Las
dos CTA y la CGT, entre otras organizaciones gremiales, sociales y
políticas se movilizan en Las Heras y Pueyrredón en rechazo a la llegada
de Christine Lagarde y en el marco del plan de ajuste convenido con el
gobierno de Macri, al que consideran “la coronación de un modelo
económico fallido y nefasto para la clase trabajadora argentina”
Un momento de la concentración, frente a la vieja Facultad de Ingeniería. Imagen: Prensa ATE Nacional
Diversos
gremios y sectores políticos se movilizan desde este mediodía en Las
Heras y Pueyrredón en rechazo al FMI tras las llegada de su titular
Christine Lagarde, y en el marco del plan de ajuste convenido con el
gobierno de Mauricio Macri. La marcha se hace a metros de donde sesiona,
operativo de seguridad mediante, el conjunto de ministros de Economía y
presidentes del Banco Central del G20.
Desde ATE, su secretaria de Organización, Silvia León, dijo
que “la llegada del G20 está absolutamente ligada a los acuerdos que ha
firmado el Gobierno de Macri con el FMI. Forman parte de una misma
política en la que el Estado se corre de su rol central en la seguridad
social y avanza la privatización de las cajas jubilatorias, lo que se
suma las consecuencias que trae el ajuste al trabajo y la economía”.
"El Acuerdo con el FMI sella la entrega de nuestras vidas a la
dictadura del Mercado. Ratifica un modelo de país dependiente, en el que
se pretende seguir precarizando el trabajo con la reforma laboral y
atacando las jubilaciones con la entrega del Fondo de Garantía a los
especuladores”, agregó el secretario de Organización de ATE, Adolfo
Aguirre, para quien el acuerdo es “la coronación de un modelo económico
fallido y nefasto para la clase trabajadora argentina, que beneficia al
capital especulativo mientras reprime y persigue a quienes luchamos
contra los despidos, por derechos y salarios dignos”.
Prensa ATE Nacional
Miles de personas se congregaron en Recoleta.Por
su parte, Patricia Bullrich "orden, convivencia y respeto por los
vecinos" a quienes se movilicen en contra del Fondo. La ministra de
Seguridad dijo que esperan “que sea una marcha en la que puedan
expresar su punto de vista, pero que no haya violencia. Queremos algo
tranquilo. Si es así, no va a haber ningún problema”.
Lagarde descartó hoy un encuentro con gremios, algo que se quería
desde el movimiento obrero para darle a conocer a la directora gerente
el punto de vista de las centrales. "El FMI siempre se reúne con la
sociedad civil, sindicatos, representantes de la oposición porque lo que
necesitamos es comprender el contexto global en el cual las políticas
se deciden claramente", dijo la conferencia de prensa de esta mañana;
pero aclaró que no vino al frente de “una misión”, por lo cual no habrá
reunión. “Estoy aquí por el G20”, cerró.
Por Gabriel Esteban Merino (UNLP-CONICET) Resumen del Sur
En el
excelente libro Adam Smith en Pekín, Giovanni Arrighi reflexiona que una
crisis de hegemonía en el plano internacional se produce cuando el
Estado hegemónico vigente carece de los medios o de la voluntad de
continuar liderando el sistema de estados en una dirección que se
percibe como una expansión, no solo de su poder, sino del poder
colectivo de los grupos dominantes del sistema.Aunque
las crisis no necesariamente resultan en el final de las hegemonías, si
señalan una situación de transición histórica, que necesariamente
implican un desmoronamiento del orden existente, una ausencia de
árbitro, una ruptura de las mediaciones.La
gira de Trump en Europa a propósito de la cumbre de la OTAN, la reunión
con Theresa May y la cumbre con Putin expresan dicha crisis. El
fenómeno Trump no se trata de un elefante en un bazar movido por la
vanidad, con un ego desbordante y la rusticidad de la inexperiencia
sumada al histrionismo. Estos son condimentos de color, pero es
completamente erróneo volverlos elementos explicativos de las relaciones
de poder mundiales. Lo que sucede es que en los Estados Unidos ganaron
otras fuerzas, las cuales impulsan otra estrategia de poder contraria al
globalismo y que se resume en la frase “Estados Unidos primero”.Volviendo
a Arrighi, podemos afirmar que por un lado el Estados Unidos carece de
los medios para liderar el sistema. Estados Unidos quedó “chico” como
poder político y militar para continuar siendo el hegemón del Orden
Mundial (creado por el propio Estados Unidos como vértice del polo de
poder angloamericano), así como para garantizar la acumulación
económica, la valorización sin fin de capital (dominantemente financiero
y transnacional). Ya no puede imponer las reglas de juego.Los
globalistas pretenden resolver dicho problema desde el fortalecimiento
de instituciones globales (OMC, FMI, BM) y mega acuerdos político
económicos (TPP, TTIP, TISA) que impongan las reglas de juego del siglo
XXI frente a la amenaza de China, en alianza con Rusia y expandiéndose
por Eurasia. A ello le agregan la expansión de la OTAN hacia el este,
hasta a frontera rusa, y una alianza militar similar con India, Japón y
