domingo, 18 de octubre de 2026

Trump y la democracia en jaque

 


Trump y la democracia en jaque

Las elecciones de medio término del 3 de noviembre serán las menos democráticas en décadas. Plutocracia, mapas a medida, cheques condicionados al resultado y un ICE convertido en fuerza de ocupación interna: así se vacía una elección sin necesidad de suspenderla.

El 3 de noviembre, cuando los estadounidenses renueven la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, además de gobernadores y otras autoridades, la escena será en apariencia la de siempre: filas frente a los centros de votación, conteos, discursos de victoria y de derrota. Todo sugiere que el oficialismo republicano puede sufrir un revés electoral. Pero la pregunta relevante no solo cómo será el resultado de las elecciones, sino en qué condiciones se celebrarán. Nuestra hipótesis es que serán las menos democráticas de las últimas décadas. No por una ruptura abierta del orden constitucional, sino por la convergencia de procesos que sesgan estructuralmente el campo de juego: una plutocracia habilitada por la desregulación del financiamiento político; la compra lisa y llana de voluntades con recursos públicos; la ingeniería para modificar las circunscripciones electorales y controlar los padrones; la militarización de la agencia migratoria y la degradación de las defensas contra la desinformación, en un ecosistema digital controlado por los mismos tecnomagnates que financian las campañas.

No es un diagnóstico aislado. En septiembre, el informe anual de IDEA Internacional ubicó la calidad democrática estadounidense en su nivel más bajo en décadas: casi la mitad de los indicadores que releva registran su peor valor desde 1975. Desde otra tradición, Carolin Amlinger y Oliver Nachtwey recuperaron en estas páginas una intuición de Bertolt Brecht de 1942: el fascismo en Estados Unidos sería «democrático a la manera estadounidense». Más allá de la discusión sobre si corresponde hablar de fascismo, la fórmula captura algo esencial: el trumpismo no necesita abolir las elecciones para vaciarlas.

En una nota reciente señalamos la paradoja que define el segundo mandato de Trump: nunca un presidente estadounidense concentró tanto poder interno gobernando un país tan debilitado en términos relativos, a pesar de lo que presuma constantemente el actual inquilino de la Casa Blanca. Aquí nos ocupamos de la otra cara de esa paradoja: cómo esa concentración de poder puertas adentro erosiona las condiciones mínimas de la competencia electoral. En otras palabras, como se está acentuando y agravando el proceso de desdemocratización en Estados Unidos, que avanza hacia tendencias cada vez más neoliberales en lo económico e iliberales en lo político.

Una plutocracia sin diques

El punto de partida es jurídico. El fallo Citizens United de la Corte Suprema (2010) y la decisión SpeechNow.org de ese mismo año habilitaron los super PAC, vehículos que pueden recaudar y gastar sumas ilimitadas siempre que no coordinen formalmente con los candidatos. Hace años advertíamos que en Estados Unidos vota menos de la mitad del padrón para elegir un gobierno que incide en todo el mundo. Hoy habría que agregar que quienes financian a los candidatos son cada vez menos y cada vez más ricos.

Según Public Citizen, las corporaciones declararon 517 millones de dólares de gasto en estas elecciones en apenas quince meses, superando el récord de 461 millones de todo el ciclo presidencial de 2024. Más de la mitad provino de cuatro sectores: criptomonedas, inteligencia artificial, grandes tecnológicas y apuestas en línea. La consultora AdImpact proyecta 11.600 millones de dólares en publicidad política para esta elección legislativa que, sin candidatura presidencial en juego, será la más cara de la historia.

Los nombres propios importan. Fairshake, el super PAC de la industria cripto, comenzó el año con 193 millones de dólares aportados casi íntegramente por Coinbase, Ripple y el fondo Andreessen Horowitz. Leading the Future, el de la inteligencia artificial, reunió unos 140 millones, con aportes del presidente de OpenAI, Greg Brockman, y del propio Andreessen Horowitz. Según The New York Times, Marc Andreessen y Ben Horowitz donaron en este ciclo 115 millones, incluidos 12 millones al super PAC del presidente. En una sola primaria demócrata en Nueva York, grupos vinculados a OpenAI y a Anthropic, enfrentados por la regulación de la IA, gastaron más de 23 millones en un mes. El antecedente inmediato es Elon Musk, que en 2024 volcó unos 270 millones a la campaña de Trump antes de desembarcar en su gobierno.

Como mostró Vladimir Bortun en Jacobin, el trumpismo expresa un nuevo bloque de poder articulado en torno al complejo tecnológico-militar, el capital cripto y el extractivismo. Ese bloque no invierte en ideas sino en regulación: compra legisladores que legislarán sobre su propio negocio. Y lo hace de manera transversal, interviniendo tanto en primarias republicanas como demócratas, de modo que el abanico de opciones se estrecha antes de que el votante llegue a la urna. Como sintetizó Matt McManus, el capitalismo realmente existente subvierte la democracia que los gobiernos occidentales dicen defender.

Cheques con nombre propio

A la plutocracia privada se suma la novedad del uso del erario público como herramienta de campaña. El sábado 3 de octubre, en un video publicado en Truth Social, Trump reiteró su promesa de entregar 5.000 dólares a cada ciudadano adulto si los republicanos conservan la Cámara y el Senado. La había lanzado en septiembre, en la convención republicana de medio término en Dallas, bautizándola «dividendo Trump». En el nuevo mensaje planteó la alternativa en términos extorsivos: si ganan los demócratas, habrá depresión económica; si ganan los republicanos, cada votante tendrá 5.000 dólares en el bolsillo. No hay proyecto de ley, ni reglas de elegibilidad, ni fuente de financiamiento. Según Axios, el pago costaría unos 1,2 billones de dólares, más del 15% del gasto federal anual. No tiene cómo materializarse. 

La promesa no es un hecho aislado. En los mismos días, Trump anunció cheques de reembolso para más de 20 millones de jubilados de Medicare. Y el miércoles 7 de octubre, a menos de un mes de los comicios, anunció que el gobierno abrirá automáticamente «cuentas Trump» a nombre de unos 70 millones de niños y adolescentes. Creadas por la ley fiscal de 2025 y lanzadas el 4 de julio, en el 250º aniversario de la independencia, estas cuentas de inversión en acciones incluyen un depósito federal de 1.000 dólares para los nacidos entre 2025 y 2028. Con la inscripción automática dispuesta por el Tesoro, millones de familias recibirán, en plena campaña, una cuenta bancaria con el apellido del presidente.

Condicionar un pago masivo al resultado electoral y personalizar los programas estatales con el nombre del jefe de gobierno, en forma tan descarada, es la transformación de recursos públicos en ventaja electoral del oficialismo.

Elegir a los votantes

Un principio básico de toda democracia representativa es que los votantes eligen a sus representantes, y no al revés. En 2025-2026 Estados Unidos invirtió esa lógica a una escala inédita. En el verano de 2025, Trump le pidió a los republicanos de Texas que redibujaran el mapa para obtener cinco bancas adicionales. Missouri, Carolina del Norte, Ohio y Florida siguieron el camino; California respondió con un contramapa aprobado por referéndum. Según la Conferencia Nacional de Legislaturas Estatales, diez estados modificaron sus distritos desde mediados de 2025, un ritmo de redistritación a mitad de década que no se veía desde el siglo XIX. Hasta entonces, solo dos estados lo habían hecho voluntariamente desde 1970.

La Corte Suprema completó la operación. El 29 de abril, en Louisiana v. Callais, una mayoría de seis votos contra tres restringió drásticamente el Artículo 2 de la Ley de Derecho al Voto de 1965, la principal herramienta para impugnar mapas que diluyen el voto de las minorías. El fallo admitió que los objetivos partidarios pueden justificar un mapa aun cuando perjudique a votantes negros o latinos. Como se señaló en Jacobin, el tribunal que desmanteló esa conquista del movimiento por los derechos civiles es un órgano no electo, cuya mayoría fue designada por presidentes que habían llegado a la Casa Blanca sin ganar el voto popular.

