Cuatro décadas
después de la Guerra de Malvinas, en el siguiente artículo se repasan las
dimensiones geopolíticas del mismo, la errónea lectura internacional de la
Junta Militar argentina y la posición del gobierno estadounidense encabezado
por Reagan, quien priorizó su alianza con la primera ministra británica. La
experiencia de la infructuosa apelación al TIAR en 1982 muestra que, para la
Argentina, es necesario confluir con los países latinoamericanos y caribeños,
además de otros actores del llamado Sur Global, para forzar al Reino Unido, a
cumplir con las resoluciones de Naciones Unidas, que instan retomar las
negociaciones bilaterales por la soberanía de las islas, para terminar con uno
de los últimos enclaves coloniales que persisten en el siglo XXI.
Grupo de Trabajo CLACSO Estudios sobre Estados Unidos Boletín Estados Unidos: Miradas críticas desde Nuestra América Año 4 – Número #7 La Cumbre de las Américas de Los Ángeles: entre las exclusiones y las resistencias Julio 2022
Índice
Presentación. La Cumbre de las Américas de Los Ángeles: entre las exclusiones y las resistencias Leandro Morgenfeld
La Crisis de la Cumbre. Estados Unidos y la lógica doméstica de su política exterior Valeria L. Carbone
Estados Unidos – América Latina. Dominación imperialista y Cumbre de la ilegitimidad Jorge Hernández Martínez
Nuestra América frente a Estados Unidos luego del traspié de Biden en Los Ángeles Leandro Morgenfeld
Biden versus CubaContradictoria política migratoria y Cumbre de las exclusiones Luis René Fernández Tabio
Salud, energías limpias, transformación digital y gobernabilidad democrática. Cuatro temas a debate en la Cumbre de las Américas. Visiones desde Cuba y proyecciones de EEUU Lil María Pichs Hernández
As Estratégias do imperialismo dos Estados Unidos na Transição para um Mundo Multipolar Carlos Eduardo Martins
¿Cuál es la orientación de la
política exterior argentina? ¿Qué tensiones existen al interior del
Frente de Todos sobre la inserción internacional y las relaciones con el
FMI? ¿Qué rol puede jugar en el actual escenario latinoamericano?
En junio y julio el presidente argentino subió la apuesta
internacional. Al frente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y
Caribeños (CELAC), fue protagonista en la Cumbre de las Américas de los
Ángeles, luego participó en la Cumbre presidencial del grupo BRICS
-solicitó la incorporación de la Argentina como miembro pleno- y en la
del G7 en Alemania, donde mantuvo una tensa reunión con Boris Johnson.
Además, concretó una conversación virtual con el presidente de Ucrania,
viajará a Asunción a la Cumbre del Mercosur y el 25 de julio tendrá su
esperada bilateral con Joe Biden en la Casa Blanca.
Para entender la inserción internacional y la política exterior
argentina es necesario, en primer lugar, realizar un diagnóstico
adecuado de la situación mundial. La pandemia aceleró el proceso de
transformaciones geopolíticas que se iniciaron a principios de este
siglo y se potenciaron a partir del crack de 2008, entre las que se destacan la crisis de la hegemonía estadounidense,
el ascenso de Asia-Pacífico en general y China en particular, el
debilitamiento de las instituciones multilaterales creadas luego de la
Segunda Guerra y la agudización de las tensiones y desequilibrios
económicos, financieros, monetarios, políticos, militares, tecnológicos,
migratorios y medioambientales. Asistimos a una profunda transición en
la estructura del poder global, en la que lo viejo no termina de morir y
lo nuevo, un mundo más multipolar, todavía es incipiente. Por eso lo
que prima actualmente es más bien el desorden mundial. La actual guerra
en Ucrania, parte de la llamada Guerra Mundial Híbrida y Fragmentaria, no hizo sino acelerar las contradicciones y los cambios que venían produciéndose en los últimos años.
A nivel continental, en junio se realizó la IX Cumbre de las Américas, en Los Ángeles, signada por la polémica,
a partir de que el gobierno de Biden, el anfitrión, decidió excluir a
Cuba, Venezuela y Nicaragua, lo que provocó la reacción de distintos
presidentes latinoamericanos, muchos de los cuales finalmente no
viajaron a EE.UU., para no convalidar esa política imperial e
injerencista. Ante el portazo de 12 de los 35 mandatarios de la región,
la asistencia de Alberto Fernández cobraba especial relevancia. Si se
unía a Andrés Manuel López Obrador, Luis Arce y Xiomara Castro, quienes
cumplieron su palabra y no participaron, el golpe a la Cumbre hubiera
sido letal. En los días previos, el presidente argentino subió el tono
de las críticas a Washington. Sin embargo, tras el llamado telefónico de
Biden y la promesa de una visita a la Casa Blanca el próximo 25 de
julio, anunció que asistiría, rompiendo en los hechos la sintonía
diplomática que se venía cultivando con México desde la formación del
Grupo de Puebla.
