miércoles, 14 de noviembre de 2018

"Tu ruta es mi ruta. Trump, Macri y América Latina". Por Leandro Morgenfeld (Anfibia)






Revista Anfibia

Por la reunión del G20, el presidente Trump visitará por primera vez América Latina. ¿Insistirá el gobierno de Macri con el alineamiento acrítico? Argentina, y otros tantos países de la región, pasaron de negociar en bloque con la Casa Blanca a tomar en forma individual y pasiva la agenda política, económica y militar de Estados Unidos. ¿Cuáles son las consecuencias? Un fragmento de “Bienvenido, Mr. President. De Roosevelt a Trump: Las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina”, de Leandro Morgenfeld.


La noche del martes 8 de noviembre de 2016 estuve en distintos programas de televisión analizando las cruciales elecciones presidenciales estadounidenses. Por la tarde, en A24, me crucé con Eduardo Amadeo, ex embajador en Estados Unidos durante el gobierno de Eduardo Duhalde (2002-2003) y en ese momento diputado nacional oficialista por la alianza Cambiemos. Luego de que yo analizara las chances de Clinton y Trump, en una elección con final cerrado, se mostró confiado y seguro de que ganaría la demócrata y habría continuidad en la relación entre la Argentina y Estados Unidos. Unas horas más tarde, a la medianoche, me sentaron a su lado en la mesa del programa Animales Sueltos, por el canal América, mientras nos enterábamos y comentábamos en vivo el –para muchos– sorprendente triunfo del magnate en el colegio electoral. Devastado, en un corte, Amadeo (nos) confesó: “Ahora tenemos que replantear todo. Habíamos apostado a la continuidad de los demócratas, al triunfo de Hillary Clinton. Esto nos complica los planes”.


El lunes 7 de noviembre, apenas horas antes de este inesperado giro, Michael Froman, el representante comercial de Estados Unidos, había estado en Buenos Aires reunido en el Palacio San Martín con la canciller Malcorra, el ministro de Producción Francisco Cabrera y parte del gabinete, negociando lo que proyectaban como la futura incorporación de la Argentina al Acuerdo TransPacífico de Cooperación Económica. El TPP es el mayor tratado de libre comercio de toda la historia y fue firmado el 4 de febrero de 2016 por Estados Unidos, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, México, Perú y Chile. Para entrar en vigencia, debía ser ratificado, en los dos años siguientes, por al menos seis de los países signatarios, incluyendo a Estados Unidos y Japón. Obama preveía que, luego de las elecciones del 8 de noviembre, el TPP fuera ratificado por el Congreso de su país antes del recambio de enero. Para eso, desplegó un fuerte lobby entre legisladores demócratas y republicanos.


El gobierno esperaba un triunfo electoral de Hillary, favorable a los mega acuerdos de libre comercio a los que pretendía sumarse Macri. Esa preferencia por la candidata demócrata fue expresada públicamente por Macri, Malcorra y el embajador en Washington Martín Lousteau. El triunfo de Trump, tal como admitió Amadeo a minutos de confirmarse la tendencia en el Colegio Electoral, complicó los planes del gobierno de la Alianza Cambiemos. Y provocó, junto al Brexit, un cambio global cuyas consecuencias todavía se están evaluando y debatiendo.


El magnate, en sus primeras semanas en la Casa Blanca, retiró a Estados Unidos del TPP, tiene una prédica proteccionista que apunta a equilibrar su comercio exterior y cuestiona, al menos discursivamente, la globalización neoliberal que Macri elogia. En concreto, ya en enero de 2017, la nueva administración republicana resolvió suspender el ingreso de limones argentinos –que había anunciado Obama antes de irse, en diciembre– y quitó las facilidades para las visas que había concedido el saliente presidente demócrata. En marzo, los productores estadounidenses de biodiesel iniciaron una campaña contra las importaciones provenientes de la Argentina, a la que acusan de dumping –una de las excusas, junto a las fitosanitarias y los subsidios agrícolas, con las que históricamente Estados Unidos despliega un proteccionismo selectivo que afecta especialmente al país.

