martes, 8 de septiembre de 2026

Programa Interescuelas de Historia Mesa Nº 64: “Historia de las relaciones internacionales, de la integración regional y de la política exterior en América Latina, desde las independencias hasta la actualidad”

 


 


 

 

Mesa Nº 64: “Historia de las relaciones internacionales, de la integración regional y de la política exterior en América Latina, desde las independencias hasta la actualidad”

 

La mesa funcionará sólo el día Jueves 24/9


Jueves 8 a 12 hs.

 

Bloque 1: Entre las independencias y los Estados Nacionales. Las relaciones internacionales latinoamericanas en el siglo XIX

 

Giletta Carina FHUC-UNL – “Indicios de unidad desde los sectores subalternos: antecedentes en la coyuntura insurgente sudamericana de fines del siglo XVIII.”

 

Comenta: Julián Kan

 

Garese Juan Martín (IICS-UCA) – “Redes informativas y de inteligencia en la diplomacia norteamericana: una aproximación desde la correspondencia de Joel Robert Poinsett en Buenos Aires (1811)”

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Alberto Mariana (FHUC-UNL Universidad Nacional del Litoral) - "El seguro medio de consolidar la América, de hacerla respetable y de mantenerla tranquila, es la confederación” Una aproximación a los proyectos de unidad latinoamericana del siglo XIX desde la propuesta de Juan Egaña”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

Kloster Mariano Ignacio UNMDP-CONICET – “El vínculo entre las Provincias Argentinas y Bolivia luego de Ayacucho (1825-1828)”.

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Bañuls Gabriel Hernán (UNMDP) – “La disputa por un ideal “americanista” entre rosistas y antirrosistas durante el Sitio de Montevideo

(1843-1851)”.

 

Comenta Julián Kan

 

Martín Manuel (ILH- FFyL–UBA) - “La historia, las armas y las letras: discusiones de la juventud porteña (1862-1870)”.

 

Comenta Julián Kan

 

Bloque 2: Política exterior argentina (siglos XX y XXI)

 

Rodas Vera Gabriel German (UNSJ-FFHA) – “Entre Moscú y Argentina: Leopoldo Bravo y las relaciones diplomáticas entre el peronismo y la URSS (1946–1953)”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

Curci Lautaro Tomás CESPA/FCE/UBA, Gómez Teresita 6411253 CESPA/FCE/UBA – “El Comercio exterior bajo políticas desarrollistas (1958-1962)”

 

            Comenta Julián Kan

 

 

Jueves 14.30 a 19.30hs.

 

Bloque 2: Política exterior argentina (siglos XX y XXI) [continuación]

 

 

Pasos Lucrecia Cecilia (CERPI-IRI-UNLP) – “La política exterior del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989): en torno a los derechos humanos, como sinónimo de una potencia moral”.

 

Comenta Julián Kan

 

Pasquariello Sebastian Fernando (UBA-FCE) – “Empresas españolas y poder blando en las relaciones hispano-argentinas de los años 90.”

           

Comenta: Alejandro Simonoff

 

Simonoff Alejandro Cesar (Idichs-UNLP) – “El globalismo soft y hard a la ofensiva conceptual para explicar la política exterior argentina”.

 

Comenta: Leandro Morgenfeld

 

Bloque 3: América Latina bajo la Guerra Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional

 

Lucietto Franco Agustín (IPEHCS – UNCo – CONICET) – “Análisis comparado de la dimensión estratégica militar de la política exterior de Brasil, Chile y Perú durante la Distensión de la Guerra Fría (1962-1979)”.

 

Comenta: Alejandro Simonoff

 

Da Silva Carlos Alfredo (UNR) – “El intervencionismo estadounidense en el gobierno chileno de la Unidad Popular (1970-1973)”

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Aguirre Guevara Emiliano Gabriel (FFyL-UBA / IRI-UNLP / AEN-CCC) – “La guerra como oportunidad. La búsqueda venezolana de complementariedad económica con Argentina”.

 

Comenta Julián Kan

 

Bloque 4:  Disputas geopolíticas recientes, transición hegemónica e integración regional

 

Kan Julián (UBA / IDEHESI-CONICET / UNSAM) – “¿En boxes? Historia y geopolítica actual del sector automotriz del MERCOSUR. Entre el acuerdo con la UE y el desembarco de las firmas chinas”.

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Fernández Paula Daniela (UNILA) y Romero Fernando Gabriel (UNILA) – “China en América Central: relaciones en el marco de la disputa hegemónica”

 

Comenta Leandro Morgenfeld

 

Morgenfeld Leandro (UBA-IDEHESI-CONICET) – “Argentina ante el Corolario Trump de la doctrina Monroe: lecciones históricas y desafíos del presente”.

