martes, 20 de agosto de 2019

Ponencia "El rol de Argentina en la disputa geopolítica por América Latina" (Lunes 26/8, Sociales-UBA)



Jornadas de Sociología de la UBA

Cronograma de la Mesa 51 "Hegemonía, comunicación y poder. Hacia una geopolítica del Siglo XXI", a realizarse en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (calle Santiago del Estero 1029). 


LUNES 9 A 12:30. Aula HU 100
Eje 1. El escenario geopolítico actual y el ascenso de la China multipolar.
  1. Álvarez, Luis Osvaldo. Relaciones económicas internacionales y geopolítica: el liderazgo de China en el Este Asiático en el Siglo XXI y las percepciones de amenaza por parte de los Estados Unidos.
  2. Formento, Walter. Disputa de proyectos estratégicos, capitalismo y poscapialismo, multipolarismo y pluriversalismo, en la geopolítica de la crisis mundial
  3. Gualberto do Nascimento, Lucas. Las relaciones contemporáneas China-América Latina: el giro hacia el Pacífico.
  4. Schulz, Sebastián. El II Foro de la Ruta de la Seda (Beijin, 2019). Balances y perspectivas para el desarrollo de una propuesta multipolar-pluriversal.
  5. Sosa, Mario. Función y posición de la moneda en la estrategia de los esquemas de poder a nivel mundial.
  6. Staiano, María Francesca. Los nuevos modelos teoréticos de China en las Relaciones Internacionales: convergencias con América Latina hacia la construcción de una “comunidad de destino compartido”.

LUNES 13:30 A 17:00. Aula HU 100
Eje 2. Disputas hegemónicas en Argentina contemporánea
  1. Lemble, Francisco. Proyectos políticos-educativos en disputa: un análisis desde el cambio de complementación del PROGRESAR.
  2. Manzolido, Maria Eugenia. Nos deben el derecho que ganamos en la calle.
  3. Vanderstichel, Santiago. Corporaciones empresarias y disputa hegemónica en la corrida cambiaria de Argentina en el 2018

LUNES 13:30 A 17:00. Aula HU 100
Eje 3a. Problemáticas geopolíticas actuales y el rol de América Latina.
  1. Ahumada, Graciela. América Latina y el Caribe en el Problema mundial de las drogas
  2. Fernandez, Carlos y Damsky, José María. Geopolítica Austral y Conciencia Territorial
  3. Morgenfeld, Leandro. El rol de Argentina en la disputa geopolítica por América Latina

MARTES 9 A 12:30. Aula HU 400
Eje 4 Comunicación, big data e impactos políticos y culturales
  1. Barbagallo, Juan Francisco. La cultura Disney y el romanticismo funcional en los “millennials".
  2. Barrientos, Nahuel. Trayectorias educativas y subjetividades juveniles en la era digital.
  3. Hartwig, Agustina. Los cambios en las matrices ideológicas en Argentina: nuevas subjetividades en tiempos de virtualidad.
  4. Laya, Fernando. Crisis de los partidos políticos y nuevas formas de empresa.
  5. Sforzin, Verónica. Episteme, Matrices y Subjetividad en juego En tiempos de las Tecnologías de la Comunicación y la información
  6. Zuccaro, Agustín. Conducción y representación política, campañas electorales, Big Data y redes sociales: la construcción política del PRO/Cambiemos

MARTES 13:30 A 17:00. Aula HU 400
Eje 5. Francisco, multipolarismo y diálogo interreligioso
  1. Asprella, Ezequiel. Diálogo entre ciencias. El Papa Francisco y la construcción de una mirada pluriversal.
  2. Barbagallo, Juan Francisco. La reestructuración de Francisco y la Iglesia católica en clave geopolítica

MARTES 13:30 A 17:00. Aula HU 400  
Eje 3b. Problemáticas geopolíticas actuales

  1. Blanco, Pablo Eduardo. Arquitectura Jurídica del Capital Financiero Transnacional
  2. Ramírez, Marcelo. La Sociedad como blanco de los nuevos tipos de Guerras
  3. Ridissi, Fabrcio y Schulz, Sebastián. El estado de situación geopolítica mundial a partir del Brexit. Puja de poder, crisis mundial y oportunidad multipolar
  4. Santella, Hector y Feito, Matias. Sobre los fenómenos morbosos: hegemonías rotas y ¿nada más?
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MARTES 17HS - AULA HU 204
Panel: "¿Qué está pasando en el mundo hoy? Multipolarismo, pluriversalismo y transición hacia un nuevo orden mundial".
Presentación del libro "La Crisis Mundial. Continentalismos, Globalismo y Pluriversalismo".


Exponen: Walter Formento y Sebastián Schulz.

lunes, 12 de agosto de 2019

La derrota de Macri y la esperanza de Nuestra América

La derrota de Macri y la esperanza de Nuestra América

Donald Trump jugó en la elección argentina en forma abierta y descarada, contra todo uso y costumbre. Su intento por mantener el control del “patio trasero” fracasó ya que los vientos políticos regionales parecen estar cambiando.

Leandro Morgenfeld (Notas)

