10 puntos sobre el ataque contra Venezuela y América latina
Diez claves para comprender el alcance del ataque estadounidense a Venezuela, los escenarios en disputa y los desafíos que enfrenta la región ante una ofensiva imperial para reinstalar, sin eufemismos, la lógica del patio trasero.
El ataque militar lanzado por la administración de Donald Trump contra la República Bolivariana de Venezuela, coronado con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, luego de meses de asedio, constituye una violación flagrante del derecho internacional y un retroceso histórico. Se trata de una agresión ilegal que vulnera la Carta de las Naciones Unidas —en particular la prohibición del uso de la fuerza y el principio de solución pacífica de controversias—, desconoce los compromisos asumidos en el marco de la OEA y pisotea principios largamente defendidos en América Latina y el Caribe, como la no intervención y el respeto irrestricto a la soberanía de los Estados nacionales.
La Casa Blanca intentó presentar el operativo como una acción quirúrgica, ordenada, indolora y ya consumada. Sin embargo, más allá del impacto inicial y del despliegue mediático, estamos ante un proceso político y militar abierto, inestable y profundamente disputado. La historia latinoamericana enseña que los golpes y las intervenciones no se definen en el primer acto: se dirimen en la resistencia popular, en la cohesión de las fuerzas internas, en la correlación de fuerzas a nivel internacional (incluidas las reacciones diplomáticas de los distintos actores) y en la capacidad de los pueblos para convertir la indignación en acción política sostenida que modifique la correlación de fuerzas tras el embate inicial.
Este artículo propone diez claves para comprender el alcance del ataque, los escenarios en disputa y los desafíos que enfrenta Nuestra América ante una ofensiva imperial que busca reinstalar, sin eufemismos, la lógica del patio trasero, reivindicando sin pruritos la bicentenaria doctrina Monroe.
1. Condenar sin ambigüedades la agresión imperialista
Lo primero y principal es condenar de manera firme, clara y sin vacilaciones la agresión imperialista de Estados Unidos contra Venezuela y, por extensión, contra Nuestra América. Se trata del ataque más grave contra la región desde la invasión a Panamá en 1989. No hay atenuantes posibles: no es una «operación de seguridad», ni una «misión humanitaria», ni un episodio aislado. Es una acción de fuerza que busca disciplinar a un país soberano y enviar un mensaje intimidatorio al conjunto de la región. La discusión sobre el gobierno chavista, sobre las elecciones de 2024 y demás cuestiones son en este momento secundarias. Todas las fuerzas democráticas, del campo nacional popular progresista y de izquierda deben condenar esta brutal agresión.
Toda relativización —en nombre de diferencias políticas con el proceso venezolano, del pragmatismo, de supuestas «excepciones» o de cálculos coyunturales— debilita la defensa de principios que son, a la vez, jurídicos y políticos. La condena debe ser inequívoca porque lo que está en juego no es la simpatía o antipatía por un gobierno determinado, sino la vigencia de reglas básicas de convivencia internacional que protegen especialmente a los países periféricos ante una agresión militar imperial como la consumada por Estados Unidos, que recuerda a las peores intervenciones de hace un siglo.
2. Un proceso abierto, no un hecho consumado
Pese a que Trump intentó instalar, en su conferencia de prensa del 3 de enero, la idea de que la situación estaba definida (habló de «transición» para no usar el término «cambio de régimen», que irrita a buena parte de su movimiento MAGA), la realidad muestra un escenario en pleno desarrollo. La experiencia del golpe de Estado de abril de 2002 contra Hugo Chávez es el antecedente interesante, aunque el contexto es sin dudas bien distinto: una acción que pareció triunfante durante horas (Bush se apuró a reconocer diplomáticamente como nuevo presidente al empresario Pedro Carmona), pero que fue revertida por la movilización popular, la lealtad al chavismo de las fuerzas armadas y la presión regional. Dos días después de ser secuestrado en helicóptero el líder bolivariano volvía a reasumir el poder en el Palacio de Miraflores
Hoy, como entonces, el desenlace no está escrito. La intervención abre una fase de confrontación política, diplomática y social que puede prolongarse en el tiempo. El intento de imponer un nuevo orden por la fuerza suele generar resistencias inesperadas y costos crecientes para el agresor, tanto en Venezuela, como en Estados Unidos y en el resto de la región y el mundo.
