Existen cuatro grandes tradiciones de
política exterior en Estados Unidos. Cada una de ellas está asociada con
prominentes figuras históricas de la política norteamericana. Así, la
tradición jeffersoniana debe su nombre al ex presidente (1801-1809)
Thomas Jefferson; la hamiltoniana, al ex secretario del tesoro Alexander
Hamilton; la wilsoniana, a quien ocupara la Casa Blanca durante la
primera guerra mundial, Woodrow Wilson; y la corriente jacksoniana sería
así bautizada por la política externa del ex presidente (1829-1837)
Andrew Jackson. En líneas generales, estas tradiciones se estructuran
sobre determinados ejes e ideas-fuerza: cuál es el lugar ocupa Estados
Unidos en el mundo; más intervencionismo o más aislacionismo; mayor peso
de los factores ideacionales o de los materiales; o el predominio de
una visión universalista o una más particularista.
La tradición
jeffersoniana, por ejemplo, se basa en la idea de la excepcionalidad de
Estados Unidos en el sistema internacional, tanto por sus valores
republicanos como por no estar rodeados de vecinos en permanente
conflicto (cabe destacar que durante la presidencia de Jefferson en
Europa primaban las monarquías y el balance de poder). En base a este
singularismo, la política exterior se caracteriza por una renuencia a
inmiscuirse en asuntos externos y en regiones más allá del entorno
inmediato. Especialmente, si el sostenimiento de un aparato militar y
diplomático que intervenga permanentemente en el resto del mundo implica
que el Estado federal aumente los impuestos y las injerencias sobre los
derechos individuales de los ciudadanos.
La tradición iniciada
por Woodrow Wilson, por otro lado, parte de la idea de que Estados
Unidos sí debe desempeñar un rol activo en el mundo, impulsado y
expandiendo determinados principios considerados universales, como la
libertad, la democracia y el libre mercado. Sin embargo, no debe hacerlo
solo, sino en compañía del resto de las naciones a través de la
creación de instituciones multilaterales. La corriente hamiltoniana
comparte con la wilsoniana algunos preceptos, como la necesidad de una
activa intervención del país del norte en el resto del planeta y la
creación de instituciones colectivas de carácter internacional. No
obstante, el foco en este caso no está puesto en expandir determinados
valores e ideas, sino más bien en consolidar el poderío económico de
Estados Unidos. En este sentido, la democracia es concebida más un medio
que un fin y la capacidad militar es menos importante que la supremacía
comercial y económica.
La corriente jacksoniana, por último, se
basa en una retórica más nacionalista, que proclama la autosuficiencia
americana respecto del entorno internacional y, al igual que la
corriente jeffersoniana, desconfía de la injerencia del Estado y las
elites sobre el ámbito individual de los ciudadanos. En este sentido, si
bien no se considera necesaria la intervención permanente de Estados
Unidos en el resto del mundo, el país debe mantenerse fuerte y preparado
–especialmente en términos militares- por si acaso tuviera que
responder a una agresión.
En la mayoría de los casos, las
políticas exteriores de los distintos gobiernos norteamericanos
combinaron características e ideas de distintas tradiciones. Por nombrar
algunos ejemplos recientes, George W. Bush articuló una visión
jacksoniana –expresado en su desdeño por el multilateralismo y la
enérgica reacción belicista a los ataques del 11-S- con la idea
wilsoniana de expandir la democracia en tanto principio universal. En
los gobiernos de Bill Clinton y Barack Obama, por caso, puede
encontrarse el espíritu wilsoniano de promover la democracia global y
las instituciones multilaterales así como la idea hamiltoniana de
priorizar el factor económico, promoviendo el libre comercio (aun así,
ninguno de ellos quitaría relevancia al poder militar como medio para
garantizar los intereses norteamericanos).
Dicho lo anterior,
cabe preguntarse si el recientemente electo presidente, Donald J. Trump,
responde a algunas de estas tradiciones de política exterior
norteamericana y, en caso que así sea, con cuál de ellas se encuadraría
mejor. A priori resulta difícil lograr una clasificación certera. Por
dos razones. En primer lugar, la obvia, porque la administración Trump
todavía no comenzó. Si bien durante la campaña electoral las
definiciones de política exterior son una constante –más aun en esta
elección, en donde el protagonismo que tuvieron los temas
internacionales solo se compara con las épocas más álgidas de la guerra
fría- en la política estadounidense también es común encontrar una
distancia entre las promesas y las realidades (el gobierno de Obama es
un buen ejemplo de ello). Vinculado a esto último, el segundo factor que
nubla el panorama es el eclecticismo de las propuestas del magante
inmobiliario, tanto durante la primaria republicana como en la etapa de
la contienda directa con Hillary Clinton. Por citar solo un ejemplo,
Trump comenzó su campaña denunciando a los
lobbies del famoso
complejo industrial-militar y luego afirmaría que Estados Unidos debe
seguir teniendo el ejército más poderoso del mundo.