La derecha regional, subordinada acríticamente a Donald Trump, hace tres años que insiste con el fin de la “marea rosa”, con el giro político conservador definitivo de la región, luego del ciclo abierto por las rebeliones populares de principios de siglo y el NO al ALCA en Mar del Plata, que había habilitado una coordinación y cooperación política e integración regional inéditas en Nuestra América.
Sin embargo, esta lectura era sesgada, parcial, incompleta. Como dijo recientemente el analista internacional Juan Gabriel Tokatlian, a pesar del apoyo de Trump, los sectores más conservadores no lograron consolidar una “hegemonía robusta” en América Latina.
Es cierto que el triunfo electoral de Mauricio Macri, en noviembre de 2015, fue el inicio de un vuelco a la derecha. Pocos días después la oposición antichavista lograba un triunfo inusual en las elecciones legislativas en Venezuela, en febrero de 2016 Evo Morales perdía el referéndum para habilitar su reelección en Bolivia, Rafael Correa anunciaba que no iría por un nuevo mandato en Ecuador, se iniciaba el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil y ganaba sorpresivamente el “No” en el plebiscito sobre los acuerdos de paz con las FARC en Colombia.
Pero ese diagnóstico ignoraba otros procesos con resultados contrarios. Los halcones de Washington no lograron en Venezuela consolidar un golpe de Estado ni una intervención militar al mando del Pentágono y la CIA; en Colombia, si bien el uribista Iván Duque ganó las elecciones el año pasado, la novedad fue que Gustavo Petro logró un resultado inédito en el ballotage, con una opción de centroizquierda que superó el 40% y que lo deja bien posicionado para el futuro; y en México, Andrés Manuel López Obrador quebró décadas de hegemonía del PRI y el PAN en una elección histórica que modificó la correlación de fuerzas regional.
Claro que la llegada al poder de Jair Bolsonaro implica una regresión brutal en Brasil y una subordinación a EE.UU. que casi no registra antecedentes históricos. Pero ese resultado electoral sólo fue posible porque el ilegítimo Michel Temer y el partido judicial, acaudillado por el juez Sergio Moro, encarcelaron y proscribieron escandalosamente al principal candidato, Lula, que encabezaba todas las encuestas. Su gobierno enfrenta el descrédito internacional, interminables tensiones internas y una situación económica crítica, que horada la base de apoyo que supo cosechar hace solo algunos meses.
Como dijo Álvaro García Linera en noviembre pasado, en el Foro Mundial del Pensamiento Crítico de CLACSO, “tenemos un neoliberalismo fallido de corto aliento y un mundo incierto. Se ha agotado el combustible neoliberal, este es un neoliberalismo zombie”
Por eso la elección argentina era clave. Trump jugó en favor de la reelección de Macri en forma abierta y descarada, contra todo uso y costumbre.
A través del FMI, habilitó 57 mil millones de dólares para financiar una artificial estabilidad financiera con el objetivo de darle oxígeno a la Casa Rosada hasta octubre. En EE.UU. el poder Ejecutivo, el Congreso, Wall Street, los principales think tanks y las corporaciones periodísticas apoyaron explícitamente al candidato de Juntos por el Cambio, como no se veía desde 1946, cuando el embajador Braden disparó toda su artillería para intentar evitar el triunfo de Juan Domingo Perón. La Casa Blanca hasta convenció a Bolsonaro de que viajara en julio a Buenos Aires para inmiscuirse en la elección de la Argentina. Un papelón diplomático que traerá consecuencias. El secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, visitó la Argentina hace menos de un mes, para ratificar este respaldo, con la excusa de una cumbre antiterrorista.
Sin embargo, en estas elecciones quedó demostrado que con el apoyo del establishment financiero y político internacional no alcanza. La palmada en la espalda de los jefes de las potencias occidentales y de los burócratas del Fondo son indigeribles para un pueblo indómito como el argentino.
El caballito de batalla de Macri, “volvimos al mundo”, terminó siendo impotente frente al desplome económico y la catástrofe social. Casi un boomerang. Reforzó la correcta percepción de que Macri gobierna para el FMI, para los grandes bancos y los socios locales de las grandes corporaciones trasnacionales.
Su última jugada fue apostar por los tratados de libre comercio, como el alcanzado entre el Mercosur y la Unión Europea, desventajoso en todo sentido y ahora de improbable ratificación parlamentaria. En el país donde más se batalló para derrotar al ALCA, suponer que un acuerdo de este tipo podía rendirle frutos electorales muestra una vez más su miopía política.
El sorprendente resultado electoral en las elecciones del 11 de agosto abre una oportunidad histórica para recuperar la iniciativa regional de las fuerzas populares y democráticas: para lograr la libertad de Lula y el fin del autoritarismo en Brasil, para buscar una salida pacífica y negociada en Venezuela -pese al boicot de Trump-, para reclamar el fin del bloqueo a Cuba y para recuperar la UNASUR y la CELAC
Es que así como en 2015 el triunfo de Macri empoderó a las derechas regionales y puso en terapia intensiva a los organismos regionales como la UNASUR y la CELAC, su debacle electoral del domingo va a potenciar las posibilidades de una victoria en octubre de Evo Morales en Bolivia y del Frente Amplio en Uruguay.
Los vientos políticos parecen estar cambiando nuevamente. Como dijo Álvaro García Linera en noviembre pasado, en el Foro Mundial del Pensamiento Crítico de CLACSO, “tenemos un neoliberalismo fallido de corto aliento y un mundo incierto. Se ha agotado el combustible neoliberal, este es un neoliberalismo zombie”.
Trump intenta reimponer la “doctrina Monroe” para retener el control de su “patio trasero” en un contexto de declinación hegemónica y ascenso de China. Macri venía siendo funcional a la histórica estrategia de EE.UU. de fragmentar a los países de la región para dominarlos más fácilmente: divide y reinarás.
El ahora derrotado presidente argentino apoyó la política estadounidense de restaurar el poder de la decadente Organización de Estados Americanos (OEA), con sede en Washington, denunciada hace más de medio siglo por el Che Guevara como el “ministerio de colonias” de la Casa Blanca. El domingo a la noche, esa posición claudicante entró en crisis en Argentina.

El sorprendente resultado electoral en las elecciones del 11 de agosto abre una oportunidad histórica para recuperar la iniciativa regional de las fuerzas populares y democráticas: para lograr la libertad de Lula y el fin del autoritarismo en Brasil, para buscar una salida pacífica y negociada en Venezuela -pese al boicot de Trump-, para reclamar el fin del bloqueo a Cuba y para recuperar la UNASUR y la CELAC. Empezó otro capítulo en la histórica busqueda latinoamericana de construir la patria grande.


lunes, 5 de agosto de 2019

"Las siete cajas de pandora de la derecha suramericana"




campaña del miedo / antes y después de venezuela / pompeo is here


La sintonía entre los gobiernos del sur y los halcones del norte inauguró un nuevo tomo de la historia de América Latina cuyas páginas iniciales están siendo escritas en este preciso momento: el multilateralismo no negocia sino que encierra, el humanitarismo no ayuda sino que mezquina, la apuesta por una revitalización de la familia militar y el inquietante aval a un poder dual sin atributos reales. ¿Es la política hacia Venezuela de los gobiernos de derecha suramericanos un ensayo general de lo porvenir?

Por: Juan Gabriel Tokatlian (Revista Crisis)
19 de Julio de 2019

La crisis en Venezuela es monumental. La desastrosa situación ha sido producto de dinámicas, factores y actores internos, aunque sin dudas el papel de Estados Unidos contribuyó a empeorar lo que ha venido aconteciendo por años en el país. De esta manera el caso Venezuela ha dejado de ser local, regional o continental, y se ha tornado un problema global.
¿Qué significa que una crisis se convierta en un asunto global? Varias cuestiones: a) la incidencia directa o indirecta de múltiples actores estatales (ejecutivos y legislativos) y no gubernamentales (partidos políticos, oenegés, think tanks); b) el impacto de diferencias y pugnas burocráticas en el seno de distintas administraciones; c) la participación de jugadores (gobiernos, corporaciones, medios de comunicación) con alcance mundial y objetivos precisos; d) la presencia de agentes (formales o ilegales) desarmados y armados; e) el involucramiento de instituciones internacionales (por ejemplo, la ONU) y regionales (como la OEA); f) el alcance de coaliciones y alianzas entre protagonistas internos y externos; g) la multiplicación de presiones sobre los participantes domésticos y de los obstáculos para encontrar soluciones.
Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. La región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes. Se produce entonces un doble proceso de impulso y atracción: las potencias se movilizan para proyectar su poder y asegurar su influencia, al tiempo que la deteriorada situación doméstica facilita el despliegue de fuerzas intervencionistas.
En ese delicado e inquietante contexto, la cuestión venezolana también pone en evidencia la dificultad e incapacidad que tuvo el conjunto de países de América del Sur durante 2019 para aportar fórmulas creíbles y efectivas. La crisis, a su turno, se da en el marco de un repliegue de la llamada “marea rosa” (de gobiernos progresistas y nacional-populares) y el auge de lo que se puede denominar el “reflujo neoliberal” (de gobiernos conservadores y reaccionarios) en Suramérica.
El antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