3. Guerra psicológica, operaciones y cohesión interna
Desde el primer momento se multiplicaron y difundieron distintas hipótesis, especulaciones y versiones sobre la operación, las supuestas complicidades internas y las traiciones dentro del chavismo (Maduro fue capturado por una infiltración de la CIA, negoció entregarse o fue traicionado por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello). Aunque todavía es temprano para conocer realmente qué sucedió, por estas horas pareciera ser que parte de esa avalancha informativa responde menos a datos verificables que a una posible estrategia deliberada de guerra psicológica destinada a sembrar desconfianza, fragmentar liderazgos y quebrar la moral de la militancia y la dirigencia chavista.
La asunción de Delcy Rodríguez como presidenta interina, con respaldo explícito de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas y con reconocimientos diplomáticos iniciales de otros países (Brasil), indica que el núcleo del poder estatal venezolano mantiene cohesión. Al menos por ahora. Esa cohesión es, históricamente, el principal obstáculo para los planes de desestabilización externa. Hoy Trump volvió a amenazar al gobierno venezolano: a hacen lo que él quiere o terminarán peor que Nicolás Maduro, tras una segunda incursión militar, declaró.
4. El Corolario Trump y la Doctrina Monroe recargada
Trump inauguró una nueva fase del denominado Corolario Trump de la Doctrina Monroe, presentado formalmente en la Estrategia de Seguridad Nacional del 4 de diciembre de 2025. Allí se reivindica sin rodeos la noción de (cinco) áreas de influencia y el derecho de Estados Unidos a actuar unilateralmente en su «vecindario estratégico». El Hemisferio Occidental, como llaman al continente americano, debe quedar bajo su control. En el marco de la Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada en curso, el declive relativo de Estados Unidos hace que sea más agresivo y peligroso en América: Groenlania Canadá, México, el Canal de Panamá, Cuba, Colombia y hasta Brasil, declaran sin disimulo desde la Casa Blanca, deben quedar bajo control de Estados Unidos o con gobiernos totalmente alineados, como el de Milei, Bukele o Noboa.
Sin embargo, como ha señalado Gabriel Merino, reconocer una estrategia de esferas de influencia no implica aceptar la tesis simplista de un reparto del mundo ya acordado con Vladimir Putin y/o Xi Jinping. Según esta tesis, el «acuerdo» implicaría darle Ucrania a Rusia, Taiwán a China y que Venezuela y el resto de América Latina sean el patio trasero, una suerte de protectorado, estadounidense. El sistema internacional es hoy mucho más conflictivo, fragmentado y competitivo. Washington pretende reafirmar su primacía en el hemisferio occidental precisamente porque la percibe amenazada (China, por ejemplo, es primer o segundo socio comercial de todos los países latinoamericanos, y un prestamista e inversor cada vez más importante).
5. El petróleo como objetivo explícito
Trump fue absolutamente sincero en algo en la conferencia de este sábado: el objetivo central de la incursión militar es quedarse con el petróleo venezolano, que controló por décadas hasta la llegada del chavismo. El país caribeño tiene la mayor reserva mundial comprobada de cruso. Ya no se apela al ropaje discursivo de la «defensa de la democracia», a los «valores republicanos» o a los «derechos humanos». La excusa del narcotráfico resulta particularmente hipócrita cuando el propio Trump acaba de indultar hace pocas semanas al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en 2024 en la justicia estadounidense a 45 años de cárcel por vínculos con el narco.
Esta franqueza brutal desnuda la lógica extractivista y depredadora que subyace a la intervención: garantizar el control de recursos estratégicos en un contexto de creciente competencia global. Pero le genera un grave problema de legitimidad interna y externa a su acción militar y, como sabemos, ninguna hegemonía se sostiene sólo en base a la coerción, sino que requiere consenso.