 

Comenta Alejandro Simonoff

 

viernes, 10 de julio de 2026

VI Jornadas de la Asociación Latinoamericana de Historia de las Relaciones Internacionales (ALAHRI)


 📚 VI Jornadas de la Asociación Latinoamericana de Historia de las Relaciones Internacionales (ALAHRI)
Del 14 al 16 de julio de 2026 se desarrollarán las VI Jornadas de ALAHRI en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (Av. Córdoba 2122, CABA – SUM, Primer Piso).
Durante tres jornadas se llevarán a cabo conferencias magistrales, paneles especiales y mesas de ponencias con la participación de investigadores e investigadoras de Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y otros países de América Latina.

📅 Cronograma general
🗓️ Martes 14 de julio
🕘 8:45 a 9:15
* Acreditación
🕘 9:15 a 15:30
* Apertura de las Jornadas
* Conferencia homenaje a Amado Cervo
* Mesas sobre Relaciones Internacionales del siglo XIX
* Presentación de investigaciones de posgrado

🗓️ Miércoles 15 de julio
🕣 8:30 a 15:30
* Mesas sobre Relaciones Internacionales del siglo XX
* Historia del Tiempo Presente
* Metodologías y debates disciplinares
* Economía y seguridad internacional
* Presentaciones en formato pitch de estudiantes de grado

🗓️ Jueves 16 de julio
🕘 9:00 a 18:30
* Teoría, disciplina e historia intelectual de las RRII 
* Guerra Fría y sistema interamericano
* Economía e integración regional
* Diplomacias y derechos
* Historia del Tiempo Presente
* Presentación de informes de investigación
* Mesa de cierre: Argentina y sus Relaciones Internacionales en la geopolítica actual

📍 Entrada libre para asistentes.
📄 Programa completo:
https://drive.google.com/file/d/12bUx1CfZ7ZqA3dfFF3E7lkH_3AndVP9U/view?usp=drivesdk 

 

 

domingo, 28 de junio de 2026

Nacido el 4 de julio: el canto del cisne imperial




Por: Leandro Morgenfeld
Tektónikos
junio 28, 2026


Sus 250 años encuentran a EE.UU. en una decadencia cada vez más palpable.

Con impronta trumpista, como ocurrió el 14 de junio en los jardines de la Casa Blanca en coincidencia con su cumpleaños 80, Estados Unidos se apresta a celebrar con toda la pompa los 250 años de la declaración de su independencia. Ese hito, que marcó los procesos de descolonización en el resto del continente americano, hoy está siendo instrumentalizado para intentar maquillar una realidad inocultable: Estados Unidos está acelerando su declive hegemónico. La decadencia del imperio americano no es ya una utopía futurista izquierdista, sino una realidad cada vez más palpable.

Hay algo de la película de Oliver Stone en esta escena. En Nacido el 4 de julio (1989), Tom Cruise encarnaba a Ron Kovic, el joven que partía a Vietnam envuelto en la bandera y regresaba en silla de ruedas, convertido en uno de los rostros más visibles del desencanto con el mito de invencibilidad del imperialismo estadounidense. Casi cuatro décadas después, el país que se apresta a festejar con grandilocuencia los 250 años de su independencia, parece atrapado en una versión invertida de aquel relato: cuanto más estridente es la celebración, más evidente resulta aquello que intenta ocultar.

El 14 de junio, en los jardines de la Casa Blanca, Donald Trump hizo coincidir los festejos de su cumpleaños número 80 con una puesta en escena de poderío nacional (algo similiar a lo que ocurrió en junio del año pasado, lo cual potenció las protestas con la consigna No Kings). La pompa militar, los desfiles y la liturgia patriótica anticipan lo que será la gran conmemoración del 4 de julio de 2026, cuando se celebren dos siglos y medio de la histórica Declaración de Independencia de 1776 que, no por casualidad, inspiró los procesos de emancipación del resto del continente americano. Pero la fecha, lejos de exhibir una fortaleza incontestable, funciona hoy como maquillaje. La grandilocuencia del aniversario es directamente proporcional a la fragilidad que pretende disimular. Trump nos tiene acostumbrados a este tipo de puestas en escena.

Un Estados Unidos más débil con un Trump más poderoso

La paradoja que define esta vuelta a la Casa Blanca del magnate neoyorquino puede resumirse en una frase: nunca un presidente estadounidense concentró tanto poder interno gobernando un país tan debilitado en términos relativos. En su segundo mandato, Trump ganó el voto popular que había perdido en 2016, se apropió casi por completo del Partido Republicano —incluso este año muchos de sus candidatos se están imponiendo en las elecciones primarias del GOP—, controla ambas cámaras del Congreso y dispone de una Corte Suprema ultraconservadora moldeada por él mismo. Y, sin embargo, conduce una potencia que viene siendo desafiada —sobre todo en el plano económico y tecnológico— por China y otros poderes emergentes.