el consenso de los halcones
En ese sentido, cabe subrayar el papel de las derechas y su aproximación al caso Venezuela. Básicamente, y desde comienzos de este año, se dispusieron a suscribir el diagnóstico y a secundar las políticas de Estados Unidos hacia Caracas. Los motivos para plegarse a Washington obedecen a una mezcla de convicción y conveniencia: cercanía ideológica (más evidente con la victoria presidencial y legislativa de los republicanos), necesidad de apoyo estadounidense (ya sea financiero, militar, diplomático), dinámicas político-electorales domésticas (la idea de la exportación de la “revolución bolivariana” y su proyección nacional), efectos locales de la crisis venezolana (migraciones masivas), figuración como el “mejor amigo” de Estados Unidos (Duque, Bolsonaro, Piñera y Macri) por los réditos internos y externos que ello pudiera generar, preocupación por el estado de los derechos humanos en Venezuela (ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias) y potenciales nexos con situaciones domésticas volátiles (tal el caso de Colombia), entre otros.
Más precisamente, los gobiernos de derecha de la región asumieron los pronósticos de ciertos halcones estadounidenses, relegando el criterio de sus propios funcionarios diplomáticos con más conocimiento de Venezuela y, por supuesto, desoyendo la opinión de los opositores políticos en cada país. En esencia, las premisas centrales de aquellos tomadores de decisión en Washington eran: 1) el gobierno de Nicolás Maduro estaba seriamente debilitado y se encontraba atravesado por disputas inmanejables que lo precipitaban al vacío; 2) las fuerzas armadas sufrían fisuras crecientes y se disponían prontamente a abandonar a un presidente que consideraban ilegítimo; 3) una oposición homogénea y organizada se aglutinaba en torno a la figura de Juan Guaidó y en defensa de la Asamblea Nacional; 4) la sociedad padecía las consecuencias de una fenomenal debacle económica y estaba masivamente ávida para movilizarse y así generar una revuelta popular; 5) a pesar de los intereses de Rusia y China en Venezuela, ni Moscú ni Beijing podían evitar el aislamiento inexorable de Maduro; y 6) la conjunción de amenazas militares provenientes del presidente Donald Trump y de acciones diplomáticas coordinadas desde la región contribuirían, de modo inminente, al colapso de un gobierno definido como usurpador.
A ese diagnóstico se agregaba un giro en la política de Washington hacia Caracas. Así, durante la administración del presidente Barack Obama parecían claras tres cuestiones: a) la aplicación de sanciones focalizadas y personales se enmarcaban en la lógica de la “apertura del régimen” (regime opening) con el propósito de alentar una transición política; b) esas sanciones respondían, a su vez, a las demandas y exigencias de un Congreso controlado en las dos cámaras por republicanos y c) la cautela relativa de Estados Unidos frente a Venezuela obedecía, en parte, a la existencia de una serie de gobiernos de centroizquierda en la región.
Con Trump se produjeron cambios relevantes: a) se optó, definitivamente, por el “cambio de régimen” (regime change) para forzar la caída del gobierno de Maduro; b) la dinámica doméstica que desde mediados de 2018, y antes de la elección legislativa, impulsaba ese viraje era producto de la importancia que pasaron a tener ciertos estados (por ejemplo, Florida) con vista a la elección presidencial de 2020; c) asimismo creció la gravitación de los militares –en especial, del Comando Sur– no tanto por su inquietud acerca de la naturaleza del régimen interno en Venezuela al que consideraban “forajido”, sino por la mayor presencia de Rusia y China en Suramérica y d) la existencia de una nueva correlación de fuerzas políticas en América del Sur favorecía la aceptación en la región de una estrategia estadounidense más coercitiva hacia Venezuela.
Con este telón de fondo los gobiernos de derecha en Suramérica han adoptado y validado un conjunto de acciones que podrían incidir significativamente, como una serie de cajas de Pandora, en el futuro de la diplomacia y la democracia en la región.

caja uno: del Grupo Contadora al Grupo de Lima
En 1983, a raíz de varios conflictos en América Central, los presidentes de Colombia, México, Panamá y Venezuela crearon el Grupo Contadora, una iniciativa multilateral para promover la paz en esa región. Gobiernos de orientaciones políticas distintas mancomunaron esfuerzos con el objetivo de buscar salidas políticas negociadas a situaciones que involucraban regímenes diferentes en Centroamérica. Contadora –a la que en 1985 se sumó un Grupo de Apoyo conformado por Argentina, Brasil, Perú y Uruguay– tuvo un diagnóstico propio y realista de la situación. Pretendía gestar espacios políticos y diplomáticos para que Nicaragua, El Salvador y Guatemala no se colocaran en el epicentro de las disputas típicas de la Guerra Fría. Supo desagregar los componentes de las diversas circunstancias nacionales que estaban en juego y definir procedimientos, procesos y políticas específicas al respecto. Comprendió que era crucial que no se produjera un desplazamiento de las confrontaciones político-militares centroamericanas a los países vecinos (en especial, a Colombia que vivía su propio conflicto armado): había que evitar la internacionalización del conflicto de baja intensidad que atravesaba a América Central. Ya nadie quería entrar en el torbellino de la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
El Grupo de Lima actuó de una manera muy distinta: creado en agosto de 2017, pasó de alentar una salida incruenta a la crisis en Venezuela a aislar y cercar a Caracas desde comienzo de 2019. Si bien intentó asumir un diagnóstico “latinoamericano” (sus miembros originales incluían países de América del Sur, América Central, el Caribe y México), terminó abrazando el diagnóstico de Estados Unidos. Sus recientes cuestionamientos a ciertos actores extra-regionales no impidieron que Washington y Moscú se sentaran a dilucidar perspectivas e intereses sobre Venezuela. Muchos de sus anuncios solo significaron una elevación de la crítica a Maduro, sin efecto político alguno. En el camino, el Grupo se fue desarticulando con la salida de México y Uruguay, y la opción de varios miembros por posturas menos beligerantes en lo diplomático en consonancia con los pasos, aún acotados, a favor del diálogo iniciados por el Grupo Internacional de Contacto para Venezuela compuesto por países europeos y latinoamericanos, así como las conversaciones en Oslo entre gobierno y oposición venezolanos, entre otros intentos de mediación. 
Para decirlo brevemente: si Contadora fue una iniciativa de negociación hacia Centroamérica, el Grupo de Lima fue una iniciativa de cercamiento en torno a Venezuela. La buena lección del pasado no parece haber servido para que los gobiernos de derecha en América del Sur retomen aquella experiencia constructiva que supo eludir clivajes ideológicos.
Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

caja dos: de Unasur a Prosur
Si bien Unasur, creada en 2008, tuvo hitos en materia de concertación diplomática y resolución de conflictos, un conjunto de factores diversos convergieron e hicieron posible el deterioro de ese organismo: a) el gradual desinterés de Brasil –durante el segundo mandato de Rousseff primero y con la breve presidencia de Temer después– en invertir recursos diplomáticos en América del Sur; b) la desafortunada elección del expresidente Ernesto Samper al frente de la Secretaría General de la Unión de Naciones Suramericanas; c) la acefalía en la conducción de Unasur desde principios de 2017; d) el fracaso de las gestiones de buenos oficios auspiciadas por el organismo con la participación de los exmandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, ante la profundización de la crisis en Venezuela; e) la mediocre presidencia pro tempore de la Argentina entre abril de 2017 y abril de 2018 que nunca citó una cumbre de mandatarios, de cancilleres o de ministros de Defensa; f) la suspensión de la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay en el bloque sudamericano justo cuando la presidencia pro tempore pasaba a Bolivia y h) la salida definitiva de Colombia (agosto 2018), Ecuador (marzo 2019) y Argentina (abril de 2019) del mecanismo de concertación.
La sepultura de Unasur se materializó con la propuesta de los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñeira de crear Prosur. El lanzamiento formal de esta iniciativa en marzo de este año fue una nueva fuga hacia adelante del multilateralismo regional que se caracteriza por su alta formalización y baja institucionalización. El organismo nace en momentos en que Estados Unidos vuelve a proclamar la vigencia de la vetusta Doctrina Monroe y retoma el discurso propio de la “diplomacia de las cañoneras”. Según los proponentes de Prosur, el propósito principal es la defensa de la democracia y de la economía de mercado, al tiempo que se pone de manifiesto la vocación expresamente ideológica de sus miembros. Su primer acto político fue una declaración suscrita por Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Paraguay que apuntó a socavar la autonomía y la independencia de los órganos del sistema interamericano de derechos humanos: la Corte y la Comisión. Ello coincidió con el 40 aniversario de la visita que la CIDH a la Argentina en 1979, cuyo informe fue un punto de quiebre para visibilizar a nivel mundial el deplorable estado de los derechos humanos en el país. En síntesis, con todos sus límites y contradicciones, Unasur apuntaba a concertar mientras Prosur parece inclinado a denunciar. 

