martes, 12 de junio de 2018

Hacia una renovación del paradigma de la Teoría de la Dependencia. Entrevista con Claudio Katz





POR STEFAN PIMMER / Cronicon

Claudio Katz, economista e investigador social argentino, es uno de los exponentes más destacados de la teoría marxista de la dependencia en América Latina. Próximamente va a publicar un nuevo libro en el cual reivindica una renovación del paradigma dependentista. Conversamos con él sobre este trabajo en curso, incluyendo su evaluación de los debates dependentistas de los años sesenta y setenta, su reivindicación de la figura de Ruy Mauro Marini, el estado actual del dependentismo en América Latina y el mundo, así como la necesidad de adecuar las reflexiones dependentistas a las particularidades de la fase capitalista actual.

El dependentismo ha sido caracterizado de manera variada, como teoría, escuela e incluso como paradigma. ¿Qué fue para ti ese desarrollo teórico y conceptual?

El debate sobre el estatus analítico de la teoría de la dependencia comenzó junto a la propia aparición de esa concepción. Agustín Cueva rechazó la existencia de leyes propias del capitalismo dependiente, en polémica con Ruy Mauro Marini y Theotônio Dos Santos, que atribuían a sus formulaciones esa condición. Eran dos miradas metodológicas contrapuestas. Posteriormente se tornó evidente que la primera postura era muy restrictiva y que la segunda no era satisfactoria. Entonces aparecieron criterios más flexibles. Cobró fuerza la idea de evaluar al dependentismo como un paradigma, en el sentido de un modelo aceptado por la comunidad de los cientistas sociales. Otros hablaron de una perspectiva, un enfoque, un punto de vista o un programa de investigación. Yo coincido con estas reformulaciones. Lo importante es registrar que el propósito específico del dependentismo ha sido estudiar el funcionamiento de las economías periféricas.
En su debut esa corriente incluyó internamente variantes de las tres principales expresiones del pensamiento económico latinoamericano. Todas asumieron cierta auto-denominación dependentista, aunque expresaban afinidades con el liberalismo, el desarrollismo y el marxismo. Las mismas escuelas que han confrontado en la última centuria polemizaron dentro del universo teórico de la dependencia. El clima radicalizado de esa época explica esa curiosa confluencia en un campo compartido.
La corriente marxista estuvo representada por Marini, Dos Santos y Bambirra. Retomaron ideas sugeridas por Marx en sus análisis de China, India y sobre todo Irlanda. Recogieron de Lenin, Trotski y Luxemburg explicaciones del subdesarrollo conectadas con la confiscación imperial de los recursos de los países atrasados. Y adoptaron miradas similares a Sweezy y Mandel, en la caracterización de los drenajes padecidos por la periferia.
Especialmente Marini reelaboró esos conceptos en forma muy original, combinando el legado marxista con ciertas nociones de la economía latinoamericana trabajadas por Prebisch y Furtado. Estudió detenidamente la forma en que la región reproduce su inserción subordinada en el mercado mundial y aportó un planteo muy esclarecedor de la reproducción dependiente.

¿Cuáles fueron las otras dos vertientes?

La segunda corriente estuvo liderada por Fernando Henrique Cardoso, que presentaba un enfoque en los hechos compatible con el liberalismo. Yo comparto la interpretación de varios autores brasileños, que destacan las viejas raíces de los planteos derechistas adoptados por Cardoso como primer mandatario. Ese giro no fue sólo una improvisación pragmática, del hombre que quemó todo lo escrito antes de ocupar el sillón presidencial. Hubo un elemento de continuidad en su pensamiento. Siempre fue hostil a los proyectos radicales. Coqueteaba con una especie de marxismo weberiano totalmente ecléctico y en su libro con Falleto concibió la problemática de la dependencia en simplificados términos políticos. Expuso una clasificación de regiones en modalidades de enclave o mayor autonomía, pero rechazó la contraposición básica entre dependencia y desarrollo. Postuló una idea de desenvolvimiento asociado con empresas transnacionales y posteriormente profundizó esa propuesta incorporando todos los dogmas del neoliberalismo. Su evolución guarda cierto parentesco con viejo liberalismo socialista que inauguró Juan B. Justo. Mientras que la teoría marxista de la dependencia se ubicaba en las antípodas de las tesis derechistas de la modernización, Cardoso elogiaba las inversiones extranjeras.
La tercera corriente del dependentismo mantuvo nexos con la CEPAL y expresó un momento de gran radicalización del desarrollismo. En cierta medida Osvaldo Sunkel representaba ese enfoque, que constituía una corriente de opinión con exponentes muy variados. Planteaba una combinación de dependentismo e industrialismo. No sólo promovían la intervención del estado en la regulación económica, sino que también convalidaban propuestas de reforma agraria. Fueron los antecesores de las corrientes social-desarrollistas del reciente ciclo progresista.
En síntesis, si se revisa la trayectoria de la teoría de la dependencia en sus años de gestación, puede notarse la convivencia y el choque en su interior de las tres vertientes del pensamiento económico latinoamericano. Esta reconsideración es útil para evaluar también los debates con los críticos del dependentismo. Yo creo que en los años setenta se exacerbaron las divergencias dentro del marxismo en torno a esa concepción. Por eso las fuertes polémicas de inicio se zanjaron con convergencias posteriores.
Agustín Cueva cuestionaba con razón las exageraciones exogenistas y la interpretación del subdesarrollo como un efecto exclusivo de la dependencia externa. Marini respondía objetando la unilateralidad inversa de explicaciones atadas a la dinámica de procesos internos. El trasfondo era la vieja discusión sobre las causas del retraso regional. Una mirada ponía el acento en los grandes latifundios y la otra en la extracción de recursos al exterior. Pero en los hechos ambas posiciones eran complementarias. La combinación de terratenientes y empresas extranjeras era determinante del subdesarrollo. Incidía tanto el despilfarro local como en la succión de los excedentes hacia afuera. Por eso Cueva y Marini convergieron, a medida que se clarificó la confrontación de ambos con Cardoso. Estas líneas divisorias maduraron con el tiempo, superando la inclusión o exclusión inicial en el universo del dependentismo.

