mariana (FHUC-UNL Universidad Nacional del Litoral) - "El seguro medio de consolidar la América, de hacerla respetable y de mantenerla tranquila, es la confederación” Una aproximación a los proyectos de unidad latinoamericana del siglo XIX desde la propuesta de Juan Egaña”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

Kloster Mariano Ignacio UNMDP-CONICET – “El vínculo entre las Provincias Argentinas y Bolivia luego de Ayacucho (1825-1828)”.

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Bañuls Gabriel Hernán (UNMDP) – “La disputa por un ideal “americanista” entre rosistas y antirrosistas durante el Sitio de Montevideo

(1843-1851)”.

 

Comenta Julián Kan

 

Martín Manuel (ILH- FFyL–UBA) - “La historia, las armas y las letras: discusiones de la juventud porteña (1862-1870)”.

 

Comenta Julián Kan

 

Bloque 2: Política exterior argentina (siglos XX y XXI)

 

Rodas Vera Gabriel German (UNSJ-FFHA) – “Entre Moscú y Argentina: Leopoldo Bravo y las relaciones diplomáticas entre el peronismo y la URSS (1946–1953)”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

Curci Lautaro Tomás CESPA/FCE/UBA, Gómez Teresita 6411253 CESPA/FCE/UBA – “El Comercio exterior bajo políticas desarrollistas (1958-1962)”

 

            Comenta Julián Kan

 

 

Jueves 14.30 a 19.30hs.

 

Bloque 2: Política exterior argentina (siglos XX y XXI) [continuación]

 

 

Pasos Lucrecia Cecilia (CERPI-IRI-UNLP) – “La política exterior del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989): en torno a los derechos humanos, como sinónimo de una potencia moral”.

 

Comenta Julián Kan

 

Pasquariello Sebastian Fernando (UBA-FCE) – “Empresas españolas y poder blando en las relaciones hispano-argentinas de los años 90.”

           

Comenta: Alejandro Simonoff

 

Simonoff Alejandro Cesar (Idichs-UNLP) – “El globalismo soft y hard a la ofensiva conceptual para explicar la política exterior argentina”.

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Bloque 3: América Latina bajo la Guerra Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional

 

Lucietto Franco Agustín (IPEHCS – UNCo – CONICET) – “Análisis comparado de la dimensión estratégica militar de la política exterior de Brasil, Chile y Perú durante la Distensión de la Guerra Fría (1962-1979)”.

 

Comenta: Alejandro Simonoff

 

Da Silva Carlos Alfredo (UNR) – “El intervencionismo estadounidense en el gobierno chileno de la Unidad Popular (1970-1973)”

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Aguirre Guevara Emiliano Gabriel (FFyL-UBA / IRI-UNLP / AEN-CCC) – “La guerra como oportunidad. La búsqueda venezolana de complementariedad económica con Argentina”.

 

Comenta Julián Kan

 

Bloque 4:  Disputas geopolíticas recientes, transición hegemónica e integración regional

 

Kan Julián (UBA / IDEHESI-CONICET / UNSAM) – “¿En boxes? Historia y geopolítica actual del sector automotriz del MERCOSUR. Entre el acuerdo con la UE y el desembarco de las firmas chinas”.

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Fernández Paula Daniela (UNILA) y Romero Fernando Gabriel (UNILA) – “China en América Central: relaciones en el marco de la disputa hegemónica”

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Morgenfeld Leandro (UBA-IDEHESI-CONICET) – “Argentina ante el Corolario Trump de la doctrina Monroe: lecciones históricas y desafíos del presente”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

viernes, 10 de julio de 2026

VI Jornadas de la Asociación Latinoamericana de Historia de las Relaciones Internacionales (ALAHRI)


 📚 VI Jornadas de la Asociación Latinoamericana de Historia de las Relaciones Internacionales (ALAHRI)
Del 14 al 16 de julio de 2026 se desarrollarán las VI Jornadas de ALAHRI en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (Av. Córdoba 2122, CABA – SUM, Primer Piso).
Durante tres jornadas se llevarán a cabo conferencias magistrales, paneles especiales y mesas de ponencias con la participación de investigadores e investigadoras de Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y otros países de América Latina.