Si bien viajó a Los Ángeles, el tono del discurso de Fernández, como
presidente pro témpore de la CELAC, fue extremadamente duro. Señaló que
el país anfitrión no podía ejercer el derecho de admisión, pidió
reemplazar a Luis Almagro en la Organización de Estados Americanos
(OEA), por su apoyo al golpe de estado contra Evo Morales, y propuso que
la dirección del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) volviera a
manos de un latinoamericano. También planteó el reclamo por la soberanía
de Malvinas: criticó que el logo de las Cumbre no las incluyera.
Además, invitó a Biden a la Cumbre de la CELAC, que se realizará el 1 de
diciembre en la Argentina, dando a entender que es necesario articular
regionalmente para desde allí plantear en forma unificada un diálogo o
negociación con EE.UU.
Las múltiples ausencias, más los discursos críticos -especialmente el
del canciller mexicano-, el escrache contra el golpista Luis Almagro
-repudiado como “asesino”, “mentiroso” y “títere de Washington”-, la
contra Cumbre de los Pueblos y la movilización callejera para repudiar
las exclusiones, mostraron en Los Ángeles que EE.UU. ya no puede imponer su voluntad
como antes. El problema es que tampoco se pudo desplegar en esa
oportunidad una estrategia regional conjunta y recuperar la iniciativa.
Veremos si en la reunión de la CELAC, ya con Gustavo Petro como nuevo
presidente de Colombia y probablemente con Lula electo en Brasil, se
reimpulsa el proyecto de la Patria Grande.
***
Justo antes de viajar a Alemania a la reunión del G7, Alberto,
invitado por Xi Jinping, participó el viernes 24 de junio en forma
virtual de la XIV Cumbre de Jefes de Estado del grupo BRICS, que
integran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, en la que planteó la
aspiración de la Argentina de ser incorporada como “miembro pleno” -unos
días más tarde, el 7 de julio, el canciller chino le confirmó en
Indonesia a Santiago Cafiero el apoyo
del gigante asiático a la incorporación-. El presidente sostuvo que “ni
el trigo ni los alimentos pueden convertirse en un arma de guerra” e
hizo un llamado a “la paz urgente” porque “es urgente hacer un mundo más
igualitario”.
Sumarse a ese grupo, que ya representa al 42% de la población mundial
y al 24% del producto bruto global implicaría un significativo cambio
en la inserción internacional y en la ubicación argentina en el tablero
geopolítico mundial. Sobre las aspiraciones de integrarse a este
espacio, que se plantea como una alternativa al G7, Fernández sostuvo:
“Nos entusiasma la perspectiva de coordinar políticas que potencien la
agenda de los países del Sur global. (…) Los BRICS constituyen una
plataforma con enormes capacidades para discutir e implementar una
agenda de futuro que nos lleve hacia un tiempo mejor y más justo”.
Pocas horas más tarde, el mandatario argentino voló hacia Europa. En
la cumbre del G7, cuyo tema central fue la guerra en Ucrania, intentó un
delicado equilibrio entre lo que pretendían sus anfitriones y la
necesidad de no tensar el vínculo con Moscú. Además, en Alemania tuvo
algunas reuniones bilaterales importantes, entre la que se destacó la
que mantuvo con Boris Johnson, marcada por el áspero debate por
Malvinas. Como señala
Claudio Mardones, “el paso de Fernández por el G7 fue fugaz, pero
alcanzó para una bilateral con el inglés Boris Johnson, al que le
enrostró el reclamo de soberanía de Malvinas. En materia económica el
saldo fue el esperado, porque toda la comitiva, pero especialmente
Fernández, recibieron consultas de los países europeos sobre la
capacidad argentina para proveerles energía con el objetivo de sustituir
la dependencia de Rusia. El tema tampoco fue ajeno para Biden, que
volverá a hablar del tema el próximo 25 de julio, en la bilateral que
mantendrán en el Salón Oval”.
Apenas volvió de Europa, Alberto concretó una comunicación telefónica
de poco más de media hora con el presidente de Ucrania, Volodimir
Zelenski, quien había pedido este gesto del presidente argentino en su
participación virtual en la Cumbre del G7. La aproximación a las
posiciones de EE.UU. fue festejada justamente el día anterior, en el
Palacio Bosch, sede del embajador norteamericano, en la fiesta por los
246 años de la independencia de ese país, en la que Marc Stanley recibió
la visita de Juan Manzur, en representación del gobierno nacional.