Esa combinación —más concentración de poder político puertas adentro, más fragilidad relativa puertas afuera— explica el rasgo central de la política exterior trumpista: el recurso creciente a la coerción. Donde ya no puede competir económicamente con China —industria, comercio—, Washington refuerza aquello en lo que todavía conserva ventaja, el músculo militar y la presión diplomática. El garrote reemplaza a la zanahoria porque la zanahoria, sencillamente, escasea. Pero incluso en el ámbito bélico, el resonante fracaso en la guerra contra Irán siembra cada vez más dudas sobre las capacidades militares del país que tiene desplegadas centenares de bases por todo el mundo.

El declive ya no es una profecía izquierdista

Durante décadas, hablar del declive estadounidense fue casi un patrimonio exclusivo de la izquierda académica. Hoy el debate desbordó el campo de los especialistas y se instaló en los grandes medios. No hay consenso, claro, pero sí distintas periodizaciones que conviene tener presentes. Una primera mirada, desde la teoría del sistema-mundo —Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi—, ubica el punto de inflexión en los años setenta: la ruptura del patrón dólar-oro en 1971, la derrota en Vietnam, el shock petrolero de 1973. Otra lo sitúa a partir de 2001, con la sobreextensión imperial de las guerras de Afganistán e Irak que ya había anticipado Paul Kennedy. Una tercera lo marca en la crisis financiera de 2008, que aceleró el ascenso de China. Y una cuarta, en la pandemia de 2020, que aceleró tendencias preexistentes.

Conviene ser honestos: hay también una literatura que relativiza o niega el declive. Autores como Stephen Brooks, William Wohlforth o Michael Beckley subrayan que, en términos militares y de innovación, Estados Unidos sigue sin tener rival; Joseph Nye insiste en su capacidad de atracción cultural. El punto no es elegir un bando, sino precisar de qué hablamos. El declive es relativo, estructural y de largo plazo: no implica un colapso abrupto, sino una pérdida sostenida de peso comparativo. En el corto plazo, Trump puede acumular victoria, pero muchas de ellas son pírricas. China, que no tiene ciclos electorales que la obliguen a mostrar resultados cada dos años, puede sostener estrategias durante décadas. Esa asimetría de horizontes temporales es decisiva. Como venimos analizando en distintos trabajos, asistimos a una transición geopolítica del sistema mundial hacia una multipolaridad relativa que abre nuevos márgenes de autonomía para el Sur Global.

El corolario Trump: la doctrina Monroe recargada

En noviembre de 2025, la administración Trump presentó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que formaliza lo que distintos analistas bautizaron como el “corolario Trump” de la doctrina Monroe. El documento lo dice con todas las letras: Estados Unidos negará a los “competidores no hemisféricos” la capacidad de poseer o controlar activos estratégicos en el continente, e identifica tres amenazas en el hemisferio —la migración, el narcotráfico y la presencia de China. Completada en enero de 2026 por una nueva Estrategia de Defensa Nacional, que coloca la dominación del hemisferio occidental como primera prioridad del Pentágono, la arquitectura quedó completa: la primera fija los objetivos políticos; la segunda, los medios militares para alcanzarlos.

Lo novedoso no es el contenido —Washington nunca abandonó la pretensión de tratar a América Latina como su patio trasero—, sino el grado de explicitación. A diferencia de formulaciones previas, revestidas del lenguaje de la “promoción democrática”, el corolario Trump recupera abiertamente una gramática decimonónica de esferas de influencia. Conviene además despersonalizar el análisis: esta orientación no nació del capricho de un mandatario iconoclasta. Fue elaborada durante los años de oposición a Biden a través del Proyecto 2025, coordinado por la Heritage Foundation, y expresa los intereses de fracciones del capital estadounidense perjudicadas por la globalización neoliberal. Trump pasa; la estrategia, probablemente, perdure.

Del garrote en Caracas al asedio a La Habana

La traducción operativa de esa doctrina no se hizo esperar. En enero de 2026, con la llamada “Operación Resolución Absoluta”, Estados Unidos bombardeó instalaciones militares en Caracas y La Guaira, capturó al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, y los trasladó a su territorio para juzgarlos por narcoterrorismo. Fue la primera intervención militar estadounidense sobre el territorio continental sudamericano en los doscientos años de historia independiente de la región. Tras la operación se levantaron las sanciones petroleras y se abrió la industria de hidrocarburos a la privatización: Trump declaró que su país “gobernará” Venezuela.