A la manipulación del mapa se suma la del padrón. La SAVE Act exigiría acreditar la ciudadanía con pasaporte o partida de nacimiento para registrarse a votar. Como argumentó Ben Burgis, unos 21 millones de ciudadanos no tienen esa documentación a mano, mientras que un relevamiento de la propia Heritage Foundation encontró apenas un centenar de casos de extranjeros que votaron en más de cuatro décadas: el objetivo no es prevenir un fraude inexistente sino reducir la participación. A ello se agregan dos órdenes ejecutivas sobre elecciones, parcialmente frenadas por los tribunales, y la exigencia del Departamento de Justicia de acceder a los registros electorales de los estados. Un dato condensa el clima: Heather Honey, quien en marzo de 2025 había contado que la administración evaluaba declarar una «emergencia nacional» para quitarles a los estados el control de los comicios, es hoy la funcionaria de Seguridad Nacional a cargo de la «integridad electoral».

Conviene, igualmente, no personalizar. Como sostienen Elliot y Zach Lewis, el despotismo ejecutivo de Trump se apoya en rasgos antidemocráticos de larga data del Estado estadounidense —el Colegio Electoral, el Senado, una Corte vitalicia—. Trump no inventó esas herramientas: las radicalizó.

El imperio llega a las urnas

El mecanismo más inquietante es la militarización de la agencia migratoria. En 2025, el Congreso republicano otorgó al ICE 75.000 millones de dólares adicionales a su presupuesto anual de unos 10.000 millones, y en junio sumó otros 70.000 millones hasta 2028. Su despliegue en Minneapolis y Saint Paul a partir de diciembre, con unos cuatro mil agentes, dejó miles de detenciones y dos ciudadanos estadounidenses muertos, Renee Good y Alex Pretti, a quienes el gobierno intentó presentar como amenazas. Solo una resistencia masiva, que incluyó una huelga política metropolitana, forzó el repliegue federal.

Stelios Foteinopoulos lo resumió con precisión: el imperio llega a casa. Las herramientas de la intervención en el exterior se reutilizan dentro de las fronteras. La gramática del «narcoterrorismo» y del «enemigo interno» que justificó el bombardeo de Caracas y la captura de Maduro organiza hoy la acción del Estado sobre los barrios latinos de Estados Unidos. Como advirtieron Jennifer Adair, James Woodard y Margaret Power, la administración Trump comparte pocas condiciones con las dictaduras del Cono Sur, pero su retórica sobre el enemigo interno no es menos peligrosa. El Escudo de las Américas, no casualmente, va en esa dirección. 

La proyección electoral de ese dispositivo está a la vista. Steve Bannon reclamó un ICE blindado que rodee las urnas. El secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, declaró que no podía garantizar la ausencia de agentes y luego que podrían presentarse ante «amenazas específicas». Durante las primarias ya hubo agentes en los estacionamientos de centros de votación en California y Texas. La NAACP, UnidosUS, LULAC y Common Cause, entre otras organizaciones, demandaron al gobierno para impedir cualquier despliegue armado.

La ambigüedad es el instrumento. No hace falta que el ICE se presente en cada escuela: basta con que la amenaza sea verosímil. Según una encuesta difundida a fines de septiembre, la presencia de agentes migratorios en los centros de votación reduciría la probabilidad de votar del 21% de los estadounidenses no blancos, frente al 10% de los blancos, y del 29% de los menores de treinta años. El efecto disuasivo opera exactamente sobre los sectores que más rechazan al gobierno. Y tiene un claro sesgo racial y demográfico.

La plaza pública, propiedad privada

La agencia federal creada para proteger los sistemas electorales, CISA, perdió más de un tercio de su personal desde 2025, suspendió la mayoría de sus programas electorales y cortó el financiamiento del centro que compartía información sobre amenazas con los estados. Su plan de seguridad para estos comicios se publicó a apenas cuarenta días de la votación. La justificación oficial es que esas tareas habrían servido para «censurar» a los conservadores en 2020, pero el efecto práctico es que las defensas contra la desinformación quedaron desmanteladas en el peor momento.

Ese momento está signado por la inteligencia artificial generativa. Un grupo de legisladores advirtió en agosto que los deepfakes de candidatos ya circulan como contenido de campaña corriente, mientras Meta reemplazó la verificación de datos por notas comunitarias. X, por su parte, es propiedad del mayor aportante de la campaña de Trump en 2024. El contraste con América Latina es elocuente: en Brasil, el Tribunal Superior Electoral prohibió los deepfakes y estableció la responsabilidad de las plataformas. En Estados Unidos ocurre lo contrario: el Estado se retira y deja la regulación del debate público en manos de las corporaciones.

Aquí se cierra el círculo. Los mismos actores que financian las campañas son dueños o socios de las infraestructuras donde se forma la opinión pública y, cada vez más, de los sistemas que median el acceso a la información. La plaza pública digital es propiedad privada de los megaaportantes.

¿Un autoritarismo competitivo plutocrático?

¿Cómo caracterizar este régimen? Steven Levitsky y Lucan Way acuñaron la noción de «autoritarismo competitivo» para designar sistemas en los que las elecciones son reales y la oposición puede ganar, pero el campo de juego está sesgado por el control del Estado. En el caso estadounidense, el sesgo proviene tanto del Estado como del capital. Por eso proponemos hablar de un autoritarismo competitivo plutocrático, en el que la manipulación institucional y la coerción estatal se combinan con una concentración inédita del poder económico y comunicacional.

Lo competitivo, en efecto, sigue en pie. Las encuestas más recientes muestran que los republicanos no solo están en riesgo de perder la Cámara de Representantes, sino también el Senado. El modelo de Nate Silver le asigna a los demócratas un 74% de probabilidades de controlar el Senado y un 93% de ganar la Cámara, y los muestra adelante en estados que Trump ganó por más de diez puntos en 2024, como Ohio, Texas, Alaska, Iowa y Kansas. En Ohio, Sherrod Brown aventaja al senador Jon Husted 49% a 43%; en Texas, James Talarico empata o supera a Ken Paxton; en Carolina del Norte, Roy Cooper lleva once puntos de ventaja. Algunas predicciones todavía favorecen a los republicanos en el Senado, pero la tendencia es clara.

¿Desmiente esto nuestra tesis? No. La pregunta no es si el oficialismo puede perder, sino cuánto debe crecer el rechazo social para superar un campo cada vez más inclinado. Los demócratas necesitan varios puntos de ventaja en el voto nacional solo para compensar el gerrymandering en la Cámara. Y, como se planteó en Jacobin, la impopularidad de un gobierno solo importa en una democracia: cuanto peor le va en las encuestas, mayor es el incentivo para recurrir a la supresión de votos, a los cheques condicionados y a la intimidación. Tampoco se trata de una deriva exclusivamente republicana: buena parte de la dirigencia demócrata depende de los mismos donantes y aportó los votos que mantuvieron financiado al ICE. Por eso las protestas «No Kings», como señaló Burgis, se volvieron explícitamente antioligárquicas. Una precisión histórica: antes de 1965 millones de afroamericanos estaban directamente excluidos del voto en el Sur, por lo que no hablamos de la elección menos democrática de toda la historia del país, sino de las últimas décadas.

Nuestra América ante la democracia del Norte

Las implicancias exceden a Estados Unidos. La potencia que se arroga el derecho de certificar o desconocer elecciones ajenas, que intervino en las campañas de Honduras y de la Argentina en 2025 y que bombardeó Caracas, celebrará los comicios menos democráticos de su historia reciente. El corolario Trump de la doctrina Monroe ya había abandonado el lenguaje de la «promoción democrática» para recuperar sin eufemismos la gramática de las esferas de influencia. La degradación de la democracia interna completa esa operación y erosiona una de las fuentes de la hegemonía estadounidense: su capacidad de presentarse como modelo. En términos gramscianos, es una pérdida de consenso que el imperio intenta compensar con coerción, afuera y adentro.