***
Esta suerte de delicado equilibrio, o zigzagueo diplomático
argentino, que a veces parece contradictorio e incoherente, responde a
varios factores. En materia internacional, y a diferencia del erróneo y sesgado análisis
que caracterizó al gobierno de Macri, hay una correcta lectura de los
cambios geopolíticos a nivel global, que explican la estrategia de
diversificar los vínculos exteriores, sin alinearse acríticamente con
EE.UU. y Europa. En materia interna, responde a dos cuestiones básicas.
En primer lugar, a la necesidad de renegociar el acuerdo con el FMI que
impulsó Martín Guzmán, dado que no van a poder cumplirse las metas
pactadas. Para ello, se requiere el aval de Washington, y en esa
dirección apuntarán las gestiones de Alberto en su visita a la Casa
Blanca. En segundo lugar, a las diferencias notorias en el Frente de
Todos. No solamente respecto al acuerdo que selló con el Fondo al ahora
ex ministro de Economía -y, en consecuencia, al plan económico, con más
ajuste-, sino también a la política exterior. Existe una línea más
vinculada al establishment demócrata estadounidense, que encarnan el
secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, -quien estaría
trabando el financiamiento chino de Atucha III por pedido de EE.UU.- y
el embajador Jorge Argüello -gestor de la inminente reunión con Biden-, y
una línea más autonomista, que se referencia en Carlos Raimundi,
representante ante la OEA, el embajador en Moscú, Eduardo Zuain, el
vicecanciller Pablo Tettamanti y la ex embajadora Alicia Castro, entre
otros/as.
Como en otros órdenes de su gobierno, Alberto Fernández emite señales
contradictorias en materia de política exterior. El encuentro con Biden
en Washington será una buena oportunidad para vislumbrar hacia dónde se
encamina la política exterior del Frente de Todos. Si hacia una línea
moderada, que busque congraciarse con la Administración demócrata y
aplicar el ajuste que exige el Fondo, o bien avanzar a la necesaria
unidad latinoamericana, para concretar proyectos que permitan colocar a
América Latina en otro lugar, fundamentalmente en función de encarar
reformas que permitan un desarrollo más autónomo y una mejor
distribución del ingreso.
Alberto tiene una retórica latinoamericanista y a favor de un mundo
más multipolar. Pero, como ocurre con algunos de sus pares regionales,
tiende a moderarse cada vez más y tampoco en materia de política
exterior avanza más allá del plano discursivo. Como advierte
con preocupación Massimo Modonesi, “los progresismos latinoamericanos
han terminado de normalizarse, asimilarse y adecuarse al orden
existente, defendiéndolo de las embestidas que, más por derecha que por
izquierda, lo están amenazando”. A eso hay que sumarle la ofensiva de
los gobiernos derechistas contra cualquier iniciativa regional. Esta
semana, por ejemplo, se conoció que el uruguayo Luis Lacalle Pou
avanzará en un acuerdo de libre comercio con China, dándole la espalda
al Mercosur, mientras que Jair Bolsonaro anunció que no asistirá a la
primera cumbre presidencial pospandemia de este organismo, que se
realizará en Asunción.
***
Dado los enormes desafíos que enfrentan los países de la región,
sumidos en una crisis económica y social alarmante, es necesario avanzar
en forma urgente en proyectos concretos que mejoren las condiciones de
vida de sus pueblos. El declive de EE.UU. y la crisis del orden mundial
que condujo desde la segunda posguerra es una oportunidad para nuestra
región. Como declaró
Evo Morales el 12 de julio, durante su visita a la Argentina, “Estados
Unidos ya no tiene la hegemonía en Latinoamérica. Ya no es una potencia
económica, a lo sumo puede ser potencia militar. (…) Estados Unidos sólo
vive de guerra. Esa doctrina inmoral, la doctrina Monroe de ‘América
para los americanos’ va terminándose. Nosotros en cambio hemos propuesto
‘América Plurinación de los pueblos para los pueblos’”.
Hay que tener cuidado porque el imperio puede volverse más agresivo ante su creciente debilidad económica. Las recientes declaraciones
del ex asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, reconociendo su
participación en la preparación de golpes de Estado en otros países,
ponen de manifiesto que la doctrina Monroe sigue vigente. Contra los que
niegan la vigencia del imperialismo, la realidad es que EE.UU. sigue
apostando por los “cambios de régimen” y los golpes de Estado de nuevo
tipo, como lo intentaron en Venezuela en 2019 y lo concretaron en
Bolivia ese mismo año.