📅 Cronograma general
🗓️ Martes 14 de julio
🕘 8:45 a 9:15
* Acreditación
🕘 9:15 a 15:30
* Apertura de las Jornadas
* Conferencia homenaje a Amado Cervo
* Mesas sobre Relaciones Internacionales del siglo XIX
* Presentación de investigaciones de posgrado

🗓️ Miércoles 15 de julio
🕣 8:30 a 15:30
* Mesas sobre Relaciones Internacionales del siglo XX
* Historia del Tiempo Presente
* Metodologías y debates disciplinares
* Economía y seguridad internacional
* Presentaciones en formato pitch de estudiantes de grado

🗓️ Jueves 16 de julio
🕘 9:00 a 18:30
* Teoría, disciplina e historia intelectual de las RRII 
* Guerra Fría y sistema interamericano
* Economía e integración regional
* Diplomacias y derechos
* Historia del Tiempo Presente
* Presentación de informes de investigación
* Mesa de cierre: Argentina y sus Relaciones Internacionales en la geopolítica actual

📍 Entrada libre para asistentes.
📄 Programa completo:
https://drive.google.com/file/d/12bUx1CfZ7ZqA3dfFF3E7lkH_3AndVP9U/view?usp=drivesdk 

 

 

domingo, 28 de junio de 2026

Nacido el 4 de julio: el canto del cisne imperial




Por: Leandro Morgenfeld
Tektónikos
junio 28, 2026


Sus 250 años encuentran a EE.UU. en una decadencia cada vez más palpable.

Con impronta trumpista, como ocurrió el 14 de junio en los jardines de la Casa Blanca en coincidencia con su cumpleaños 80, Estados Unidos se apresta a celebrar con toda la pompa los 250 años de la declaración de su independencia. Ese hito, que marcó los procesos de descolonización en el resto del continente americano, hoy está siendo instrumentalizado para intentar maquillar una realidad inocultable: Estados Unidos está acelerando su declive hegemónico. La decadencia del imperio americano no es ya una utopía futurista izquierdista, sino una realidad cada vez más palpable.

Hay algo de la película de Oliver Stone en esta escena. En Nacido el 4 de julio (1989), Tom Cruise encarnaba a Ron Kovic, el joven que partía a Vietnam envuelto en la bandera y regresaba en silla de ruedas, convertido en uno de los rostros más visibles del desencanto con el mito de invencibilidad del imperialismo estadounidense. Casi cuatro décadas después, el país que se apresta a festejar con grandilocuencia los 250 años de su independencia, parece atrapado en una versión invertida de aquel relato: cuanto más estridente es la celebración, más evidente resulta aquello que intenta ocultar.

El 14 de junio, en los jardines de la Casa Blanca, Donald Trump hizo coincidir los festejos de su cumpleaños número 80 con una puesta en escena de poderío nacional (algo similiar a lo que ocurrió en junio del año pasado, lo cual potenció las protestas con la consigna No Kings). La pompa militar, los desfiles y la liturgia patriótica anticipan lo que será la gran conmemoración del 4 de julio de 2026, cuando se celebren dos siglos y medio de la histórica Declaración de Independencia de 1776 que, no por casualidad, inspiró los procesos de emancipación del resto del continente americano. Pero la fecha, lejos de exhibir una fortaleza incontestable, funciona hoy como maquillaje. La grandilocuencia del aniversario es directamente proporcional a la fragilidad que pretende disimular. Trump nos tiene acostumbrados a este tipo de puestas en escena.