buena parte del sudeste asiático que “contenga” a China. Con ello buscan
encerrar el desafiante eje euroasiático chino-ruso. Y a su vez, ello
brindaría en teoría una expansión de los grupos dominantes del sistema
de alianzas del norte global, especialmente de las fuerzas dominantes
del eje germano-francés y de Japón.Las
fuerzas americanistas y nacionalistas de Estados Unidos ven en este
“nuevo imperialismo” global, la licuación del poder estadounidense. Y,
por ello, pretenden recuperar el poder para retomar la hegemonía de
Estados Unidos, aplicando una suerte de neo-reaganismo, aunque teniendo a
gran parte del establishment en contra (entre otras diferencias). En
este sentido, Trump expresa que ya no tiene la “voluntad” de liderar el
sistema de Estados tal como está y el sistema de alianzas de Estados
Unidos, profundizando la crisis del Orden Mundial y poniendo en crisis
la institucionalidad globalista. Para el trumpismo la reproducción del
sistema tal como está implica, como tendencia, la decadencia de Estados
Unidos.La estrategia Estados Unidos primero consiste en: 1)
fortalecer unilateralmente el polo angloamericano comandado por Estados
Unidos; 2) impulsar una profundización proteccionista para fortalecer la
producción industrial de los Estados Unidos frente a China pero también
frente a aliados como Alemania y Japón, y asimismo para reequilibrar el
déficit comercial, reforzar la “seguridad nacional” y negociar a partir
de allí cuestiones políticas y estratégicas; 3) presionar a los aliados
de Europa y Japón a que aumenten sus gastos militares y redefinir el
sostenimiento de la OTAN; 4) redefinir la geoestrategia frente a las
potencias re-emergentes (China y Rusia), dejando de lado las grandes
alianzas comerciales en las periferias Euroasiáticas; 5) recuperar para
los Estados Unidos la capacidad de establecer monopolios.Desde
esta perspectiva debemos interpretar las tensiones con la zona euro,
con la primera del Reino Unido, Theresa May, y los intentos de
establecer algún acercamiento con Rusia.Veamos
la cuestión con la zona euro. Trump afirma que “la Unión Europea es
posiblemente tan mala como China, sólo que más pequeña”. Se refiere a la
cuestión comercial. Y apunta particularmente al acero, el aluminio y
los automóviles, entre otras cuestiones, buscando, en realidad,
restablecer la primacía industrial y tecnológica americana (además de
equilibrar el comercio) a través de la política. De esta forma, como en
los años ochenta del siglo pasado, Estados Unidos pretende eliminar las
presiones competitivas de sus aliados (esto incluye a Japón) y hacerles
pagar el costo de la primacía norteamericana. En este sentido, la guerra
comercial no es meramente contra China, aunque el gigante asiático
constituya el gran desafío estratégico.En la búsqueda de que
Alemania no se convierta en una plataforma industrial desafiante del
poder angloamericano, también rechaza Estados Unidos rotundamente el
gasoducto ruso-alemán Nord Stream 2. En ello coincide todo el arco
político estadounidense, aunque sopesan diferentes las razones de unos y
otros: para los poderes que expresa Trump, el gas barato ruso provisto
directamente por un gasoducto sin pasar por algún país tapón que ponga
en riesgo el aprovisionamiento, le da a Alemania un tremendo poder
industrial, reduciendo una de sus mayores debilidades, el
aprovisionamiento de energía. Para las fuerzas globalistas, si bien ello
es considerado, el problema central es que el gasoducto profundiza los
lazos entre Alemania y Rusia, con enorme influencia geopolítica para
Eurasia.Por otro lado
está la discusión por la OTAN. Todo el espectro político angloamericano
presiona para que los países lleguen al 2% de gasto militar sobre el
PIB. Ese es el compromiso acordado para el 2024, ya alcanzado por Grecia
(2,29%), Estonia (2,14%), Reino Unido (2,1%), Letonia (2%). Pero
Alemania, la gran potencia económica que paso a paso se está
consolidando como el gran poder europeo para su proyección continental,
sólo se comprometió a llegar al 1,51% del PIB para 2024, reafirmando su
estrategia de avanzar desde el plano económico. Además, su ministro de
defensa llamó a construir un “ejército” europeo propio, con su
correspondiente complejo industrial-militar, que implicaría una mayor
autonomización del Pentágono, hacia donde fluyen buena parte de los
recursos puestos en defensa por parte de los países de la OTAN. Un
desafío total a Estados Unidos.Para
Trump, incluso el 2% del PIB en defensa es poco y llamó a invertir el
4%. Estados Unidos quedó chico, ya no puede solventar a la OTAN y Trump
además pide que los aliados sostengan parte del impresionante
presupuesto de Defensa de Estados Unidos (67,5% del total de la OTAN),
para poder aplicar un profundo keynesianismo militar que reactive la
economía estadounidense, como en los años ochenta.Por
lo tanto, Estados Unidos ya no puede liderar el sistema de estados en
una dirección en la cual la expansión de su poder signifique la
expansión del poder colectivo de los grupos dominantes y aliados del