Como presidente pro témpore de la CELAC, y en vistas de la Cumbre que
organizará la Argentina en poco más de cuatro meses, es el momento de
avanzar con la concreción de algunas iniciativas que se esbozaron en los
últimos tiempos: discutir conjuntamente las condiciones para la
explotación de sus estratégicos recursos naturales (la OPEP del litio,
junto a una empresa estatal latinoamericana para explotarlo, algo de lo
que habló Evo estos días en Buenos Aires), avanzar hacia una moneda
común (una propuesta que Lula recuperó hace algunas semanas), plantear
una investigación y una moratoria conjunta de la deuda externa (es
decir, abandonar la rendición ante el FMI), avanzar hacia una política
sanitaria soberana y empezar a negociar articuladamente, en el marco de
la CELAC, con actores como EE.UU., la Unión Europea y China.
Si Nuestra América no recupera rápidamente el camino de la
integración, se seguirán profundizando las asimetrías, internas y
externas. No hay que olvidar que sigue siendo la región más desigual del
mundo. Los cambios cosméticos no alcanzan. El proyecto emancipador no
puede tener una escala meramente nacional. Hay que avanzar en la
construcción de la Patria Grande. Argentina, si abandona la línea
errática de su política exterior, tiene un rol clave que jugar en ese
estratégico y urgente proyecto continental.
Leandro Morgenfeld es profesor regular de la UBA,
Investigador Independiente CONICET y co-coordinador del GT CLACSO
Estudios sobre Estados Unidos. También es compilador de El legado de
Trump en un mundo en crisis (SigloXXI, 2021) y dirige el sitio www.vecinosenconflicto.com
Los
dichos del exasesor de EEUU John Bolton sobre su participación en
golpes de Estado lo confirman como uno de los exponentes más claros de
la Doctrina Monroe, dijo a Sputnik el historiador argentino Leandro
Morgenfeld. El experto recordó que, además de Venezuela, pesan sobre los
hombros de Bolton acciones en Honduras, Paraguay, Brasil y Bolivia.
Las confesiones del exasesor de Seguridad de EEUU, John Bolton,
sobre sus participaciones en golpes de Estado en otros países "no
sorprenden" pero sí ratifican que señalar el imperialismo estadounidense
"no es anacrónico", dijo a Sputnik el historiador argentino Leandro
Morgenfeld, especializado en las relaciones entre EEUU y América Latina a lo largo de los años.
"Bolton es uno de los halcones de la clase dominante de EEUU
y durante muchísimas décadas fue uno de los ideólogos del
intervencionismo en distintas partes del mundo", consignó Morgenfeld,
recordando que uno de sus últimos cargos fue ser asesor del expresidente
Donald Trump (2016-2020) en materia de Seguridad Nacional.
Una de las caras más recientes de Bolton es la de haber sido, apuntó el historiador, "el ideólogo de la política de 'cambio de régimen' en Venezuela,
reconociendo a Juan Guaidó como presidente encargado". También es el
rostro del intento de desestabilización contra el Gobierno de Nicolás
Maduro de 2019, cuando "con la excusa de la ayuda humanitaria se buscó
provocar una intervención desde Colombia, generando una crisis cuasi
militar".
Pero
el currículum de Bolton es extenso. Morgenfeld recordó que el exasesor
"ocupó distintos cargos y tuvo un rol importante en los décadas de 1980 y
1990, de la mano de Ronald Reagan (1981-1989)" , aunque décadas después
también "fue uno de los mentores de las intervenciones de EEUU en Irak,
en Afganistán y en Libia".
La "tradición" belicista de Bolton lo llevó, incluso, a discrepar con Trump, que finalmente lo apartó del Gobierno en septiembre de 2019.
"Cuando lo echó, Trump dijo que Bolton lo quería impulsar a intervenir
en varias guerras, lo empujaba a una creciente hostilidad y llegó a
decir que había que bombardear Irán, lo que habría provocado una escalada de consecuencias imprevisibles en Oriente Medio", analizó el historiador.
Desde
su rol de historiador especializado en las relaciones internacionales
de EEUU, Morgenfeld aclaró que la influencia de Washington en golpes de
Estado en varios países del mundo y especialmente en América Latina es
algo que está "hartamente documentado". Esas operaciones marcaron el
siglo XX en países como Nicaragua, República Dominicana, Panamá y los golpes de Estado de países como Chile, Argentina, Uruguay o Brasil pero también se continuaron en el siglo XXI.
