lunes, 27 de mayo de 2024

Las armas de Monroe

 


Las armas de Monroe

Dos siglos de intervenciones militares de Estados Unidos contra la Patria Grande.

El artículo que sigue es una reseña de Las armas de Monroe: dos siglos de intervenciones militares de EEUU contra la Patria Grande, de Loreta Tellería Escobar y Juan Román Quintana Taborga (Fundación Patria Grande, Cochabamba, Bolivia, 2023).

Esta ambiciosa obra de dos reconocidos académicos bolivianos nos ofrece un balance crítico de un aspecto central de las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur, desde que el presidente James Monroe planteó la doctrina de «América para los americanos»: el militar. 

Soslayado en tiempos en que el concepto de imperialismo parece haber sido dejado de lado por un amplio espectro de analistas, este libro, resultado de una investigación histórica pero también de una experiencia de primera mano en el gobierno encabezado por Evo Morales, nos muestra que Nuestra América, sin haber sido nunca una amenaza para la «seguridad nacional» estadounidense, sufrió todo tipo de atrocidades: invasiones, ocupaciones territoriales, exterminio de pueblos, anexiones, saqueos, golpes de estados, control de mercados, posesión de enclaves estratégicos, esclavización de poblaciones afrodescendientes o indígenas y explotación de la mano de obra barata.

La hegemonía estadounidense en su pretendido patio trasero se valió del dominio económico, político, cultural, militar y tecnológico. A contramano de cierto sentido común que exagera la irrelevancia de América Latina y el Caribe, estos autores muestran cómo el dominio de la región es estratégico para la pretensión de Estados Unidos de proyectar su dominio hacia el resto del mundo. En nombre de la defensa de la libertad, la democracia y el libre mercado, el país del norte arremetió contra la Patria Grande innumerables veces en los últimos dos siglos. Ese injerencismo militar es el principal objeto de estudio en esta obra imprescindible. 

En el primer capítulo, los autores realizaran un pormenorizado análisis del lugar de América Latina y el Caribe en la actual disputa geopolítica, destacando el importante rol que juega la región en tanto mercado, territorio y poseedora de recursos naturales estratégicos:

Si hay algo que ha quedado claro en estas dos primeras décadas del siglo XXI, en el ámbito de la relación entre EEUU y ALyC, es la condición imperial inequívoca del primero sobre el segundo, pero al mismo tiempo, sus límites, contradicciones y agotamiento de sus viejas fórmulas de dominio e intervención. A diferencia del pasado inmediato, en el que con cierta dificultad se reconocía la existencia del imperialismo estadounidense como un fenómeno político, económico y cultural, hoy, lo que está en debate es la velocidad de su declive frente a una vigorosa tendencia al multilateralismo, la regionalización de economías cada vez más competitivas y la emergencia de potencias militares y económicas como Rusia y China, además de la India. (p. 23).

Invirtiendo el tradicional enfoque cronológico y etapista, la obra empieza analizando el presente y, con las preguntas que nos arroja la situación actual, se aborda luego, en el capítulo siguiente, el análisis histórico. En este primer capítulo, luego de estudiar la militarización de las relaciones de Estados Unidos con la región en el siglo XXI, se focaliza en el impacto de la «Doctrina Bush», en la retaliación de Obama y la «guerra híbrida» y en la consolidación de la región como frontera imperial, durante la Administración Trump:

Las democracias y los proyectos políticos emancipadores son objeto de un asedio permanente y sufren las consecuencias perversas derivadas de la política exterior y de seguridad de EEUU. Washington considera que sus intereses tradicionales en la región son incompatibles con las autonomías políticas nacionales, la recuperación de la soberanía y los procesos de integración regional. Las concepciones divergentes entre ALyC y EEUU sobre democracia, desarrollo, comercio y seguridad se transforman en un conflicto intolerable para EEUU. Entretanto, los procesos progresistas y las resistencias sociales continúan avanzando en su tenaz lucha por la soberanía política, autonomía y control de los recursos naturales, sin los cuales no hay futuro posible para los pueblos del sur. (p. 29-30)

Se destacan dos cuestiones centrales: el hecho de que la región es objeto de una fuerte disputa y su relevancia estratégica, en general minimizada por diversos analistas:

Como muy bien lo han retratado estudiosos latinoamericanos —Katz, Merino, Morgenfeld, Borón, Rodríguez, Saxe-Fernández, Hernández, Bruckmann, Suárez, Romano, Lajtman y García—, desde diversas perspectivas analíticas, ALyC ocupa un lugar central en la disputa geopolítica global. Particularmente, para EEUU la región asume una función y un rol estratégico, mucho más, cuando la competencia por mercados, inversiones en infraestructura y acceso a materias primas con China y otras potencias, tiende a agudizarse. Existen muchos motivos por los cuales EEUU trata de apropiarse de ALyC como prolongación territorial subalterna y funcional a sus intereses. El telón de fondo son sus ingentes recursos naturales que incentivan la voracidad y el apetito desmedido del gran capital en un contexto de declive hegemónico, tendencia a la multipolaridad y competencia global irreversible. (p. 35)