sistema. La estrategia que expresa Trump exacerba esta crisis de
hegemonía en la búsqueda de recuperarla.Las tensiones con Teresa
May, la primera ministra británica, tampoco son producto de que Trump
sea un “bribón”. Las fuerzas que expresan Trump son las que jugaron al
Brexit en el Reino Unido. Y a lo que se opone el Trumpismo,
fervorosamente a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea,
es a un Brexit light. Por eso renunció el canciller británico, Boris
Johnson, quien estaba a favor de un Brexit fuerte. Y por eso Trump dice
que Johnson sería un gran primer ministro.Como
señalamos más arriba, el “americanismo” que expresa la figura de Trump
en realidad es un profundo continentalismo anglosajón, es decir, busca
fortalecer unilateralmente dicho polo de poder (que incluye a Israel) y
“recuperar” la identidad anglosajona frente al multiculturalismo
globalista, para desde ahí librar las pujas por la reconfiguración del
Orden Mundial. Por eso Trump insiste desde que asumió la presidencia en
avanzar rápidamente en un acuerdo comercial con el Reino Unido y juega
en contra de cualquier acuerdo comercial del Reino Unido con la Unión
Europea.Por último,
también debemos entender las relaciones con Rusia como parte de este
juego. Por un lado Trump presiona a Europa para que rompa relaciones con
Rusia, llegando a decir que “Alemania está totalmente controlado por
Rusia” por continuar la construcción del Nord Stream 2, rechazar las
sanciones de Estados Unidos contra Rusia y mantener importantes vínculos
estratégicos. Ello lo comparte con los globalistas: hay que romper los
vínculos “peligrosos” de la Unión Europea con Rusia y que en todo caso
los mismos se hagan a través de la OTAN bajo el mando de los Estados
Unidos y el Reino Unido. Pero por otro lado Trump quiere, a diferencia
de los globalistas, un acercamiento con Rusia.En
este sentido Trump “traiciona” la estrategia anglosajona desde 1815,
cuando fue vencida la desafiante Francia: impedir que el espacio medio
Euroasiático (Rusia) controle dicha masa continental. Por eso el
establishment globalista se altera sobremanera ante la estrategia del
“trumpismo”, que trastoca los principios geoestratégicos formalizados
por Halford Mackinder. Lo que sucede es que para parte del americanismo y
de algunos estrategas realistas de los Estados Unidos, es hora de
establecer un acercamiento con Rusia para poder ir contra China.Tantos
intereses y estrategias cruzadas, con un sistema político cada vez más
polarizado producto de una grieta en el bloque de poder dominante en los
Estados Unidos, genera esta imagen cercana al “caos” y al desquicio en
materia de política exterior. Pero lo que opera como telón de fondo es
una crisis de hegemonía que siempre va atada a una crisis de
acumulación. ------------------------------------------------------------
La era de la Pax Americana parece agotada y el mundo enfrenta un punto de inflexión histórico con consecuencias inciertas Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
El G-20 se reúne en Buenos Aires y
Christine Lagarde nos visitará nuevamente estos días. Desde el acuerdo
que la Argentina firmó con el FMI, su presencia casi familiar adquiere
ahora otras connotaciones. Cumplir con las condiciones pactadas con el
Fondo genera una fuerte tensión en todo el sistema político. En el
exterior surgen interrogantes respecto de la cuestión de la
gobernabilidad, incluyendo la fortaleza y sustentabilidad de Cambiemos.
¿Cómo impactará la austeridad fiscal en la dinámica electoral? ¿Qué
posibilidades reales hay de un retorno populista? La figura de Cristina
Fernández de Kirchner genera escozor en la comunidad de negocios, dentro
y fuera del país. "Si regresan al poder, me tengo que ir de la
Argentina", reconoció, abatido, uno de los principales empresarios
nacionales.
Esta mezcla de desilusión e incertidumbre no es en
absoluto un fenómeno local. En las últimas semanas, la comunidad
internacional quedó conmocionada por el periplo europeo de Donald Trump,
decidido a demoler el (des)orden de posguerra que su país, como líder
indiscutido de la Alianza Atlántica, había pacientemente edificado con
pilares fundacionales como la promoción del libre comercio, el apoyo a
los procesos de democratización y la contención/disuasión de conflictos
entre (y en el interior de) países inestables que violaran los
principios humanitarios fundamentales.
La lamentable e
inédita performance de Trump, que se vio por primera vez obligado a
admitir un error luego de la escandalosa conferencia de prensa conjunta
con Vladimir Putin, pone de manifiesto que los días de gloria de la
"nación indispensable" se han acabado tal vez para siempre. Ese
concepto, acuñado por Madeleine Albright, entonces secretaria de Estado
de Bill Clinton, apuntaba a la capacidad de los Estados Unidos para
conducir los destinos del mundo casi a su antojo. Parecía que la
globalización constituía un fenómeno imparable. Y que la hegemonía
norteamericana sería incuestionable por mucho tiempo.