El historiador argentino mencionó que EEUU intervino "promoviendo golpes de Estado de nuevo tipo" como los que apartaron al presidente de Honduras, Manuel Zelaya, en 2009,
al presidente de Paraguay, Fernando Lugo, en 2012, a la brasileña
Dilma Rousseff en 2016 y a Evo Morales del Gobierno de Bolivia en 2019.
Para Morgenfeld "no es nada sorprendente que Bolton tenga el cinismo o la sensación de impunidad para reconocer que planeó y tramó un golpe de Estado".
De hecho, el historiador remarcó que los dichos de Bolton "generarían un escándalo político en cualquier otro país".
"Debería
ser citado por el Congreso para que rinda cuentas de esas
declaraciones, debería citarlo la Justicia, pero sabemos que nada de eso
va a ocurrir", previó el analista.
Según
Morgenfeld, lo dicho por Bolton ya es conocido por "cualquiera que haya
estudiado con seriedad la historia y la actualidad de las relaciones
entre EEUU y América Latina". Sin embargo, el momento de sinceridad del
exasesor de Trump puede ser útil para "poner en negro sobre blanco" la
postura de EEUU frente a "aquellos que dicen que es anacrónico hablar de
imperialismo, que dicen que se exagera la influencia de EEUU en la región".
El
historiador remarcó que Washington continúa intentando influenciar a
los países latinoamericanos desde lo económico pero también desde la penetración en los organismos de seguridad
y las organizaciones no gubernamentales. En ese plan, tampoco ha dejado
de lado "la vieja usanza" de golpes o incluso promoviendo el lawfare contra dirigentes políticos cuyas políticas no se alinean a sus intereses.
"Este
reconocimiento de Bolton, que lo puede decir en una cadena como la CNN
sin que le repregunten demasiado y sin generar escándalo en EEUU, pone
en negro sobre blanco cuál es la forma de operar de EEUU en el resto del
mundo y, sobre todo, en lo que ellos llaman su 'patio trasero'",
sintetizó.
Para Morgenfeld, Bolton es, indudablemente, uno de los exponentes más explícitos de que la Doctrina Monrone, nacida en 1823 bajo el lema 'América para los americanos', sigue guiando la relación entre Washington y América Latina.
"Bolton
es una de las expresiones de esa política agresiva, injerencista, de no
respeto a la autodeterminación de los pueblos de América Latina",
sintetizó.
Estimados/as Colegas de Universidades e Instituciones Académicas
Nos
comunicamos con ustedes para compartirles el programa definitivo de las
Jornadas Académicas de Investigación y Reflexión sobre Malvinas - 40 años
Con
35 Paneles Temáticos, 100 expositores y Conferencias Especiales, el
evento se llevará a cabo de forma virtual los días 5, 6, 7 y 8 de julio
de 9 a 20 hs.
El acceso es libre pero requiere inscripción previa.
La ceremonia de apertura estará a cargo del Embajador Guillermo Carmona, secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur de la Cancillería Argentina y autoridades nacionales y universitarias.
Acto seguido, se realizará un homenaje al profesor Uriel Elrich, autor del libro “Malvinas: soberanía y vida cotidiana”.
A continuación, brindará la Conferencia Inaugural el Dr. Jorge Battaglino, Rector de la Universidad Nacional de la Defensa.
Finalmente,
la ceremonia de clausura tendrá como oradora a la Dra. Lourdes Puente
Olivera, directora de la Escuela de Política y Gobierno de la
Universidad Católica Argentina.
Presentación del libro del Observatorio del Sur Global “Pensar la Unidad Sudamericana Hoy”
Este Martes 28 de junio a las 18 hs, tendremos la
presentación del libro del Observatorio del Sur Global “Pensar la Unidad
Sudamericana Hoy” compilado de las ediciones de los Ciclos de Diálogos
2020-2021.
La actividad se desarrollará de forma presencial en el Salón San Martín del Rectorado de la Universidad de la Defensa Nacional, ubicado en Maipú 262, CABA
Contaremos con la participación de los siguientes invitados:
Nicolás Kreplak – Ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires
Cecilia Nahón – Directora Ejecutiva Alterna por Argentina y el Cono Sur en el Banco Mundial
Alejandro Simonoff – Doctor en Relaciones Internacionales – Profesor de la Universidad Nacional de La Plata
María Cecilia Míguez – Profesora de la Universidad de Buenos Aires e Investigadora del CONICET (IDEHESI)
Presentan:
Federico Montero – Director del Observatorio del Sur Global Mariana Vázquez – Coordinadora del Ciclo de Diálogos 2020-2021
El fracaso de la puesta en escena imperial en
Los Ángeles abre grandes oportunidades para América Latina. Falta que
las fuerzas políticas y sociales progresistas y de izquierda vuelvan a
poner en el horizonte de sus luchas el proyecto de la Patria Grande.