Un Estados Unidos más débil con un Trump más poderoso

La paradoja que define esta vuelta a la Casa Blanca del magnate neoyorquino puede resumirse en una frase: nunca un presidente estadounidense concentró tanto poder interno gobernando un país tan debilitado en términos relativos. En su segundo mandato, Trump ganó el voto popular que había perdido en 2016, se apropió casi por completo del Partido Republicano —incluso este año muchos de sus candidatos se están imponiendo en las elecciones primarias del GOP—, controla ambas cámaras del Congreso y dispone de una Corte Suprema ultraconservadora moldeada por él mismo. Y, sin embargo, conduce una potencia que viene siendo desafiada —sobre todo en el plano económico y tecnológico— por China y otros poderes emergentes.

Esa combinación —más concentración de poder político puertas adentro, más fragilidad relativa puertas afuera— explica el rasgo central de la política exterior trumpista: el recurso creciente a la coerción. Donde ya no puede competir económicamente con China —industria, comercio—, Washington refuerza aquello en lo que todavía conserva ventaja, el músculo militar y la presión diplomática. El garrote reemplaza a la zanahoria porque la zanahoria, sencillamente, escasea. Pero incluso en el ámbito bélico, el resonante fracaso en la guerra contra Irán siembra cada vez más dudas sobre las capacidades militares del país que tiene desplegadas centenares de bases por todo el mundo.

El declive ya no es una profecía izquierdista

Durante décadas, hablar del declive estadounidense fue casi un patrimonio exclusivo de la izquierda académica. Hoy el debate desbordó el campo de los especialistas y se instaló en los grandes medios. No hay consenso, claro, pero sí distintas periodizaciones que conviene tener presentes. Una primera mirada, desde la teoría del sistema-mundo —Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi—, ubica el punto de inflexión en los años setenta: la ruptura del patrón dólar-oro en 1971, la derrota en Vietnam, el shock petrolero de 1973. Otra lo sitúa a partir de 2001, con la sobreextensión imperial de las guerras de Afganistán e Irak que ya había anticipado Paul Kennedy. Una tercera lo marca en la crisis financiera de 2008, que aceleró el ascenso de China. Y una cuarta, en la pandemia de 2020, que aceleró tendencias preexistentes.

Conviene ser honestos: hay también una literatura que relativiza o niega el declive. Autores como Stephen Brooks, William Wohlforth o Michael Beckley subrayan que, en términos militares y de innovación, Estados Unidos sigue sin tener rival; Joseph Nye insiste en su capacidad de atracción cultural. El punto no es elegir un bando, sino precisar de qué hablamos. El declive es relativo, estructural y de largo plazo: no implica un colapso abrupto, sino una pérdida sostenida de peso comparativo. En el corto plazo, Trump puede acumular victoria, pero muchas de ellas son pírricas. China, que no tiene ciclos electorales que la obliguen a mostrar resultados cada dos años, puede sostener estrategias durante décadas. Esa asimetría de horizontes temporales es decisiva. Como venimos analizando en distintos trabajos, asistimos a una transición geopolítica del sistema mundial hacia una multipolaridad relativa que abre nuevos márgenes de autonomía para el Sur Global.

El corolario Trump: la doctrina Monroe recargada

En noviembre de 2025, la administración Trump presentó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que formaliza lo que distintos analistas bautizaron como el “corolario Trump” de la doctrina Monroe. El documento lo dice con todas las letras: Estados Unidos negará a los “competidores no hemisféricos” la capacidad de poseer o controlar activos estratégicos en el continente, e identifica tres amenazas en el hemisferio —la migración, el narcotráfico y la presencia de China. Completada en enero de 2026 por una nueva Estrategia de Defensa Nacional, que coloca la dominación del hemisferio occidental como primera prioridad del Pentágono, la arquitectura quedó completa: la primera fija los objetivos políticos; la segunda, los medios militares para alcanzarlos.