Poco quedó de ese romántico espejismo kantiano: solo una
multiplicidad de organismos internacionales que continúan inercialmente
con su rutinario reunionismo. Hoy el mundo está gobernado por la cruda,
casi brutal, política del poder, y cada país debe procurarse su propia
seguridad en un contexto de reglas cambiantes y recursos escasos. De la
sorpresa inicial hemos pasado a la desconfianza permanente; y la
cooperación, antes dominante al menos como principio, se ha vuelto
contingente, acotada, casi efímera.
Washington actúa en el plano internacional como
un poder secundario, de acuerdo con dos principios elementales: la
seguridad y el bienestar económico de los estadounidenses,
America First. El supuesto, al menos cuestionable, es que ambos
pueden garantizarse al margen, o incluso ignorando, lo que ocurre
fronteras afuera. Trump cree que la globalización fue un pésimo negocio
para su país. Así, los europeos se habrían aprovechado en términos
militares; los chinos, en los económicos, y los mexicanos, en los
migratorios. Pero soplan vientos de cambio y los estadounidenses, al
menos hasta las elecciones de noviembre, ya no parecen dispuestos a
desempeñar el papel de "hegemón benigno": ser el sostén económico y
militar del orden liberal internacional de posguerra. Detrás de esa
decisión hay también un default en términos ideológicos y morales.
Durante el encuentro del G-7 de junio pasado en Quebec,
Trump afirmó que hará "lo que sea necesario" para que Estados Unidos
logre relaciones comerciales "justas" con otros países. Es la primera
vez que un imperio se siente víctima: los días en que las demás naciones
se aprovechaban de su país "se han acabado".
En la reciente cumbre de la OTAN, su discurso fue
similar, esta vez enfocado en cuestiones de defensa. Su presupuesto para
2018 es de 2700 millones de dólares. En los últimos veinte años, la
contribución de los EE.UU. subió del 58 al 72%. Angela Merkel argumenta
que, más allá de lo estrictamente militar, en términos de la ayuda al
desarrollo (vital para mejorar la seguridad global), su país dedica el
0,7% del PBI versus el 0,2% que invirtió Washington.
Detrás de la discusión presupuestaria, yace el
debate de fondo sobre el futuro de la OTAN. El miedo europeo ya se había
manifestado en la cumbre de mayo de 2017, cuando Trump se negó a
ratificar la cláusula de defensa colectiva mutua. Esa doctrina,
consagrada en el artículo 5 del Tratado de la Alianza, tiene una
importancia crítica para sostener la credibilidad de la estrategia de
disuasión, en relación con Rusia.
La reciente cumbre de Helsinki entre el propio Trump y
Vladimir Putin mostró una asimetría sin precedente a favor de Moscú.
Irónicamente, en un documento liminal firmado por el propio presidente
en diciembre de 2017, la Estrategia de Seguridad Nacional, dice que
"Rusia tiene como objetivo debilitar la influencia de Estados Unidos en
el mundo y dividirnos de nuestros aliados y socios. Rusia considera la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea
(UE) como una amenaza". El papelón más notable tuvo como epicentro el
escándalo por el involucramiento ruso en las elecciones norteamericanas.
Es la primera vez que un presidente contradice a sus servicios de
inteligencia para apoyar a una potencia extranjera sospechada de
agresión. Bastante similar a lo que hizo Cristina Fernández de Kirchner
con el memorándum con Irán.
En el mundo de la realpolitik es concebible que potencias
como China y Rusia quieran promover un mundo antitético con los valores
y los intereses de Estados Unidos. Pero la geografía del poder
internacional actual es más compleja y difusa. Por ejemplo, durante la
reciente cumbre de líderes de China y la Unión Europea celebrada en
Pekín los representantes de ambas partes rechazaron las políticas
proteccionistas de Trump, que llevaron a la guerra comercial actual,
abogando por una reforma pactada de la Organización Mundial de Comercio
(OMC) que evite un caos en el sistema político y económico
internacional. Es que más allá de las habituales diferencias sobre
aranceles, inversiones, acceso a mercados o derechos de propiedad, se
están desarmando las bases que sostienen el orden comercial mundial.
Lo mismo ocurrió en el encuentro entre Trump y el líder
norcoreano Kim Jong-un en Singapur el pasado mes de junio: reconocer a
un
rogue state (Estado canalla) que apuesta a la carrera nuclear
implicó de hecho el abandono de los esquemas y objetivos globales de no
proliferación, lo que abrió, en simultáneo, la puerta para que otros
Estados, como Japón, Egipto o Arabia Saudita, reconsideren sus planes al
respecto.
¿Cuáles son hoy los valores e intereses estadounidenses?
¿La libertad comercial, la democracia política, los derechos humanos?