Cuando asumió, en enero del año pasado,
Biden imaginó que la IX Cumbre de las Américas sería el ámbito ideal
para el relanzamiento de las relaciones con América Latina y el Caribe.
El Hemisferio Occidental, como se refieren formalmente a su despreciado patio trasero,
es fundamental para la proyección imperial estadounidense y para seguir
sosteniendo su hegemonía global, debilitada por el ascenso de China y
otros actores de peso, como Rusia y la India, que articulan en el grupo
BRICS. Sin embargo, el cónclave de Los Ángeles resultó en un rotundo
fracaso diplomático y político para la Casa Blanca. Nuestra América, en
tanto, tiene una nueva oportunidad de relanzar la coordinación política
regional y unificar una estrategia emancipatoria.
Como representante de la fracción globalista de la clase dominante,
Biden está intentando infructuosamente revertir la crisis de hegemonía
estadounidense. Procura recomponer el alicaído multilateralismo
unipolar, a diferencia de Trump, que había promovido el unilateralismo
unipolar desdeñando los ámbitos multilaterales como la ONU, la OEA o el
G20. Por eso el año pasado el demócrata declaró pomposamente que
«Estados Unidos estaba de vuelta» (Trump, en cambio, faltó a último
momento a la cumbre hemisférica de Lima, en 2018).
La IX Cumbre de las Américas, insinuaba Biden, sería el escenario
perfecto para relanzar el vínculo con América Latina y el Caribe, así
como lo había hecho Obama en la Cumbre de Trinidad y Tobago, en 2009,
pocos meses después de llegar a la Casa Blanca, luego del traspié que
había significado el «No al ALCA» en Mar del Plata cuatro años antes.
Justamente el actual mandatario se jactaba de haber visitado 16 veces la
región durante sus 8 años como vicepresidente (a diferencia de Trump,
que no viajó al sur del Río Bravo en todo su mandato, salvo para la
fugaz visita a Buenos Aires el 30 de noviembre de 2018 para asistir a la
Cumbre presidencial del G20).
Sin embargo, la esperada reunión de Los Ángeles se concretó en un
momento muy inoportuno para Estados Unidos, luego del bochornoso retiro de Afganistán en 2021,
que implicó una humillación para el imperio tras dos décadas de
ocupación de ese país (que se suma a la incapacidad de haber concretado
la caída de los gobiernos de Venezuela y Siria, hostigados de todas las
formas posibles).
A la crisis global que profundizó la pandemia se le suma ahora la guerra en Ucrania,
luego de que Rusia reaccionara ante la creciente presión de la OTAN.
Esta coyuntura disparó los problemas económicos internos en Estados
Unidos (la mayor inflación en 40 años obligó a la Reserva Federal a
subir las tasas de interés, alentando un enfriamiento de la economía,
que en consecuencia podría entrar en recesión en 2023) y el acelerado
deterioro de la imagen del gobierno demócrata, cuyo partido muy
probablemente perderá en las elecciones de medio término de noviembre el
hoy ajustado control del congreso.
Intentando un delicado equilibro entre necesidades internas y
externas, Biden cedió a las presiones del senador republicano Marco
Rubio, del senador demócrata Bob Martínez y el presidente del BID, el
trumpista Mauricio Claver-Carone, y resolvió que solo invitaría a los
líderes «elegidos democráticamente», excluyendo así a los mandatarios de
Cuba (había vuelto a las Cumbres de las Américas en 2015), Venezuela
(había sido excluida en la de Lima) y Nicaragua.
Mantener la política de Trump de asediar a la llamada «troika del
mal» desató un vendaval político en el continente y signó la suerte de
la cumbre. Además, Estados Unidos, en términos económicos, no tiene casi
nada para ofrecer a la región, frente a una China que avanza
implacablemente como socio comercial, prestamista e inversionista en
todo el continente. Washington pretende que los países latinoamericanos
se le subordinen en su disputa global con Pekín y Moscú, pero, a
diferencia de lo que ocurrió en los años noventa del siglo XX, ya no
tiene ni el proyecto (el ALCA o luego el Tratado TransPacífico) ni el
peso económico que ostentaba hace algunos años.
Cuando el 2 de mayo el subsecretario de Estado Brian Nichols reiteró
que los gobiernos que «no respetan la carta democrática» no serían
invitados, se le plantó a Estados Unidos el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador
(AMLO), quien tras visitar Cuba declaró que no viajaría a Los Ángeles
si se imponían restricciones a la participación de países soberanos.