A Macri le costó tomar nota del cambio de escenario que implicó la asunción de Trump. En su primera conferencia de prensa del año 2017, el 17 de enero, declaró: “No creo que las políticas proteccionistas de Donald Trump nos perjudiquen. Espero que le dé importancia a la relación con Argentina, creo que hay un enorme camino para recorrer juntos. Tenemos mucho por mejorar en esta ruta que trazamos con Barack Obama y que esperamos continuar con Donald Trump”.


La visita a la Casa Blanca trumpista


Ajeno al cambio de contexto internacional, la estrategia de Macri apuntó a continuar con Trump el estrecho vínculo que había cultivado con Obama. Malcorra negoció durante semanas la llamada telefónica del magnate neoyorquino al presidente argentino –que se produjo en febrero y duró sólo 5 minutos– y luego la visita a la Casa Blanca. El líder de Cambiemos, en vez de converger con sus pares de la región para fortalecer la integración latinoamericana y a partir de ahí negociar con más fuerza con las potencias extrarregionales, procuraba sacar provecho de la debilidad de sus pares neoliberales –Peña Nieto, Santos y Temer–, para posicionarse como el interlocutor privilegiado de Trump en la región. Imaginaba que así se obtendrían beneficios económicos. Pero la historia demuestra lo contrario: la estrategia de abonar la fragmentación regional solo genera más debilidad, dependencia y falta de autonomía.


El gobierno argentino buscó desesperadamente el contacto con el nuevo presidente estadounidense, a quien ya conocía por haber intentado negocios inmobiliarios conjuntos en Manhattan en los años ochenta.18 Luego de intensas gestiones, Macri finalmente logró la invitación a Washington y la foto en la Casa Blanca el 27 de abril. Trump impuso los temas del encuentro bilateral: acuerdos en materia de defensa e inteligencia (propiciando el injerencismo militar), discusión de la creciente influencia china en América Latina (Washington y Pekín disputan áreas de influencia y los estratégicos recursos mineros y agropecuarios que provee la región) y la situación de Venezuela (así como Macri fue una pieza clave en la cobertura diplomática del golpe parlamentario contra Rousseff en Brasil, Washington aspira a que sea su alfil en el ataque contra Venezuela).


La Casa Rosada buscó con insistencia la visita a la Casa Blanca, pero temía que Trump involucrara a Macri en algún tema ríspido. Hubo una polémica por la marcha atrás de la entrega oficial de la Orden de San Martín al ex presidente Jimmy Carter –anunciada en marzo–, según CNN por presión de Trump. Además, poco puede esperarse en materia comercial, rubro en el que la Argentina tuvo un déficit bilateral de 3.100 millones de dólares en el año 2017, que puede profundizarse si abre más su mercado interno, mientras Estados Unidos aplica nuevas restricciones. Un día antes de presentarse en la Casa Blanca, el presidente viajó a Houston, para procurar inversiones petroleras en Vaca Muerta y seguir insistiendo con la “lluvia de inversiones”, que hasta ahora nunca se produjo. En Texas, paradójicamente, inauguró una planta de Techint, mientras el holding suspendía personal y recortaba salarios de sus trabajadores en Campana.


¿Por qué el magnate decidió recibirlo en la Casa Blanca y no le recriminó públicamente su explícito apoyo a Hillary en las elecciones? Simplemente porque encuentra en el presidente argentino el delegado que necesita para reconstituir el poder de Estados Unidos en América Latina, una región que en los últimos años supo coordinar políticas no siempre subordinadas a Washington.

Más allá de la retórica ofensiva que desplegó en la campaña, el republicano precisa consolidar el dominio que históricamente ejerció su país en la región. Ante la debilidad política de los mandatarios neoliberales de Brasil, México, Colombia o Perú, Macri es el ideal: casi sin pedir nada a cambio, viene tomando acrítica y pasivamente los ejes de la agenda política, económica, militar e ideológica de Estados Unidos.

La frase que resume el encuentro es aquella que pronunció Trump ante los periodistas, antes de reunirse con Macri en el Salón Oval: “Yo le voy a hablar de Corea del Norte, él de limones”. Humillante, sí, pero certera. Y, ante las risas generales, Macri no contestó nada. Es más, apenas pudo pronunciar dos palabras frente a los periodistas, ante la verborragia del magnate.