Todos ellos parecen estar pereciendo, más por la mano de los gobiernos
en Washington, Roma y otras capitales europeas que por el avance de las
opciones no liberales. La era de la Pax Americana parece agotada:
estamos experimentando un punto de inflexión histórico. La crisis actual
del sistema internacional implica la agonía del acervo de reglas y
organizaciones para la gobernanza global. Uno de ellos es el G-20, que
se reúne en estas horas en Buenos Aires, y cuya cumbre a fines de este
año tanta expectativa genera en el gobierno del presidente Macri.
El 8 de noviembre de 2016 Donald Trump le puso la sepultura
al Siglo XX. Con ese enunciado categórico el director del Instituto
Internacional de Estudios Estratégicos, François Heisbourg, inicia una
reflexión publicada por el diario Le Monde sobre la forma caprichosa y
virulenta con la cual el presidente norteamericano se cargó el sistema
de alianzas construido hace 70 años. Ese mundo nació en San Francisco el
24 de Octubre de 1945 cuando se creó la ONU bajo la filosofía del
“nunca más”. Trump ha dado vuelta esa cultura. Las relaciones de fuerza y
la brutalidad retórica contra la regulación mundial constituyen las
semillas de su estrategia. La canciller alemana Angela Merkel es tal vez
la que mejor sabe qué significa esa estrategia asumida por un hombre
que, por más energúmeno que parezca, sabe muy bien a donde va. En la
última cumbre del grupo de los 7 (G7), Trump le arrojó a la cara un
caramelo Starburst mientras le decía: “tomá, así no vas a poder decir
que no te di nada”. Estos atropellos tienen, sin embargo, dos zonas
protegidas: Rusia primero y, sorpresivamente, luego de la elección del
candidato progresista Andrés López Obrador, México. Ante el presidente
ruso Vladimir Putin Donald Trump fue un osito dócil y mimoso mientras
que, con México, Trump mandó a sus diplomáticos a la capital mexicana
donde se portaron como tigres domados y sumisos.
Hasta ahora, Trump ha tenido 6 enemigos declarados: México, la Unión
Europea, la OTAN, la Organización Mundial del Comercio, el TLC (Tratado
de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México) e Irán. Un trío
de organismos multilaterales, un acuerdo y dos países. Al primero lo
humilló, lo pisoteó hasta el asco durante la campaña electoral que
condujo a su elección. Luego continuó diciendo una indecencia tras otra.
Con Irán rompió el pacto nuclear negociado durante varios años y
firmado en 2015. Además de destruir el acuerdo, la administración Trump
adoptó una serie de medidas para sancionar a cualquier empresa (sea cual
fuere el país) que hiciera negocios con Irán, con el fusil apuntando
sobre todo a la Unión Europea. Recién el pasado 16 de junio los 28
miembros de la UE adoptaron un instrumento de protección jurídica que
actúa como un paraguas de las empresas del Viejo Continente presentes en
Teherán. En resumen, los europeos rehusaron aislar a Irán como lo
exigía la batuta trumpista y con ello fueron fieles a la filosofía
definida por el francés Jacques Delors, ex presidente de la Comisión
europea y ex ministro de Economía, cuando decía: “los europeos son una
máquina de fabricar compromisos”.
El unilateralismo cubre hoy toda la política de la Casa Blanca. Los
atentados anti compromisos del trumpismo arrogante han sido constantes,
empezando por la destrucción del acuerdo sobre el clima alcanzado en
París (COP 21) en 2015. En lo que toca a la Unión Europea, la Alianza
Atlántica (OTAN) y la OMC, el jefe del Estado norteamericano ha dicho
hasta la saciedad que son sus tres enemigos. En julio de 2018, justo
cuando se iniciaba la cumbre de la OTAN en Bruselas, Trump escribió un
tuit donde decía: “Estados Unidos gasta mucho más para la OTAN que
cualquier otro país. No es ni justo ni aceptable”. El 26 de junio, en un
acto celebrado en Dakota, Trump vociferó: “La Unión Europea fue creada
para aprovecharse de Estados Unidos”. En cuanto a la Organización
Mundial del Comercio, este ente multilateral compuesto por 164 países ha
sido calificado por el mandatario de “completo desastre”. Frente al
riesgo de naufragio, China (la segunda economía del mundo) salió al paso
para exhortar a Washington a proteger el sistema de comercio
multilateral. En esa lógica destructora se inscriben los aranceles de
25% al acero y del 10% al aluminio provenientes de Unión Europea, México
y Canadá. Trump le declaró a sus aliados una guerra comercial
repentina. Su primer acto de ruptura fue justamente poner en tela de
juicio la pertinencia y la permanencia del Tratado de Libre con México y
Canadá, TLC. Sobre esto ha dicho de todo y prometido truenos e
infiernos.