Para los gobiernos latinoamericanos que optaron por el alineamiento incondicional con Washington, empezando por el de Javier Milei, el resultado del 3 de noviembre no es un dato menor, porque un Trump debilitado en el Congreso debilitará también a sus aliados en la región. Pero cualquiera sea el resultado, el problema es estructural. La plutocracia electoral, una Corte que vació la Ley de Derecho al Voto, los mapas redibujados y un ICE con presupuesto garantizado hasta 2028 seguirán allí al día siguiente. Trump, quizás, pase y la estructura que lo hizo posible, probablemente, perdure. Es hora de empezar a discutir en serio la crisis profunda de la democracia liberal estadounidense y sus consecuencias para la región.


Milei, de gala con la ultraderecha: 20 viajes a EEUU y la “reconquista del hemisferio”

 

Milei apuesta a Trump y la ultraderecha mientras Washington busca compromisos duraderos.

“No podemos ceder ni un milímetro en nuestra reconquista del hemisferio”, declaró Javier Milei el miércoles 14 de octubre por la noche, en el Andrew W. Mellon Auditorium de Washington, como invitado de honor de la Official Hispanic Heritage Gala. Dos días después del 12 de octubre, en una celebración de la “herencia hispana” organizada por La Derecha Diario, el portal fundado por el hoy convicto Fernando Cerimedo, el presidente argentino eligió la palabra “reconquista” para definir su proyecto regional. No fue un lapsus. Es una síntesis de su vocación neocolonial. Fue su vigésimo viaje a Estados Unidos desde que ganó las elecciones en noviembre de 2023: el número 19 desde que asumió la presidencia y el quinto en lo que va de 2026. Fueron 36 horas en Washington y, otra vez, sin la foto con Donald Trump, que estaba de campaña en Arizona y Montana. Pero Milei fue, precisamente, a hacer campaña por él. Y mientras estaba en Estados Unidos para congraciarse con la derecha estadounidense, en Buenos Aires una multitud de estudiantes, docentes y no docentes universitarios rodeaba el Congreso. ¿Qué revela este nuevo peregrinaje sobre el vínculo bilateral y sobre la creciente sumisión del gobierno libertario, a pocas semanas de la llegada a Buenos Aires del vicepresidente J. D. Vance?

Una gala con sello Cerimedo

El escenario no es un detalle menor. La gala, con entradas de entre 3.000 y 10.000 dólares y etiqueta de esmoquin, fue organizada por Latino Wall Street y La Derecha Diario. Ese portal fue creado en 2021 por Cerimedo, el consultor que manejó la estrategia digital de la campaña de Milei en 2023, que también trabajó para el bolsonarismo y que asesoró al presidente boliviano Rodrigo Paz. En noviembre de 2023, el Tribunal Superior Electoral de Brasil suspendió los perfiles de La Derecha Diario Brasil por difundir desinformación sobre el sistema electoral. Y desde agosto, Cerimedo está detenido en Bolivia, imputado por intento de feminicidio tras el ataque a balazos que sufrió su expareja, la abogada Nadia Beller, en Santa Cruz de la Sierra. La fiscalía de La Paz le abrió, además, una segunda causa por presunto enriquecimiento ilícito.

Milei atribuyó el escándalo a una operación del “castrochavismo”. Su socio, el español Javier Negre, intentó despegarse, pero la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum recordó que, según una investigación de Clarín, las acciones de Cerimedo en Madero Media Group, dueña de la marca, se vendieron tres días después de su detención. El miércoles fue Negre quien presentó a Milei y le entregó el reconocimiento “al liderazgo y al impacto global”, con una frase que vale como programa: “Qué bonito está quedando el mapa político en Hispanoamérica gracias a él”. Entre los asistentes estaban Matt y Mercedes Schlapp, de la CPAC, el congresista republicano Cory Mills y el canciller paraguayo Rubén Ramírez. Es la internacional ultraderechista en su versión hemisférica, y la investidura presidencial argentina, una vez más, al servicio de su legitimación.

“Sacar a patadas” a Lula

El discurso tuvo dos destinatarios. El primero, el electorado estadounidense. “Es importante, no solo para Estados Unidos, sino para Occidente entero, que el presidente Trump salga fortalecido en las elecciones de noviembre”, dijo Milei, y definió su vínculo con Washington como “una alianza histórica con el presidente Trump” para “ser un faro de libertad”. Agregó: “Nos alineamos con Israel y con los Estados Unidos para defender los valores judeocristianos que dieron vida a la civilización occidental”. Un presidente extranjero pidiendo el voto para el oficialismo estadounidense a tres semanas de unas elecciones que, como analizamos en Tektónikos la semana pasada, Trump convirtió en un plebiscito sobre su figura y que, según casi todas las encuestas, puede perder.

El segundo destinatario fue Brasil. Desde el escenario, Milei saludó y abrazó a Eduardo Bolsonaro, invitado de honor de la gala. Su presencia no es inocente: el exdiputado vive en Estados Unidos desde 2025, desde donde impulsó las sanciones de Trump contra su propio país para presionar en el juicio a su padre Jair. Por eso la Primera Sala del Supremo Tribunal Federal lo condenó a cuatro años y dos meses de prisión por coacción; la condena quedó firme el 3 de octubre y la semana pasada el juez Alexandre de Moraes ordenó su detención y la cancelación de sus pasaportes. Con un prófugo de la justicia brasileña a su lado, Milei llamó a votar por Flávio Bolsonaro en el balotaje del 25 de octubre, afirmó que Jair Bolsonaro está “injusta y vengativamente encarcelado” y, saliéndose del texto, remató: “Vamos a sacar a patadas al dictador comunista”. Se refería a Lula da Silva, electo democráticamente tres veces y quien repetidas veces denunció el injerencismo de Trump en estos comicios.

No se trata de un exabrupto aislado. En julio, Milei viajó a San Pablo para participar de la convención que proclamó a Flávio, lo que llevó al gobierno de Lula a llamar a consultas a su embajador en Buenos Aires; tras la primera vuelta del 4 de octubre, que Flávio ganó por 47,03% a 45,16%, volvió a publicar “LULA LADRÓN”. Es una injerencia abierta en el proceso electoral del principal socio comercial de la Argentina. Un presidente que predica la no intervención del Estado interviene sin pudor en las elecciones de otros Estados. Y no lo hace en función de un interés nacional definido, sino como operador de una facción política transnacional, hoy virtualmente comandada por el Secretario de Estado Marco Rubio. Milei no se alineó con Estados Unidos como Estado, sino con Trump y su red. Si el 25 de octubre gana Lula y el 3 de noviembre los demócratas recuperan el Congreso, la Argentina quedará más expuesta que nunca: peleada con su vecino y atada a un presidente estadounidense debilitado.

Petróleo, premios y “hacer grande a la Argentina nuevamente”

La agenda económica completó el cuadro. Antes de la gala, Milei se reunió con Harold Hamm, fundador de Continental Resources, pionero del fracking y aliado empresario de Trump, con intereses crecientes en Vaca Muerta: su empresa anunció la compra del 50% de Phoenix Global Resources, que opera en la cuenca neuquina. El jueves 15, en la sede de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la mayor organización empresarial del mundo, recibió el premio “Campeón global de la libre empresa” de manos de su presidenta, Suzanne Clark, que lo elogió como “un líder que defiende con valentía y orgullo la libre empresa”. El funcionario de mayor rango de la administración Trump anunciado para el acto, el secretario de Energía Chris Wright, otro empresario del fracking, finalmente no asistió. El contacto oficial de la gira se redujo a una reunión del canciller Pablo Quirno con Juan Pablo Segura, subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental. El objetivo de este vigésimo viaje de Milei a Estados Unidos era doble: respaldar la agenda geopolítica de Trump y vender el ajuste ante empresarios, inversores y banqueros con intereses en la Argentina.

