Por: Leandro Morgenfeld
Tektónikos
junio 28, 2026
Sus 250 años encuentran a EE.UU. en una decadencia cada vez más palpable.
Con impronta trumpista, como ocurrió el 14 de junio en los jardines de la Casa Blanca en coincidencia con su cumpleaños 80, Estados Unidos se apresta a celebrar con toda la pompa los 250 años de la declaración de su independencia. Ese hito, que marcó los procesos de descolonización en el resto del continente americano, hoy está siendo instrumentalizado para intentar maquillar una realidad inocultable: Estados Unidos está acelerando su declive hegemónico. La decadencia del imperio americano no es ya una utopía futurista izquierdista, sino una realidad cada vez más palpable.
Hay algo de la película de Oliver Stone en esta escena. En Nacido el 4 de julio (1989), Tom Cruise encarnaba a Ron Kovic, el joven que partía a Vietnam envuelto en la bandera y regresaba en silla de ruedas, convertido en uno de los rostros más visibles del desencanto con el mito de invencibilidad del imperialismo estadounidense. Casi cuatro décadas después, el país que se apresta a festejar con grandilocuencia los 250 años de su independencia, parece atrapado en una versión invertida de aquel relato: cuanto más estridente es la celebración, más evidente resulta aquello que intenta ocultar.
El 14 de junio, en los jardines de la Casa Blanca, Donald Trump hizo coincidir los festejos de su cumpleaños número 80 con una puesta en escena de poderío nacional (algo similiar a lo que ocurrió en junio del año pasado, lo cual potenció las protestas con la consigna No Kings). La pompa militar, los desfiles y la liturgia patriótica anticipan lo que será la gran conmemoración del 4 de julio de 2026, cuando se celebren dos siglos y medio de la histórica Declaración de Independencia de 1776 que, no por casualidad, inspiró los procesos de emancipación del resto del continente americano. Pero la fecha, lejos de exhibir una fortaleza incontestable, funciona hoy como maquillaje. La grandilocuencia del aniversario es directamente proporcional a la fragilidad que pretende disimular. Trump nos tiene acostumbrados a este tipo de puestas en escena.
Un Estados Unidos más débil con un Trump más poderoso
La paradoja que define esta vuelta a la Casa Blanca del magnate neoyorquino puede resumirse en una frase: nunca un presidente estadounidense concentró tanto poder interno gobernando un país tan debilitado en términos relativos. En su segundo mandato, Trump ganó el voto popular que había perdido en 2016, se apropió casi por completo del Partido Republicano —incluso este año muchos de sus candidatos se están imponiendo en las elecciones primarias del GOP—, controla ambas cámaras del Congreso y dispone de una Corte Suprema ultraconservadora moldeada por él mismo. Y, sin embargo, conduce una potencia que viene siendo desafiada —sobre todo en el plano económico y tecnológico— por China y otros poderes emergentes.
Esa combinación —más concentración de poder político puertas adentro, más fragilidad relativa puertas afuera— explica el rasgo central de la política exterior trumpista: el recurso creciente a la coerción. Donde ya no puede competir económicamente con China —industria, comercio—, Washington refuerza aquello en lo que todavía conserva ventaja, el músculo militar y la presión diplomática. El garrote reemplaza a la zanahoria porque la zanahoria, sencillamente, escasea. Pero incluso en el ámbito bélico, el resonante fracaso en la guerra contra Irán siembra cada vez más dudas sobre las capacidades militares del país que tiene desplegadas centenares de bases por todo el mundo.
El declive ya no es una profecía izquierdista
Durante décadas, hablar del declive estadounidense fue casi un patrimonio exclusivo de la izquierda académica. Hoy el debate desbordó el campo de los especialistas y se instaló en los grandes medios. No hay consenso, claro, pero sí distintas periodizaciones que conviene tener presentes. Una primera mirada, desde la teoría del sistema-mundo —Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi—, ubica el punto de inflexión en los años setenta: la ruptura del patrón dólar-oro en 1971, la derrota en Vietnam, el shock petrolero de 1973. Otra lo sitúa a partir de 2001, con la sobreextensión imperial de las guerras de Afganistán e Irak que ya había anticipado Paul Kennedy. Una tercera lo marca en la crisis financiera de 2008, que aceleró el ascenso de China. Y una cuarta, en la pandemia de 2020, que aceleró tendencias preexistentes.