caja tres: la politización del multilateralismo financiero
A las pocas horas de que ocurriera el golpe de Estado fallido contra Hugo Chávez en abril de 2002, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció su rápida disposición a asistir a la administración del golpista Pedro Carmona. Ni el Banco Mundial ni el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ni la Corporación Andina de Fomento se pronunciaron al respecto. Aprendida la lección, en 2011 y a raíz de la situación en Libia, el FMI indicó que reconocería al nuevo gobierno luego de que los 187 países miembros lo hicieran.
A pesar de aquella mala experiencia, el actual presidente del BID Luis Alberto Moreno, reconoció a Juan Guaidó como mandatario en Venezuela. Días después, la asamblea de gobernadores del Banco aprobó el remplazo del representante oficial del gobierno de Nicolás Maduro por un enviado –Ricardo Hausemann– de Guaidó. Para tomar esa decisión se debían obtener más del 50% de los votos. Estados Unidos con el 30% del poder en el directorio del BID, junto a Argentina y Brasil, cada uno con 11%, más Chile, Paraguay y Colombia le dieron el visto bueno al delegado del presidente de la Asamblea Nacional. Esto, a su turno, derivó en un incidente diplomático inédito: el Banco Interamericano de Desarrollo iba a celebrar su sesenta aniversario en Chengdú, China. Beijing, que reconoce al gobierno de Maduro, le negó la visa de ingreso a Hausmann –quien en 2018 había publicado una nota donde proponía una intervención militar de Estados Unidos, secundada por países latinoamericanos, para poner fin a la crisis venezolana. Estados Unidos amenazó con boicotear el encuentro en China si no se le otorgaba la visa al delegado de Guaidó; como no hubo respuesta positiva, el BID canceló su reunión en Chengdú. En resumen, por primera vez en la historia un banco de la región politizó la provisión de créditos a un país latinoamericano: y en su momento anunció que liberaría préstamos para Venezuela, si Maduro renunciaba. 
Siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar.

caja cuatro: reivindicando la dualidad de poder
No han sido inusuales a lo largo del siglo XX los llamados “gobierno en el exilio”. Por lo general se trata de un líder y su grupo político de apoyo que argumentan ser legítimos en su país pero, por motivos distintos, no pueden ejercer el poder; y por lo tanto deben residir en el extranjero. La eficacia de este tipo de gobiernos está ligada al respaldo que obtiene de distintos Estados y del nivel de soporte por parte de los ciudadanos en la nación de origen. La legitimidad de un gobierno en el exilio solo se logra cuando obtiene el poder legal en su propio país.
Por vía del Grupo de Lima y de Prosur, América Latina en conjunto ha decidido ensayar con una nueva modalidad: validar la dualidad de poder en Venezuela a pesar de que uno de ellos –el que representa Guaidó– no posee ni ejerce ninguno de los atributos de un gobierno ni sus funciones básicas. Cuestionar la legitimidad de Maduro no garantiza, ipso facto, la legitimidad de Guaidó; y menos aun cuando Maduro dispone de los resortes y recursos fundamentales de un ejecutivo y, proporcionalmente, tiene un reconocimiento internacional mucho más cuantioso que el del presidente de la Asamblea Nacional. Este antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

caja cinco: la valoración de los militares

Con el advenimiento en la región de la nueva ola democrática de los años ochenta, en ningún caso institucionalmente complicado se contempló asignarles a los militares un papel clave para hacer frente a crisis políticas de envergadura. Así, en los casos de Jamil Mahuad en Ecuador, en 2000; de Hugo Chávez en Venezuela, en 2002; de Jean-Bertrand Aristide en Haití, en 2004; de Manuel Zelaya, en Honduras, en 2009; de Rafael Correa en Ecuador, en 2010; de Fernando Lugo en Paraguay, en 2012; y de Dilma Rousseff en Brasil, en 2016, la inmensa mayoría de los países latinoamericanos cuestionaron, impugnaron o desconocieron el rol de las fuerzas armadas como artífices para la gestación de un nuevo orden institucional o régimen político. Por el contrario, siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar. El que mejor expresó la valoración del involucramiento de las fuerzas armadas, el mérito de su fractura y el papel de la región al respecto, fue el presidente Iván Duque, quien en una entrevista reciente para La Nación (10/06/2019) dijo: “Nunca antes había estado Venezuela tan cerca del fin de la dictadura… Se ha instalado un cerco diplomático como nunca se ha visto, con 50 países que reconocen la legitimidad de Guaidó. Todo esto ha permitido que se fracturen las fuerzas militares de Venezuela”.
Este tipo de afirmación es aún más inquietante en el marco de lo que llamo el retorno de la cuestión militar en la región, entendida como la participación de los militares en el manejo del Estado. La denominada “guerra contra las drogas” con su epicentro en Colombia, México y América Central ha mostrado los costos y estragos de la militarización de la lucha contra el narcotráfico y los efectos perniciosos de confundir las funciones de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad. El peso del ejército en el Brasil de Jair Bolsonaro, el deterioro del posconflicto en Colombia y el fantasma de una eventual nueva ola de ejecuciones extrajudiciales a mano de los militares, la aparición de candidatos presidenciales de origen castrense en Argentina y Uruguay, y la participación de las fuerzas armadas en el combate contra el crimen organizado en Centroamérica, entre otros, son datos de alerta que no pueden obviarse. Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

caja seis: el humanitarismo instrumental
La situación humanitaria en Venezuela es francamente desoladora. Las penurias de la sociedad, en materia de alimentación, salud, provisión de energía, son enormes. Consecuentemente, se ha agravado la vulneración de derechos fundamentales. La suma de esas condiciones contribuye a acelerar el éxodo de venezolanos que, en gran medida, han migrado a los países vecinos de Suramérica. En esa dirección tuvo cierta relevancia la resolución de 2018 –23 votos a favor, 7 en contra y 17 abstenciones– del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas exhortando al gobierno de Nicolás Maduro a aceptar asistencia humanitaria. Sin embargo, con el correr de los días, Estados Unidos, con el acompañamiento del Grupo de Lima, fue transformando una necesidad humanitaria en un instrumento de acción diplomática tendiente a aislar a Maduro, producir algún tipo de reacción y una revuelta cívico-militar.
Latinoamérica se ha comprometido históricamente con los principios del humanitarismo y los postulados del Comité Internacional de la Cruz Roja; esto es, humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia y universalidad. Así ocurrió respecto a las crisis en América Central de finales de los setentas y principios de los ochentas; así aconteció respecto al prolongado conflicto armado en Colombia; así se verificó respecto a graves y recurrentes acontecimientos en Haití desde los noventas; y así se comprobó ante emergencias naturales a lo largo y ancho de la región durante décadas. Sin embargo, en el caso de Venezuela buena parte de los países de la región –en especial, los gobiernos de derecha de América del Sur– decidieron alejarse de una tradición que le había otorgado prestigio a nivel internacional. El evento emblemático fue la convocatoria de Juan Guaidó el 23 de febrero de 2019, para que ese día la ayuda humanitaria acumulada en Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza, pudiera ingresar a Venezuela. Con ese propósito, y en un hecho inusitado, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, viajó a la frontera colombo-venezolana. Todo resultó un fiasco y el presunto “día D”, que sería el punto de inflexión de la crisis venezolana, no se concretó. En vez de confiar –como siempre lo había hecho América del Sur– en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de Maduro.
Quizás algunos gobiernos de derecha en Suramérica hayan entendido lo costoso de modificar una tradición que supieron avalar administraciones de distinto signo ideológico. Es que “proteger lo humanitario” fue tácitamente, por décadas, una política común de diversos mandatarios y partidos en la región; “desprotegerlo” es, esencialmente, riesgoso.
En vez de confiar en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de Maduro.