Lo novedoso no es el contenido —Washington nunca abandonó la pretensión de tratar a América Latina como su patio trasero—, sino el grado de explicitación. A diferencia de formulaciones previas, revestidas del lenguaje de la “promoción democrática”, el corolario Trump recupera abiertamente una gramática decimonónica de esferas de influencia. Conviene además despersonalizar el análisis: esta orientación no nació del capricho de un mandatario iconoclasta. Fue elaborada durante los años de oposición a Biden a través del Proyecto 2025, coordinado por la Heritage Foundation, y expresa los intereses de fracciones del capital estadounidense perjudicadas por la globalización neoliberal. Trump pasa; la estrategia, probablemente, perdure.

Del garrote en Caracas al asedio a La Habana

La traducción operativa de esa doctrina no se hizo esperar. En enero de 2026, con la llamada “Operación Resolución Absoluta”, Estados Unidos bombardeó instalaciones militares en Caracas y La Guaira, capturó al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, y los trasladó a su territorio para juzgarlos por narcoterrorismo. Fue la primera intervención militar estadounidense sobre el territorio continental sudamericano en los doscientos años de historia independiente de la región. Tras la operación se levantaron las sanciones petroleras y se abrió la industria de hidrocarburos a la privatización: Trump declaró que su país “gobernará” Venezuela.

Sobre Cuba, el cerco se volvió asfixia. Cortado el suministro de petróleo venezolano del que dependía, recrudecido el bloqueo a niveles inéditos, Washington fijó abiertamente el cambio de régimen como objetivo. La fórmula del secretario de Estado Marco Rubio sintetiza la secuencia: el camino a La Habana pasa por Caracas. Pero la coerción no siempre rinde como se espera. Brasil, lejos de doblegarse ante aranceles del 50%, profundizó su diversificación hacia China. El caso argentino, en cambio, ilustra la otra cara: el gobierno de Javier Milei ofrece un nivel de alineamiento con Washington sin precedentes en nuestra historia, sin obtener a cambio concesiones económicas concretas. La paradoja del corolario queda a la vista: mientras Estados Unidos tiene cada vez menos para ofrecer, ciertos gobiernos ofrecen su subordinación como un bien en sí mismo.

Ormuz y Beijing: el imperio que pide mediación

Dos hitos de 2026 desnudan, más que cualquier declaración, el estado real de la correlación de fuerzas. El primero es el conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán, iniciado a fines de febrero. La reacción iraní en el Golfo Pérsico provocó una crisis energética sin precedentes: con el Estrecho de Ormuz funcionalmente cerrado, el barril de Brent trepó de 60 a más de 100 dólares, la mayor perturbación geopolítica del suministro de petróleo de la historia. El empantanamiento confirmó el viejo diagnóstico de la sobrecarga imperial: Washington debió reorientar recursos hacia el Golfo justo cuando intentaba reforzar su presencia hemisférica, y terminó dependiendo de la intermediación diplomática china para presionar a Teherán.

El segundo hito es todavía más elocuente. Entre el 13 y el 15 de mayo de 2026, Trump viajó a Beijing —la primera visita de Estado de un presidente estadounidense desde 2017— a pedirle mediación al rival que acababa de vencerlo en la guerra arancelaria. Esa sola imagen condensa una época. Entrevistado por Fox News tras la cumbre, el propio Trump improvisó un nombre para la relación: “Yo le llamo el G-2”. El desliz reveló, involuntariamente, lo que la narrativa de la primacía estadounidense había resistido durante décadas. Numerosos analistas coincidieron en que fue un momento definitorio: por primera vez, fue Xi Jinping quien marcó la agenda y los términos del encuentro. La fotografía más perdurable —los dos líderes frente al Templo del Cielo, con Trump notablemente callado ante las preguntas sobre Taiwán— vale más que mil documentos estratégicos.

En conjunto, el empantanamiento en el Estrecho de Ormuz y la cumbre de Beijing con su simbología de paridad entre potencias condensan, en el corto período transcurrido desde la reasunción de Trump, las tendencias estructurales que los distintos enfoques del declive venían señalando desde hace décadas: la sobreextensión imperial, la erosión de la legitimidad normativa y la creciente incapacidad de competir económicamente con China y el desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional hacia el Indo-Pacífico.