El discurso, titulado “El caso argentino: el desafío del crecimiento económico tras décadas de populismo”, fue una pieza de campaña para 2027 pronunciada ante el capital estadounidense. “Vinimos a hacer grande a la Argentina nuevamente”, dijo, calcando el eslogan trumpista MAGA. Se jactó de un ajuste fiscal de 15 puntos del PBI, de que “en 30 meses estamos reparando los daños de 100 años” y de estar “logrando domar la inflación”, en la semana que se anunció oficialmente su rebote. Repitió que “la verdadera riqueza la generan los empresarios” y que “sin empresarios no hay nada”, prometió que “vamos a honrar nuestras deudas en todo momento” y pronosticó que el riesgo país del año próximo estará “por debajo de los 100 puntos”. Presentó al sector energético y minero, abierto por el DNU 70/2023, como proveedor del mundo en sociedad con Estados Unidos, y admitió sin rodeos quiénes pagan la cuenta: “La apertura va a beneficiar a 48 millones de personas y perjudicar al sector protegido”. Pidió, por último, confianza: “Tenemos confianza en que vamos a ratificar este rumbo el año que viene en las urnas”.

Los datos desmienten el relato. Ese mismo jueves, el riesgo país medido por JP Morgan trepó a 640 puntos básicos, su nivel más alto del mes. El FMI recortó su proyección de crecimiento para la Argentina en 2026 del 3,5% al 2,1%, y el propio vocero presidencial, Adrián Ravier, admitió que el último trimestre fue negativo. Según el INDEC, la inflación de septiembre fue del 1,9% mensual y acumula 23,6% en el año (33% interanual), con una desinflación que se frenó sin traducirse en una mejora de los ingresos. La “nueva Argentina” que Milei vende en Washington se parece poco a la que viven los argentinos.

Mientras tanto, en Buenos Aires

El contraste con lo que ocurría en las mismas horas frente al Congreso fue elocuente. Mientras Milei era premiado por la Cámara de Comercio estadounidense, la quinta Marcha Federal Universitaria reunió a miles de estudiantes, docentes y no docentes, acompañados por familias de personas con discapacidad, la CGT, las dos CTA, la UTEP, la UCR, la izquierda y las distintas vertientes del peronismo. Reclamaron que el gobierno cumpla la Ley de Financiamiento Universitario, que la justicia le ordenó aplicar nueve veces. El documento leído en el acto, firmado por el Consejo Interuniversitario Nacional, la FUA y las federaciones docentes y no docentes, sostuvo que “la universidad pública no es el problema de nuestro país”, denunció una “política de deserción forzada” y advirtió que el incumplimiento de la ley y la “voluntad de gobernar por decretos de necesidad y urgencia” ponen “en riesgo nuestra democracia y nuestro sistema republicano”. Los números lo explican: con una inflación acumulada de 344% desde el inicio de la gestión, los salarios docentes aumentaron 236,6%, y el presidente del CIN, Franco Bartolacci, afirmó que las transferencias al sistema universitario se redujeron a la mitad. Ese mismo día, el juez Martín Cormick fijó una multa diaria al jefe de Gabinete, Diego Santilli, por incumplir la cautelar que obliga a actualizar salarios y becas. Al final de la jornada hubo incidentes en Rivadavia y Callao, con gases lacrimógenos, camiones hidrantes y detenidos, y la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, eligió hablar de “los mismos violentos de siempre” antes que del reclamo.

Adentro del Congreso, la oposición intentó derogar el DNU 70/2023, la piedra fundamental del programa que el presidente exhibía en Washington, junto con la emergencia en discapacidad y una ley de alivio para las familias endeudadas. No lo logró: 121 diputados de Unión por la Patria, la izquierda, la Coalición Cívica y parte de Provincias Unidas y de Argentina Federal se sentaron en sus bancas, ocho menos de los 129 necesarios para el quórum. Las ausencias de legisladores que responden a gobernadores aliados, como los tucumanos de Independencia y parte de Provincias Unidas, salvaron al gobierno. El presidente de la Cámara, Martín Menem, celebró: “El país ya eligió un rumbo y no va a retroceder”. La escena resume el modelo: un decreto que en Washington se premia como ejemplo de “libre empresa” sobrevive en Buenos Aires gracias a las negociaciones con los gobernadores, mientras en la calle se reprime a quienes defienden la universidad pública.

Veinte viajes, una diplomacia de fotos

Los números del vínculo personal con Washington no tienen antecedentes. Según el relevamiento difundido por Perfil a fines de septiembre, Milei pasó 134 días en el exterior en sus primeros 1.020 días de gestión, y Estados Unidos fue, por lejos, su destino más frecuente. A la misma altura de su mandato, Mauricio Macri había visitado Estados Unidos siete veces. Milei ya lleva 19 como presidente, 20 si se cuenta el viaje que hizo recién electo, y volverá en diciembre para la cumbre de líderes del G-20. Buena parte de esos viajes no tuvieron agenda bilateral alguna: conferencias de la CPAC, premios de fundaciones conservadoras, galas, visitas a la tumba del Rebe de Lubavitch. Un grupo de diputados opositores presentó un pedido de informes sobre su costo, precisamente por el carácter privado y partidario de muchas de esas giras. Esta vez tampoco hubo reunión con el presidente estadounidense. El lunes 19, Milei ya estará volando a Madrid para reunirse con dirigentes de Vox y del Partido Popular, en la antesala de las elecciones anticipadas españolas.

Es la lógica de la diplomacia de fotos: la cercanía con Trump como capital simbólico para la acumulación política interna y como señal para los mercados. El problema es que esa foto tiene un costo, y lo paga el país.

La factura: lo que Washington cobra

El salvataje de 20.000 millones de dólares que el Tesoro estadounidense anunció en octubre de 2025, condicionado públicamente por Trump al resultado de las legislativas argentinas, tuvo su contraprestación. El 5 de febrero, el canciller Pablo Quirno firmó en Washington el Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos (ARTI). El gobierno lo presentó como un triunfo porque Estados Unidos eliminaría aranceles recíprocos sobre 1.675 productos argentinos, pero dejó en suspenso lo más sensible: los aranceles al acero y al aluminio. Las concesiones argentinas, en cambio, son estructurales: aceptar vehículos fabricados según las normas estadounidenses, reconocer a Estados Unidos como jurisdicción adecuada para la transferencia de datos personales y cooperar con Washington contra las “prácticas no orientadas al mercado” de terceros países. Traducido: China. Un análisis del texto advierte que el acuerdo compromete a la Argentina a acompañar las medidas unilaterales de Estados Unidos frente a otros países, mientras Washington se reserva el derecho de aplicar aranceles cuando lo decida. Es la cristalización jurídica del alineamiento.

Ocho meses después, el ARTI ni siquiera fue enviado al Congreso, y la Casa Rosada evalúa implementar parte del acuerdo por decretos y resoluciones, esquivando el debate parlamentario. Sin embargo, esta semana se anunció un protocolo adicional al acuerdo comercial de febrero, firmado por Quirno y el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer. Según Quirno, ese protocolo “permitirá la remisión del ARTI al Congreso Nacional para su aprobación”. El otro compromiso pendiente es la adhesión al Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT), una vieja exigencia de los laboratorios estadounidenses, trabada en el Senado tras la reserva que Diputados incorporó a pedido de los laboratorios de capital nacional; el plazo comprometido con Washington vencía el 30 de abril. Las presiones no se disimulan: a fines de agosto pasó por Buenos Aires Jeff Goettman, representante comercial adjunto de Estados Unidos, para reclamar avances a Quirno y a Luis Caputo, y la número dos de la embajada estadounidense vinculó públicamente la ratificación del ARTI con la “confianza” de los inversores.