El capítulo 2 estudia los orígenes políticos e ideológicos de la Doctrina Monroe, considerada como uno de los fundamentos de la militarización imperial, en tanto establece una cláusula de injerencia y guerra perpetua contra Nuestra América: «Con la declaración de la Doctrina Monroe, en tanto política exterior de EEUU sobre América Latina, quedó clara la pretensión estadounidense de ejercer tutela política y dominio territorial sobre las nacientes repúblicas latinoamericanas, en el momento mismo en que el imperio español se desplomaba. En ningún momento existió interés de EEUU en apoyar o proteger las independencias, todo lo contrario, su interés de fondo residía en alejar lo más posible la amenaza europea, reducir la influencia inglesa y fundar su propia hegemonía, sosteniendo la primacía de sus intereses nacionales, con el pretexto de preservar su seguridad» (p. 108). Al analizar los antecedentes históricos y políticos de la misma, los autores exponen los proyectos de Monroe y Bolívar como antagónicos. Se analizan, luego, los distintos corolarios de la doctrina, su relatividad y los sucesivos incumplimientos, ante distintas intervenciones europeas.

El capítulo 3 presenta un pormenorizado recorrido de las intervenciones militares estadounidenses contra la Patria Grande hasta la segunda guerra mundial, destacándose los casos de México, Cuba y Puerto Rico, en el siglo XIX, y las operaciones y ocupaciones militares de las primeras décadas del siglo XX, durante el gran garrote, la diplomacia del control y la diplomacia del dólar. Doctrina Monroe y Destino Manifiesto fueron instrumentos para la dominación imperial:

Si la Doctrina Monroe estuvo dirigida a definir el perímetro geográfico para que EEUU impusiera su hegemonía, impidiendo la incursión de potencias colonizadoras o la instalación del sistema político europeo monárquico en su «zona de influencia», la formulación del Destino Manifiesto, constituyó la fuente de legitimación y justificación programática para consumar, por vía armada, la expansión territorial a costa de las naciones recientemente independizadas de ALyC. En un tiempo muy breve, la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, constituyeron dos caras de una misma medalla, cuyo objetivo fue proyectar el dominio del naciente capitalismo estadounidense en la región, desplazando a sus competidores más inmediatos: España, Inglaterra y Francia. Las incursiones armadas de EEUU en las siguientes décadas, dejaron en claro que el denominador común de ambas formulaciones, reposaba en la defensa de los intereses imperiales, por lo mismo, la cuestión de la seguridad de EEUU pasó a ocupar un lugar central de su política exterior. (p. 125-126)

El último capítulo se divide en tres partes. En la primera, se analiza la colonización militar estadounidense en Nuestra América durante la guerra fría (1945-1989), especialmente contra Guatemala, Cuba y Nicaragua: «En la región de ALyC, el proceso de acoplamiento a las posturas norteamericanas se desarrolló de manera casi perfecta. El despliegue de un sistema militar intervencionista que abarcó los ámbitos doctrinarios, normativos, institucionales y de formación, junto con las históricas intervenciones directas, las intervenciones indirectas y los planes de militarización, fueron el andamiaje perfecto para concretar un proceso de colonización militar de EEUU, que tuvo dramáticas consecuencias en materia de democracia, derechos humanos y soberanía» (p. 171-172). En la segunda, la huella militar del Neoliberalismo (1989-2016) y, en la tercera, la disputa territorial en los tiempos actuales del declive imperial. En las tres etapas se analizan tanto el despliegue del sistema intervencionista, como las intervenciones militares concretas, directas e indirectas, y también los planes de militarización. 

En la actualidad, tal como se establece en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, Estados Unidos aplica la disuasión integrada: «Para EEUU, la implementación de la “disuasión integrada” en ALyC, no es otra cosa que ampliar la influencia militar para dar respuesta a todo tipo de problemas. Desde la amenaza de poderes “autocráticos” como China y Rusia, hasta el cambio climático, pasando por los desastres naturales, los ciberataques, el crimen organizado, el narcotráfico, los flujos migratorios, las pandemias, los conflictos sociales, etc. Esto significa, en otras palabras, promover el militarismo en la región, con todo lo que ello implica en materia de democracia y paz» (p. 226).