Sobre Cuba, el cerco se volvió asfixia. Cortado el suministro de petróleo venezolano del que dependía, recrudecido el bloqueo a niveles inéditos, Washington fijó abiertamente el cambio de régimen como objetivo. La fórmula del secretario de Estado Marco Rubio sintetiza la secuencia: el camino a La Habana pasa por Caracas. Pero la coerción no siempre rinde como se espera. Brasil, lejos de doblegarse ante aranceles del 50%, profundizó su diversificación hacia China. El caso argentino, en cambio, ilustra la otra cara: el gobierno de Javier Milei ofrece un nivel de alineamiento con Washington sin precedentes en nuestra historia, sin obtener a cambio concesiones económicas concretas. La paradoja del corolario queda a la vista: mientras Estados Unidos tiene cada vez menos para ofrecer, ciertos gobiernos ofrecen su subordinación como un bien en sí mismo.

Ormuz y Beijing: el imperio que pide mediación

Dos hitos de 2026 desnudan, más que cualquier declaración, el estado real de la correlación de fuerzas. El primero es el conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán, iniciado a fines de febrero. La reacción iraní en el Golfo Pérsico provocó una crisis energética sin precedentes: con el Estrecho de Ormuz funcionalmente cerrado, el barril de Brent trepó de 60 a más de 100 dólares, la mayor perturbación geopolítica del suministro de petróleo de la historia. El empantanamiento confirmó el viejo diagnóstico de la sobrecarga imperial: Washington debió reorientar recursos hacia el Golfo justo cuando intentaba reforzar su presencia hemisférica, y terminó dependiendo de la intermediación diplomática china para presionar a Teherán.

El segundo hito es todavía más elocuente. Entre el 13 y el 15 de mayo de 2026, Trump viajó a Beijing —la primera visita de Estado de un presidente estadounidense desde 2017— a pedirle mediación al rival que acababa de vencerlo en la guerra arancelaria. Esa sola imagen condensa una época. Entrevistado por Fox News tras la cumbre, el propio Trump improvisó un nombre para la relación: “Yo le llamo el G-2”. El desliz reveló, involuntariamente, lo que la narrativa de la primacía estadounidense había resistido durante décadas. Numerosos analistas coincidieron en que fue un momento definitorio: por primera vez, fue Xi Jinping quien marcó la agenda y los términos del encuentro. La fotografía más perdurable —los dos líderes frente al Templo del Cielo, con Trump notablemente callado ante las preguntas sobre Taiwán— vale más que mil documentos estratégicos.

En conjunto, el empantanamiento en el Estrecho de Ormuz y la cumbre de Beijing con su simbología de paridad entre potencias condensan, en el corto período transcurrido desde la reasunción de Trump, las tendencias estructurales que los distintos enfoques del declive venían señalando desde hace décadas: la sobreextensión imperial, la erosión de la legitimidad normativa y la creciente incapacidad de competir económicamente con China y el desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional hacia el Indo-Pacífico.

Esta lectura se ve reforzada por el desenlace mismo del conflicto. A mediados de junio de 2026, tras más de cien días de guerra, Estados Unidos e Irán firmaron electrónicamente el llamado Memorándum de Entendimiento de Islamabad —rubricado por Trump en el Palacio de Versalles—, que extendió el alto el fuego por sesenta días, levantó el bloqueo naval estadounidense y dispuso la reapertura del Estrecho de Ormuz. Sin embargo, lejos de la “paz por la fuerza” que la Casa Blanca había prometido, el acuerdo consagró la capacidad iraní de administrar el Estrecho —junto a Omán— y de cobrar tarifas por su tránsito, invirtiendo la promesa estadounidense de una vía “permanentemente libre de peajes”. La propia prensa estadounidense interpretó el resultado como una derrota. El empantanamiento militar en Medio Oriente, saldado mediante un acuerdo que ratificó el apalancamiento iraní sobre el Estrecho de Ormuz, constituye así una evidencia adicional —y particularmente elocuente— de los límites del poder estadounidense bajo la segunda administración Trump.

El canto del cisne

Aquí reside la paradoja de fondo. La retórica del corolario Trump es ofensiva, restauracionista, abiertamente imperial; pero su emergencia expresa una posición defensiva. No es una demostración de fuerza incontestable, sino el reconocimiento implícito de límites crecientes. Y, peor aún para sus propios objetivos, varias de sus medidas aceleran precisamente lo que pretenden frenar. La política arancelaria, concebida para disciplinar a la región y contener a China, terminó empujando a los países latinoamericanos a diversificar mercados hacia el polo asiático. Los datos de la CEPAL son contundentes: las exportaciones regionales alcanzaron en 2025 un récord histórico cercano a los 1,2 billones de dólares, y el comercio con China siguió creciendo de manera sostenida. Cada golpe arancelario reforzó los incentivos para mirar hacia Oriente. La sobreextensión imperial, como advertía Paul Kennedy, profundiza las tendencias que dice querer revertir.