Pocos días después, se confirmaron las magras concesiones: los limones argentinos por fin podrían entrar al mercado estadounidense (tema negociado hace años y ya anunciado por Obama en diciembre de 2016) y habría cierta facilidad en el trámite migratorio para argentinos que viajen a hacer negocios a Estados Unidos. La contracara era la amenaza a las exportaciones de biodiesel argentino al país del norte –estas restricciones fueron anunciadas en agosto de 2017 y luego ratificadas en marzo de 2018–. Los limones sumarían apenas 50 millones de dólares. Las restricciones al biodiesel, en cambio, generaron pérdidas por unos 1.300 millones.

Macri prometió concesiones a los inversores, que van desde una menor regulación medioambiental, en el caso de la minería, a rebajas impositivas y del “costo laboral” (flexibilización mediante). O sea, peores condiciones para la mayoría de la población, además de una mayor extranjerización de la economía y una profundización del esquema extractivista. Desde el punto de vista político, Macri apuesta a la OEA –tal como lo declaró explícitamente durante la visita de Obama en marzo de 2016–, en detrimento de la UNASUR y la CELAC, a cuyas cumbres faltó, y ataca a los países no subordinados a Estados Unidos, como Venezuela, hoy el principal objetivo de las derechas regionales y el Departamento de Estado. Además, se incrementaron la compra de armas y la injerencia de las fuerzas armadas estadounidenses.


¿Qué más puede pedir Trump? En sus primeros meses, cuando irritó a los hispanos que viven en Estados Unidos, atacó a Cuba, amenazó a Venezuela y menospreció a los mexicanos y a los latinoamericanos –hasta llegó a referirse a países de la región como El Salvador y Haití como “países de mierda”–, logró que nada menos que el presidente argentino tomara como propia la agenda del Departamento de Estado y el Pentágono, a cambio de una foto en la Casa Blanca, unas palmadas en la espalda, elogios y la promesa de destrabar el ingreso de algunos limones.


Los altibajos de la relación


Apenas una semana después de la visita del vicepresidente Pence, se restringió la compra de biodiesel argentino, aplicándole altísimos aranceles. Esta decisión del Departamento de Comercio echa por tierra las expectativas de una mayor convergencia comercial bilateral. El gobierno argentino insiste en abrir la economía, pero no logra revertir el proteccionismo agrícola de Estados Unidos y Europa, con lo cual la balanza comercial arroja saldos negativos. El déficit comercial fue récord histórico el año pasado y agravó la tendencia en los primeros meses de 2018.


Esto es apenas una muestra de la necesidad de converger con los demás países latinoamericanos para negociar con las potencias extrarregionales desde una posición de mayor fortaleza. Enfrentando individualmente a un país poderoso, la Argentina tiene todas las de perder por las evidentes asimetrías. En cambio, hay ejemplos históricos de negociaciones exitosas cuando se alentó la confluencia con otros países similares.


La política externa desplegada por Macri profundiza la inserción dependiente. Apenas es beneficiosa para una minoría concentrada: los bancos, los socios menores del gran capital trasnacional y los principales exportadores, beneficiados por la baja de retenciones y por las megadevaluaciones de diciembre de 2015 y del primer semestre de 2018. Sin embargo, hubo un análisis erróneo del contexto internacional. Se promovió una apertura comercial en función de avanzar con tratados de libre comercio, justo cuando las potencias occidentales avanzan en sentido contrario. Se pagó lo que exigían los fondos buitre, elevando enormemente el endeudamiento externo. Sigue cayendo la actividad (el PBI retrocedió 2,3% en 2016 y al año siguiente apenas hubo un rebote, según el INDEC), aumenta la desigualdad, la pobreza casi no cede, la inflación supera el 30% anual y la deuda externa se dispara como nunca antes.

Entre el 10 y el 13 de diciembre de 2017 se realizó en Buenos Aires la XI Reunión Ministerial de la OMC. Empantanadas las negociaciones por las contradicciones internas y las impugnaciones externas, no hubo documento final conjunto. Fuera de la zona blindada de las actividades oficiales se desarrolló la Cumbre de los Pueblos, protagonizada por organizaciones sociales y políticas que rechazaron la agenda de la OMC, propusieron alter- nativas, se movilizaron en las calles y festejaron el fracaso del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea.