En las conclusiones, los autores sintetizan el aspecto coercitivo-militar del vínculo entre Estados Unidos y Nuestra América: «Desde hace dos siglos, la relación entre EEUU y ALyC ha estado mediada por una guerra civilizatoria y colonial, en la que la primacía del capital y su maquinaria coercitiva, ocuparon la primera línea de dominación imperial. Nuestra Patria Grande ha sido, sin duda alguna, la víctima preferida en una larga historia de desencuentros, presidida por una lógica despectiva y supremacista, que ha llevado a construir, en las altas esferas de la administración estadounidense, la imagen de subalternidad y marginamiento, caricaturizada como su “patio trasero”» (p. 241). Recuerdan allí que, en 2023, justo en el bicentenario de la doctrina Monroe, Laura Richardson, la jefa del Comando Sur, declaró que la región era fundamental para Estados Unidos por los apetecidos recursos naturales que poseía, en particular litio, petróleo, cobre, oro y agua dulce, así como la biodiversidad del Amazonas.

En las antípodas de las visiones idealizadas y edulcoradas de las relaciones interamericanas, los autores demuestran en esta obra el enorme peso que la cuestión de la «seguridad nacional» tiene para los intereses estadounidenses: «Las innumerables y sistemáticas intervenciones militares contra las nacientes repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX, y aquellas ejecutadas durante su desarrollo político en los siglos XX y XXI, constituyen una prueba empírica sobre la centralidad del uso de la fuerza en la construcción del poder hegemónico de EEUU» (p. 243). El dominio sobre la región, entonces, no se debe únicamente a la primacía económica que ejercen las corporaciones estadounidenses imponiendo el libre mercado, a la influencia de la política exterior o a la injerencia política sobre las naciones latinoamericanas, sino también, especialmente, a la amenaza y al uso de la fuerza militar. Las recurrentes intervenciones armadas, en consecuencia, son constitutivas del proyecto hegemónico imperial.  

En la actualidad observamos que el imperio se vuelve más agresivo ante su pérdida de poder económico y ante las mutaciones geopolíticas en curso:

Frente al declive del sistema imperial, en un mundo que tiende cada vez más a una dinámica multipolar, y con una región, que construye paso a paso su autonomía política de cara a nuevas formas de integración, se corre el riesgo de enfrentar escenarios inciertos, en nombre de la «inseguridad nacional» de EEUU. Por ello, convendrá tomar plena conciencia sobre la importancia de acelerar todos los procesos de unidad e integración regional, que sirvan de escudo protector frente al acusado hábito de pensar nuestra región como su «patio trasero». (p. 249)

El libro tiene un destacable valor en tanto permite recuperar la memoria histórica crítica y a la vez pone de relieve los actuales desafíos que enfrenta la Patria Grande. Lejos de las miradas ingenuas o simplistas sobre la política estadounidense, los autores demuestran que la hegemonía acorazada de coerción no puede entenderse sin el injerencismo y las agresiones militares que sufrió y sufre actualmente Nuestra América. Para dejar de ser el patio trasero estadounidense, entonces, también es necesario y urgente construir un sistema de defensa regional que permita frenar las intervenciones imperiales.

martes, 7 de mayo de 2024

Nuevo curso: "Geopolítica y guerra mundial híbrida en el siglo XXI"

 


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El actual orden internacional se encuentra en un proceso de transición desde un orden unipolar con hegemonía de Estados Unidos y las principales potencias europeas hacia otro emergente, multipolar que se expresa centralmente en el crecimiento y la importancia de China, de los BRICS y el sur global. Este nuevo orden multipolar, busca introducir modificaciones en la distribución de poder a nivel mundial en función del peso que tienen actualmente (y desde hace ya tiempo) los BRICS y los países del Sur global, que son en esencia los que han traccionado la economía mundial los últimos años, y han introducido nuevos valores, formas y estilos de cooperación postcoloniales. Esta transformación produce movimientos tectónicos que inexorablemente genera resistencias de las potencias tradicionales, -y “guerras proxy”, en diversas partes del mundo, además de sanciones, militarización, intervenciones de embajadas-, en particular de Estados Unidos, arquitecto indiscutido del orden mundial después de la II Guerra Mundial. La influencia de este último es notoria en América Latina en su intento de erradicar toda influencia de China en lo que considera “su patio trasero”. De allí que la respuesta de Estados Unidos haya sido la de procurar reforzar su posición en los foros internacionales e incrementar su poder militar, al mismo tiempo que promover conflictos con determinados países en regiones consideradas claves y que a la larga han tenido un impacto negativo generalizado tanto en lo militar, como en lo económico-financiero en todo el mundo. También de promover el avance de una ultraderecha con posibilidades electorales que le permita sostener su agenda respecto de un proceso de cambio progresivo en la región.

