lunes, 23 de marzo de 2026

Argentina y Estados Unidos a 50 años del golpe: de Videla-Martínez De Hoz a Milei-Caputo

 

La subordinación política y el plan económico neoliberal son una continuidad aberrante.

En 1976, las Fuerzas Armadas comandadas por Videla daban garantías al secretario de Estado Henry Kissinger de mantener al país en el rumbo occidental, cristiano y anticomunista que requería la seguridad nacional de Estados Unidos. El apoyo de este país fue fundamental para consolidar la dictadura argentina instalada el 24 de marzo. Medio siglo más tarde, Milei rinde pleitesía a Trump mientras que Caputo acata las órdenes de Scott Bessent, completando el plan económico de Martínez de Hoz, inspirado en los Chicago Boys.

El 7 de marzo Milei asistió solícito a Miami a rubricar el “Escudo de las Américas”, una suerte de renovación del Plan Cóndor setentista. En el marco de la ofensiva contra Irán, el libertario coquetea con la idea de enviar tropas a Medio Oriente. A 50 años del golpe genocida, desentrañamos las enseñanzas que nos deja la historia para entender el actual vínculo entre la Casa Blanca y la Rosada.

Introducción

A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la relación entre Argentina y Estados Unidos, con la absoluta sumisión de Javier Milei a Donald Trump, vuelve a colocarse en el centro del debate político. Estudiar el vínculo entre Buenos Aires y Washington en los setenta no se trata solo de un ejercicio de memoria sobre el pasado dictatorial, sino de una clave interpretativa para comprender las continuidades estructurales que atraviesan las relaciones bilaterales. La articulación entre subordinación política y programa económico neoliberal —ensayada de manera brutal durante la última dictadura— reaparece hoy, bajo nuevas formas, en la experiencia del gobierno de Milei. Si bien los contextos son distintos, las continuidades son más profundas de lo que parece.

Los documentos desclasificados en las últimas décadas han permitido reconstruir con mayor precisión el rol desempeñado por Washington antes, durante y después del golpe. Lejos de la tesis de la prescindencia, la evidencia muestra una combinación de apoyo político, financiero y diplomático a la Junta Militar, en particular durante la gestión de Henry Kissinger. Ese respaldo fue decisivo para consolidar un régimen que no solo implementó un plan sistemático de terrorismo de Estado, sino que también inauguró una profunda transformación regresiva de la estructura económica argentina.

El paralelismo con el presente, queremos destacar, no es meramente retórico. La actual orientación del gobierno argentino —marcada por el alineamiento irrestricto con Estados Unidos y la adopción de políticas de liberalización extrema, en función de intereses extranjeros— remite a aquella experiencia fundacional del neoliberalismo en el país. El actual, de hecho, es el cuarto experimento neoliberal en la historia argentina, luego de los ensayados durante las presidencias de Videla, Menem y Macri. La comparación entre las duplas Videla–Martínez de Hoz y Milei–Caputo permite identificar continuidades en los mecanismos de dependencia, así como en los actores locales e internacionales que los promueven. No es casual, entonces, que el actual gobierno pretenda destruir las conquistas de los movimientos populares, democráticos y de las izquierdas, sintetizados en la consigna “Memoria, Verdad y Justicia”. La relectura del pasado que impulsa la Casa Rosada es funcional a legitimar no solamente el terrorismo de estado, sino las políticas económicas neoliberales desplegadas en esos años.

El golpe de 1976 y el respaldo estadounidense

El derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón no puede comprenderse sin atender al contexto internacional de la Guerra Fría y a la estrategia hemisférica de Estados Unidos. Si bien no hubo una intervención directa de la CIA como en el caso chileno, la documentación disponible evidencia un claro aval de la administración republicana. El secretario de Estado Kissinger no solo fue informado tempranamente sobre la represión que se desataría, sino que alentó a los militares a actuar con rapidez para evitar cuestionamientos.

El apoyo se expresó en múltiples dimensiones. En el plano financiero, organismos como el FMI y la banca privada internacional facilitaron créditos que habían sido previamente retenidos al gobierno constitucional, contribuyendo a su asfixia. En el plano diplomático, la Casa Blanca brindó cobertura a la Junta frente a las crecientes denuncias por violaciones a los derechos humanos. Y en el plano militar, se restablecieron canales de cooperación que habían sido limitados en los meses previos al golpe.