Para Nuestra América, el escenario plantea un dilema estratégico que no admite atajos. Una parte de la región —Milei en Argentina, Kast en Chile, Bukele en El Salvador y Noboa en Ecuador, entre otros— opta por la subordinación al polo en declive, aun a costa de tolerar agresiones tan extremas como la intervención militar en Venezuela. Otros gobiernos procuran sostener espacios de coordinación regional y defender los principios de no intervención y soberanía. La parálisis de la CELAC, la fragilidad del MERCOSUR y la desaparición de la UNASUR muestran lo difícil que resulta construir un polo regional autónomo. Pero la propia agresividad del corolario Trump podría operar, paradójicamente, como un incentivo a la convergencia: como enseña la larga historia de las relaciones interamericanas, las fases de mayor coerción estadounidense suelen coincidir con los momentos de mayor articulación latinoamericanista.

Volvamos al comienzo. La Declaración de 1776 que Estados Unidos celebrará el 4 de julio fue, en su momento, una chispa emancipadora que recorrió todo el continente. Doscientos cincuenta años después, el imperio que nació de aquella gesta entona su canto del cisne entre desfiles militares y aniversarios fastuosos, en medio del Mundial de fútbol con impronta trumpista, que apenas pueden disimular las crecientes fracturas ideológicas, políticas y culturales que atraviesan una sociedad cada vez más polarizada. El desafío para Nuestra América, ante la aceleración de la transición geopolítica del sistema mundial, no es elegir a qué potencia subordinarse, sino aprovechar los márgenes que abre un mundo menos unipolar para construir proyectos propios de desarrollo e integración. La decadencia del imperio americano ya no es solamente una utopía futurista anhelada por las izquierdas y los movimientos nacional populares. Es una realidad palpable. Lo que está por verse es si la región sabrá convertir ese declive ajeno en una oportunidad propia.

Por: Leandro Morgenfeld

miércoles, 3 de junio de 2026

Seminário RELEU: O cerco dos Estados Unidos a Cuba (26/05/2026)


Em sua segunda edição de 2026, o Seminário RELEU recebeu o Dr. Raúl Rodriguez (CEHSEU/Cuba), discutindo diferentes aspectos da política de cerco a Cuba empreendida pelo governo norte-americano nos últimos meses, e explorando ainda perspectivas e impactos para o país e a América Latina.
 
O seminário contou ainda com a participação dos pesquisadores Matheus Pereira (UFU/INEU), Roberto Moll (UFF/INEU) e Leandro Morgenfeld (UBA).

lunes, 11 de mayo de 2026

“Estamos en una guerra global que se va dando en pedacitos”

 

“Estamos en una guerra global que se va dando en pedacitos”

Leandro Morgenfeld es doctor en Historia y especialista en relaciones entre Argentina y Estados Unidos. Analiza el ataque a Irán como parte de un conflicto mundial híbrido y advierte sobre un escenario de desorden global.

Sus estudios, con énfasis en el vínculo entre Argentina y Estados Unidos y su impacto en las relaciones con otros países, convierten a Leandro Morgenfeld en un referente intelectual ineludible para opinar sobre el actual conflicto bélico con Irán. Es compilador, junto a Gabriel Merino, del libro Nuestra América, Estados Unidos y China. Transición geopolítica del sistema mundial, donde se desarrolla el concepto de guerra global, híbrida y fragmentada en el que puede enmarcarse la guerra que actualmente tiene en vilo al mundo.

–¿Cuáles son los objetivos últimos por los cuales Estados Unidos emprende la guerra contra Irán y qué intereses estratégicos están en juego más allá de recursos naturales como el petróleo?

–Trump se vio empujado por Netanyahu, que en febrero le vendió un plan con un supuesto éxito rápido y asegurado, al estilo, en algún sentido, de lo que pasó en Venezuela. El plan consistía en que el asesinato de Jamenei y otros líderes políticos de la República Islámica de Irán, sumado a la crisis económica forzada por las sanciones que viene sufriendo Irán y las fuertes protestas de enero, iba a forzar un levantamiento popular. Eso le iba a permitir a Estados Unidos e Israel derrotar al principal enemigo de Israel en la región y a los chiitas en general, y avanzar en los proyectos expansionistas de Israel con el control de Estados Unidos. Semanas después, la resistencia iraní desbarató ese plan.

La disputa de fondo es que Trump intentó revertir el declive económico relativo de Estados Unidos y volver a ser la potencia hegemónica subordinando a sus aliados –caso Europa, Japón, Corea del Sur o Canadá– y tratando de evitar que emerjan otros polos de poder como China, Rusia, India, los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái. A su vez, intenta recuperar un liderazgo político en un contexto en el que viene cayendo en las encuestas y perdiendo elecciones en estados tradicionalmente republicanos como Texas, y aparece cada vez más cuestionado por la guerra y la inflación en Estados Unidos.

–¿Cuál es la relación de fuerzas real en el conflicto bélico?