Pronto lo secundaron los integrantes de la Comunidad del Caribe
(CARICOM), el presidente boliviano Luis Arce y la presidenta hondureña Xiomara Castro.
A partir de ese momento, y frente a la posibilidad de que la cumbre
no se realizara, la Administración Biden se vio obligada a realizar
intensas gestiones diplomáticas, incluidos los viajes de la primera dama
y del exsenador Chris Dodd, para evitar que el boicot la hiciera
naufragar. Logró que Bolsonaro finalmente viajara —a cambio de una
reunión bilateral con su par estadunidense— y comprometió la asistencia
de Gabriel Boric y Alberto Fernández, quienes, si bien criticaron la
decisión del Departamento de Estado, no se plegaron a AMLO. El 27 de
mayo, en tanto, los mandatarios del ALBA (creada en 2004 como proyecto
alternativo al ALCA) se reunieron en La Habana para repudiar las
exclusiones y enviar un mensaje a Estados Unidos.
Ante la ausencia de muchos mandatarios de la región (finalmente solo
terminaron asistiendo 23 de 35, resultando la edición de la Cumbre con
más faltazos a nivel presidencial), la participación o no de Alberto Fernández
cobraba especial relevancia. Si se unía a AMLO, a Luis Arce y a Xiomara
Castro, quienes cumplieron su palabra y no fueron por las anacrónicas
exclusiones, el golpe a la Cumbre hubiera sido letal (también faltaron,
por otros motivos, los gobiernos derechistas de Guatemala y El Salvador,
que eran fundamentales porque junto con México son claves para resolver
la crisis migratoria que preocupa a la Casa Blanca).
En los días previos, el presidente argentino subió el tono de las
críticas a Estados Unidos. Sin embargo, tras el llamado telefónico de
Biden y la promesa de una visita a la Casa Blanca el próximo 25 de
julio, anunció que asistiría a la Cumbre, rompiendo en los hechos la
sintonía diplomática que se venía cultivando con México desde la
formación del Grupo de Puebla y que fue importante, por ejemplo, para
lograr la salida con vida de Evo Morales y Álvaro García Linera tras el
golpe de Estado en Bolivia en 2019.
Si bien viajó a Los Ángeles, el tono del discurso de Alberto Fernández (ahora presidente pro témpore
de la CELAC) fue extremadamente duro. Señaló que el país anfitrión no
podía ejercer el derecho de admisión, pidió reemplazar a Luis Almagro en
la OEA por su apoyo al golpe contra Evo («Se ha utilizado a la OEA como
un gendarme que facilitó un golpe de estado en Bolivia») y reclamó que
la dirección del BID debía volver a manos de un latinoamericano. También
llevó el reclamo por la soberanía de Malvinas: criticó que el logo de
las Cumbre no las incluyera. Además, invitó a Biden a la Cumbre de la
CELAC que se realizará el 1º de diciembre en Buenos Aires, dando a
entender que es necesario articular regionalmente para desde allí
plantear unificadamente un diálogo o negociación con Estados Unidos.
Las múltiples ausencias, sumadas a los discursos críticos
—especialmente el del canciller mexicano, quién sí viajó a Los Ángeles—,
el escrache contra el golpista Luis Almagro el martes 7 de junio
(repudiado como «asesino», «mentiroso» y «títere de Washington»), la
realización de la contra Cumbre de los Pueblos y la movilización
callejera en contra de las exclusiones, muestran que Estados Unidos ya
no puede imponer su voluntad como antes.
El problema, de este lado, es la ausencia de una estrategia regional
conjunta: falta recuperar la iniciativa. La UNASUR, convaleciente luego
del retiro de los gobiernos derechistas alineados con Estados Unidos
durante la llamada restauración conservadora, tanto como la CELAC,
podrían ser un ámbito para empezar a avanzar hacia una mayor cooperación política e integración regional.
Nuestra América debe impulsar una estrategia multipolar multilateral y
plantear un programa de mínima con algunos puntos clave en base a
iniciativas que se esbozaron en los últimos tiempos: discutir
conjuntamente las condiciones para la explotación de sus estratégicos
recursos naturales (la «OPEP del litio», junto a una empresa estatal
latinoamericana para explotarlo, sería un buen ejemplo), avanzar hacia
una moneda común a partir de la reciente propuesta de Lula, plantear una
investigación y una moratoria conjunta de la deuda externa, avanzar
hacia una política sanitaria soberana —produciendo a nivel regional, por
ejemplo, algunas de las vacunas cubanas contra el COVID— y,
fundamentalmente, negociar conjuntamente con actores extrarregionales
como Estados Unidos, la Unión Europea y China. Es la única forma de
equilibrar mínimamente las enormes asimetrías con los países más
desarrollados.