Es interesante lo que dices frente a la usual contraposición de la teoría de la modernización (centrada en factores endógenos) con la teoría de la dependencia (preocupada por los factores exógenos). Pero también se afirma que el dependetismo incurrió en un determinismo económico, refutado por la industrialización de los “tigres asiáticos”.

Yo creo que es una visión muy superficial, que desconoce la matriz política de todos los razonamientos del dependentismo marxista. Esta corriente surgió en directa sintonía con la revolución cubana. Sin ese acontecimiento no habría existido en la modalidad que emergió. Lo que determinó el ascenso y descenso de la prédica dependentista fue la incidencia de esa revolución y de su proyecto de gestar el socialismo en toda América Latina. La tesis de Marini constituye una teorización de esa expectativa y de un programa socialista como solución radical al problema de la dependencia. Esa misma percepción estaba presente en Cueva, a pesar de las fuertes divergencias que tuvieron en la definición de los caminos para alcanzar esa meta. Esas diferencias alcanzaron un pico de gran intensidad durante la experiencia de la Unidad Popular chilena. En contraposición a las estrategias de alianza con la burguesía nacional, Marini auspiciaba un proceso ininterrumpido de radicalización socialista.
Como todos los debates presentaban este fuerte trasfondo político, me parece totalmente desubicado calificar al dependentismo de economicista. Los principales exponentes de esa vertiente ni siquiera se consideraban economistas. Marini, Dos Santos y Bambirra pensaban como revolucionarios. Durante la gestación de la teoría estuvieron más comprometidos con la militancia que con el dictado de clases en alguna universidad.
Por otra parte, la problemática de los tigres asiáticos apareció cuando decaían los debates sobre la dependencia. Esa discusión fue previa y signada por otras circunstancias. Además, el impetuoso surgimiento de economías asiáticas no fue previsto por nadie. La omisión achacada al dependentismo valdría también para los economistas neoclásicos y heterodoxos. En realidad quién estuvo más cerca de explicar el fenómeno fueron todos los teóricos marxistas que realzaron la problemática de explotación. El gran capital comenzó a desplazarse al Sudeste Asiático para lucrar con la baratura de una fuerza del trabajo más disciplinada. Es importante situar siempre cada debate en su momento histórico. Cuando se olvida esa contextualización aparecen todo tipo de arbitrariedades.

El desenvolvimiento del dependentismo incluye una extraña paradoja. Ha sido marginalizado en un momento de gran recrudecimiento de la dependencia ¿Cuáles fueron las razones de ese retroceso?

Esa pérdida de influencia tiene una explicación política. América Latina presenta hoy un escenario más dependiente que en los años setenta y la tesis que mejor esclarece esa situación gravita menos que en el pasado. Actualmente impera el extractivismo y la regresión industrial en todos los planos, pero el registro de este hecho es menor. Las razones del divorcio se encuentran en lo sucedido en el plano político.
Tres grandes acontecimientos cerraron el ciclo de la revolución cubana. Primero se consumó la derrota de los movimientos guerrilleros, que buscaban expandir esa transformación social al conjunto de la región. El asesinato del Che simbolizó ese cambio. Luego se registró la frustración de la Unidad Popular en Chile y el renacimiento revolucionario posterior en Nicaragua, quedó cerrado con la derrota electoral del sandinismo. Ahí comenzó a la expansión del neoliberalismo, que fue parcialmente contenido en la última década con el ciclo progresista, pero sin la fuerza suficiente para evitar la ulterior restauración conservadora. En todas las fases de las últimas décadas se verificaron momentos de resurgimiento de la tradición dependentista. Pero en ningún caso se ha revertido el contexto adverso para ese proyecto.

Es interesante que sitúas el declive en el plano político frente a la generalizada creencia en una derrota del dependentismo en el plano teórico.