Conviene ser honestos: hay también una literatura que relativiza o niega el declive. Autores como Stephen Brooks, William Wohlforth o Michael Beckley subrayan que, en términos militares y de innovación, Estados Unidos sigue sin tener rival; Joseph Nye insiste en su capacidad de atracción cultural. El punto no es elegir un bando, sino precisar de qué hablamos. El declive es relativo, estructural y de largo plazo: no implica un colapso abrupto, sino una pérdida sostenida de peso comparativo. En el corto plazo, Trump puede acumular victoria, pero muchas de ellas son pírricas. China, que no tiene ciclos electorales que la obliguen a mostrar resultados cada dos años, puede sostener estrategias durante décadas. Esa asimetría de horizontes temporales es decisiva. Como venimos analizando en distintos trabajos, asistimos a una transición geopolítica del sistema mundial hacia una multipolaridad relativa que abre nuevos márgenes de autonomía para el Sur Global.
El corolario Trump: la doctrina Monroe recargada
En noviembre de 2025, la administración Trump presentó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que formaliza lo que distintos analistas bautizaron como el “corolario Trump” de la doctrina Monroe. El documento lo dice con todas las letras: Estados Unidos negará a los “competidores no hemisféricos” la capacidad de poseer o controlar activos estratégicos en el continente, e identifica tres amenazas en el hemisferio —la migración, el narcotráfico y la presencia de China. Completada en enero de 2026 por una nueva Estrategia de Defensa Nacional, que coloca la dominación del hemisferio occidental como primera prioridad del Pentágono, la arquitectura quedó completa: la primera fija los objetivos políticos; la segunda, los medios militares para alcanzarlos.
Lo novedoso no es el contenido —Washington nunca abandonó la pretensión de tratar a América Latina como su patio trasero—, sino el grado de explicitación. A diferencia de formulaciones previas, revestidas del lenguaje de la “promoción democrática”, el corolario Trump recupera abiertamente una gramática decimonónica de esferas de influencia. Conviene además despersonalizar el análisis: esta orientación no nació del capricho de un mandatario iconoclasta. Fue elaborada durante los años de oposición a Biden a través del Proyecto 2025, coordinado por la Heritage Foundation, y expresa los intereses de fracciones del capital estadounidense perjudicadas por la globalización neoliberal. Trump pasa; la estrategia, probablemente, perdure.
Del garrote en Caracas al asedio a La Habana
La traducción operativa de esa doctrina no se hizo esperar. En enero de 2026, con la llamada “Operación Resolución Absoluta”, Estados Unidos bombardeó instalaciones militares en Caracas y La Guaira, capturó al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, y los trasladó a su territorio para juzgarlos por narcoterrorismo. Fue la primera intervención militar estadounidense sobre el territorio continental sudamericano en los doscientos años de historia independiente de la región. Tras la operación se levantaron las sanciones petroleras y se abrió la industria de hidrocarburos a la privatización: Trump declaró que su país “gobernará” Venezuela.
Sobre Cuba, el cerco se volvió asfixia. Cortado el suministro de petróleo venezolano del que dependía, recrudecido el bloqueo a niveles inéditos, Washington fijó abiertamente el cambio de régimen como objetivo. La fórmula del secretario de Estado Marco Rubio sintetiza la secuencia: el camino a La Habana pasa por Caracas. Pero la coerción no siempre rinde como se espera. Brasil, lejos de doblegarse ante aranceles del 50%, profundizó su diversificación hacia China. El caso argentino, en cambio, ilustra la otra cara: el gobierno de Javier Milei ofrece un nivel de alineamiento con Washington sin precedentes en nuestra historia, sin obtener a cambio concesiones económicas concretas. La paradoja del corolario queda a la vista: mientras Estados Unidos tiene cada vez menos para ofrecer, ciertos gobiernos ofrecen su subordinación como un bien en sí mismo.
Ormuz y Beijing: el imperio que pide mediación
Dos hitos de 2026 desnudan, más que cualquier declaración, el estado real de la correlación de fuerzas. El primero es el conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán, iniciado a fines de febrero. La reacción iraní en el Golfo Pérsico provocó una crisis energética sin precedentes: con el Estrecho de Ormuz funcionalmente cerrado, el barril de Brent trepó de 60 a más de 100 dólares, la mayor perturbación geopolítica del suministro de petróleo de la historia. El empantanamiento confirmó el viejo diagnóstico de la sobrecarga imperial: Washington debió reorientar recursos hacia el Golfo justo cuando intentaba reforzar su presencia hemisférica, y terminó dependiendo de la intermediación diplomática china para presionar a Teherán.
El segundo hito es todavía más elocuente. Entre el 13 y el 15 de mayo de 2026, Trump viajó a Beijing —la primera visita de Estado de un presidente estadounidense desde 2017— a pedirle mediación al rival que acababa de vencerlo en la guerra arancelaria. Esa sola imagen condensa una época. Entrevistado por Fox News tras la cumbre, el propio Trump improvisó un nombre para la relación: “Yo le llamo el G-2”. El desliz reveló, involuntariamente, lo que la narrativa de la primacía estadounidense había resistido durante décadas. Numerosos analistas coincidieron en que fue un momento definitorio: por primera vez, fue Xi Jinping quien marcó la agenda y los términos del encuentro. La fotografía más perdurable —los dos líderes frente al Templo del Cielo, con Trump notablemente callado ante las preguntas sobre Taiwán— vale más que mil documentos estratégicos.