–Lo que se ve a primera vista es un conflicto muy asimétrico desde el punto de vista militar. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar a nivel global, e Israel contra Irán también presenta una asimetría absoluta. Sin embargo, el gobierno iraní, incluso habiendo perdido algunos de sus principales líderes, se mostró sorprendentemente resistente al plantear una guerra asimétrica, una regionalización del conflicto y al avanzar con algo que siempre había sido una amenaza y su posible carta de triunfo: controlar y cerrar el estrecho de Ormuz de manera exitosa.

No está cerrado, pero Irán decidió que no pasen los buques petroleros de Estados Unidos, Israel y sus aliados, y deja pasar los de China, Irán y Rusia; negocia con otros países, cobra un peaje geopolítico y exporta más que antes. Ello le permitirá, en parte, financiar la reconstrucción de Irán si se logra avanzar con acuerdos de paz. A su vez, sostiene una capacidad de misiles que demuestra que Estados Unidos no es invencible desde el punto de vista militar. Incluso derribó el F-15, varios helicópteros y logró impactar sobre un portaaviones. Hace tiempo que, en un conflicto bélico, Estados Unidos no tenía tantas pérdidas militares.

–¿A qué te referís cuando hablás de guerra mundial, híbrida y fragmentada?

–A que estamos en una guerra global, solo que es una guerra mundial que se va dando en partes y que no es meramente convencional, tal como imaginábamos durante el siglo XX una tercera guerra mundial con el enfrentamiento entre dos grandes potencias. Es una guerra híbrida porque tiene varias dimensiones: económica, comercial, financiera, tecnológica, comunicacional e ideológico-cultural. Es fragmentada porque es una guerra que ya está ocurriendo desde hace varios años y en la que se enmarcan el conflicto de Medio Oriente, el conflicto entre Rusia, Ucrania y la OTAN, y el ataque contra Venezuela del 3 de enero, autoatribuyéndose Estados Unidos la potestad de bombardear la capital de un país sudamericano y raptar a su presidente en funciones.

Así como viene haciendo con el asedio contra Cuba y Panamá para el control del canal, la intención de anexar Groenlandia o el proyecto del Estado 51. Todo es parte de una guerra mundial híbrida y fragmentada en la que Estados Unidos pretende, con el poderío militar y financiero-monetario que aún conserva, revertir el proceso de declive productivo y tecnológico en el que China y otros actores ya son mucho más importantes a nivel global. Hoy el grupo BRICS representa, en términos de PBI, más que el G7. China sola tiene un PBI industrial mayor que la suma de Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur. A su vez, es el principal socio comercial de más de 150 países, cuando hace treinta años esta primacía la tenía Estados Unidos.

–¿En qué posición queda América Latina?

–América Latina tiene dos opciones: la primera, alinearse con el polo de poder en declive en el mundo, que es Estados Unidos y sus aliados. Eso es lo que pretende Estados Unidos, que acaba de plantear el corolario Trump de la doctrina Monroe en diciembre de 2025: el hemisferio occidental como su única área de influencia. Milei, Bukele y Kast son muy funcionales a esa política de alineamiento total neocolonial con Estados Unidos.

La segunda opción es retomar estrategias de coordinación y cooperación política, avanzar con la integración regional y constituirse como un polo con voz propia en un mundo donde emergen actores que desafían a Estados Unidos: China, Rusia, India, Turquía, Brasil –a través de los BRICS– y Sudáfrica. Son cada vez más los actores con vínculos políticos, económicos, comerciales y financieros que plantean la necesidad de construir un nuevo orden multipolar. Estamos en un momento de caos sistémico, de desorden global, y urge que América Latina deje de pensarse como un sujeto pasivo y periférico, con la consecuente pérdida de capacidades económicas y políticas. En un mundo multipolar, debe tener una estrategia de desarrollo propia, necesariamente coordinada, para construir su voz.

–¿Qué consecuencias políticas, económicas y diplomáticas puede tener el conflicto en Argentina?

–Depende de cómo se resuelva. Si Estados Unidos logra controlar Medio Oriente sin oposición, podría frenar su declive hegemónico. Si, por el contrario, frente a las resistencias externas e internas, tiene que retroceder y aceptar que ya no puede ni siquiera abrir el estrecho de Ormuz ni garantizar la seguridad militar de sus aliados en la región, lo que se analiza es que este conflicto en particular, y esta segunda presidencia de Trump, no solo no van a “hacer grande a Estados Unidos de nuevo”, sino que pueden marcar el final de su poderío global y el cierre de una época.