Dos días después del golpe se reunieron Kissinger y William D. Rogers, subsecretario de Estado, y debatieron sobre Argentina y la postura que debía tomar la Casa Blanca frente al golpe. Mientras Rogers anticipaba que se derramaría mucha sangre y aconsejaba no apresurarse, Kissinger planteó que los golpistas necesitaban del estímulo estadounidense y no quería dar la idea de que serían hostigados por Washington. Como bien recuerda Jon Lee Anderson en un artículo de 2016, Kissinger fue casi inmediatamente advertido por su subalterno: “Pienso que tendremos que esperar un grado de represión bastante alto, probablemente una gran cantidad de derramamiento de sangre en la Argentina dentro de muy poco tiempo. Pienso que van a aplicar mano muy dura no ya para con los terroristas, sino también con los disidentes gremiales y partidos políticos”. A lo que Kissinger le contestó: “Entonces tendremos que apoyarlos en todas las posibilidades con que cuenten […] porque realmente los quiero apoyar. No deseo aparecer como que los EEUU los estén acosando…”.

La designación de Martínez de Hoz como ministro de Economía fue interpretada en Washington como una garantía. Su programa —basado en la apertura financiera, la desregulación y el endeudamiento externo— coincidía con los intereses del capital transnacional y con la orientación que comenzaba a imponerse a nivel global. La dictadura, así, no solo disciplinó a la sociedad mediante el terror, sino que sentó las bases de un nuevo patrón de acumulación.

La primera reunión entre los dos jefes de las cancillerías argentina y estadounidense se produjo en Santiago de Chile, el 10 de junio de 1976. En 2004 se desclasificaron las 13 páginas del Memorándum de esa conversación, en la que el secretario de Estado Kissinger le dijo a su par argentino: “Estamos siguiendo de cerca los eventos en Argentina. Esperamos que al Nuevo gobierno le vaya bien y tenga éxito. Vamos a hacer lo que podamos para que tenga éxito […] Nosotros sabemos que Uds. están atravesando por un período difícil. Resulta un tiempo curioso toda vez que se juntan actividades terroristas, criminales y políticas, sin una separación clara entre sí. Comprendemos que deben ustedes adoptar una posición de autoridad bien clara […]. Si existiesen cosas que deben ser hechas, deberán ustedes hacerla rápidamente”.

Cuatro meses más tarde, el 7 de octubre, Kissinger se reunió nuevamente con el almirante Guzzetti en el famoso hotel Waldorf Astoria de Nueva York, ocasión en la que volvió a manifestarle al canciller su apoyo: “Nuestra actitud básica es que estamos interesados en que tengan éxito. Tengo una visión a la antigua de que los amigos deben ser apoyados. Lo que no se entiende en EE.UU. es que ustedes tienen una guerra civil. Leemos sobre los problemas de los derechos humanos, pero no el contexto. Cuánto más rápido tengan éxito, mejor”.

Estos dichos de Kissinger se conocieron por la desclasificación de documentos diplomáticos impulsada por organismos de derechos humanos y por el National Security Archive desde hace más dos décadas y gracias a la ley de libertad de información. Estas transcripciones de las reuniones entre los cancilleres —y también con el secretario de Estado interino Charles Robinson—, que analizamos en profundidad en el artículo “Kissinger y el terrorismo de estado en la Argentina”, hicieron explícito el apoyo de la Casa Blanca a la represión ilegal que se estaba desarrollando en la Argentina desde el 24 de marzo.

Kissinger fue una pieza clave en el vínculo de Estados Unidos con las fuerzas golpistas en la Argentina, antes, durante y después del 24 de marzo. Y siguió ejerciendo presiones a favor de la dictadura al menos hasta 1978, cuando ya no dirigía el Departamento de Estado y un sector del mismo, durante la primera mitad de la Administración Carter, pretendía sancionar al gobierno militar argentino por las reiteradas violaciones a los derechos humanos.

Neoliberalismo y dependencia: la herencia de Martínez de Hoz

El plan económico implementado a partir de 1976 implicó una ruptura con el modelo de industrialización por sustitución de importaciones. La liberalización del sistema financiero, la apertura comercial y la valorización del capital especulativo provocaron un proceso de desindustrialización, concentración económica y creciente dependencia externa.