La tensión entre Estados Unidos, China y los BRICS por la hegemonía mundial no es nueva, pero adquirió en los últimos años características más específicas. Se inició como una especie de “guerra” comercial, luego también extendiéndose en el plano tecnológico, financiero, en infraestructura, y en cooperación para el desarrollo, entre otros asuntos, para derivar en una tensión geopolítica en torno a Taiwán. La guerra en Ucrania generó otro punto de tensión entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia. Subordinó a Europa a la política exterior estadounidense y tuvo consecuencias económicas, comerciales, financieras, migratorias y humanitarias sobre los países involucrados directa e indirectamente. También promovió una alianza inédita entre China y Rusia, y un proceso de reforzamiento de las relaciones entre los países de los BRICS y el Sur Global que se expresó en el incremento de los intercambios comerciales, la desdolarización del comercio internacional y la coordinación de políticas de cooperación entre dichos países. Un tercer frente abierto en Medio Oriente entre Israel y Palestina a partir de los atentados de Hamas y el apoyo irrestricto de Estados Unidos a su tradicional aliado genera otro escenario de inestabilidad política. Todo esto son ejemplos de una guerra de nuevo tipo, híbrida, donde los Estados Unidos recurren a terceros países para generar conflictos militares, combinando prácticas militares convencionales y no convencionales, financieras, culturales, comunicaciones, con el objetivo de desestabilizar a los enemigos y retener su hegemonía cada vez más puesta en discusión.

A su vez, la posibilidad de un retorno del trumpismo a la Casa Blanca no augura recomponer relaciones con China, sino que probablemente se profundicen los frentes abiertos de guerra híbrida, con las consecuencias negativas que esto podría tener para América Latina. Si bien en lo concreto no ha habido una gran diferencia entre demócratas y republicanos respecto a su política hacia la región (a excepción de algunos gestos e intentos de mayor acercamiento por ejemplo en la presidencia de Barack Obama), la actual configuración política especialmente en Suramérica, en caso de un nuevo mandato de Donald Trump hace prever un mayor alineamiento con Estados Unidos por parte de algunos países (que incluso podría llegar a involucrarlos indirectamente en los frentes de conflicto abiertos). Asimismo, es de esperar el endurecimiento de algunas medidas ya iniciadas en su primer mandato con otros países latinoamericanos, y al mismo tiempo una mayor desintegración en la región.  

Por todo ello, América Latina, y América del Sur en particular, es una región en disputa por mantener la hegemonía mundial o conformar un nuevo orden mundial, y esto se expresa en las presiones de Estados Unidos para desactivar los proyectos de inversiones y de la ruta de la Seda de China en la región. En el caso particular de Argentina, nos referimos al realineamiento con Estados Unidos definido como “aliado natural” y “faro de la libertad”, la salida de las BRICS plus, la tensión por el acercamiento a Taiwán, la desactivación del swap chino, la suspensión de la construcción de las represas hidroeléctricas en Santa Cruz, el polo logístico naval en Tierra del Fuego, la construcción de la central nuclear Atucha IV y el financiamiento del reactor CAREM. A lo cual se suman su afán de intervención control del polo astrofísico de Neuquén, la compra de aviones a Dinamarca, y buscar conflictos y focos de desestabilización en la región como en el caso de las denuncias infundadas de la ministra de Seguridad sobre focos terroristas en Chile y Bolivia. El interés en el litio y en la pesca; y la cooperación militar con Estados Unidos que se expresa en su presencia en la Hidrovía y en el Atlántico Sur, y el anuncio de la construcción de una base militar y logística conjunta en Tierra del Fuego para tener control sobre el Atlántico Sur, Malvinas, el pasaje que une el Atlántico con el Pacífico y la proyección a la Antártida. De allí que podemos afirmar que no hay proyecto de desarrollo nacional sin soberanía, ni integración regional ni una comprensión cabal de las transformaciones globales y la potencialidad que tiene la vinculación con el Sur Global ya que sin ellos será muy difícil llevar a cabo un proyecto que satisfaga las expectativas de crecimiento, bienestar e inclusión en nuestro pueblo. 

En este marco, América Latina atraviesa un proceso de reconfiguración, en donde no conforma un solo activo y pasivo, sino que está fragmentada, en donde hay países que intentan configurar estrategias de integración y autonomía con desarrollo y cuidado ambiental. Nos referimos en el Sur a Brasil, Colombia, en el norte a México, y el funcionamiento todavía de algunas instituciones autónomas como la CELAC. Todo esto muestra países emergentes y neocoloniales, y un dilema en común: ¿cómo enfrentar el complejo escenario internacional?, agravado porque predomina el retroceso en el proceso de integración, y particularmente por el hecho de que Argentina -que sería un país clave en la geopolítica del Atlántico Sur-, está inserto ya en el bloque reaccionario del occidente colectivo, con la influencia creciente de Estados Unidos, Reino Unido e Israel, en diversas dimensiones políticas, diplomáticas, militares y en levantar el liderazgo presidencial como un referente importante para esta orientación de la ultraderecha. 