El viernes 10 de junio Biden cerraba el encuentro de presidentes con
la firma de la «Declaración de Los Ángeles» y algunas limitadísimas
promesas de ayuda económica para contener a los migrantes y ampliar a 20
000 los refugiados anuales que aceptará Estados Unidos. En realidad,
hay una militarización de la problemática, ya que Estados Unidos
pretende sumar a México y Colombia como aliados principales extra OTAN, o
sea subordinarlos a la estrategia de Washington contra los otros polos
de poder global. En el discurso oficial aparecieron las habituales
apelaciones a la democracia, la seguridad hemisférica, el libre mercado,
los derechos humanos y la inversión privada. Sin embargo, esta vez,
Estados Unidos fracasó en imponer la doctrina Monroe de «América para
los (norte)americanos», que el año que viene cumple exactamente 200
años.
Y no solo lo hizo a nivel gubernamental, sino que, por abajo, y en
estrecha relación con las luchas que están haciendo retroceder a los
gobiernos neoliberales desde 2018, crece la articulación de las
resistencias. No solo se realizó la habitual contra Cumbre de los
Pueblos en Los Ángeles. En Ciudad de México, la semana pasada, miles de
académicos y activistas se reunieron en la Conferencia Latinoamericana y
Caribeña de Ciencias Sociales para pensar y debatir cómo construir ese
otro mundo posible.
El mismo día que cerraba el cónclave de mandatarios en Estados
Unidos, más de 100 000 personas colmaron el Zócalo de la capital azteca
para escuchar al cubano Silvio Rodríguez, en el más que simbólico cierre
del evento organizado por CLACSO. Como señaló allí Álvaro García Linera, en diálogo con La Jornada:
"Hay, de América Latina hacia Estados Unidos, pérdida de miedo y
hasta falta de respeto ante el poderoso. Se ha desvanecido la idolatría y
sumisión voluntaria de las élites políticas hacia lo norteamericano.
Era una especie de cadena mental que te amarraba a mover tu cabeza
siempre diciendo sí a lo que decía Estados Unidos. Ahora no lo oyes. Te
vas. No vienes. Dices lo que quieras. Los otros nos desprecian y
nosotros les hemos perdido el respeto. México ha liderado este divorcio".
El fracaso de la puesta en escena imperial en Los Ángeles abre
grandes oportunidades para reimpulsar el multipolarismo y ampliar los
márgenes de autonomía de Nuestra América, que bajo la dominación
imperial sigue siendo la región más desigual del mundo, con más de 200
millones de pobres según Naciones Unidas. Falta, ahora, que las fuerzas
políticas y sociales progresistas, de izquierda y nacional-populares
vuelvan a poner en el horizonte de sus luchas el proyecto de la Patria
Grande.
La crisis de la hegemonía estadounidense y el resquebrajamiento del
mundo unipolar pusieron en jaque tanto al multilateralismo cristalizado
en las
instituciones internacionales de la posguerra, sostenidas sobre la
tríada Estados Unidos, Europa occidental y Japón, como al
multilateralismo globalista
neoliberal que sobre dicha base se impuso con la caída del muro de
Berlín y el disciplinamiento del llamado Sur Global. A partir del
desarrollo de una situación multipolaridad relativa en el mapa del poder
mundial y de la aceleración de tendencias contra-hegemónicas, emergió
otro multilateralismo que está en relación con procesos institucionales y
nuevas configuraciones relacionales, las cuales buscan redistribuir más
equitativamente el poder y la riqueza mundial, poniendo en cuestión las
jerarquías interestatales, la división internacional del trabajo
existente y las instituciones internacionales dominantes. Por otro lado,
en el seno del centro del poder mundial (en crisis) y como síntoma de
su declive relativo y la puja de poder que ello suscita, a partir de
2001 resurgió con fuerza el unilateralismo, en primera instancia de la
mano del neoconservadurismo y las primeras expresiones de lo que
denominamos fuerzas «americanistas» y «nacionalistas». Con el triunfo de
Donald Trump estas fuerzas dieron un salto cualitativo. En este marco,
la presente investigación busca analizar en América Latina y el Caribe
-en adelante América Latina- las estrategias principales de inserción
internacional, los posicionamientos y pujas que se producen a partir de
2015 y la cuestión del multilateralismo, en relación con algunas
estrategias de Estados Unidos en la región y a la creciente presencia de
China. Focalizándonos en la disputa por la conducción del Banco
Interamericano de Desarrollo (BID) y en las últimas Cumbres de las
Américas, buscaremos comprender la denominada crisis del
multilateralismo en la región.