caja siete: silencio ante las sanciones
Es importante recordar que en América Latina, y a raíz de la imposición del bloqueo de Estados Unidos a Cuba, las sanciones materiales no gozaron de buena reputación. Con el transcurso de los años se pudo observar que tenían un escaso efecto sobre una apertura del sistema político y que además eran fuertemente repudiadas por la opinión pública en cada nación.
La normalización de relaciones diplomáticas de los países de la región con Cuba fue generando una convergencia en cuanto al rechazo al bloqueo; en especial mediante las votaciones anuales en la ONU. Obviamente, el bloqueo impuesto por Washington a La Habana durante décadas no puede equiparse con las recientes sanciones financieras, económicas y petroleras aplicadas por Estados Unidos a Venezuela. Sin embargo, es llamativa la ausencia de críticas de la región frente a su despliegue.
Usualmente, América del Sur no cuestionó el empleo de sanciones personales y focalizadas de Estados Unidos contra un país del área, que incluían la prohibición de ingreso al país y el congelamiento de cuentas bancarias, entre otros. El recurso a sanciones materiales y masivas significa un salto notorio en el arsenal punitivo de Washington. Por un lado, implica un uso selectivo de las mismas, cuyo criterio varía frente a lo que acontece en determinados países. Por el otro, las sanciones afectan al gobierno pero también, y mucho, a la población: la administración dispone de menos ingresos pero la sociedad sufre las privaciones derivadas de las sanciones. Ni los gobiernos progresistas ni los de derecha han impugnado la política de Estados Unidos y no pareciera existir la disposición de controvertir con la administración Trump en torno a este tema, pues uno y otro tipo de gobierno tienen una agenda delicada en relación a Estados Unidos.
Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. La región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes.

lo último que se pierde
La crisis de Venezuela es, básicamente, producto de los venezolanos. La mejor alternativa es aquella que combine una salida política, jurídica y ética sólida y sustentable. Esa es, quizás, la única opción incruenta. Y ello implica un paquete de elementos entrelazados y sucesivos en el tiempo: diálogo político genuino, acuerdo aplicable y llamado a futuras elecciones.
Cualquier solución negociada tiene como fundamento lo que los expertos llaman un “estancamiento dañino” (hurting stalemate), en el cual ninguna de las partes puede triunfar y a la vez tampoco acepta ceder. Entonces, se instala la sensación (o el convencimiento) de que el conflicto entre las partes no va hacia ningún lugar. Y, a su turno, ambas partes empiezan a reconocer que los costos de continuar en la confrontación superan los hipotéticos beneficios de un triunfo pírrico. El punto entonces es si Venezuela se aproxima o no a ese “estancamiento dañino” y si los principales actores internacionales vinculados, de un modo u otro, a la crisis en que está sumido el país facilitan o no que se llegue a dicho impasse.
En este contexto, el reto de América Latina es retomar parte de sus mejores tradiciones para contribuir a una solución política y pacífica de la situación venezolana. Y en esa dirección, cabe la pregunta: ¿los gobiernos de derecha de América del Sur estarán dispuestos a modificar sus comportamientos y objetivos para alcanzar dicha salida, o seguirán secundando a Washington en una estrategia que puede producir aún más inestabilidad y mayor caos en Venezuela y la región?

sábado, 20 de julio de 2019

Macri y la peligrosa vuelta a las relaciones carnales


La peligrosa segunda versión de las relaciones carnales

Macri, a un paso de la irresponsabilidad

Los intereses del candidato Mauricio Macri no coinciden con los intereses nacionales. Cómo el oficialismo se corre del ámbito de las Naciones Unidas para hacer propias las prioridades de Estados Unidos.

Por Martín Granovsky (Página/12)

Mauricio Macri y su canciller Jorge Faurie intentan un nuevo objetivo: estampar entre los votantes que la lucha argentina contra el terrorismo empezó un viernes 19 de julio de 2019 en Buenos Aires. De aquí a las PASO del 11 de agosto y las elecciones del 27 de octubre debería quedar clara, según el Gobierno, la imagen de una cumbre con representantes de otros países americanos y el liderazgo del jefe de la diplomacia norteamericana y ex jefe de la CIA Mike Pompeo.


Detrás de ese intento quedan dos hechos que el tiempo quizás juzgue como irresponsables.


El primer hecho, haber priorizado el enfoque “hemisférico” ante un hecho como el terrorismo. El adjetivo no es inocuo. Los Estados Unidos llaman al continente americano “hemisferio occidental”. Sería su propio hemisferio. El sitio lógico para el despliegue de su destino manifiesto, en línea con la anexión de territorio mexicano en el siglo XIX y el desembarco en varios países de América central en las primeras décadas del siglo XX.

El segundo hecho, haberse corrido del ámbito de la Organización de las Naciones Unidas en favor de hacer propias las prioridades de Washington.

El tema más importante no es en sí mismo Hezbolah, la organización política o político-militar libanesa que, dicho sea de paso, no encontró cobijo durante el ciclo kirchnerista o petista en los dos países más importantes de Sudamérica, la Argentina y Brasil.

La cuestión crucial, en cambio, es el cálculo de ventajas y desventajas de meter de cabeza a la Argentina en el conflicto de Medio Oriente cuando el país desde el regreso de la democracia ya había construido un consenso. La Argentina nunca dudó en el derecho a la existencia del Estado de Israel, país con el que Juan Perón inauguró relaciones, y la mayoría de los argentinos y sus partidos acordaron que también los palestinos tenían derecho a su Estado soberano. Por sobre ambos puntos de consenso sobrevolaba otro, más importante aún, que es la búsqueda de paz en Medio Oriente.

Tampoco la relación de la Argentina con Irán es la cuestión de fondo. Sí es un tema de fondo el alineamiento automático de la Argentina con la Casa Blanca. Las nuevas relaciones carnales se plasman mientras los Estados Unidos e Israel, cada uno a su modo porque el primero quiere la reducción del poder iraní y el segundo su pulverización, juegan sus fichas en el tablero de los grandes: el tablero estratégico militar.

De ahora en adelante, ¿cada movida estadounidense será buena para la Argentina? Y si, como lo muestra el caso de los vínculos entre los Estados Unidos y Corea del Norte, el resultado final termina siendo un nuevo status de convivencia entre Washington y Teherán, ¿quién resarcirá a la Argentina por haberse comportado como un Estado hemisférico y por haber perdido, cosa que nadie debería descartar, una diversificación de relaciones políticas con el Mercosur, con Europa, con China, con la India y con Rusia?

Está clara la ventaja de Macri. Mientras le sea útil a Washington, Donald Trump seguirá financiando su campaña electoral a través del Fondo Monetario Internacional. Pero en términos del interés nacional no hay ventajas ni siquiera económicas. A Vaca Muerta los capitales extranjeros, en primer lugar los norteamericanos, ingresaron en el odiado período populista. Y de Alpargatas los capitales extranjeros, en este caso brasileños, huyen en el amado capítulo liberal.

Los Estados tienen objetivos a largo plazo y anotan los cambios. Moscú preguntó primero qué quiso decir Miguel Angel Pichetto cuando definió a Rusia y China como “países complejos” junto con Irán y Venezuela. No hubo respuesta. Después le preguntó a la Cancillería si el gobierno argentino desmentiría las declaraciones de la líder cambiemita Elisa Carrió sobre un supuesto complot de CFK con los rusos en Cuba para que hombres de Vladimir Putin hackearan el sistema electoral. Tampoco hubo respuesta y entonces María Zajárova, la vocera de la Cancillería rusa, hizo una respuesta pública. Llamó a no creer en los “trucos políticos” y dijo que “jugar al carta rusa ya se convirtió en una herramienta política”. Agregó Zajárova: “Las relaciones entre nuestros países son a largo plazo y no coyunturales. Se distinguen por una continuidad que demuestra claramente que el desarrollo de vínculos buenos y constructivos beneficia a las principales fuerzas políticas y a los segmentos más amplios de la sociedad argentina”.

Naturalmente nadie en su sano juicio cambiaría el alineamiento automático de Macri con los Estados Unidos por otro con cualquier país del país del mundo, incluyendo a Estados complejos y no complejos. La inversa de lo que hizo Macri no es un antinorteamericanismo tonto sino la sensatez sin búsqueda de un protagonismo que a la Argentina no le cuadra por su talla.