6. Rechazo internacional y fisuras en el consenso occidental
La acción militar recibió rechazos explícitos, de distintos tonos, de numerosos gobiernos: China, Rusia, Irán, Brasil, México, Colombia, Chile, Uruguay, España, Cuba, Honduras, Guatemala, entre muchos otros. Aunque las posiciones no son idénticas ni equivalentes, el dato central es la ausencia de un consenso internacional que legitime la intervención. Hay pedidos de acción urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Incluso dentro del llamado «Occidente ampliado» emergen fisuras que limitan la capacidad de Washington para construir una coalición estable y duradera. De no lograr estabilizar rápidamente la situación en Venezuela Trump puede complicar la relación con sus aliados-vasallos del Occidente Geopolítico.
7. Oposición interna en Estados Unidos
La ofensiva contra Venezuela no ocurre en un vacío doméstico. Hubo movilizaciones de rechazo en ciudades como Nueva York y pronunciamientos críticos desde sectores de la oposición, incluyendo figuras como Zohran Mamdani, flamante alcalde de la ciudad donde confinaron a Nicolás Maduro, y organizaciones como Democratic Socialists of America, además de miembros del congreso, sindicatos, activistas y medios de comunicación.
La aprobación de Trump viene cayendo a sus mínimos niveles desde que asumió su primer mandado en 2017 y en un contexto de dificultades económicas, derrotas electorales en 2025 y la proximidad de las elecciones de medio término de 2026, en las que podría perder el control de una o ambas cámaras del Congreso. La aventura exterior puede convertirse en un búmeran político si el plan de Marco Rubio —hoy hombre fuerte de su gabinete y principal candidato a sucedar a Trump, junto al vice J. D. Vance— no triunfa.
8. Nuestra América en disputa
La región atraviesa una disputa intensa. Como explicamos en el libro Nuestra América, Estados Unidos y China. Transición geopolítica del sistema mundial (Merino y Morgenfeld, CLACO y Batalla de ideas, 2025), es una región clave para las aspiraciones geopolíticas de Washington. Trump recurre cada vez más al garrote que a la zanahoria, pero (todavía) no controla a los gobiernos de los principales países de la región (México, Brasil y Colombia). Una incursión fallida en Venezuela podría debilitar su estrategia hemisférica y comprometer a figuras clave como Marco Rubio, Secretario de Estado, Consejero de Seguridad Nacional y administrador de la USAID.
Lejos de consolidar un liderazgo indiscutido de las ultraderechas pro estadounidense, que Milei pretende acaudillar, la agresión puede acelerar procesos de coordinación autónoma entre países que rechazan la lógica de la subordinación.
9. Dos caminos para la región
Nuestra América enfrenta una disyuntiva histórica: resignarse al rol de patio trasero de Estados Unidos (el plan de Marco Rubio, con sus alfiles Bukele, Noboa, Peña, Milei y Kast) o avanzar hacia la construcción de un polo emergente con voz propia en un mundo cada vez más multipolar (la estrategia de Lula a través del grupo BRICS+). Este segundo camino no es sencillo ni lineal, pero es el único compatible con la soberanía, el desarrollo y la justicia social.
La crisis actual puede funcionar como catalizador de definiciones estratégicas largamente postergadas. Por eso, en la definición del actual ataque militar está en juego mucho más que el futuro de Venezuela.
10. El rol urgente de la movilización popular
Los pueblos y sus organizaciones sociales y políticas deben pasar a la acción. Frente a las actitudes claudicantes o de sumisión neocolonial de gobiernos como los de Javier Milei, Nayib Bukele o Daniel Noboa, e incluso de algunos gobiernos no alineados, la respuesta desde abajo no puede ser el silencio, la resignación o el mero declaracionismo.
Las correlaciones de fuerza no están dadas ni son fijas. Depende de la acción política. Las numerosas convocatorias que se vienen multiplicando desde el sábado en toda la región, y en el mundo, dan cuenta del rechazo a la agresión imperial de Estados Unidos, que debe seguir creciendo. Es importante tener presente el ejemplo de las masivas movilizaciones globales contra la invasión a Irak en 2003. La historia demuestra que ningún imperialismo es invencible cuando los pueblos deciden ponerse de pie y defender su dignidad. En esta hora tan dramática para los pueblos latinoamericanos, la unidad para rechazar la agresión militar es necesaria para evitar una mayor periferialización y desintegración de Nuestra América.

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