En ese sentido, el Curso tiene como objetivo reflexionar sobre las transformaciones geopolíticas actuales, la utilización de la guerra híbrida como una estrategia particular y novedosa en la disputa por la hegemonía mundial y las consecuencias que el escenario internacional tiene para América Latina y sus posibilidades de integración regional, de desarrollo, salida de la desigualdad, accesos al capitalismo competitivos y más equitativos; al mismo tiempo que procura interpelarnos sobre cómo superar la fragmentación y la tradicional heteronomía de la región. De generar liderazgos, coaliciones y estrategias que permitan retomar un camino de cooperación, integración y emancipación.

lunes, 6 de mayo de 2024

Boletín #11 Estados Unidos: Miradas críticas desde Nuestra América

 


Boletín #11 Estados Unidos: Miradas críticas desde Nuestra América

Grupo de Trabajo CLACSO Estudios sobre Estados Unidos
Boletín Estados Unidos: Miradas críticas desde Nuestra América
Año 6 – Número #
11 América Latina y Estados Unidos: entre la resistencia y las nuevas formas de agresión imperial
Abril 2024 Mayo

Contenido

  1. 20 años del Grupo de Trabajo CLACSO Estudios sobre Estados Unidos
    Leandro Morgenfeld
  2. Presentación
    Loreta Tellería
    Juan Ramón Quintana
  3. Estados Unidos y las bases ideológicas de la geopolítica de la dominación latinoamericana
    Jorge Hernández Martínez
  4. Estados Unidos y las bases ideológicas de la geopolítica de la dominación latinoamericana
    Jorge Hernández Martínez
  5. El Comando Sur y la construcción de estados- policiales en América Latina
    Juan Ramón Quintana
  6. Estados Unidos: cambio de régimen, economía e imperialismo
    Yazmín Bárbara Vázquez Ortiz
  7. El poder informacional de los Estados Unidos contra la Revolución cubana en sus 65 años
    Olga Rosa González Martín
  8. Los cambios en la asistencia de seguridad de Estados Unidos hacia Colombia
    João Estevam dos Santos Filho
  9. Tierra arrasada en Ecuador y el rol de las fuerzas de seguridad de Estados Unidos
    Tamara Lajtman
    Aníbal García Fernández
    Silvina Romano
  10. A Crise da Hegemonia dos EUA e o Papel do Brasil na Ordem Multilateral Emergente
    Rafael R. Ioris

domingo, 5 de mayo de 2024

Milei y la sumisión neocolonial a Estados Unidos


 

Milei y la sumisión neocolonial a Estados Unidos

Por Leandro Morgenfeld

Tektónicos, 5 de mayo de 2024

Radiografía de un país latinoamericano que se pone de rodillas.

En abril, a raíz de la visita de Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos, a la Argentina y el anuncio de Milei de la construcción de una base naval integrada entre ambos países, la propuesta de pasar a ser “socio global” de la OTAN y la concreción de la compra de aviones F-16 de origen estadounidense, la política exterior de Milei y el vínculo que propone con el gigante del norte pasó a primer plano de la discusión pública.

Si bien en algún sentido el libertario plantea una reedición de las “relaciones carnales” que cultivaron Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella, es preciso señalar dos cuestiones básicas: el contexto geopolítico es muy distinto al de aquella época y la sobreideologización de la política exterior de la cancillería que comanda Diana Mondino se diferencian del pragmanismo noventista.

En este artículo analizamos la sumisión a Washington del gobierno de Milei, su preferencia por Trump, su ninguneo a la cooperación e integración latinoamericana y las consecuencias negativas que puede traer para la Argentina esta singular orientación.

Aspectos salientes de la política exterior de Milei

Los primeros cuatro meses del gobierno libertario plantearon un giro en las políticas económicas y sociales, con profundas consecuencias regresivas para las clases populares y los sectores medios. El frontal ataque a derechos sociales, económicos y democráticos conquistados en las últimas décadas concentró la mayoría de los análisis, dejando el debate sobre la política exterior en un segundo plano. También en este aspecto hay una modificación profunda y muy negativa.

Con la premisa de un Estado reducido todo lo posible y una política exterior minimalista, las bases ideológicas del nuevo gobierno dictan que hay que abandonar las instituciones de la gobernanza global y cualquier autoridad supranacional que procure regular a los gobiernos.