La historia no tiene por qué repetirse pero algo muestra. El atentado a la embajada de Israel sucedió en 1992, durante otras relaciones carnales. El Presidente era Carlos Saúl Menem. El atentado a la AMIA fue en 1994. El Presidente era Carlos Saúl Menem. El Gobierno que no investigó o investigó mal, y por ello varios de sus funcionarios acaban de ser condenados por encubrimiento, fue el de Carlos Saúl Menem. Ese gobierno era el destino de las simpatías de Macri y el que tenía a Faurie como un diplomático de carrera, ya de rango alto, siempre entusiasmado con los supuestos beneficios del alineamiento automático. En política internacional la magia es éso: pura ilusión. O ilusionismo.

jueves, 18 de julio de 2019

Macri profundiza la subordinación a Trump. Sigue la impunidad en la Causa AMIA, utilizada por Estados Unidos según sus intereses geopolíticos



Sobreactuando el alineamiento internacional con Estados Unidos

Macri le regala un decreto al amigo americano

Declarar a Hezbollah como una organización terrorista expone al país y lo integra a una breve lista de subordinados a Estados Unidos, Israel e Inglaterra.

Por Raúl Kollmann (Página/12)

El presidente Mauricio Macri dió otro paso en su alineamiento internacional con Estados Unidos, Israel e Inglaterra con la firma de un decreto que permitirá declarar a la organización libanesa Hezbollah como organización terrorista. La sobreactuación de relaciones carnales con Washington y Jerusalén se produce justito con la llegada del secretario de Estado norteamericano, el "halcón" Mike Pompeo , y cuando se cumplen 25 años del atentado contra la AMIA . En concreto, Macri firmó un decreto por el cual se establece el Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento (RePET), lo que hará que la Casa Rosada, a corto plazo, inscriba a Hezbollah en ese registro, saliéndose del listado que dicta Naciones Unidas y en el que no figura Hezbollah. Más allá del registro mismo, la movida posiciona a Argentina claramente en un bando en el conflicto de Medio Oriente , en lugar de conservar un lugar neutral y de impulso de la paz en esa región.

Decreto

La creación del RePET tiene como único objetivo aceptar dócilmente las presiones norteamericanas para poner en la mira a Irán. El camino es sencillo: el aparato político--judicial de Comodoro Py acusó a Hezbollah de tener responsabilidad en los dos atentados de Buenos Aires, el de la Embajada de Israel y el de la AMIA; se armó una novela de que el ataque contra la mutual judía fue resuelto en una reunión del gobierno iraní en la ciudad de Mashad en 1993 y se aduce que la mano de obra provino del entorno del agregado cultural de Irán en Buenos Aires, Mohsen Rabbani.

Esa imputación se basó muchísimo en informes de inteligencia de la CIA, del Mossad y de la propia SIDE que, esencialmente, copió los informes de sus pares norteamericanos e israelíes. La realidad es que nunca hubo pruebas demasiado contundentes y el punto neurálgico es que los supuestos protagonistas del atentado se comunicaban con teléfonos en El Líbano usados por Hezbollah. Esta última información es la que aportaban los servicios extranjeros ya que está claro que la SIDE no tenía capacidad ni presencia para establecer a quién correspondían los teléfonos.

Hezbollah siempre negó su participación en los ataques y en sus declaraciones o entrevistas sostuvieron que no realizan acciones fuera de Medio Oriente.

Agujeros

La acusación contra Irán y Hezbollah arrancó en la misma semana del atentado contra la AMIA. Hay documentación que evidencia que hubo un acuerdo entre el gobierno de Israel y el gobierno de Carlos Menem para que se hiciera, de manera coordinada, una única acusación sobre los autores del ataque: se puso la responsabilidad en Irán y Hezbollah. El problema grave de cualquier pista fue que nunca se supo nada sobre los puntos fundamentales del atentado:

*De dónde salieron los explosivos

*Quién se llevó la camioneta que armó con partes robadas el armador de autos truchos, Carlos Telleldín.

*Nunca se supo dónde estuvo la camioneta y dónde se armó el artefacto explosivo

*Si los autores fueron extranjeros, nunca se pudo detectar cómo entraron al país, con qué identidades.

*Si hubo un suicida, sigue sin saberse quién fue y cómo llegó a la Argentina.

Semejante agujero negro en la investigación es un obstáculo insalvable para anudar la relación con los autores intelectuales. Es imposible saber quién estuvo detrás si no está clara cuál fue la mano de obra del atentado.

Juicio I

La investigación original, con la acusación a Hezbollah e Irán, estuvo a cargo del juez Juan José Galeano. Toda su pesquisa se cayó a pedazos durante el juicio fundamental que se hizo en Comodoro Py y que estuvo a cargo del Tribunal Oral Federal 3.

Después de cuatro años, el fallo fue lapidario y la última frase resumió todo: "la investigación fue un armado al servicio de políticos inescrupulosos".

De manera que ese proceso arrasó con toda la investigación previa y no resulta creíble que Galeano fue un fraude respecto de la conexión local y un juez preciso e intachable en la conexión internacional. El derrumbe fue tan grande que Interpol levantó todas las órdenes de captura internacionales. La debacle tuvo repercusión también a raíz de la detención, en Londres, de quien fuera embajador de Irán en la Argentina en la época del atentado, Hadi Soleimanpour. El diplomático fue apresado en 2003 y el juez Galeano envió un informe de 400 páginas al magistrado que intervino en Londres. Finalmente Soleimanpour fue liberado, absuelto y se le pagó una indemnización de 20.000 libras esterlinas. El juez británico consideró que no se presentaron pruebas sólidas.

Tras una visita del presidente Bill Clinton a Buenos Aires, su esposa Hillary se comprometió a enviar una delegación del FBI para que revise la causa. La misión estuvo durante un mes en Buenos Aires y concluyó que había que revisar la llamada "pista siria", en especial la posible participación de un ciudadano argentino de origen sirio--libanés, Alberto Kanoore Edul. El informe, de unas 20 páginas, recomendó re-direccionar la investigación. Es decir que ni el FBI estaba convencido de la llamada "pista iraní".

Juicio II

A raíz de una denuncia de la agrupación Memoria Activa, y después de muchos años de batalla, se llegó a un segundo juicio, esta vez sobre los desvíos y las manipulaciones de la causa AMIA. Uno de los puntos que se trató fueron las maniobras para tapar esa llamada "pista siria", y como se sabe hubo condenas a los protagonistas.

De manera que transcurridos 25 años del atentado, el fracaso de la investigación deja en una especie de limbo, tanto la conexión local como la conexión internacional. No hay condena firme contra nadie. Tampoco hay condena firme en el caso de la Embajada de Israel, cuya investigación fue aún peor.

Sobreactuación

Con semejante panorama en el expediente judicial, parece obvio que la creación del RePET y la declaración de Hezbollah como organización terrorista son sobreactuaciones políticas cuyo objetivo es, principalmente, exhibir el alineamiento con la Casa Blanca. No son pocos los que afirme que es un gesto a cambio de los 55 mil millones de dólares que el FMI envía a la Argentina, gracias a la influencia y la presión de Washington.

Desde el punto de vista internacional, las Naciones Unidas tiene un listado acotado en el que figuran como terroristas organizaciones vinculadas a Al Qaeda y a los talibanes. La Union Europea distingue entre el brazo militar de Hezbollah, que la UE considera organización terrorista, y el partido Hezbollah, que no figura en esa lista.

La inmensa mayoría de los países, esto incluye todo Asia, todo Africa y casi toda America Latina, no tiene a Hezbollah en ningún listado, ni al partido ni al brazo militar. Para los países árabes, las acciones armadas de Hezbollah son parte del derecho de resistencia ante lo que consideran invasión israelí a su territorio y por lo tanto sostienen que tiene derecho a acciones armadas dentro de ese territorio.

La Argentina se suma ahora a Estados Unidos, Israel, el Reino Unido, Canadá, La Liga Arabe, Japón y los Emiratos, declarando que no hay distinción entre partido y brazo armado y que todo Hezbollah debe ser considerada una organización terrorista.