No obstante,
a efectos de aventurar una respuesta, si tuviéramos que encasillar a
Trump la tradición jacksoniana sería la que probablemente encuadre mejor
con sus ideas de política exterior. En efecto, Trump viene postulando
la necesidad de priorizar el mercado interno norteamericano y
desarticular los acuerdos de libre comercio como el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN) o el Tratado Transpacífico de
Asociación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), así como dejar de
involucrarse en conflictos internacionales «innecesarios». El slogan
«America First», tan mencionado durante su campaña, se emparenta con la
idea de un Estados Unidos menos intervencionista en lo político-militar y
más proteccionista en lo económico. En esta línea, el ahora presidente
electo sostuvo en un mitín de campaña que bajo su gobierno «vamos a
dejar de tratar de construir democracias extranjeras, derrocar regímenes
e intervenir imprudentemente en situaciones donde no tenemos derecho de
estar»
1.
Sus críticas a la invasión a Irak y a la permanente injerencia
norteamericana en Medio Oriente son también ejemplos de la actitud
refractaria a una política exterior intervencionista y universalista.
«La guerra de Irak inició la desestabilización de Oriente Medio, dio
inicio al Estado Islámico, a lo de Libia, a lo de Siria», declararía
Trump
2.
Ahora
bien, contrariamente a una idea de omnipresencia en todo el orbe, las
posturas aislacionistas parten de una sensación de debilidad por parte
de Estados Unidos. El diagnóstico general es que Washington no tiene la
capacidad de proyectar su poder hacia todas las zonas del planeta con
igual intensidad; o que el costo de hacerlo es demasiado alto a mediano y
largo plazo. «No importa de qué país estemos hablando, cualquiera le
gana a Estados Unidos», sentenciaría Trump en 2015
3.
La situación desfavorable demanda, inexorablemente, un reordenamiento
de las prioridades y los focos de acción. Las declaraciones de Trump
dirigidas a retirar su apoyo a la OTAN –y, por extensión, a Europa-
tienen como trasfondo esta sensación de inferioridad que, en este caso,
se traduce en una iniciativa que se remonta a las épocas de la guerra
fría: dejar de tutelar la seguridad de quienes tienen más posibilidades
de arreglárselas solos y concentrarse sobre los enemigos más inmediatos.
En la cosmovisión trumpeana, estos son fundamentalmente el Estado
Islámico y China. La diferencia es que mientras que al primero se lo
combate con la fuerza, con Beijing la disputa es principalmente
económica y comercial.
A su vez, esta sensación de declive viene
acompañada de una retórica de restablecimiento de un poderío perdido.
De allí la idea mítica del «Make America great again» [Hagamos América
grande otra vez]
. Una idea
que, vale decirlo, no es nueva sino que estuvo presente en varios
pasajes de la era bipolar. Sobre todo en aquellos momentos en los que,
según se creía, la balanza se inclinaba a favor de la Unión Soviética.
Así fue a principios de la década de 1960, cuando John F. Kennedy lanzó
su candidatura presidencial bajo el lema «Let’s get America moving
again» [Pongamos a América nuevamente en movimiento]
o a mediados de los ochenta, cuando Ronald Reagan utilizó el slogan
«It’s morning in America again» [En América, vuelve a amanecer] en su
campaña para la reelección.
Lo particular de este limitante a
tener que elegir los frentes de batalla es que podría llevar a
Washington a impulsar mayores consensos con otras potencias. En este
caso no sería necesariamente bajo esquemas de instituciones
multilaterales sino producto de un arreglo entre «grandes». No por nada
Trump viene sosteniendo casi sin contradicciones la necesidad de
sentarse a negociar con Vladimir Putin a efectos de consensuar una
política común que ayude a recomponer el tablero en Medio Oriente. Un
acercamiento entre las dos mayores potencias militares del mundo sin
dudas que sería una novedad y hasta podría desencadenar en lo que el
politólogo Julio Burdman denominó como «una pax ruso-norteamericana»
4.