Sin embargo, más allá de estos fundamentos ideológicos, existe una distancia entre sus postulados cuasi aislacionistas y la política exterior desplegada desde diciembre pasado. La aspiración a ingresar a la OCDE, el vínculo estrecho con el israelí Benjamin Netanyahu y el ucraniano Volodimir Zelensky y la agresión contra otros mandatarios latinoamericanos (Lula, Petro, AMLO), acusándolos de comunistas, muestra algunas contradicciones: “El sesgo ideológico aparece como un rasgo distintivo. El gobierno prefiere dejar de lado alianzas políticas, por ejemplo al no ingresar al grupo BRICS, pero se abraza con Israel y Ucrania en defensa de Occidente. Postula menos regulación global, pero acepta una futura regulación de la OCDE. Y el comercio con el mundo es prioridad, pero mejor siempre y cuando sea con ‘democracias liberales’” (Federico Merke, Le Monde Diplomatique, abril, p. 5).

Esto lleva al profesor de la Universidad de San Andrés a concluir que “la política exterior de Milei refleja pálidamente el ideario libertario y exhibe una marcada inclinación hacia el conservadurismo y el alineamiento pro-occidental, caracterizado por un bajo pragmatismo y un alto sesgo ideológico y de grupo. Aunque se percibe una influencia filosófica libertaria en sus gestos, hasta el momento su política se ha orientado más hacia una afinidad con los valores de la derecha occidental, particularmente con Estados Unidos, y con un ideario liberal que enfrenta cuestionamientos en el mismo mundo libre que Milei dice admirar”.  

En un sentido similar, Martín Schapiro y Agostina Dasso advierten que la supuesta continuidad respecto a las “relaciones carnales” con Estados Unidos debe ser matizada: “Mientras que el acercamiento del menemismo a Washington estaba definido principalmente en base a intereses económicos y comerciales, el acercamiento de Milei aparece, antes que nada, basado en la ideología, los valores y la moral. La lectura del mundo no es sólo anacrónica, sino que malinterpreta la complejidad histórica del vínculo de los 90. En aquella época, en efecto, el menemismo actuaba siguiendo casi al pie de la letra el manual de una escuela que prescinde de valores y predica la primacía de costos e intereses. El gobierno libertario hace lo contrario. Carlos Escudé, inspirador ideológico de aquella corriente, era, al momento de su inesperado fallecimiento, un entusiasta promotor de la relación con China” (Le Monde Diplomatique, abril, p. 6).

El agredir a los gobiernos de Brasilia y Pekín, entonces, no parece cuadrar con una orientación alberdiana, teniendo en cuenta que son los dos principales destinatarios de nuestras exportaciones. Menem, a pesar de su alineamiento con Estados Unidos, cultivó fluidos vínculos con Brasil, que se transformó en esos años, cuando surgió el MERCOSUR, en el principal socio comercial de la Argentina.

Milei parece no tomar nota de los cambios profundos en el contexto global. “Aunque el mundo que mira Milei remita a los años noventa del siglo XIX, estamos en un orden internacional muy distinto. No sólo la potencia hegemónica perdió poder relativo, sino que el ascenso de China es abrumador. El gigante asiático es el principal socio comercial de la mayoría de los países del plantea y el segundo de Argentina, sólo detrás de Brasil. Lejos de las certezas de antaño, existe un desorden internacional, un mundo en transición, donde hay dos claros polos de poder que ejercen presión sobre todo el resto. Las recetas para navegar desde un país periférico deben ser mucho más cautelosas y pragmáticas” (Le Monde Diplomatique, abril, p. 7).

En medio de esta política exterior sobreideologizada y occidentalista (Milei se presenta en el mundo como un cruzado contra la amenaza comunista y el supuesto “marxismo cultural” reinante), también hay que destacar que es una diplomacia virtual: Milei parece no tener inconvenientes en generar conflictos externos (los casos de Brasil, Colombia y México son elocuentes), sólo para galvanizar su base electoral interna. Sigue en modo candidato, generando estupor, incluso, en diplomáticos de carrera que comparten su orientación ideológica liberal, pero no su estilo ni su falta de expertise.

La relación con Estados Unidos

Aunque con clara afinidad político-ideológica con Donald Trump y Elon Musk, puntales de la ultraderecha global, Milei despliega una política exterior de profunda sumisión respecto a Estados Unidos, incluso con un gobierno demócrata.

El alineamiento absoluto con Estados Unidos e Israel tiene múltiples y evidentes manifestaciones: la renuncia a ingresar como miembro pleno de los BRICS, la cancelación de la compra prevista de aviones chinos y, en su reemplazo, la compra a Dinamarca de aviones usados de combate norteamericanos, la política de ataque sistemático a los gobiernos latinoamericanos no alineados con Washington, la hostilidad contra el gobierno chino —al punto de provocar una crisis diplomática tras el acercamiento a Taiwán—, las votaciones en la ONU a favor de los Estados Unidos, entre otras.

Por otro lado, el gobierno de Milei recibió a todos los funcionarios de los tres poderes de Estados Unidos que visitaron el país: el director de la CIA, William Burns, visitó en marzo la Casa Rosada, la generala Laura Richardson fue agasajada por el propio presidente en Ushuaia y en el Aeroparque, el secretario de Estado Antony Blinken, fue invitado por Milei a saludar desde el histórico y emblemático balcón de la Casa Rosada el 23 de febrero.