Neutralidad

El punto clave del decreto y la inclusión de Hezbollah es que se rompe la neutralidad argentina en el conflicto de Medio Oriente. La Casa Rosada pone al país de un lado en ese conflicto y abandona la política pacifista tradicional. Además, en los últimos tiempos hubo conatos de bombardeos de Estados Unidos a Irán y una política más que agresiva, que Donald Trump puso en marcha rompiendo el pacto de limitación nuclear que firmó Irán con Rusia, China, el Reino Unido, Francia y Alemania. O sea la Argentina se puso del lado de la postura guerrerista.

Algunos sostienen que semejante paso expone a la Argentina a represalias de grupos fundamentalistas, en tiempos en que todo el continente vive un clima muy distinto al europeo, por ejemplo, con continuos ataques de pequeños grupos fundamentalistas. Habrá que ver qué sucede en los próximos tiempos. No es un tema menor, además, que se haya tomado una decisión de tal envergadura en el plano de las relaciones exteriores sin la menor consulta al Congreso.

Es muy posible que la Casa Rosada haya evaluado que no tendría acompañamiento en semejante aventura.

martes, 16 de julio de 2019

Anatomía de un imperio. Estados Unidos y América Latina


ISBN : 978-84-9134-457-5
Colección : N/D
Edición : rústica
Tipo : PUV
Páginas : 272
Idioma : castellà
PVP : 16,00€


Reflexión sobre el problema del imperialismo norteamericano y las relaciones que este estableció con América Latina, desde final del siglo XIX hasta principios del XXI. La primera parte reúne artículos que giran en torno la exploración de los orígenes del expansionismo territorial estadounidense, y el análisis de algunas de las respuestas que surgieron en América Latina al avance del coloso yanqui dando lugar a los movimientos críticos del llamado antimperialismo latinoamericano. La segunda parte reúne una serie de estudios centrados en la complejidad que adoptó el imperialismo norteamericano en la segunda mitad del siglo XX. Se analiza la actuación imperialista de los Estados Unidos en Centroamérica y Sudamérica antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y se arroja luz sobre la compleja dinámica existente entre el refuerzo de la hegemonía estadounidense y la resistencia antimperialista de distintos actores regionales.

- disponible acá


Índice

PRESENTACIÓN

Pablo Pozzi ................................................................................................. 9

INTRODUCCIÓN

Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo ............................................ 13

PRIMERA PARTE

LOS ORÍGENES DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO.

EXPANSIONISMO TERRITORIAL Y VISIONES CRÍTICAS DESDE AMÉRICA LATINA

EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

Presentación ................................................................................................... 23

¿Un imperialismo excepcional? Reflexiones sobre el excepcionalismo estadounidense a la luz de la guerra hispano-cubano-estadounidense (1898)

Malena López Palmero ............................................................................. 27

La guerra filipino-estadounidense (1899-1902).

Un “laboratorio de ensayo” hegemónico

Darío Martini ........................................................................................... 55

Las Escenas norteamericanas en la “era del imperio”

ola porosidad del pensamiento martiano

Ariela Schnirmajer ................................................................................... 83

Carlos Pereyra y la interpretación latinoamericana

de ‘El o Los mitos de Monroe’

Mariana Mastrángelo ............................................................................. 107

SEGUNDA PARTE

IMPERIALISMO CULTURAL ESTADOUNIDENSE.

EXPANSIONISMO IDEOLÓGICO, HEGEMONÍA Y RESISTENCIA ANTIMPERIALISTA

EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

Presentación ................................................................................................ 121

Más allá de las armas. Guerra, cultura y diplomacia

en las relaciones entre Brasil y Estados Unidos

durante la Segunda Guerra Mundial

Francisco César Alves Ferraz ................................................................ 125

El imperialismo norteamericano

y el sindicalismo latinoamericano (1961-1976)

Pablo Pozzi ............................................................................................. 155

Estados Unidos, el radicalismo negro estadounidense

y la lucha antimperialista en el Tercer Mundo:

un análisis de la visita de Stokely Carmichael a Cuba

durante la Organización Latinoamericana de Solidaridad (1967)

Valeria L. Carbone ................................................................................. 191

Imperialismo estadounidense y reacción popular en Argentina.

Tres casos de una historia invisibilizada

Leandro Morgenfeld ............................................................................... 215

Absolutismo cultural, cine y la dominación de Estados Unidos

desde mediados del siglo XX

Fabio Nigra ............................................................................................ 243


Los autores ................................................................................................... 271

-------------------------------

Capítulo
(pp. 215-242)

Imperialismo estadounidense y reacción popular en Argentina.
Tres casos de una historia invisibilizada

Leandro Morgenfeld

Resumen

En los estudios sobre la política exterior argentina, en general se presta poca o nula atención a la reacción popular. Sin embargo, las movilizaciones sociales y populares tienen importancia como factor explicativo para analizar las conductas adoptadas por los gobiernos frente a las decisiones de política exterior. En el caso de la política imperialista de Estados Unidos, y de la consecuente reacción popular, en la historia argentina se registran algunos hitos importantes. Ejemplo de ello pueden ser los casos de las movilizaciones en contra de la participación en las dos guerras mundiales, enviar tropas a Corea (1950) o Santo Domingo (1965), las visitas de Rockefeller (1969) y Bush (2005), tan repudiadas, pero también las de Roosevelt (1936) y Eisenhower (1960), la recepción de Honorio Pueyrredón, luego de su destacada participación en la VI Conferencia Panamericana (1928), o la movilización contra la invasión a Irak (2003), sólo por citar algunos de los más destacados. Cada una de estos procesos y episodios generó una conmoción y reacción popular. En este capítulo, analizaremos tres casos significativos, en función de determinar en qué medida condicionaron las políticas exteriores argentinas y en particular la relación con Estados Unidos.











viernes, 12 de julio de 2019

“El mediterráneo se convirtió en una tumba a cielo abierto”

11/07/2019

“El mediterráneo se convirtió en una tumba a cielo abierto”

Radio Sur 

Leandro Morgenfeld, Historiador, profesor de la UBA, Investigador del CONICET, analizó las políticas migratorias de las potencias y la estigmatización de los y las migrantes como estrategia discursiva de las derechas.

Escuchar la entrevista acá

Hubo dos imágenes que recorrieron el mundo en las últimas semanas. La de un migrante salvadoreño llamado Óscar Alberto Martínez Ramírez, y su hija Valeria, de un año y 11 meses, muertos a la vera del Río Bravo, que es el límite geográfico al sur entre México y EEUU.

Otra de las imágenes es la de Carola Rakete, capitana de uno de los barcos de una ong alemana que fue arrestada por el gobierno italiano por haber cometido el delito de rescatar personas que se iban a morir en el mar. El problema que se le presentó a Carola es que esas personas eran migrantes y que el gobierno italiano y su premier Matteo Salvini son fuertemente derechistas y xenófobos.

Morgenfeld sostuvo que “hay una construcción de los inmigrantes como un flagelo que amenaza a las poblaciones supuestamente autóctonas” y que "los mismos que plantean fronteras no porosas utilizan indocumentados en sus propias empresas" pero no podría existir el capitalismo en países los centrales sin la mano de obra flexibilizada y extranjera.


viernes, 5 de julio de 2019

Macri desentierra el ALCA

Donald Trump y Mauricio Macri.
 
Otra jugada electoral: propuesta de libre comercio con Estados Unidos
 
Macri desentierra el ALCA
 
En medio del enojo norteamericano por el intento de arreglo con la Unión Europea, de la crisis y de los indigentes muertos por el frío el Gobierno saca otro conejo de la galera.