Como dijo sin eufemismos Scott Bessent hace un año, Milei estaba “comprometido con sacar a China” de la Argentina. A eso se suman la pertenencia al Escudo de las Américas, el ingreso de tropas estadounidenses sin autorización del Congreso, los entrenamientos de marines en Ushuaia y el proyecto de base naval en Tierra del Fuego. En septiembre, en plena turbulencia cambiaria, Caputo volvió a reunirse con Bessent para asegurar el respaldo del Tesoro de cara a 2027. Las reuniones con petroleros como Hamm y el premio de la Cámara de Comercio son la otra cara de esa moneda: Vaca Muerta, el litio y los minerales críticos ofrecidos como botín en la disputa con Beijing. Dependencia financiera, extractivismo y subordinación geopolítica forman un mismo paquete.

Vance, el cobrador

En ese contexto hay que leer la visita de J. D. Vance. Según confirmaron desde el gobierno, fue un pedido de Washington, en el marco de una gira regional, e incluirá una reunión con Milei en la Casa Rosada. Será la primera visita de un vicepresidente estadounidense desde la de Mike Pence a Macri en 2017, cuando el tema excluyente era el cerco a Venezuela. Llegará con el ARTI y el PCT todavía pendientes, en el mismo mes en que visitará el país el papa León XIV.

Vance no es un emisario cualquiera. Es el aspirante mejor posicionado para suceder a Trump, en una interna feroz con el secretario de Estado Marco Rubio, a quien se atribuye el diseño de la política hemisférica. Lo respaldan los magnates tecnológicos encabezados por Peter Thiel, y su nombre aparece asociado a la Rockbridge Network, el fondo que cofundó en 2019 y que desembarcó en Brasil, denunciado por el Partido de los Trabajadores por presunto financiamiento de la campaña bolsonarista. Su paso por Buenos Aires será también un acto de su propia construcción hacia 2028, en el país que la derecha global exhibe como su laboratorio.

El calendario es elocuente: Vance llegará después del balotaje brasileño y de las elecciones legislativas estadounidenses. Si los republicanos conservan el Congreso y Flávio Bolsonaro gana en Brasil, vendrá como emisario de una ofensiva triunfante, a consolidar el eje Washington-Brasilia-Buenos Aires contra China. Si pierden, vendrá a asegurar lo que queda de un aliado que, para Washington, se volvería todavía más valioso en un continente menos dócil. En cualquiera de los dos casos, el objetivo es el mismo: convertir el alineamiento personal de Milei en compromisos de Estado, difíciles de revertir gane quien gane en 2027.

Malvinas, la ficha de cambio

Hay un tema que revela como ningún otro los límites del alineamiento automático. A fines de agosto, Trump dijo que la postura de Estados Unidos sobre Malvinas era una de muchas que estaba revisando, y el gobierno lo celebró como una señal. Pero cuando la Argentina inició el 28 de septiembre un arbitraje contra el Reino Unido bajo la Convención del Mar para frenar el proyecto petrolero Sea Lion, el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, puso las cosas en su lugar: la Argentina es “un gran amigo”, pero existe una “relación especial” con el Reino Unido, y Washington buscaría “desescalar”. Ironía adicional: uno de los socios de Sea Lion es la petrolera israelí Navitas, mientras Milei proclama a Israel, junto con Estados Unidos, su principal aliado estratégico. Para Washington, Malvinas es una ficha de negociación, no una causa. La sumisión no compra soberanía; a lo sumo, compra promesas.

Patria o colonia, otra vez

La palabra elegida en Washington lo dice todo. La “reconquista del hemisferio” que Milei proclamó en una gala de la ultraderecha, rodeado de la red de Cerimedo y Negre, de la CPAC y de un Bolsonaro prófugo, es la versión libertaria del Corolario Trump de la Doctrina Monroe: un continente “pintado de azul”, alineado con Washington, sin China y con sus recursos estratégicos disponibles para los Hamm y los Wright. La Argentina funciona como su laboratorio: un país que entrega su política exterior, su autonomía regulatoria y sus recursos a cambio de respaldo financiero, premios y fotos. La diferencia con las “relaciones carnales” de los noventa es que entonces el alineamiento se hacía con el Estado norteamericano en su momento de mayor poder; hoy se hace con una facción, en un imperio en declive relativo y en plena fractura interna. Es una apuesta todo o nada a una sola carta.

Por eso las próximas semanas son decisivas. El 25 de octubre en Brasil y el 3 de noviembre en Estados Unidos (sumadas a las del 27 de octubre en Israel) se juega buena parte de la suerte de esa apuesta. Ochenta años después de Braden, incluso criticado en Washington por hacer campaña en Buenos Aires sin las usuales sutilezas diplomáticas, ahora no hay demasiados velos: es el propio presidente argentino el que viaja a Washington a hacer campaña en favor del Partido Republicano de Trump, y a pedir que saquen “a patadas” al presidente de Brasil. El dilema, como en el “Braden o Perón” de 1946, sigue siendo el mismo: Patria o Colonia.

martes, 6 de octubre de 2026

"Elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos: vitales para América Latina". Por Leandro Morgenfeld

 

Elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos: vitales para América Latina

Una derrota de Trump en el Congreso puede abrir una grieta en su ofensiva sobre América Latina.

Pocas veces unas elecciones de medio término en Estados Unidos fueron tan trascendentes para América Latina como las que ocurrirán el martes 3 de noviembre. Aunque el pasado 22 de septiembre Trump haya declarado ante las Naciones Unidas que su nombre no iba a figurar en la papeleta, durante los últimos meses se encargó de presentarlas como un virtual referéndum sobre su figura y sus políticas. En pleno asedio sobre la región, en el marco de la Doctrina Donroe, la pérdida del control trumpista de una o ambas cámaras será un cimbronazo con múltiples consecuencias, tanto en Washington como en el resto del continente. ¿Qué escenarios se abren en las próximas semanas?

El martes 22 de septiembre, en la apertura de la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump habló durante casi cincuenta minutos. Buena parte de su discurso estuvo dedicada a América Latina y el Caribe. Reivindicó la operación militar de enero que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, celebró el acuerdo petrolero firmado en agosto con las autoridades venezolanas, acusó a México de ser “el epicentro de la violencia de los cárteles” y le exigió “recuperar el control de su territorio”. Sobre Cuba fue todavía más lejos: la definió como “un Estado fallido” que “acabará cayendo”, lo que motivó que la delegación cubana abandonara el recinto. “De ser necesario, usaremos nuestro poderío militar inigualable para defender nuestros intereses”, amenazó.

Sin embargo, la frase que más circuló fue otra. Al referirse a la guerra contra Irán, iniciada el 28 de febrero y todavía sin resolución, Trump sostuvo que Teherán estaba esperando el resultado de las elecciones legislativas para negociar, y remató: “Lo que no entienden es que yo no soy candidato”. Es formalmente cierto, pero contradice todo lo que el propio Trump hizo a lo largo de este año.

“Hagan de cuenta que estoy en la boleta”

Ya el 6 de enero, ante el bloque republicano de la Cámara de Representantes reunido en el rebautizado Trump-Kennedy Center, había lanzado una advertencia que recogió la agencia Reuters: “Si no ganamos las elecciones de medio término, van a encontrar una razón para hacerme un impeachment“. A fines de junio anunció algo sin antecedentes en la historia política estadounidense: una convención partidaria de medio término en Dallas, concebida como un gran acto de reafirmación de su liderazgo. Y a fines de agosto, en un acto en Myrtle Beach, Carolina del Sur, fue todavía más explícito: “Lo que realmente quiero que hagan es que hagan de cuenta, por favor, que estoy en la boleta. Solo vengan a votar”.

Trump nacionalizó la elección y la convirtió en un plebiscito sobre su segundo mandato. Su base se moviliza cuando él está en juego. El problema es que, a un mes de la votación, ese plebiscito lo está perdiendo. Al menos eso indican casi todas las encuestas.