En conjunto, el empantanamiento en el Estrecho de Ormuz y la cumbre de Beijing con su simbología de paridad entre potencias condensan, en el corto período transcurrido desde la reasunción de Trump, las tendencias estructurales que los distintos enfoques del declive venían señalando desde hace décadas: la sobreextensión imperial, la erosión de la legitimidad normativa y la creciente incapacidad de competir económicamente con China y el desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional hacia el Indo-Pacífico.
Esta lectura se ve reforzada por el desenlace mismo del conflicto. A mediados de junio de 2026, tras más de cien días de guerra, Estados Unidos e Irán firmaron electrónicamente el llamado Memorándum de Entendimiento de Islamabad —rubricado por Trump en el Palacio de Versalles—, que extendió el alto el fuego por sesenta días, levantó el bloqueo naval estadounidense y dispuso la reapertura del Estrecho de Ormuz. Sin embargo, lejos de la “paz por la fuerza” que la Casa Blanca había prometido, el acuerdo consagró la capacidad iraní de administrar el Estrecho —junto a Omán— y de cobrar tarifas por su tránsito, invirtiendo la promesa estadounidense de una vía “permanentemente libre de peajes”. La propia prensa estadounidense interpretó el resultado como una derrota. El empantanamiento militar en Medio Oriente, saldado mediante un acuerdo que ratificó el apalancamiento iraní sobre el Estrecho de Ormuz, constituye así una evidencia adicional —y particularmente elocuente— de los límites del poder estadounidense bajo la segunda administración Trump.
El canto del cisne
Aquí reside la paradoja de fondo. La retórica del corolario Trump es ofensiva, restauracionista, abiertamente imperial; pero su emergencia expresa una posición defensiva. No es una demostración de fuerza incontestable, sino el reconocimiento implícito de límites crecientes. Y, peor aún para sus propios objetivos, varias de sus medidas aceleran precisamente lo que pretenden frenar. La política arancelaria, concebida para disciplinar a la región y contener a China, terminó empujando a los países latinoamericanos a diversificar mercados hacia el polo asiático. Los datos de la CEPAL son contundentes: las exportaciones regionales alcanzaron en 2025 un récord histórico cercano a los 1,2 billones de dólares, y el comercio con China siguió creciendo de manera sostenida. Cada golpe arancelario reforzó los incentivos para mirar hacia Oriente. La sobreextensión imperial, como advertía Paul Kennedy, profundiza las tendencias que dice querer revertir.
Para Nuestra América, el escenario plantea un dilema estratégico que no admite atajos. Una parte de la región —Milei en Argentina, Kast en Chile, Bukele en El Salvador y Noboa en Ecuador, entre otros— opta por la subordinación al polo en declive, aun a costa de tolerar agresiones tan extremas como la intervención militar en Venezuela. Otros gobiernos procuran sostener espacios de coordinación regional y defender los principios de no intervención y soberanía. La parálisis de la CELAC, la fragilidad del MERCOSUR y la desaparición de la UNASUR muestran lo difícil que resulta construir un polo regional autónomo. Pero la propia agresividad del corolario Trump podría operar, paradójicamente, como un incentivo a la convergencia: como enseña la larga historia de las relaciones interamericanas, las fases de mayor coerción estadounidense suelen coincidir con los momentos de mayor articulación latinoamericanista.
Volvamos al comienzo. La Declaración de 1776 que Estados Unidos celebrará el 4 de julio fue, en su momento, una chispa emancipadora que recorrió todo el continente. Doscientos cincuenta años después, el imperio que nació de aquella gesta entona su canto del cisne entre desfiles militares y aniversarios fastuosos, en medio del Mundial de fútbol con impronta trumpista, que apenas pueden disimular las crecientes fracturas ideológicas, políticas y culturales que atraviesan una sociedad cada vez más polarizada. El desafío para Nuestra América, ante la aceleración de la transición geopolítica del sistema mundial, no es elegir a qué potencia subordinarse, sino aprovechar los márgenes que abre un mundo menos unipolar para construir proyectos propios de desarrollo e integración. La decadencia del imperio americano ya no es solamente una utopía futurista anhelada por las izquierdas y los movimientos nacional populares. Es una realidad palpable. Lo que está por verse es si la región sabrá convertir ese declive ajeno en una oportunidad propia.
Por: Leandro Morgenfeld

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