Esta lectura se ve reforzada por el desenlace mismo del conflicto. A mediados de junio de 2026, tras más de cien días de guerra, Estados Unidos e Irán firmaron electrónicamente el llamado Memorándum de Entendimiento de Islamabad —rubricado por Trump en el Palacio de Versalles—, que extendió el alto el fuego por sesenta días, levantó el bloqueo naval estadounidense y dispuso la reapertura del Estrecho de Ormuz. Sin embargo, lejos de la “paz por la fuerza” que la Casa Blanca había prometido, el acuerdo consagró la capacidad iraní de administrar el Estrecho —junto a Omán— y de cobrar tarifas por su tránsito, invirtiendo la promesa estadounidense de una vía “permanentemente libre de peajes”. La propia prensa estadounidense interpretó el resultado como una derrota. El empantanamiento militar en Medio Oriente, saldado mediante un acuerdo que ratificó el apalancamiento iraní sobre el Estrecho de Ormuz, constituye así una evidencia adicional —y particularmente elocuente— de los límites del poder estadounidense bajo la segunda administración Trump.

El canto del cisne

Aquí reside la paradoja de fondo. La retórica del corolario Trump es ofensiva, restauracionista, abiertamente imperial; pero su emergencia expresa una posición defensiva. No es una demostración de fuerza incontestable, sino el reconocimiento implícito de límites crecientes. Y, peor aún para sus propios objetivos, varias de sus medidas aceleran precisamente lo que pretenden frenar. La política arancelaria, concebida para disciplinar a la región y contener a China, terminó empujando a los países latinoamericanos a diversificar mercados hacia el polo asiático. Los datos de la CEPAL son contundentes: las exportaciones regionales alcanzaron en 2025 un récord histórico cercano a los 1,2 billones de dólares, y el comercio con China siguió creciendo de manera sostenida. Cada golpe arancelario reforzó los incentivos para mirar hacia Oriente. La sobreextensión imperial, como advertía Paul Kennedy, profundiza las tendencias que dice querer revertir.

Para Nuestra América, el escenario plantea un dilema estratégico que no admite atajos. Una parte de la región —Milei en Argentina, Kast en Chile, Bukele en El Salvador y Noboa en Ecuador, entre otros— opta por la subordinación al polo en declive, aun a costa de tolerar agresiones tan extremas como la intervención militar en Venezuela. Otros gobiernos procuran sostener espacios de coordinación regional y defender los principios de no intervención y soberanía. La parálisis de la CELAC, la fragilidad del MERCOSUR y la desaparición de la UNASUR muestran lo difícil que resulta construir un polo regional autónomo. Pero la propia agresividad del corolario Trump podría operar, paradójicamente, como un incentivo a la convergencia: como enseña la larga historia de las relaciones interamericanas, las fases de mayor coerción estadounidense suelen coincidir con los momentos de mayor articulación latinoamericanista.

Volvamos al comienzo. La Declaración de 1776 que Estados Unidos celebrará el 4 de julio fue, en su momento, una chispa emancipadora que recorrió todo el continente. Doscientos cincuenta años después, el imperio que nació de aquella gesta entona su canto del cisne entre desfiles militares y aniversarios fastuosos, en medio del Mundial de fútbol con impronta trumpista, que apenas pueden disimular las crecientes fracturas ideológicas, políticas y culturales que atraviesan una sociedad cada vez más polarizada. El desafío para Nuestra América, ante la aceleración de la transición geopolítica del sistema mundial, no es elegir a qué potencia subordinarse, sino aprovechar los márgenes que abre un mundo menos unipolar para construir proyectos propios de desarrollo e integración. La decadencia del imperio americano ya no es solamente una utopía futurista anhelada por las izquierdas y los movimientos nacional populares. Es una realidad palpable. Lo que está por verse es si la región sabrá convertir ese declive ajeno en una oportunidad propia.

Por: Leandro Morgenfeld