Un plebiscito cuesta arriba

Los números son elocuentes. Según la encuesta Reuters/Ipsos realizada entre el 17 y el 20 de septiembre, la aprobación de Trump cayó al 32%, el nivel más bajo de toda su carrera política e inferior a cualquier registro de Joe Biden (2021-2025). Apenas el 17% aprueba su manejo del costo de vida, que es el tema que los estadounidenses señalan como decisivo a la hora de votar, y el respaldo entre los propios republicanos bajó del 82% al 73% en una sola semana. La causa inmediata es la guerra contra Irán, que disparó los precios de la gasolina y el gasoil.

Esa impopularidad se traslada a la intención de voto. En el promedio que elabora el reconocido estadístico y analista Nate Silver, ajustado por votantes probables, los demócratas aventajan a los republicanos por 9,6 puntos en la pregunta genérica sobre qué partido votarán para la Cámara de Representantes. Sus candidatos lideran, aunque por márgenes estrechos, en los seis estados que probablemente definan el Senado: Texas, Maine, Ohio, Iowa, Michigan y Alaska. Es un clima comparable al de la “ola azul” de 2018, durante el primer mandato de Trump.

Hay, sin embargo, dos reparos. El primero es aritmético: los republicanos defienden en el Senado una mayoría actual de 53 a 47 y los demócratas necesitan ganar cuatro bancas netas para controlarlo, ya que el vicepresidente J. D. Vance desempata si quedan 50 a 50. El segundo es institucional. Por presión de la Casa Blanca, desde el año pasado nueve estados redibujaron sus distritos electorales (el famoso gerrymandering) y, tras el fallo de la Corte Suprema en Louisiana v. Callais, que prácticamente vació de contenido la Ley de Derecho al Voto, otros estados del Sur se sumaron a la ofensiva. La respuesta demócrata en California, con la Proposición 50, compensó parcialmente la maniobra texana, pero el saldo neto favorece a los republicanos por varias bancas. Aun así, el escenario más probable es que los demócratas recuperen la mayoría en la Cámara de Representantes. La gran incógnita es el Senado.

La Doctrina Donroe en su momento más agresivo

¿Por qué esta elección importa tanto en nuestra región? Porque llega en el momento más agresivo de la política de Washington hacia América Latina desde, al menos, la década de 1980. El propio Trump adoptó el término “Doctrina Donroe” tras la captura de Maduro, cuando proclamó que el dominio estadounidense en el hemisferio “nunca más será cuestionado”. Como analizamos en Tektónikos en julio, la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 formalizó el Corolario Trump de la Doctrina Monroe: negarles a los “competidores no hemisféricos” —fundamentalmente China— el acceso a activos estratégicos en el continente. Un grupo de exdiplomáticos convocado por la Universidad de Georgetown la describió como una estrategia apoyada en tres pilares: una coalición de gobiernos de derecha afines, una seguridad regional militarizada en nombre del combate al narcotráfico y el uso punitivo de los aranceles como instrumento de coerción política.

El blanco principal hoy es Cuba. Cortado el suministro de petróleo venezolano y sometida a un cerco que el senador demócrata Tim Kaine no duda en calificar de bloqueo militar, la isla sufre apagones generalizados y una crisis humanitaria de enormes proporciones. En marzo, Trump dijo esperar tener “el honor de tomar Cuba” de alguna forma. El 25 de septiembre, tres días después de su discurso en la ONU, la cadena CBS reveló un memorando interno de la Reserva del Ejército que pide identificar unidades de apoyo disponibles para el Comando Sur en un plazo de 90 a 120 días. El documento no nombra a Cuba, pero varios funcionarios admitieron que la planificación apunta a la isla. Llama la atención el calendario: ese plazo se cumple después de las elecciones.

Hasta ahora, el Congreso fue un espectador. Kaine y sus colegas Adam Schiff y Ruben Gallego presentaron resoluciones de poderes de guerra para impedir una acción militar no autorizada contra Cuba, pero la mayoría republicana las bloqueó con recursos de procedimiento. En mayo volvieron a insistir. El argumento de Kaine es contundente: si alguien le hiciera a Estados Unidos lo que Estados Unidos le está haciendo a Cuba, lo consideraría un acto de guerra. Con otra correlación de fuerzas en el Capitolio, esas resoluciones dejarían de ser meramente testimoniales. Por eso, entre otras razones, el resultado de noviembre importa mucho.

El Escudo de las Américas y la coartada del “narcoterrorismo”

La Doctrina Donroe tiene también su dispositivo multilateral, construido a la medida de Washington y por fuera de la OEA. El 7 de marzo, en su club de golf de Doral, en Miami, Trump firmó una proclamación que lanzó el Escudo de las Américas y creó la Coalición Anticárteles de las Américas. Lo acompañaron doce presidentes latinoamericanos y caribeños: Javier Milei, Rodrigo Paz, José Antonio Kast, Rodrigo Chaves, Luis Abinader, Daniel Noboa, Nayib Bukele, Nasry Asfura, Irfaan Ali, José Raúl Mulino, Santiago Peña y Kamla Persad-Bissessar. No estuvieron presentes México ni Colombia, y tampoco Brasil: tres de las cuatro mayores economías de la región quedaron afuera en ese singular lanzamiento.

La llamada Carta de Doral habilita el uso de fuerza militar letal contra los cárteles, establece protocolos de intercambio de inteligencia y de operaciones conjuntas entre los firmantes y designó a Kristi Noem como enviada especial para coordinar el despliegue. Lo novedoso es el desplazamiento hacia lo militar y la lógica de adhesión selectiva: no se convoca a todos, sino a los alineados. No es casual que la Cumbre de las Américas prevista para diciembre de 2025 en República Dominicana haya sido cancelada. Mientras tanto, el Escudo sigue sumando miembros: el Perú de Keiko Fujimori adhirió en agosto y Chile formalizó su incorporación el 22 de septiembre, lo que generó la protesta de los expresidentes Boric y Bachelet.

El narcotráfico cumple hoy la función que cumplió el comunismo durante la Guerra Fría y el terrorismo después del 11 de septiembre de 2001: una amenaza lo suficientemente difusa como para justificar casi cualquier cosa. En su nombre se bombardearon lanchas en el Caribe, se atacó Caracas y se planifica ahora sobre Cuba. Y en su nombre se asocia a los cárteles con Irán y con China, lo que deja al desnudo el verdadero objetivo. Como advierte un análisis del Centro de Investigaciones de Política Internacional, más allá del propósito declarado, la razón esencial que anima el Escudo es la contención de China en la región. En la sesión de Nueva York, flanqueado por Marco Rubio, Scott Bessent, Jamieson Greer y Stephen Miller, Trump les aseguró a sus socios latinoamericanos ultraderechistas que tienen “el respaldo de los Estados Unidos” y que eso los hace “mucho más fuertes”. Lo que no dijo es qué pasará con ese respaldo si él pierde el control del Congreso.

Brasil, la batalla decisiva

Si hay un país donde se juega el futuro inmediato de la Doctrina Donroe, ese es Brasil. Con Lula en el Planalto, la principal potencia sudamericana resistió los aranceles del 50% impuestos por Trump, profundizó su vínculo con China y se mantuvo al margen del Escudo de las Américas. Por eso Washington no oculta su preferencia por Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente inhabilitado por intento de golpe. En marzo, en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) de Texas, el propio Flávio les pidió a los Estados Unidos que presionaran a las instituciones brasileñas de cara a las elecciones de octubre, al tiempo que ofrecía las riquezas minerales de su país como “solución” para Washington. El 26 de mayo fue recibido en la Casa Blanca y, en ese mismo viaje, un asesor del Departamento de Estado para Brasil fue a verlo a su hotel.

El gobierno brasileño considera que la injerencia estadounidense ya está en curso y puede ampliarse de cara al balotaje. Según reconstruyó CNN Brasil, el Planalto identifica al menos cuatro frentes: la presión política directa de Trump y de Rubio, el impulso pago, desde el exterior, de perfiles en redes sociales favorables a Flávio, el presunto financiamiento a través de Rockbridge Network, un fondo cofundado en 2019 por el propio J. D. Vance, que el Partido de los Trabajadores denunció ante el Supremo Tribunal Federal, y los encuentros de funcionarios estadounidenses con influenciadores de la derecha brasileña. La campaña de Flávio lo niega. Pero un informe reservado de la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin), enviado a fines de agosto a la Presidencia, al Ministerio de Justicia y al Tribunal Superior Electoral, elevó el riesgo de interferencia de Estados Unidos a un “nivel de criticidad” y advirtió sobre una tendencia a la escalada de la presión sobre Brasil.