Este modelo no fue una anomalía, sino el primer experimento sistemático del neoliberalismo en la Argentina. Sus efectos se proyectaron en las décadas siguientes, reapareciendo en distintas etapas —la convertibilidad en los años noventa, el endeudamiento durante el gobierno de Macri— y configurando una estructura económica altamente vulnerable.

La relación con Estados Unidos fue un componente central de este proceso. La inserción internacional del país se redefinió en términos de subordinación, abandonando los intentos de autonomía relativa que habían caracterizado a etapas previas. La Doctrina de Seguridad Nacional y la articulación represiva regional —expresada en el Plan Cóndor— completaron ese entramado de dependencia.

De la dictadura a Milei: continuidades y rupturas

El gobierno de Javier Milei retoma, en un contexto histórico diferente y con un origen y legitimidad distintos, por haber llegado a la Casa Rosada a través del voto, varios de los ejes centrales de aquella experiencia. En el plano económico, la orientación es claramente continuista: ajuste fiscal, desregulación, apertura irrestricta y promoción del capital financiero. La figura de Luis Caputo, con su trayectoria vinculada a los mercados internacionales, refuerza esta línea que iniciara Martínez de Hoz y continuara Domingo Cavallo.

En el plano político-diplomático, el alineamiento con Estados Unidos es incluso mucho más explícito que en etapas anteriores. La subordinación no se limita a la adopción de determinadas políticas, sino que se expresa en una adhesión ideológica y discursiva a la agenda de Washington. La relación con la administración Trump y con actores clave del sistema financiero global revela una convergencia que trasciende lo coyuntural.

A diferencia de los años setenta, el contexto internacional actual está marcado por la transición hacia un orden más multipolar. Sin embargo, lejos de aprovechar esa potencial mayor diversidad de vínculos, la política exterior argentina se orienta a reforzar su dependencia respecto de Estados Unidos e Israel. La ruptura o debilitamiento de relaciones con otros socios estratégicos limita los márgenes de maniobra y profundiza la vulnerabilidad.

El nuevo tutelaje financiero

El rol de actores como el secretario del Tesoro Scott Bessent ilustra, sin demasiado disimulo, la persistencia de mecanismos de control externo sobre la economía argentina. Los acuerdos financieros, presentados como herramientas de estabilización, operan en realidad como instrumentos de condicionamiento político. La historia de la deuda externa argentina muestra con claridad cómo estos dispositivos han sido utilizados para disciplinar a los gobiernos y orientar sus políticas.

En este sentido, el vínculo entre Caputo y los mercados internacionales reproduce la lógica inaugurada durante la dictadura. La prioridad otorgada a la confianza de los inversores y a la estabilidad financiera se traduce en un programa que recae sobre los sectores populares y debilita las capacidades del Estado.

La comparación con el pasado permite advertir que no se trata de episodios aislados, sino de una estructura de dependencia que se reactualiza en distintos momentos históricos. La novedad, en todo caso, radica en el grado de radicalidad y no disimulo con el que hoy se asume esa subordinación neocolonial.

A 50 años del golpe: lecciones y desafíos

El aniversario del golpe de 1976 no solo convoca a la memoria sobre el terrorismo de Estado, sino que obliga a reflexionar sobre las condiciones que hicieron posible aquella experiencia y sobre las continuidades que persisten en el presente. La articulación entre poder económico local, intereses internacionales y subordinación política constituye un eje central para comprender tanto el pasado como el presente.

La historia demuestra que los ciclos de dependencia no son inevitables. A lo largo del siglo XX, la Argentina ensayó distintas estrategias de autonomía, con resultados diversos. El desafío actual consiste en reconstruir una inserción internacional que permita ampliar los márgenes de decisión y promover un desarrollo más autónomo, en alianza con los demás países latinoamericanos.

En un contexto global de acelerada transición geopolítica del sistema mundial, las opciones no están dadas de antemano. La disputa entre proyectos —entre subordinación y autonomía, entre neoliberalismo y alternativas de desarrollo— sigue abierta. A cincuenta años del golpe, las enseñanzas de aquella trágica experiencia resultan imprescindibles para orientar los debates del presente y del futuro. El Nunca Más al terrorismo de estado también tiene que ser un Nunca Más a la subordinación geopolítica a los intereses de Wall Street y el Pentágono y un Nunca Más a las políticas neoliberales de aperturismo bobo y ataque contra los asalariados y las clases populares.

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