Durante la primera cumbre de la OMC realizada en América del Sur, Macri pretendió ser el anfitrión del cónclave en el que se revitalizaría la organización, luego de la parálisis de los mega acuerdos regionales, frenados en parte por el Brexit y la asunción de Trump.

El primer gran fracaso del gobierno argentino fue que –como debió reconocer la ex canciller y chair de la reunión ministerial, Malcorra– “hubo diferencias que han impedido avanzar en acuerdos”. Las impugnaciones de Robert Lighthizer, representante de Comercio de Estados Unidos –quien se retiró un día antes, tras un discurso muy crítico hacia la supuesta discriminación de la OMC en favor de los países en desarrollo– y la negativa de la India y otros emergentes a abandonar los temas de la Ronda de Doha (Ronda del Desarrollo), iniciada en 2001, terminaron por bloquear los posibles acuerdos.


No hubo avances en las negociaciones para la rebaja de subsidios a la pesca y bienes agropecuarios. Tampoco en comercio electrónico, el nuevo “caballo de Troya” de corporaciones como Google, Amazon, Twitter, Apple y Facebook, que impulsan una desregulación preventiva y amplia para adaptar las estructuras de los Estados a las necesidades del oligopolio que concentra los flujos de información y datos. Apenas 70 de los 164 países adhirieron a la creación de una mesa de trabajo para avanzar en las negociaciones vinculadas al e-commerce.


Un 2018 recargado

Más allá de su desdén hacia los hispanos y las agresivas declaraciones contra Cuba y Venezuela, en sus primeros doce meses en la Casa Blanca Donald Trump no había clarificado su política hacia América Latina y el Caribe. Con su discurso en Texas, el 1 de febrero de 2018, antes de su primera gira por la región, el secretario de Estado Rex Tillerson propuso una reafirmación de la doctrina Monroe. En forma cínica, se refirió a las actitudes imperiales de China y Rusia, retomó la anacrónica retórica paternalista –que supone que Estados Unidos debe ensañarnos a construir sistemas políticos democráticos– y procuró comprometer a los gobiernos derechistas en su ataque contra los países bolivarianos: “América Latina no necesita nuevas potencias imperiales que solo pretenden beneficiarse a sí mismos. El modelo de desarrollo con dirección estatal de China es un resabio del pasado. No tiene que ser el futuro de este hemisferio. La presencia cada vez mayor de Rusia en la región también es alarmante, pues sigue vendiendo armas y equipos militares a regímenes hostiles que no comparten ni respetan valores democráticos”. Tras su extenso discurso, en una sesión de preguntas con académicos de la Universidad de Texas, reivindicó la doctrina que el ex secretario de Estado John Kerry había dado por muerta en 2013: “En ocasiones nos hemos olvidado de la doctrina Monroe y de lo que significó para el Hemisferio. Es tan relevante hoy como lo fue entonces”.


Hasta ahora, Macri puede mostrar pocos éxitos en cuanto a su política exterior, más allá del discurso autocelebratorio, acompañado por los principales medios de comunicación. Asume acríticamente la agenda de las corporaciones en ámbitos como la OMC, evita articular una política común con los demás países latinoamericanos –incluso en diciembre filtró a la prensa la voluntad de abandonar la UNASUR, paso que se concretó, con otros gobiernos derechistas, en abril, justo cuando la presidencia pro tempore recayó en Bolivia–, promueve una apertura comercial que estimula la desindustrialización local y alienta acuerdos de libre comercio, que profundizarían los desequilibrios. En enero viajó una vez más al Foro Económico de Davos, como en 2016.


Pese a las claras señales, Macri insiste en el rumbo. Hasta el propio Sergio Berensztein, analista que ponderaba positivamente la política exterior de Cambiemos, reconoce que hay un claro desfase temporal entre la estrategia internacional de Macri y el escenario actual. Como señala Tokatlian, “el gobierno debería plantearse su fe en la globalización tal como la concibe. Aquello que el gobierno tenía como líneas directrices entra en entredicho en la medida en que sus objetivos no se realizan. Sin embargo, se sigue insistiendo en una visión plena de la globalización, en la presunción de que el libre comercio es la solución y en una expectativa de que en algún momento vendrán los capitales. Lo cierto es que los que están más interesados en hacer inversiones son países no europeos, como China y Rusia; además, el proteccionismo no es una cuestión que se pueda resolver inmediatamente. La Argentina debería tener una política mucho más diversificada, que vaya más allá de Occidente. No veo que eso esté en la agenda”.