El libreto ya se ensayó. En Honduras, cuatro días antes de las elecciones del 30 de noviembre de 2025, Trump llamó a votar por Nasry Asfura y acusó a la candidata oficialista, Rixi Moncada, de ser aliada de Maduro; Moncada, que encabezaba las encuestas, terminó tercera. En Colombia, en junio de este año, Trump respaldó sin matices a Abelardo de la Espriella y tildó a Iván Cepeda de “marxista radical”. De la Espriella ganó el balotaje del 21 de junio por menos de un punto. Como en 1946, cuando el embajador Spruille Braden intervino abiertamente en la campaña electoral argentina para intentar evitar el triunfo de Perón, la injerencia ya ni siquiera se disimula: se exhibe.

Luego del sorpresivo triunfo de Bolsonaro por 47 a 45 % sobre Lula en la primera vuelta del 4 de octubre, la Casa Blanca se prepara para incrementar la presión, con la expectativa cada vez más cierta de sumar un aliado clave en su avance para controlar el continente. El balotaje, previsto para el 25 de octubre, se realizará apenas nueve días antes de las elecciones estadounidenses. Una victoria de Flávio le daría a Trump el trofeo que más desea en Sudamérica, justo en la antesala de sus propios comicios. Una reelección de Lula permitiría mantener la esperanza, en cambio, de construir un polo de autonomía en el corazón del continente.

Tres escenarios para el día después

Conviene no sobrestimar lo que puede cambiar un Congreso opositor. La política exterior sigue siendo, en el sistema estadounidense, un terreno en el que el Ejecutivo goza de enorme autonomía; Trump lo demostró al bombardear Caracas sin autorización legislativa. Una resolución de poderes de guerra aprobada por ambas cámaras sería vetada, y los demócratas no tendrán los dos tercios necesarios para superar el veto. Pero tampoco hay que subestimar el cimbronazo. Se abren, a grandes rasgos, tres escenarios.

El primero: los republicanos retienen ambas cámaras. Es hoy el menos probable, pero no puede descartarse, sobre todo por el efecto de la modificación de los distritos electorales y la posibilidad de un error en las encuestas. Trump lo leería como un aval plebiscitario a su agenda y tendría las manos libres para el último tramo de su mandato. Para América Latina, significaría luz verde para escalar contra Cuba y para intensificar la presión sobre México.

El segundo: los demócratas ganan la Cámara de Representantes y los republicanos conservan el Senado. La Cámara controla el presupuesto y la facultad de investigar: podría citar a Rubio, Hegseth y Bessent y auditar las operaciones en el Caribe y el salvataje a la Argentina. El propio Trump anticipó que sería sometido a un tercer juicio político. La historia ofrece un antecedente elocuente: tras las elecciones de medio término de 1982, la Cámara de mayoría demócrata aprobó la Enmienda Boland, que restringió el financiamiento de la administración Reagan a la contra nicaragüense y terminó desembocando, años después, en el escándalo Irán-Contras.

El tercero: una mayoría demócrata en ambas cámaras, el desenlace que hoy los mercados de predicciones consideran más probable. Además de las investigaciones, el Senado dejaría de ser un reaseguro para la Casa Blanca: controlaría la confirmación de embajadores y funcionarios. Trump entraría, en los hechos, en una etapa anticipada de “pato rengo”, con la sucesión de 2028 ya en disputa dentro del propio Partido Republicano.

En cualquiera de los dos últimos escenarios, el impacto en América Latina excedería lo institucional. Los gobiernos que apostaron todo a Trump —Milei, Bukele, Noboa, Kast, De la Espriella, Peña— perderían el aura de estar alineados con un poder incontestable. Y los que resisten la presión, como México y Brasil, ganarían margen de maniobra.

¿Y Milei?

Ningún gobierno de la región apostó tanto a una sola carta como el de Javier Milei. El 22 de septiembre, en la sesión extraordinaria del Escudo de las Américas en la ONU, en su decimoctavo viaje a Estados Unidos desde que asumió, escuchó a Trump jactarse: “Creo que voy nueve de nueve. Todos a los que he respaldado han ganado”. Y luego: “Tuvimos una gran victoria en Argentina”. La victoria a la que aludía es la de octubre de 2025, cuando el salvataje de 20.000 millones de dólares del Tesoro, que Trump condicionó públicamente al resultado electoral —”si él pierde, no vamos a ser generosos con Argentina”—, le permitió a Milei llegar a las legislativas sin una corrida cambiaria.

Ese auxilio tuvo contraprestaciones. En febrero de 2026, el canciller Pablo Quirno y el representante comercial Jamieson Greer firmaron el Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos, que un trabajo del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata interpreta como la contraprestación política e institucional del rescate y como la cristalización de una inserción internacional asimétrica y extractiva. En el plano militar, el gobierno autorizó por decreto, sin pasar por el Congreso como exigen la Constitución y la Ley 25.880, el ingreso de tropas estadounidenses para los ejercicios Tridente, en 2025, y Daga Atlántica, este año. En septiembre, marines estadounidenses entrenaron en Ushuaia, donde Milei proyecta una base naval. La Argentina es, además, miembro fundador del Escudo de las Américas.

La relación, sin embargo, es cada vez más asimétrica. A fines de agosto, consultado por la prensa, Trump dijo que la postura estadounidense sobre Malvinas era “una de muchas” que estaba revisando. Londres respondió en el acto que la soberanía “reside en el Reino Unido”. Malvinas, para Washington, es apenas una ficha de negociación. Milei, que hizo del alineamiento automático su política exterior, no obtuvo nada concreto a cambio, salvo la incertidumbre.

¿Cómo puede impactar en su gobierno el resultado del 3 de noviembre? Por varias vías. La primera es financiera. Los demócratas cuestionaron el salvataje desde el primer día: presentaron un proyecto para impedir el uso del Fondo de Estabilización Cambiaria en favor de la Argentina y, en febrero, la senadora Elizabeth Warren le exigió a Bessent que diera por terminado el acuerdo, denunciando que el Tesoro lo había dejado vigente pese a haberlo presentado como una ayuda de corto plazo. El Tesoro incluso se negó a hacer público el texto, alegando razones de seguridad nacional. Con mayoría demócrata en alguna de las cámaras, esos reclamos se convertirían en audiencias, citaciones y pedidos de documentos, y un nuevo rescate sería mucho más costoso en términos políticos.

La segunda vía es política. Milei construyó buena parte de su acumulación interna sobre una diplomacia de fotos con Trump. Un Trump debilitado, investigado y convertido en pato rengo devalúa ese capital simbólico. Milei eligió alinearse con una persona y una facción antes que con el Estado norteamericano. Las encuestas lo muestran encabezando la intención de voto para 2027, pero con una imagen partida al medio. El propio FMI advirtió que la incertidumbre política de cara a las presidenciales es uno de los principales riesgos del programa.

La tercera vía es más paradójica. Si Trump, acorralado en el frente interno, redobla la apuesta en el hemisferio, la Argentina puede quedar comprometida en aventuras que nada tienen que ver con sus intereses: una escalada sobre Cuba avalada por los socios del Escudo o nuevas presiones para cortar lazos con China. Y si, en cambio, los republicanos retienen el Congreso, Milei leerá el resultado como una confirmación de su apuesta y profundizará una subordinación que ya no tiene precedentes en nuestra historia, ni siquiera en tiempos de las relaciones carnales.