La de Laura Richardson, según Juan Gabriel Tokatlian, fue la “visita de la desmesura”. La llegada de la jefa del Comando Sur, en particular, tiene que ver con la ofensiva diplomática y militar de Estados Unidos para intentar frenar el avance chino en lo que ellos siguen considerando, de acuerdo a la doctrina Monroe, como su zona de influencia exclusiva, su patio trasero. Ven que China es el primer y segundo socio comercial de casi todos los países de la región, un inversor cada vez más importante y un prestamista que incluso está opacando a las organizaciones financieras tradicionales dirigidas por Estados Unidos, como el Fondo Monetario Internacional. Así que ahora afirman abiertamente lo que hace años venimos sosteniendo: que todas sus acciones tienen que ver con frenar la presencia de China y Rusia. Sin embargo, pareciera que no hay mucho que puedan hacer. Desde el punto de vista económico, los programas de desarrollo, los programas de asistencia, los programas de financiamiento para América Latina por parte de Estados Unidos son cada vez más limitados, incluso con países y gobiernos muy alineados con Estados Unidos.

El cambio significativo es que el declive estadounidense es cada vez más pronunciado frente a China, India y Rusia, y la presencia de estos otros actores en América Latina es cada vez más pronunciada. Entonces, lo que puede observarse es, en un momento crítico para el dominio de Estados Unidos, un uso más frecuente y profundo de aquello en lo que siguen siendo dominantes, que es el músculo militar y el músculo diplomático, es decir, lograr, a través de la presión política, diplomática y militar, lo que no pueden lograr desde el punto de vista económico.

Similitudes y diferencias con Menem y Macri

Nunca en la historia argentina hubo este nivel de alineamiento. Por más que Milei se referencie en las dos presidencias de Menem, Estados Unidos no es la fuerza hegemónica incontestable que era en los años 90, sino que está en un declive relativo, con el ascenso del Pacífico, China, India y los BRICS.

Esta política de sumisión total es a cambio de nada. Ni siquiera puede justificarse en términos pragmáticos, como intentaron Menem y Macri. La canciller Susana Malcorra señaló, en diciembre de 2015, que desplegarían una política exterior desideologizada, cuyo objetivo era la atracción de capitales, la toma de préstamos y la apertura de nuevos mercados para los exportadores. Desde que asumió, Macri no ahorró señales hacia el gran capital financiero, pero sobre todo hacia Estados Unidos, sin embargo, procuró no destrozar el vínculo con sus principales socios comerciales. Cuando fue la Cumbre del G20 en Buenos Aires, Trump estuvo dos días en la capital argentina, apenas la mitad que su par chino, Xi Jinping, quien fue recibido en el marco de una visita de Estado.

Milei sobreactúa el alineamiento con Estados Unidos. Eso explica el desatino de haber volado hasta Ushuaia el 4 de abril, apenas dos días después de haber faltado al histórico acto que en esa ciudad se hace cada año para honrar a los héroes de Malvinas, para recibir a la generala Richardson, quien durante su visita recibió honores más propios de una jefa de Estado. En esa ocasión, además, el presidente argentino hizo público su deseo de construir una base naval conjunta con Estados Unidos, en el estratégico canal interoceánico y como puerta de entrada a la Antártida.

Como bien señala Alejandro Frenkel, “Hay una concepción ideológica dogmática por parte del gobierno, que tiene que ver con la forma de ver el mundo, la forma de ver determinados valores e ideas, y eso lleva a que alinearse con Estados Unidos no necesariamente implique una racionalidad económica. Hay algunos elementos que permiten inferir que ese alineamiento se está pensando para obtener beneficios en detrimento también de afectar la relación con China”.
Vemos, entonces, continuidad en la orientación pro estadounidense de la política exterior, pero en un contexto distinto al de los años noventa y de una forma mucho más profunda y amateur que la ensayada durante el macrismo.

Como bien advierte Luciano Anzelini, “En resumidas cuentas, la “occidentalización dogmática” de la administración Milei mantiene enormes diferencias con la política exterior menemista. El escenario estratégico global, su distribución de poder, la puja entre los actores centrales del sistema, la proyección de estos sobre nuestro espacio geopolítico y la mirada predominante sobre la integración regional son algunas de esas divergencias. Si Milei lograra mantener un diálogo imaginario con Carlos Escudé, con seguridad advertiría las diferencias entre su idealizada década de 1990 y el escenario actual. Por desgracia, el primer mandatario y sus principales colaboradores por ahora ‘no la ven’”.