Quedará en la historia: el 4 de julio de 2019 un presidente argentino propuso firmar un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. La oferta se produjo justo a 243 años de la independencia norteamericana, declarada el 4 de julio de 1776, pero extrañamente recién después de haber anunciado la intención de firmar un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea: una burla a Washington. Los historiadores recordarán que cuando Mauricio Macri hizo el anuncio estaba en plena campaña por su reelección y que un asesor ecuatoriano le recomendaba sacar de la galera un conejo por día para compensar noticias como la caída de la producción automotriz o los cinco muertos de frío en condiciones de indigencia.
El Gobierno propuso la formación de un ALCA, un área de libre comercio de las Américas, sin que esta vez se lo pidieran los Estados Unidos. Es un sí al ALCA voluntario y no arrancado por ningún poder extranjero más allá de los lazos ideológicos y personales entre Macri y su equipo económico con las finanzas internacionales. El 18 Macri podrá calibrar el impacto de su anuncio cuando llegue a Buenos Aires Mike Pompeo, el ex director de la Agencia Central de Inteligencia y actual secretario de Estado (canciller) de los Estados Unidos.
El Presidente buscó asombrar a los argentinos justo ante las pymes reunidas en la Came, la Cámara Argentina de la Mediana Empresa.
Así fue su presentación completa de la noticia: “Se nos acaba de abrir una oportunidad histórica con la Unión Europea que nos abre un mercado de 500 millones de consumidores, y es mentira que ese acuerdo va a dañar el mercado argentino ”. Y agregó: “En un par de meses vamos a ir la EFTA, la Asociación Europea de Libre Comercio, antes de fin de año esperamos acordar con Canadá, en 2020 Corea y el canciller dijo que también estamos hablando con Brasil para un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos”.

A Trump no le gustó

Página/12 pudo establecer de fuentes diplomáticas confiables que la diplomacia norteamericana recibió con disgusto el aviso argentino de que había firmado un supuesto acuerdo con la Unión Europea. La explicación Made in USA no es ideológica sino surgida de los propios intereses y de la actual relación. Para la administración de Donald Trump América Latina debe ser conquistada por las empresas norteamericanas antes que por las europeas. Pero además la propia Europa está en cuestionamiento. La Casa Blanca quiere recuperar algo del Plan Marshall, el programa de recuperación de Europa que comenzó con 12 mil millones de dólares aportados por los Estados Unidos entre 1948 y 1952. Buscaba contener el avance comunista y crear un mercado para los bienes norteamericanos.
El Gobierno argentino priorizó un gesto hacia Europa en medio de la campaña electoral antes que un gesto hacia los Estados Unidos. La prueba es que un día antes del anuncio de Macri, el 3 de julio, el canciller Jorge Faurie dijo al programa “Terapia de noticias” que un arreglo con los Estados Unidos “complementaría enormemente lo que acabamos de hacer con la Unión Europea”.
En verdad, lo que acabamos de hacer todavía es un misterio. No solo falta conocer la letra chica de la carta de intención con Europa sino la letra grande. Un paneo de este diario entre dirigentes empresarios, industriales y gremios de todos los sectores y tamaños permitió concluir que no hubo consulta alguna durante las negociaciones con la Unión Europea, mecanismos que sí tuvieron en cuenta todos los gobiernos de Europa. Tampoco fueron consultados sobre un eventual arreglo con los Estados Unidos.

ALCA no

En 2005 la Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, los cuatro países que entonces eran miembros del Mercosur, sumaron a Venezuela y los cinco juntos en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata lograron ponerle bolilla negra a la formación de un ALCA, un acuerdo de libre comercio de las Américas. El sistema de las cumbres es que solo puede haber acuerdos por consenso y no por voto. Por eso la bolilla negra fue tan potente incluso frente a la presencia física de los Estados Unidos en las negociaciones a través del mismísimo presidente George Bush hijo.
Un mito en boga, corriente entre partidarios de un ALCA y también entre quienes no querían su formación, refiere que no hubo área de libre comercio de todo el continente por la presión del acto en el estadio mundialista que condujo el entonces presidente venezolano Hugo Chávez y en el que hablaron figuras tan variadas como Diego Maradona y Evo Morales, que todavía era candidato a la presidencia de Bolivia .
En rigor Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Lula, el paraguayo Nicanor Duarte Frutos y el uruguayo Tabaré Vázquez ya habían tomado antes la decisión de que tratarían de impedir la formación de un ALCA. Kirchner había dado instrucciones que llevó a cabo el vicecanciller económico, Alfredo Chiaradía, un diplomático de carrera de gran experiencia y prestigio, y Lula había contado con la ayuda de otro diplomático, Ademar Bajadian. El negociador brasileño acuñó una frase que hoy sería impugnada desde la perspectiva de género pero que describía la posición de su país: “El ALCA es como una bailarina de cabaret que te deslumbra a media luz. A la mañana, con la luz del sol, te das cuenta de que no era tan linda y que quizás tampoco era una bailarina”.
Kirchner trabajó con quien era su vicecanciller, Jorge Taiana, como coordinador de la Cumbre de las Américas , y parte de las negociaciones con los presidentes corrieron por cuenta de su jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
El acto en el estadio mundialista fue la exteriorización popular del rechazo a un ALCA, pero la discusión de fondo transcurrió el 4 y el 5 de noviembre a puertas cerradas y sobre la base del concepto de Bajadian. Lula, Kirchner, Chávez, Vázquez y Duarte Frutos le dijeron a Bush que no estaban en contra de un acuerdo en términos genéricos sino de un acuerdo que podría significar la invasión del mercado sudamericano no solo por los productos estadounidenses sino por las industrias de servicios, las grandes constructoras y los propietarios de las patentes de invención. La Argentina y Brasil, además, eran y son competencia de los Estados Unidos en los negocios agrícolas. Los tres son los mayores productores de soja del mundo.Geor
George Bush
En un momento de la reunión Bush puso cara asombrada y preguntó: “¿No se dan cuenta de que si no firmamos este acuerdo nos van a ganar China y la India?”
Para los cinco presidentes que lideraron la oposición a un ALCA fue la confirmación de que un eventual acuerdo sería una movida geopolítica y estratégico-militar y no solamente un ensayo comercial. Sin romper con los Estados Unidos, a punto tal que desde Mar del Plata Bush viajó a Brasilia en visita oficial, la apuesta del Mercosur era la diversificación de relaciones y mercados, conservando la relación con Washington pero incorporando con mayor fuerza en el radar a China y la India.
Brasil y la Argentina comenzaron su integración en 1985 bajo los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney e impulsaron la formación del Mercosur en 1991 bajo los ultraliberales Carlos Menem y Fernando Collor de Mello. Aun en etapas distintas el Mercosur avanzaría en el establecimiento de un arancel externo común, se movería hacia la ampliación del grupo para contar con Bolivia, Chile y Venezuela y con Lula y Kirchner funcionaría como un núcleo de política exterior que pudiera tener una voz escuchada en un mundo que ambos presidentes querían multipolar.
Al margen de la búsqueda de la diversificación de las relaciones exteriores las cancillerías de Brasil y la Argentina encargaron estudios de dinámica alternativa. Así llaman los economistas en su jerga a las simulaciones de qué ocurriría si se abren mercados con los distintos sectores productivos. Uno de los efectos perjudiciales sería la virtual disolución del Mercosur, que devendría abstracto en medio de una asociación de libre comercio a nivel continental. Para la Argentina significaría la pérdida de Brasil como el principal comprador mundial de sus productos industriales.
Un estudio de la Cancillería elaborado en 2002 bajo la presidencia de Eduardo Duhalde, cuando todavía la Argentina analizaba y no había establecido una posición negativa, señalaba entre las “amenazas” de un ALCA el alto nivel de daño sobre las exportaciones a Brasil por la futura competencia de productos norteamericanos. La Argentina podría perder el 31 por ciento de sus ventas a Brasil en sectores como el automotriz y el de autopartes, el de maquinaria en general y sus partes y manufacturas de fundición, hierro o acero. Las dos firmas de aquel estudio del Centro de Economía Internacional no pertenecen a dos populistas. Firmaban el vicecanciller económico Martín Redrado y el director del CEI, Hernán Lacunza, el mismo que hoy es el ministro de Economía de María Eugenia Vidal.
El gobierno de Mauricio Macri no puso en circulación ningún estudio con el mismo nivel de detalle como para conocer en profundidad ventajas y desventajas de un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos.