BUENOS AIRES (proceso.com.mx).- Primero Donald Trump, a
continuación Xi Jinping, estrechan protocolarmente la mano de Mauricio
Macri en las imágenes que transmite una pantalla muda, ubicada en la
cabecera de la sala de trabajo del Centro Internacional de Prensa, en la
que ahora trajinan unos doscientos periodistas acreditados a la Cumbre
de Líderes del G20. El presidente norteamericano y su par chino
protagonizaron el 1 de diciembre el encuentro más importante de todos
los que se celebraron en Buenos Aires. Allí se selló una tregua de 90
días, en las que no habrá imposición recíproca de nuevos aranceles. El
compromiso no detiene la guerra comercial entre ambas potencias pero sí
gana algo de tiempo.
El G20 en Argentina reunió a los mandatarios de las veinte
mayores economías del planeta. El foro sirvió para ratificar la crisis
que vive el multilateralismo, en un contexto de fragmentación e
incertidumbre, signado por la disputa geopolítica y geoeconómica entre
Estados Unidos y China, disputa que también involucra a la Unión
Europea, Rusia y a otras regiones del mundo.
El documento final del G20 es el primero, desde que los presidentes
comenzaron a reunirse en 2008, que no condena el proteccionismo. El
texto destaca, además, la necesidad de reformar la Organización Mundial
de Comercio (OMC). Estos logros diplomáticos de Donald Trump no pudieron
repetirse en el plano medioambiental. Mientras que 19 países
reafirmaron la implementación del Acuerdo de París para limitar el
cambio climático, Estados Unidos reiteró su derecho a utilizar “todas
las fuentes de energía” para asegurar el crecimiento. Por último, a
través de la firma del T-MEC con Canadá y México, Trump logró incluir un
freno a China en ese espacio económico.
“El triunfo de Trump hace dos años fue una manifestación de la crisis
de la hegemonía de EU, que desde hace 30 o 40 años viene perdiendo peso
económico a nivel mundial, y que después de un período donde intentó
asentarse como gendarme planetario, hoy está en un claro proceso de
declinación hegemónica”, dice a Apro el Doctor en Historia Económica
Leandro Morgenfeld, durante una pausa de un debate realizado en la
Universidad de Buenos Aires el 29 de noviembre, en el marco de la Cumbre
de los Pueblos, el mayor evento de oposición social, política y
académica a la concepción del mundo que impulsa el G20. “Lo que acá se
discute es cómo va a ser el tránsito de un mundo con EU como única
superpotencia a nivel global hacia un mundo con dos centros, ya que
China viene creciendo a tasas muy altas desde hace cuatro décadas y hoy
tiene una previsión de superar en cuanto al PBI a EU en los próximos
años”, dice el autor de
Bienvenido Mr. President (Ed. Octubre, 2018), en el
que se reflejan las visitas de los mandatarios norteamericanos a
Argentina.
En la actualidad las economías norteamericana y china están
entrelazadas y muestran un enorme grado de interdependencia. China es el
principal tenedor de bonos de EEUU y EEUU uno de los principales
consumidores de las exportaciones chinas. Muchas empresas
norteamericanas exportan a EU desde China. En EU hay también mucha
inversión de capitales chinos.
“Lo que observamos es una puja entre China y EU, así como la puja
que mantiene EU con Europa, que paulatinamente erosionan las prácticas y
disciplinas de negociación surgidas al finalizar la Segunda Guerra
Mundial, y también los regímenes globales y el sistema de negociaciones
comerciales multilaterales, como por ejemplo la OMC”, dice a Apro Sergio
Cesarin, quien dirige el Centro de Estudios sobre Asia del Pacífico e
India de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. “El efecto de esta
erosión es fáctico, porque las cuestiones centrales no se resuelven en
el seno de las instituciones de orden global, surgidas del orden
institucionalista liberal del siglo pasado, pero a la vez hay un efecto
simbólico, porque estas instituciones ya no parecen responder a las
nuevas lógicas de poder”, sostiene.
Exigencias
Estados Unidos es la mayor potencia económica, tecnológica y militar
del mundo. Pero su peso, en términos relativos, va en declive. Los
últimos documentos de Defensa y Seguridad nacional elaborados en
Washington ubican a China como el principal “adversario estratégico”.
Durante una charla el 4 de octubre en el Hudson Institute, el
vicepresidente norteamericano Mike Pence fue explícito: “Con su plan
‘Made in China 2025’, el Partido Comunista chino se prepara para
controlar 90 por ciento de las industrias más avanzadas del mundo,
incluyendo robótica, biotecnología e inteligencia artificial. Para ganar
los más altos comandos de la economía del siglo XXI, Beijing puso a sus
burócratas y empresarios a obtener la propiedad intelectual
estadounidense, fundamento de nuestro liderazgo, por cualquier medio”.