Por su sumisión a Estados Unidos Milei ya provocó múltiples cortocircuitos con China, el segundo socio comercial de Argentina y un inversor y prestamista clave. Descartó los 34 aviones de guerra JF-17 que el presidente chino Xi Jinping había ofrecido a Alberto Fernández a bajo costo y con financiación; frenó la construcción de la cuarta central nuclear y de dos represas hidroeléctricas que financiaban los chinos, y que provocaron el despido de 1800 trabajadores y la posibilidad de que Beijing exija la cancelación del swap de 5.000 millones de dólares, o que reemplace la compra de soja y carne argentina por las provenientes de Brasil.

Si tanto Bolsonaro como Macri experimentaron que la confrontación con China tenía limitaciones estructurales, Milei parece dispuesto a dinamitar esa fuente de divisas clave para todos los países de la región.

Sin límites, involucra además a la Argentina en los conflictos armados en Ucrania y Gaza, a la vez que propone que la Argentina pase a ser “socio global” de la OTAN.

Milei es muy funcional a los objetivos estratégicos de Estados Unidos en América Latina y a la política de desmantelamiento de la coordinación política a nivel regional, por eso ataca a todos los gobiernos no alineados y desconoce organismos como la UNASUR y la CELAC, a la vez que soslaya la importancia del Mercosur.

Conclusiones: el necesario freno democrático a la sumisión neocolonial

En mi último libro, que salió el año pasado, Nuestra América enfrenta a la doctrina Monroe: 200 años de disputas, señalo, entre otras cosas, que la dicha doctrina sigue vigente. Planteada hace 200 años, proponía que ninguna potencia extra hemisférica pudiera disputar a Estados Unidos su dominio en la región, que entonces todavía no era tan fuerte como lo sería después, pero que se ha consolidado en los dos últimos siglos. Es decir, permitía, organizar la política estratégica para luchar primero contra la presencia europea, luego contra la Unión Soviética, hoy fundamentalmente contra China y Rusia, pretendiendo que nuestro continente fuera su patio trasero, su zona exclusiva de influencia. Y, en segundo lugar, procuraba tratar de impedir que se concretara el viejo proyecto de Simón Bolívar de la patria grande.

Hoy, estos dos objetivos son los que siguen guiando la política norteamericana hacia la región, aunque no con intervenciones militares directas, como a principios del siglo XX, ni con apoyo a dictaduras militares, como en los años 60 y 70.

Con nuevas formas, sigue habiendo una política intervencionista, injerencista y paternalista, que muestra la profunda codicia imperial por los bienes comunes de la Tierra, tal como reconoció abiertamente Laura Richardson.

Estados Unidos encontró en Milei un ejecutor obediente de sus mandatos. Ataca a todas las fuerzas políticas y sociales que resisten la dominación imperial, a los gobiernos progresistas, nacional populares y de izquierda que hoy protagonizan la segunda oleada de la marea rosa —contribuyendo, como advierte Carlos Raimundi, a la desunión regional— y, a nivel global, a los países que desafían la hegemonía estadounidense, en particular los que conforman el grupo BRICS.

Todo esto en un contexto mundial muy crítico, en el que se profundiza lo que Gabriel Merino denomina una Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada. Además, involucra a la Argentina en lejanos conflictos militares. Esta sobreactuación, excesivamente peligrosa, rompe la tradición histórica de Argentina de mantener la equidistancia y la neutralidad, la posición de que los conflictos deben resolverse de manera pacífica en el marco de los organismos internacionales y no a través del uso de la fuerza. Este inédito alineamiento nos involucra en conflictos externos, en los que Argentina no tiene capacidad militar para participar debido, entre otras cuestiones, a las enormes vulnerabilidades que tiene en materia de defensa. Nada bueno podemos esperar de eso y sí puede traer aparejadas consecuencias muy perjudiciales.

Además, lesiona nuestras posibilidades de unirnos con el resto del mundo, con otros bloques de países como el G77+China (grupo de naciones del sur global, actualmente reúne a 135 países), en la ONU, en los organismos regionales, en el grupo BRICS, que nos permitirían tener mejores condiciones para avanzar en el reclamo soberano sobre Malvinas, por ejemplo. Justamente, el Reino Unido es el segundo socio en importancia de la OTAN, después de Estados Unidos, y tiene una base militar en nuestras islas del Atlántico Sur ocupadas.

En síntesis, esta política de sumisión a Washington es peligrosísima, implica una pérdida de soberanía, genera perjuicios comerciales y financieros, horada las posibilidades de América Latina de construir políticas de cooperación y coordinación estratégicas y constituye un enorme retroceso para la Argentina, que había logrado en los últimos años significativos avances en los organismos multilaterales.

Las fuerzas democráticas ya se están manifestando contra la subordinación a Estados Unidos. El desafío es frenar, en el Congreso y en las calles, esta orientación de la política exterior, tan lesiva para los intereses nacionales.