En términos más cercanos, Milei está en una situación muy débil. Internamente, depende del apoyo de Trump, como se vio en las últimas elecciones legislativas. En el plano exterior, coloca al país en una situación de extrema vulnerabilidad al ubicarse como aliado incondicional y acrítico de Estados Unidos, en términos que no se vieron siquiera en las dictaduras, en las “relaciones carnales” de Menem o en el gobierno de Macri. Dice “estamos ganando” cuando no tiene ninguna capacidad militar para intervenir en un conflicto de estas características. Un debilitamiento mayor de Trump redundará en un debilitamiento de sus aliados en todo el mundo, y Milei puede resultar, en términos políticos y económicos, gravemente afectado.

martes, 5 de mayo de 2026

La nueva Meca del Oeste

 

Javier Milei recibe con honores a la Generala estadounidense Laura Richardson.

  La nueva Meca del Oeste

Frederic Schnatterer


A principios de abril de 2024, el himno de los Estados Unidos suena dos veces en territorio argentino. Ambas veces, interpretado por la orquesta de las Fuerzas Armadas: primero en un aeródromo y luego en una base naval en Ushuaia, Tierra del Fuego. El motivo es la visita de la entonces jefa del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, Laura Richardson. La acompaña el presidente Milei, quien anuncia el plan de construir, en conjunto con EE.UU., una base naval en Tierra del Fuego. Y aprovecha la oportunidad para anunciar una “nueva doctrina de política exterior para la Argentina”.

Las “alianzas estratégicas”, explica el presidente durante la visita de la general, “no pueden estar simplemente basadas en intereses comerciales. Tienen que estar ancladas en una visión común del mundo”. Y sigue: “Argentina y Estados Unidos son naciones fundadas al calor de las mismas ideas... esto nos hace compartir un ADN cultural común. Una tradición que tiene en sus bases las ideas de la libertad, la defensa de la vida y la propiedad privada. Nuestra alianza con los Estados Unidos es una declaración de Argentina para el mundo”.

“¿Libertad para quién? La Argentina de Milei como laboratorio de la ultraderecha”, de Frederic Schnatterer.

En campaña, Milei había dejado claro cómo sería la política exterior en su presidencia. Con “comunistas” como los que gobiernan China, no haría negocios, exclamó altisonante. Además, iba a anular de inmediato la adhesión al bloque de países BRICS, acordada por el gobierno anterior. Cumplió su palabra.

Además de los Estados Unidos, Milei señala a Israel como el “socio natural” de Argentina. Sus primeros viajes al exterior lo llevaron, además de al Foro Económico Mundial en Davos, a esos dos países. Milei apoya incondicionalmente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y a su gobierno ultraderechista. Anunció la intención de trasladar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén, una acción que viola el derecho internacional. En 2024, cuando Argentina condenó el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba en la Asamblea General de la ONU, siguiendo su postura histórica, y votó en contra junto con casi todos los países, menos Estados Unidos e Israel, la canciller, Diana Mondino, fue echada esa misma noche.

Las posturas y medidas en política exterior de orientación ciegamente alineada con Occidente de la gestión argentina están guiadas por la ideología y a menudo van en contra de intereses económicos y de seguridad. Ante la Global Conference del neolioberal Instituto Milken en Los Ángeles, Milei argumentó en mayo de 2024 que la supuesta superioridad de Occidente, se basaba en que allí nació el capitalismo. En su discurso, llegó a la absurda afirmación, que Argentina podría convertirse en “el nuevo Meca de Occidente”.

El cambio de rumbo que le dio Milei a la política exterior de la Argentina debe entenderse en el marco de las crecientes tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y la República Popular China. Éstas se intensificaron con la llegada de Donald Trump a su segunda presidencia a principios de 2025. América Latina se ha convertido en uno de los escenarios centrales del conflicto por influencia y relaciones comerciales. Eso lo confirma la “Estrategia Nacional de Seguridad” de la Casa Blanca publicada a fines de 2025. El documento dice: “Tras años de negligencia, Estados Unidos volverá a reivindicar y aplicar la Doctrina Monroe para restablecer su supremacía en el hemisferio occidental.” La estrategia de seguridad está dirigida contra adversarios internacionales, a quienes se busca mantener alejados de la región. En ese sentido, la frase “todos los países deberían decidir si quieren vivir en un mundo soberano y con economías libres liderado por Estados Unidos, o en un mundo paralelo” hay que leerla como una amenaza.

Trump dejó en claro que no se trata de una amenaza vacía. En la noche del 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses atacaron Venezuela y, en una operación ilegal, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. El objetivo fue, por un lado, demostrar poder en la región y, por otro, acceder a las vastas riquezas del país, incluidas las mayores reservas de petróleo comprobadas del mundo, además de desplazar a competidores internacionales como China y Rusia. Milei no tardó en ponerse del lado de Trump.

El historiador y experto en relaciones entre América Latina y Estados Unidos, Leandro Morgenfeld, atribuye la reformulación de la estrategia estadounidense a que “Estados Unidos entendió que no va a recuperar fácilmente su hegemonía global que ejercía a principios de la era posterior a la Guerra Fría.” Trump concluyó que “en algunas regiones del mundo, hay que negociar con otras potencias sobre las respectivas esferas de influencia”, mientras que “el reclamo de dominio exclusivo de Washington, con su política expansionista y agresiva en América Latina,” se mantiene.

Hoy, China es el principal adversario estratégico. La República Popular ha ampliado significativamente su influencia en América Latina en las últimas décadas, especialmente en inversiones directas y en el volumen de comercio. El objetivo de Washington es, por un lado, asegurar mercados para sus productos y, por otro, acceder a recursos estratégicos como cobre, litio y minerales raros. En julio de 2025, el entonces candidato a embajador en Buenos Aires, Peter Lamelas, afirmó que trabajaría para que “los recursos naturales de Argentina, su energía y minerales críticos, beneficien a ambas naciones.” Su tarea sería frenar la “influenza maligna de potencias enemigas en la región,” incluyendo a China.

La estrategia de seguridad de los EE.UU. afirma que estos recursos deberían ser explotados “junto con aliados regionales”: “Gobiernos, partidos políticos y movimientos que en gran medida coinciden con nuestros principios y nuestra estrategia”, deben de ser “premiados y alentados”. Sin duda, la administración de Milei forma parte de estos. Para asegurar su permanencia en el poder, la administración de Trump prometió ayudas por miles de millones de dólares a Milei antes de las elecciones de medio término en octubre de 2025. En una entrevista televisiva, el ministro de hacienda de EE.UU., Scott Bessent, explicó en ese momento que Washington apoyaba a Milei porque su gobierno estaba decidido a “expulsar a China de la Argentina”.

Antes de que Milei asumiera, la República Popular era el segundo socio comercial más importante de Argentina después de Brasil; en septiembre de 2025, China tomó el primer lugar. Esto se debe principalmente a la reducción de barreras comerciales bajo el gobierno ultraliberal; el déficit comercial argentino con China está subiendo. Desde un punto de vista económico, el apoyo de Trump a Milei resulta contradictorio. La relación comercial entre ambos países es sumamente asimétrica. Además, las economías de los dos países no son realmente complementarias. Ambos exportan productos similares como soja o petróleo, y por lo tanto compiten entre sí.

El apoyo de EE.UU. debe entenderse principalmente en clave política. Morgenfeld señala que “la Argentina es el único de los cinco países más grandes de América Latina en términos de PIB cuyo gobierno está completamente alineado con EE.UU.”. Dice: “Milei frena y socava los intentos de otros países latinoamericanos de coordinarse entre sí. Actúa como si operara bajo órdenes directas de Trump.” Mientras se busca debilitar a los gobiernos progresistas o al menos soberanos de la región, en América Latina se está formando un eje de países gobernados por la derecha.

Este eje se está fortaleciendo: en 2025, la derecha ganó elecciones importantes, a veces gracias a la intervención del gobierno de EE.UU. en la campaña. En Bolivia, el neoliberal Rodrigo Paz sucedió al Movimiento al Socialismo (MAS) de izquierda; en Honduras, el favorito de Trump, Nasry Asfura, ganó en medio de acusaciones de manipulación. En Chile, desde 2026, gobierna José Antonio Kast, simpatizante de Pinochet. Además, EE.UU. espera recuperar con Colombia y Brasil dos países más de la izquierda en 2026. Milei ha declarado que su objetivo es liderar un “bloque regional contra el cáncer socialista” con los gobiernos de derecha en América Latina.

El interés de Washington también es estratégico-militar. No solo exigen acceso privilegiado a recursos estratégicos, sino que también buscan desplazar a China en áreas tecnológicas, como la expansión de la red 5G. La administración en Buenos Aires está siendo presionada para abandonar colaboraciones científicas, como la estación espacial en Neuquén, en conjunto con China, o el radiotelescopio en San Juan. La construcción de una cuarta central nuclear, financiada en parte por China, ya fue detenida. Es posible que EE.UU. termine siendo accionista del sector nuclear argentino tras la privatización de Nucleoeléctrica Argentina.

“Además, es central la creciente presencia militar de EE.UU. en la región”, afirma Morgenfeld. Milei canceló las conversaciones iniciadas por el gobierno anterior con China sobre la compra de aviones de combate JF-17 y decidió comprar en Dinamarca aviones F-16, modelos más antiguos y a un precio mayor. En abril de 2024, Argentina solicitó ser socio global de la OTAN. En octubre del año siguiente, Milei autorizó por decreto la participación del ejército estadounidense en ejercicios militares en el país. Argentina resulta de gran interés por su acceso directo a la Antártida. La base militar conjunta en Ushuaia permitiría controlar el estratégico paso del Canal Beagle.