Este perfil guerrero tiene sin embargo dos “privilegiados”: son
México y Rusia. De pronto, el país maltratado y la potencia enemiga se
convirtieron en sus aliados de lujo. Luego de haber abochornado a
México, humillado a su presidente, Enrique Peña Nieto, a la diplomacia
mexicana y al pueblo de México, Trump se despertó un día como un perrito
faldero y obediente que regresa a casa rasgando la puerta. Su
jupiteriana fanfarronería se desvaneció de golpe. Cuando ni siquiera
habían pasado dos semanas del triunfo de Andrés Manuel López Obrador
Trump mandó a la plana mayor de su diplomacia a la capital mexicana: el
secretario de Estado norteamericano, Michael Richard Pompeo; del
Tesoro, Steven Mnuchin; de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen, así
como el asesor de la Casa Blanca y yerno del mandatario estadounidense,
Jared Kushner, acudieron a México con un perfil de lo más cauto. Obrador
los hizo incluso desplazarse hasta la casa de la transición, en la
Colonia Roma, donde el equipo de Obrador prepara el futuro. En términos
de protocolo, el gesto es excepcional. Y no sólo los hizo desplazar a la
Roma sino quien fue el mismo Obrador quien fijó el término de las
relaciones futuras. El presidente electo le entregó a los diplomáticos
(Mike Pompeo) “una propuesta de bases de entendimiento con los Estados
Unidos” para los próximos años. El texto trata sobre cuatro temas
centrales: Tratado de Libre Comercio, migración, Seguridad y desarrollo.
El manual de instrucciones partió de México y no de Washington. La
evidencia es manifiesta: Andrés Manuel López Obrador dirige, por ahora,
la orquesta. “Estamos teniendo excelentes sesiones con México y con su
nuevo presidente, que ganó las elecciones rotundamente” dijo Trump hace
unas horas. Su lógica unilateralista no ha variado por ello. Su obsesión
por destruir el multilateralismo en beneficio de acuerdos “personales”
(bilaterales) lo condujo a la idea de elaborar un acuerdo comercial
“independiente” con México, es decir, fuera del TLC. Ello equivaldría a
un certificado de defunción del TLC. La estructura trilateral quedaría
en el recuerdo. Pero una nuevo perfil emerge: México manda. El primer
destello de símbolos es inédito.
Lo de Rusia y Vladimir Putin resultó igualmente un momento sublime.
Trump el vociferante parecía un pollito recién nacido al lado del
triunfante gallo Vladimir Putin, quien es hoy, en lo visible y lo
invisible, el verdadero amo del mundo (foto). Si la Argentina y Brasil
tuviesen una diplomacia en serio y gobiernos soberanos con capacidad de
anticipación y acción mucho se podría aprender de estas anemias del
acorazado Trump. Hay mucha sabiduría para extraer de estos rumbos
cambiantes: Trump no pone en tela de juicio la supremacía rusa ni menos
aún le resta legitimidad a la aplastante victoria popular de López
Obrador. Dos pistas oriundas de canales distintos señalan los puntos
flotantes del trumpismo: la de la gran potencia rusa y la de la no menos
potencia mexicana. Para nosotros, América Latina, la clave empieza a
cifrarse en esa frontera del Río Bravo (Río Grande) que separa a Estados
Unidos de la otra América. Carecemos de medios económicos y militares
para plantear una relación de igual a igual. Incluso quienes, en
Occidente, los detentan (la Unión Europea) no han sido capaces de salir
del laberinto salvaje del trumpismo aplanador. En el artículo antes
citado, François Heisbourg escribe: “los Estados Unidos son cada vez
menos aliados y cada vez más mercenarios”. Y todo mercenario, como se
sabe, tiene un precio. La inteligencia diplomática está allí para
encontrarlo. Se mueve en el dilatado territorio que va de Moscú a
Washington, de Tijuana a Ushuaia.
Doctor en Historia de la
Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Profesor de la misma universidad e
Investigador Adjunto del CONICET. Co-Coordinador del Grupo CLACSO “Estudios
sobre EEUU”. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en
las conferencias panamericanas; de Relaciones peligrosas. Argentina y
Estados Unidos, de Bienvenido Mr. President y del sitio www.vecinosenconflicto.com
La reciente vuelta de
Argentina a tomar deuda con el FMI no fue producto de una coyuntura económica
internacional adversa o de alguna circunstancia inexplicable, sino que es
absolutamente consustancial con la política exterior diseñada por Macri y sus
asesores.
En
abril de 2015, meses antes de las elecciones presidenciales que marcarían el
ascenso al poder de la Alianza Cambiemos, se hizo público el documento
“Reflexiones sobre los desafíos externos de la Argentina: Seremos afuera lo que
seamos dentro”, del autodenominado Grupo
Consenso, integrado por referentes de la oposición al kirchnerismo, que
planteaba cuáles eran los desafíos, en materia política exterior, que debía
abordar quien sucediera a Cristina Fernández[1].
Lo más
llamativo del texto son algunas omisiones fundamentales para comprender la
última década. Por ejemplo, no da cuenta del “No al ALCA” en Mar del Plata
(2005), que permitió la aparición posterior de nuevas instancias de integración
(ALBA) y de coordinación y cooperación política (UNASUR y CELAC) en América
Latina y el Caribe. Ninguna de estas instituciones es siquiera mencionada, lo
que muestra el desdén hacia la región. ¿Se puede escribir un documento con
tamañas pretensiones y no mencionar a la unión de 33 países de América Latina y
el Caribe, que ha tomado forma bajo la CELAC? ¿Se puede mencionar a la ONU como
foro privilegiado en la escena internacional -como se hace en reiterados
pasajes- sin mencionar al G77+China (integrado por 134 países), el principal
bloque dentro de esta organización, donde precisamente la Argentina participaba
con gran peso junto al resto de la región? Justamente Macri, desde que asumió,
decidió ningunear estas organizaciones alternativas, y privilegiar otras, como
el Foro Económico de Davos (al que asistió personalmente en enero de 2016 –y
repitió este año-) o la OEA (a la que reivindicó con Obama, en la declaración
conjunta firmada durante su visita).
El
documento del Grupo Consenso pedía
“insertar adecuadamente” a la Argentina en el mundo, que el país se
transformara en un actor global “responsable”, partiendo de nuestra “identidad
occidental” y defendiendo las “instituciones republicanas, la división de
poderes, la libertad de expresión, los derechos humanos y las garantías
individuales”. Llamaba a consolidar los valores de una “sociedad abierta,
moderna y respetuosa del ordenamiento internacional”. En síntesis, había que
volver a ser un país “normal” y “serio”, como venían proclamando muchos de los
firmantes en los últimos años. O sea, asumir nuestra condición periférica y
evitar cuestionar el rol de gendarme
global que hace décadas ejerce Estados Unidos, con Europa y Japón como
socios.
En ese
texto se planteaba, además, la necesidad de establecer una “adecuada
convergencia entre el Mercosur atlántico y la promisoria Alianza del Pacífico”,
pero sin dar cuenta de que, precisamente, esta última -impulsada por México,
Colombia, Perú y Chile, que firmaron Tratados de Libre Comercio con Estados
Unidos tras la derrota del ALCA- era una herramienta para intentar una
restauración conservadora e imponer una agenda neoliberal.
Además,
bajo la idea de “fortalecer nuestras tradicionales relaciones con Europa y
EEUU”, se pedía al futuro gobierno encarar una política exterior diferente a la
kirchnerista, que precisamente se había caracterizado por estrechar acuerdos
con los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-, sin dejar de lado
históricas relaciones del país. En definitiva, se demandaba una “apertura” del
Mercosur, orientada a la Unión Europea y Estados Unidos, una idea sobre la cual
las derechas latinoamericanas venían trabajando con fuerza en los últimos años.
El
documento resaltaba como positiva la especialización en la producción de
alimentos y energía, alentando un esquema reprimarizador y extractivista que
genera exclusión y destruye el medio ambiente, permitiendo ganancias
extraordinarias para un núcleo reducido de la clase dominante -y los grandes
capitales externos con los que se asocia- y una escasa diversificación
productiva. Retomando la agenda de Estados Unidos, señalaba que los principales
enemigos a escala global eran el terrorismo, el narcotráfico y el crimen
organizado. No decía nada de cómo esas “amenazas” se utilizaron para dar
sustento a invasiones militares unilaterales, violar el derecho internacional o
instrumentar campañas de desestabilización de gobiernos adversarios de Estados
Unidos.
El consenso que promovían, por los dichos y
las omisiones mencionadas, parecía más cercano al “Consenso de Washington” de
los años noventa, cuando la política económica de buena parte de los países no
centrales estaba fuertemente condicionada por los organismos multilaterales de
crédito, al calor de una indiscutible hegemonía estadounidense a nivel mundial.
Con cierta nostalgia de las relaciones
carnales que primaron en aquella década, aunque utilizando un lenguaje aggiornado, los firmantes de este
documento –entre los que se destacan el actual canciller, Faurie, y quien es
indicado como el “canciller en las sombras”, Pompeo- apuntaban a una
restauración conservadora en la política exterior argentina e impulsan la
vuelta a una inserción internacional dependiente.
La
primera canciller de Macri, Susana Malcorra señaló, en diciembre de 2015, que
desplegarían una política exterior desideologizada,
cuyo objetivo era la atracción de capitales, la toma de préstamos y la apertura
de nuevos mercados para los exportadores. Desde que asumió, Macri no ahorró señales
hacia el gran capital financiero, pero sobre todo hacia Estados Unidos.
Desde
su concepción liberal, la vía elegida para dar seguridad jurídica a los
inversores externos era avanzar hacia la firma de Tratados de Libre Comercio
(TLC). Desde enero de 2016, el líder del PRO puso en marcha la nueva
orientación de la política exterior: viajó a Davos, se reunió con líderes
europeos y recibió a Obama. En julio visitó Chile para participar por primera
vez de la cumbre presidencial de la Alianza del Pacífico, donde insistió en que
el Mercosur estaba congelado y debía sellar un tratado comercial con ese
bloque; luego voló a Francia, Bélgica y Alemania, para relanzar las
negociaciones de un “acuerdo de asociación” con la Unión Europea; y culminó su
periplo en Estados Unidos, para reunirse con los CEOs de empresas de
telecomunicaciones y servicios. “Argentina volvió al mundo”, declaró en París y
repitió en Berlín, eufórico, ante empresarios teutones[2].
Hasta ahora, Macri puede mostrar pocos éxitos en
cuanto a su política exterior, más allá del discurso auto-celebratorio,
acompañado por los principales medios de comunicación. Asume acríticamente la
agenda que las corporaciones en ámbitos como la OMC, evita articular una
política común con los demás países latinoamericanos -incluso en diciembre
filtró a la prensa la voluntad de abandonar la UNASUR, paso que se concretó,
con otros gobiernos derechistas, en abril, justo cuando la presidencia pro témpore recayó en Bolivia-, promueve
una apertura comercial que estimula la desindustrialización local y alienta
acuerdos de libre comercio, que profundizarían los desequilibrios. En enero
viajó una vez más al Foro Económico de Davos, como en 2016.
Pese a las claras señales, Macri insiste en el rumbo.
Hasta el propio Sergio Berensztein, quien ponderaba positivamente la política
exterior de Cambiemos, reconoce que hay un claro desfase temporal entre la
estrategia internacional de Macri y el escenario actual[3].
Como señala Tokatlian, “el Gobierno debería plantearse su fe en la
globalización tal como la concibe. Aquello que el Gobierno tenía como líneas
directrices entra en entredicho en la medida en que sus objetivos no se
realizan. Sin embargo, se sigue insistiendo en una visión plena de la
globalización, en la presunción de que el libre comercio es la solución y en
una expectativa de que en algún momento vendrán los capitales. Lo cierto es que
los que están más interesados en hacer inversiones son países no europeos, como
China y Rusia; además, el proteccionismo no es una cuestión que se pueda
resolver inmediatamente. La Argentina debería tener una política mucho más
diversificada, que vaya más allá de Occidente. No veo que eso esté en la
agenda”[4].
Desde hace un año, cuando Jorge Faurie reemplazó a
Malcorra al frente de la Cancillería, se acentuó lo que el citado analista
denomina el unilateralismo periférico
concesivo, o sea la realización de concesiones a Estados Unidos para
salvaguardar los intereses propios. Del pragmatismo inicial se habría pasado a
una sobreactuación del alineamiento con Washington, más ideológica y menos
cautelosa. En las votaciones en la ONU, la coincidencia aumentó
significativamente[5].
Posiciones como las de Macri son un peligro para
desarrollar una perspectiva de integración latinoamericana más autónoma.
Parecían haberse consolidado en los últimos meses, pero ahora enfrentan serios
desafíos internos y también externos. El reciente triunfo de Andrés Manuel
López Obrador en México, quebrando la hegemonía del PRI y el PAN, parece ser
una muestra de ello. En el caso de Argentina, hubo una mega devaluación de más
del 50% de su moneda en el primer semestre de 2018, lo cual volvió a disparar
la inflación, provocó una recaída en la recesión y llevó al gobierno de Macri,
después de 12 años, a volver a negociar un acuerdo stand by con el FMI, con el cual tomó una deuda récord de más de
50.000 millones de dólares.
Sin embargo, la situación difiere de la de finales de
los años noventa, en tanto hay una clara memoria histórica de la crisis que se
desató en diciembre de 2001 por aplicar las recetas del FMI. Todas las
encuestas registran un rechazo mayoritario al acuerdo con el Fondo, lo cual se
expresó en las calles masivamente, por ejemplo, el pasado 9 de julio. El 21 y
22 de julio llegará al paísla directora
del organismo, Christine Lagarde, para participar de la Tercera reunión de
ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales en el contexto del G20,
en el Centro de Exposiciones y Convenciones de la Ciudad. Pocas horas antes, el
sábado 21, desde las 12hs, habrá una enorme movilización con la consigna “Nunca
Más FMI, Deuda fraudulenta y G20!”. La política exterior y la inserción
internacional, está visto, no se define solamente dentro del palacio. Las
calles también cuentan.
Buenos Aires, julio de 2018
[1] Entre los firmantes del primer
documento, se distinguen referentes y asesores en materia internacional del PRO
–Fulvio Pompeo, Diego Guelar y el hoy canciller Jorge Faurie-, la UCR -Jesús
Rodríguez y Mario Verón Guerra-, el Frente Renovador -Andrés Cisneros- y el
Peronimo Federal -Juan Pablo Lohlé-. Adhirieron, además, políticos como Alfredo
Atanasof y Alieto Guadagni, académicos como Roberto Russell y hasta el
cuestionado dueño del periódico La Nueva Provincia, Vicente Massot –y tío de
Nicolás Massot, actual jefe del bloque del PRO en la Cámara de Diputados-.
Asistieron a la presentación el ex presidente Fernando De la Rúa (quien fue
canciller en su gobierno, Adalberto Rodríguez Giavarini, ofició como
presentador del grupo) y el gobernador de Córdoba y precandidato presidencial,
José Manuel De la Sota. Puede consultarse completo en
<http://www.cari.org.ar/pdf/documento_grupoconsenso.pdf>.