Desde junio de 2017, cuando Jorge Faurie reemplazó a Malcorra al frente de la Cancillería, se acentuó lo que Tokatlian denomina el unilateralismo periférico concesivo, o sea la realización de concesiones a Estados Unidos para salvaguardar los intereses propios. Del pragmatismo inicial se habría pasado a una sobreactuación del alineamiento con Washington, más ideológica y menos cautelosa. En las votaciones en la ONU, la coincidencia aumentó significativamente:

En 2016 (gobierno Obama), Argentina coincidió con Estados Unidos en 52,6% de las votaciones, igual que Chile; Uruguay en 52,1% y Brasil en 56,5%. En 2017 (gobierno Trump), la Argentina coincidió con Estados Unidos en 59%, Uruguay en 47% y Brasil y Chile en 44%. Una fuente adicional para ponderar las relaciones bilaterales es examinar los comunicados de la Cancillería. En el último año, el Ministerio se manifestó enfáticamente y deploró el gravísimo deterioro en Venezuela, las pruebas misilísticas y nucleares de Corea del Norte, los atentados terroristas en Estados Unidos, Europa, Asia y África, la tragedia humanitaria en Siria y el uso de armas químicas. Sin embargo, salvo por una comunicación que lamenta el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París y otra que se preocupa por la construcción del muro con México, no hubo desaprobación o crítica al abandono unilateral del compromiso del P5 + 1 con Irán, al lanzamiento de la “madre de todas las bombas” en Afganistán, al traslado de su embajada a Jerusalén en medio de exacerbadas tensiones en Medio Oriente, a la reversión del proceso de normalización con Cuba, a Arabia Saudita –receptor de un masivo suministro de armas de Estados Unidos–, que ha aplicado una política brutal en Yemen; al mayor debilitamiento de la ONU impulsado por Washington y a la detención del programa de refugio para menores centroamericanos, entre otros. La intención parece ser no irritar a Estados Unidos, a pesar de que muchas de sus acciones riñen con el derecho internacional, la estabilidad mundial y los vínculos interamericanos.


Si cumple su promesa, la reunión de Buenos Aires significa el primer viaje de Trump a América Latina. Tenía proyectado asistir a la Cumbre de las Américas, en Lima, pero la decisión de bombardear Siria, tras el supuesto uso gubernamental de armas químicas contra población civil en Duma, el 7 de abril, terminó cancelando a último momento su viaje, en la que fue la más deslucida reunión de mandatarios americanos desde que se realizó el primero de estos cónclaves hace veinticuatro años.


El magnate cosecha niveles de rechazo históricos en la región. Según una encuesta del Pew Research Center, dada a conocer en las vísperas de la reunión en Lima, el 82% de los latinoamericanos consideran a Trump arrogante, el 77% intolerante y el 66% peligroso. La opinión favorable sobre Estados Unidos cayó 19% desde la Cumbre de las Américas de 2015, la última a la que asistió Obama. En el caso de la Argentina, solo el 13% de la población tenía confianza en Trump en 2017, contra el 61% que cosechaba Obama en su primer año (2009) o el 40% que ostentaba en 2015, luego de anunciar la distensión con Cuba.


La crisis de la Cumbre Presidencial del G7 realizada en junio en Canadá, más el recalentamiento de la guerra comercial con China, más las tensiones en Medio Oriente por el unilateral reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, más el estancamiento de la OMC, la emergencia de nuevos liderazgos como el de López Obrador en México y el impacto negativo de la crisis económica y social en la Argentina, con el consecuente creciente deterioro de la imagen del gobierno de Macri, auguran un escenario potencialmente explosivo, totalmente distinto al que vislumbró el presidente cuando propuso a la Argentina como sede de la primera Cumbre Presidencial del G20 en América del Sur, imaginando que sería la vidriera perfecta para proyectarse como un nuevo líder regional.

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