“Uno de los problemas críticos en la competencia global y estratégica
China-EU es la obtención por parte de China de nuevas tecnologías
mediante la transferencia directa, la compra de licencias, las alianzas
empresarias, las fusiones, las adquisiciones e incluso el espionaje
industrial”, dice Sergio Cesarin. China comenzó a aplicar esta política
de modernización tecnológica en agricultura, ciencia y tecnología,
industria y defensa en 1978. Ha puesto las estrategias de innovación y
adelanto tecnológico al tope de la agenda gubernamental hasta mediados
de siglo.
“China no quiere ser mera depositaria o receptora de
tecnología extranjera, por eso ha desarrollado capacidades endógenas que
se traducen en mayor autonomía y competitividad. Un eficiente sistema
político altamente centralizado como el chino gana así espacios de poder
en el siglo XXI”, dice Sergio Cesarin. “¿Acaso EEUU no ha sido por
décadas el principal receptor de miles de estudiantes chinos formados en
sus mejores universidades, ingenieros chinos trabando en Sillicon
Valley, o firmas tecnológicas americanas asociadas con firmas chinas que
explotan mercados tecnológicos globales?”, se pregunta: “¿Qué
esperaban, que China se quedara quieta? Opino que la estrategia de
‘contención tecnológica’ que los EE.UU desean aplicar contra China es
como querer tapar el sol con las manos”, afirma.
El Premio Nobel en Economía Joseph Stiglitz predice una guerra
comercial prolongada, ya que Estados Unidos hace demandas a las que
China no puede acceder, exigiéndole que renuncie a sus objetivos de
convertirse en un país avanzado. “China podrá realizar ajustes en su
sector externo y mejorar prácticas comerciales, podrá renunciar a la
militarización de islas en el Mar del Sur o a avances en otras regiones
del planeta, pero no abandonará la Estrategia 2025”, dice Sergio
Cesarin.
Por lo pronto, EU dejará en suspenso por 90 días su decisión de
elevar al 25 por ciento los aranceles para al menos la mitad de las
importaciones provenientes de China, por un monto de 200 mil millones de
dólares, que iba a regir a partir del 1 de enero próximo. Los aranceles
que ambos países se aplican se mantendrán en el 10 por ciento. Las
negociaciones proseguirán durante la tregua. En caso de falta de
acuerdo, los gravámenes se elevarán al 25 por ciento.
Rispideces
Durante la cumbre del G20, Enrique Peña Nieto rubricó en nombre de
México el tratado T-MEC con Canadá y Estados Unidos. “La negociación del
nuevo acuerdo comercial buscó salvaguardar la visión de una América del
Norte integrada, la convicción de que juntos somos más fuertes y
competitivos”, dijo el entonces presidente mexicano, horas antes de
despedirse del cargo. En su artículo 32, el tratado indica que sus
miembros deberán abstenerse de entablar relaciones con economías que no
son de mercado, en clara referencia a China.
En la cumbre de Buenos Aires se evidenció el distanciamiento entre
Washington y Moscú. Debido a la escalada de la tensión entre Ucrania y
Rusia en torno a Crimea, Trump canceló la reunión con su par ruso
Vladimir Putin. Estados Unidos ha decidido además sanciones contra Rusia
por su papel en Siria. Estados Unidos considera a Rusia –al igual que a
China– como “adversario estratégico”. Moscú y Beijing, que por su parte
muestran una larga historia de recelos, en los últimos años han firmado
varios acuerdos de cooperación y en septiembre de 2018 realizaron una
impresionante demostración militar conjunta en Stavropol.
“Antes que una alianza considero que lo que los une es una comunidad
de intereses, en primer lugar, el recelo ante EU, a su proyección
hegemónica en Asia del Pacífico, el aumento del gasto militar, el hecho
de que la estrategia de Defensa estadounidense los defina como
adversarios estratégicos”, explica Sergio Cesarin. “Para EU ambos
representan sistemas autocráticos de poder frente al sistema liberal
democrático occidental. China es percibida como agresiva en la
militarización de islas en el Mar del Sur y Rusia por su anexión de
Crimea”, señala. “China y Rusia cuentan con cibercapacidades para dañar
el sistema productivo y tecnológico estadounidense así como influir en
sus procesos políticos. China, y especialmente Rusia, rechazan la
expansión de la OTAN hacia el este y así las mutuas sospechas se
retroalimentan”, sostiene.
Las diferencias de Estados Unidos con la Unión Europea afectan a su
vez el atlantismo. Las mieles de la relación que Alemania y Francia
mantenían con líderes como Bill Clinton o Barack Obama, representantes
de la fracción más globalista de la burguesía norteamericana, se han
diluido bruscamente. A las presiones de Trump para que la UE eleve su
presupuesto militar para financiar a la OTAN, la UE le ha contestado con
el anuncio de la creación de un ejército propio. Particularmente
Alemania y Francia temen además el anunciado aumento de los aranceles a
sus vehículos en el mercado norteamericano.
China también actúa en medio de esta discordia. “Pese a las
buenas relaciones históricas, la UE recela de China”, explica Sergio
Cesarin. “Alemania y los Países Bajos figuran entre los principales
socios comerciales de China. Europa occidental está unida a China por la
conexión ferroviaria Shanghái–Madrid. Para China, Europa en su conjunto
es central en su estrategia geoeconómica de proyección terrestre y
marítima denominada Nueva Ruta de la Seda”, señala. “China espera que la
UE la apoye en su puja comercial con EU. y la asume como un socio en un
mundo multipolar. Europa desea mantener una intensa relación con China
sin romper el ‘atlantismo’, estrategia que la debilitaría como actor
global y ante Beijing”, explica. Asimismo, la UE recela de ciertas
prácticas chinas como el dumping, las imposiciones sobre transferencia
tecnológica, el no reconocimiento de derechos sobre propiedad
intelectual y las malas praxis ambientales.
El G20 fue también escenario de la tensión entre Turquía y Arabia
Saudita. El príncipe saudi Mohammed Bin Salmán, sospechado de haber
promovido el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en Estambul, gozó
de la distante protección norteamericana. Por otra parte, Theresa May,
primera ministra del Reino Unido, se reunió con Mauricio Macri el 1 de
diciembre. Con antelación había reafirmado que el Brexit “no modificará”
la política de Gran Bretaña hacia las Islas Malvinas. Descartó, de este
modo, cualquier apertura a una negociación con Argentina por la
soberanía. El gobierno argentino, por su parte, informó que durante el
encuentro “no se tocó el tema Malvinas”.
Sin agenda propia
El sol calienta el asfalto de una Avenida 9 de Julio inusitadamente
libre de automóviles. Son las cuatro de la tarde del 30 de noviembre. En
la cabecera de la multitudinaria manifestación, tras una bandera que
reza “Fuera G20 – Fuera FMI”, hay una anciana bajita de pañuelo blanco
en la cabeza. “Estamos acá para repudiar la presencia del G20, del Fondo
Monetario Internacional, de una política que hace este gobierno de
hambre y represión aceptando lo que las instituciones estas vienen a
recomendarnos”, dice a Apro Nora Cortiñas, 88 años, una de las
fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. “No queremos recomendaciones
económicas, queremos una Argentina libre, con vida digna para todos sus
habitantes, sin represión, sin ajuste”, dice. Un centenar de metros más
atrás, algunas jóvenes apelan al body painting, marchando con las
banderas de varios de los países del G20 pintados en sus cuerpos y sus
caras, en un potente llamado a una humanidad ausente en la mesa de las
decisiones.
La manifestación atraviesa la ciudad hasta llegar a Plaza Congreso.
Las calles adyacentes, al igual que muchos sectores de la ciudad, están
vallados. Durante estos tres días no funciona el metro, ni los trenes,
ni tampoco hay aviones. Buenos Aires luce repleta de retenes controlados
por gendarmes con cascos de guerra y algunas armas largas, que
restringen el paso y el tránsito vehicular.
Por lo pronto, América Latina llega al G20 desunida. El Presidente
Macri ha sido un activo promotor de la desintegración regional,
paralizando el Mercosur, la Unasur y la CELAC. La fragmentación regional
genera mayor debilidad, dependencia y falta de autonomía. “No hay una
agenda propia”, dice Leandro Morgenfeld: “Macri toma la agenda de los
países del G7: más desregulación económica, más poder a los organismos
financieros internacionales como el FMI, o como la OCDE o la OMC, y esa
estrategia de fragmentación regional es muy funcional a los países
centrales y sobre todo a EEUU”, explica. “Es más: Macri eligió la peor
fecha posible para hacer la cumbre, el 1 de diciembre, día de la
investidura del presidente López Obrador en México, un error garrafal
desde el punto de vista diplomático”, dice. “Y Brasil llega con Temer,
con una imagen menor al 5 por ciento, y que el 1 de enero le va a pasar
el mando a Bolsonaro. Es decir que la región nunca estuvo tan mal
representada en una cumbre del G20”.
El documento final del G20 revela las diferencias que persisten en
torno de la agenda comercial y medioambiental a nivel global. Donald
Trump ratificó su falta de compromiso en la lucha contra el cambio
climático. La ausencia de una condena al proteccionismo y la inclusión
de una “necesaria reforma de la Organización Mundial de Comercio” fueron
triunfos del magnate neoyorquino. El tono que cobrará la puja entre los
dos bloques económicos más importantes, que impacta en toda la economía
del planeta, habrá de verse en los próximos 90 días.