Una grieta en el muro

Como venimos sosteniendo, el Corolario Trump de la Doctrina Monroe expresa más la debilidad que la fortaleza de un imperio en declive relativo. El garrote reemplaza a la zanahoria porque la zanahoria escasea. Las elecciones del 3 de noviembre no decidirán el destino de América Latina: eso dependerá, en primer lugar, de la capacidad de los países de la región para reconstruir su coordinación política, hoy fragmentada, y para aprovechar los márgenes que abre un mundo cada vez más multipolar. Pero una derrota de Trump abriría una grieta en el muro de la Doctrina Donroe.

La historia de las relaciones interamericanas enseña que las fases de mayor coerción estadounidense suelen coincidir con los momentos de mayor articulación latinoamericanista. Lo que está por verse es si, esta vez, la región sabrá aprovechar esa grieta o si seguirá esperando que los cambios lleguen desde el Norte.

 

 

sábado, 3 de octubre de 2026

Elecciones en Brasil: cómo impactaría el triunfo de Lula o Bolsonaro en el escenario regional y mundial

Elecciones en Brasil: los votantes dirimen entre Lula o Bolsonaro. El resultado tendrá fuerte impacto en la región y el mundo. 

Elecciones en Brasil: cómo impactaría el triunfo de Lula o Bolsonaro en el escenario regional y mundial

Los candidatos representan proyectos políticos opuestos y un resultado favorable para uno u otro tendría consecuencias que exceden las fronteras del país. El historiador Leandro Morgenfeld analizó las posibles transformaciones para América Latina y el orden internacional ante cada uno de los desenlaces.

En diálogo con C5N, Leandro Morgenfeld, historiador, docente de la UBA e investigador del CONICET, analizó el escenario abierto por los comicios y recordó una frase de Richard Nixon: "'América Latina va donde va Brasil'. Sin duda, la definición de lo que pase en Brasil va a inclinar el mapa político regional", sostuvo.

Brasil es la principal economía de América Latina y, por tamaño territorial, población y capacidad comercial, ocupa un lugar central en cualquier discusión sobre integración sudamericana. Esa condición explica la importancia histórica del vínculo con Argentina y del Mercosur, pero también el interés de China, Estados Unidos y la Unión Europea sobre la orientación internacional que adopte el próximo gobierno.

Lula y Flávio Bolsonaro, las caras de la polarización.

Lula y Flávio Bolsonaro, las caras de la polarización.

Morgenfeld ubica la elección dentro de una disputa regional más amplia. "Estamos en un contexto en esta segunda presidencia de Trump de avance de los gobiernos de ultraderecha en la región, incluso la participación implícita de Estados Unidos en muchos procesos electorales", afirmó, antes de marcar una diferencia entre Brasil y México frente a Washington.

"Hoy, si bien hay muchos gobiernos de la región alineados con Trump, en los dos principales que son México y Brasil tienen gobiernos que plantean una política soberanista y no alineada con Trump, y por supuesto Brasil es el más importante de Sudamérica", explicó el historiador.

Lula, Bolsonaro y una nueva etapa para Brasil: qué pasará con México

Lula llega a esta elección después de haber gobernado Brasil durante dos mandatos consecutivos, entre 2003 y 2010, y de haber regresado al Palacio del Planalto en 2023. Su trayectoria estuvo atravesada por uno de los episodios más fuertes de la política brasileña reciente: permaneció 580 días preso, desde abril de 2018 hasta noviembre de 2019. En 2021, el Supremo Tribunal Federal anuló las condenas de la Operación Lava Jato al determinar que la Justicia Federal de Curitiba no era competente para juzgar esas causas.

El otro apellido central de la elección es Bolsonaro, aunque existe una diferencia fundamental: el candidato es Flávio, mientras que su padre, Jair, fue condenado en 2025 a 27 años y tres meses de prisión por delitos vinculados con la tentativa de golpe de Estado para impedir la asunción de Lula tras las elecciones de 2022.Para Morgenfeld, una victoria de Lula reforzaría el vínculo con el gobierno de México y el eje regional que, según su lectura, busca mayor autonomía frente a Estados Unidos. "Si Lula consigue la reelección, sin duda el eje que tiene con Claudia Sheinbaum va a verse fortalecido y va a tener un impacto regional muy importante", señaló.

Lula Da Silva va por la reelección en Brasil.

Lula Da Silva va por la reelección en Brasil.

En cambio, consideró que un triunfo de Flávio Bolsonaro modificaría ese equilibrio: "Si triunfa el hijo de Jair Bolsonaro, sin duda va a sumarse al escudo de las Américas y a pintar el continente de gobiernos de derecha y ultraderecha, y va a dejar muy aislado al gobierno de Sheinbaum".

Mercosur, China y Estados Unidos: qué está en juego

El resultado también tendrá consecuencias sobre el Mercosur, creado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y sostenido desde entonces sobre una relación particularmente estrecha entre Buenos Aires y Brasilia. Para el analista, una continuidad de Lula ofrecería respaldo político a ese esquema de integración. "Sin duda, si gana Lula va a ser un espaldarazo para que el Mercosur siga siendo una opción para los países del Cono Sur", afirmó.

El docente vinculó esa discusión con la relación bilateral entre Argentina y Brasil y con las diferentes estrategias de inserción internacional. Recordó que Lula había impulsado en 2023 la incorporación de la Argentina a los BRICS, mientras que Javier Milei descartó ese ingreso al asumir la Presidencia. "Han planteado el eje Argentina-Brasil como un eje de articulación clave para empezar a pensar a América del Sur como un polo emergente en este mundo cada vez más multipolar", planteó.

Flávio Bolsonaro en campaña con su remera

Flávio Bolsonaro en campaña con su remera "Brasil sin miedo".

En el escenario contrario, el historiador advirtió que el bloque podría atravesar una etapa de mayor crisis: "Si en cambio gana Bolsonaro, yo creo que el Mercosur va a estar en su momento más débil". El planteo adquiere relevancia porque Brasil es el actor de mayor peso dentro del esquema regional y, además, mantiene una agenda comercial que excede ampliamente a sus vecinos.

China es actualmente el principal destino de las exportaciones brasileñas y también tiene un peso creciente en las importaciones, mientras Estados Unidos continúa siendo un socio comercial estratégico y la Unión Europea ocupa otro lugar central. En los primeros ocho meses de 2026, China concentró el 30,7% de las exportaciones brasileñas y el 26,4% de sus importaciones.

Por eso, el investigador también interpretó la elección como una discusión sobre el posicionamiento de Brasil frente a las grandes potencias. "Si gana Bolsonaro, va a tener una política absolutamente alineada con Estados Unidos", afirmó. Sobre una continuidad de Lula, en cambio, sostuvo: "Brasil está planteando una diversificación, sin romper con Estados Unidos, pero una diversificación de las relaciones no solo económicas, sino también políticas".

Esa estrategia "plantea un vínculo no solo con Estados Unidos y China, también con la Unión Europea, con India y con Rusia, con otros actores, polos emergentes en este mundo cada vez más multipolar", agregó Morgenfeld.

La religión y su relevancia en la captación de votos en los últimos años

La religión es otro componente de la disputa electoral. El Censo 2022 mostró que el 56,7% de los brasileños de 10 años o más se declaraban católicos y el 26,9% evangélicos, en un país donde el crecimiento de las iglesias evangélicas transformó su peso social y político durante las últimas décadas, a favor de los partidos más conservadores. Esa composición no determina por sí sola el voto, pero forma parte de las identidades que atraviesan la campaña.

La primera vuelta será este domingo y, si ningún candidato supera el 50% de los votos válidos, habrá una segunda instancia el 25 de octubre. Morgenfeld consideró que una diferencia menor a cinco puntos entre los principales candidatos dejaría abierta esa definición: "Va a ser un escenario absolutamente abierto de cara a la segunda vuelta electoral".

En ese escenario, Brasil no solo definirá quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos cuatro años: también pondrá en discusión el rumbo de la mayor potencia sudamericana frente al Mercosur, sus vecinos y las grandes potencias que disputan el dominio geopolítico del mundo.