No
obstante, si bien el eventual repliegue estadounidense augura
expectativas también hay que tener en cuenta los potenciales riesgos. En
efecto, la sensación de debilidad puede dar lugar, bajo circunstancias
excepcionales, a una reacción desmedida en aras de restablecer la
fortaleza y la supremacía norteamericana. El ideal jacskoniano se puede
retratar con la metáfora de un cowboy con pocas pulgas que prefiere
mantenerse en su granja, siempre y cuando no se metan con él. Ahora
bien, en caso que suceda, la respuesta será por medio de la fuerza y, si
es necesario, sin la ayuda de nadie. El gobierno de George W. Bush sea
tal vez el mejor ejemplo: su actitud aislacionista y crítica del
multilateralismo se tradujo, luego de los atentados a las torres
gemelas, en la implementación de la doctrina de la guerra preventiva y
la moralización absolutista de la política exterior entre «buenos» y
«malos».
En el caso particular de América Latina, la principal
incertidumbre que despierta la nueva gestión republicana está en la
concreción y los alcances que puedan tener algunas de las iniciativas
enfatizadas por Trump durante la campaña. Más allá de las polémicas
medidas anti inmigratorias, una eventual implementación de políticas
proteccionistas en materia económica afectarían sensiblemente la
estrategia externa de la mayoría de los países de la región, cuyo modelo
de inserción internacional se basa en la atracción de capitales
internacionales y la liberalización del comercio. Si en la década
anterior fueron los países latinoamericanos quienes profesaban una
alternativa al paradigma globalista liberal –basado en el libre
comercio, la gobernanza trasnacional y las cadenas globales de valor- el
escenario actual parece haberse invertido: los pilares del orden
liberal están siendo cascoteados desde los centros de poder occidental y
son los países latinoamericanos quienes reivindican los beneficios de
la globalización y el recetario de políticas neoliberales. Este tablero
invertido obligará a muchos gobiernos de la región a recalcular su
política exterior.
De igual forma, si bajan las tensiones entre
Washington y Moscú, y Estados Unidos reorienta todos sus cañones hacia
China, las disputas entre las dos mayores potencias económicas pueden
recrudecer en otras partes del globo, especialmente sobre América
Latina. Por caso, el aparente
knock-out al TPP que sobrevino a la
victoria de Trump puede alentar a que sea China quien impulse un
megacuerdo de libre comercio de similares características. De hecho, el
gigante asiático ya cuenta con tratados de libre comercio con Chile y
Perú y otros países, como Argentina y Uruguay, manifestaron su deseo de
seguir la misma vía, ya sea en el marco del Mercosur o de manera
bilateral.
En tercer lugar, si Trump termina por cumplir su
promesa de renegociar el TLCAN, es esperable que esto también repercuta
sobre el tablero regional al sur del Río Bravo. En efecto, si Estados
Unidos cierra el grifo de las importaciones puede empujar a México a
reorientar su política externa en materia comercial y económica e
intentar ocupar espacios en el mercado latinoamericano. Esto sería un
retroceso para las aspiraciones de un alicaído Brasil, quien durante la
pasada década se dedicó a construir una proto-hegemonía regional en
torno al espacio sudamericano. En un nuevo escenario, México podría
aspirar a ocupar, al menos parte, el lugar de Brasil como el gigante
regional, sobre todo en lo que tiene que ver con la internacionalización
de sus empresas más competitivas. Si, además, México comienza a pisar
más fuerte en América Latina es factible que el regionalismo aperturista
y monocomercial que encarna hoy la Alianza del Pacífico se reposicione
todavía más entre los países latinoamericanos.
Por último, habrá
que seguir de cerca los movimientos del nuevo gobierno respecto del
acuerdo sobre cambio climático firmado recientemente en París, muy
criticado por el Partido Republicano en general. Un retroceso en esta
materia afectaría especialmente a los países de América Central y el
Caribe, tradicionalmente azotados por desastres naturales.
En
definitiva, en un año donde los grandes sucesos internacionales parecen
estar atravesados por la nostalgia de volver a un pasado idealizado, si
no se producen acontecimientos que puedan afectar sensiblemente al
«orgullo americano», la llegada de Trump no solo puede resultar una
buena noticia para quienes añoran un sistema internacional más estable,
sino también para quienes condenan el intervencionismo norteamericano en
los países de la periferia. En caso contrario, nos encontraremos –una
vez más- con la cara más impúdica, cruda y violenta del poder imperial.