Esa impresión es totalmente equivocada. ¿Cómo medimos la derrota de una teoría? ¿Por su consistencia interna? ¿Por su capacidad para formular pronósticos acertados? El primer plano se dirime en los debates conceptuales. El segundo plantea un parámetro muy controvertible. Si la teoría de la dependencia no tuvo pronósticos certeros: ¿quién los tuvo? ¿Alguien previó el despegue del Sudeste Asiático?
Estamos considerando fenómenos muy complejos cuya dimensión política es siempre imprevisible. La caída de la Unión Soviética es otro ejemplo de esa dificultad de previsión. Hay que cuidarse de la típica evaluación retrospectiva de los sucesos del pasado con miradas del presente. La misma objeción de pronósticos fallidos que se expone contra el dependentismo cabría para cualquier otra teoría. No me parece un camino sensato de análisis.

A pesar de un cierto declive la teoría de la dependencia nunca desapareció, y su instrumental incluso ha sido utilizado por algunos economistas europeos. ¿Cuáles han sido los aportes al dependentismo en otras regiones?

Hay varios desarrollos a nivel internacional. Un curso muy fructífero se desenvolvió en el encuentro con la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein. Ese empalme fue interesante, porque no estuvo centrado en ningún caso particular. No investigó lo ocurrido en un determinado país, sino que indagó la consistencia general de nuevos conceptos, como la semiperiferia. Esa noción de formaciones intermedias fue asumida por Marini al distinguir de hecho a Brasil de Haití. Pero también hubo áreas de discrepancia entre las dos concepciones. Marini y Dos Santos eran marxistas clásicos. No razonaban con el modelo cerrado del sistema-mundo, ni con la tesis de un fin predeterminado, con fechas de eclosión del capitalismo.
No estoy muy familiarizado con la recepción del dependentismo en Europa, pero es muy evidente la existencia de problemáticas comunes. Durante la crisis de la deuda en Grecia se generalizaron las comparaciones con lo ocurrido en Argentina. Esos contrapuntos se hicieron con miradas dependentistas. Se reconoció un problema común de la deuda manejada por distintos acreedores. En vez de Estados Unidos actuaba Alemania y en vez del FMI el ajuste era impuesto por la Comisión Europea. Pero la lógica es la misma. Algunos economistas franceses han escrito trabajos muy interesantes con ese basamento teórico, para clarificar la problemática del Euro. Plantearon muy bien cómo el Euro vincula a países con salarios diferentes, generando transferencias de valor desde la periferia al centro de Europa.

En ese caso se quita a los países periféricos la posibilidad de devaluar, generando un desequilibrio enorme. La periferia ya no tiene más válvulas de escape que disminuir el nivel de vida de los trabajadores.

Exacto. Ese mecanismo económico tiene muchas semejanzas con las tesis de Marini. Es la misma idea con otras modalidades operativas. El problema es siempre la transferencia de valor. Se puede consumar por senderos comerciales, financieros o productivos. En la periferia europea (Irlanda, Portugal, Grecia), el Euro consagra desequilibrios comerciales a favor de Alemania, que desembocan en endeudamiento y dependencia. Hay muchos estudios empíricos de esa dinámica.
Pero más allá del impacto que tuvo el dependentismo en Europa hay dos personalidades no latinoamericanas, que tuvieron gran influencia en el desenvolvimiento de esa teoría. Primero André Gunder Frank, un intelectual muy singular que inicialmente canalizó la conexión de las vertientes antiimperialistas de Estados Unidos (asociadas con la revista Monthly Review) con el dependentismo. Desenvolvió una formulación muy popular de esa concepción con la idea de “desarrollo del subdesarrollo” y su libro fue tomado como una gran síntesis de la teoría.
Pero curiosamente Frank abandonó ese enfoque muy temprano. En 1971 quedó fascinado por la teoría del sistema mundial que él contrapuso al dependentismo, cuando Wallerstein convergía con Marini y Dos Santos. Y en una etapa posterior elaboró una exótica concepción sobre el capitalismo milenario con epicentro en China. Fue una figura muy controvertida. Si miramos lo ocurrido en forma retrospectiva, Cueva fue mucho más dependentista. Sus críticas a Frank resultaron acertadas, especialmente en el debate historiográfico sobre el origen del capitalismo en América Latina.
La otra figura ha sido Samir Amin. Es el teórico vivo más importante del dependentismo y construyó la obra más consistente. Tuvo quizás la paradójica ventaja de razonar fuera del condicionamiento latinoamericano. Trabajó desde Europa, Asia y África con una mirada distinta y un enfoque más global. Partió del problema de viejas sociedades orientales sometidas al colonialismo europeo y no de un Nuevo Continente capturado por esa dominación. Por eso su análisis de las formaciones tributarias es tan distinto de la clásica controversia sobre el feudalismo y el capitalismo colonial.
Ha combinado como pocos autores la esfera de la historia con la economía y también razonó con otras referencias políticas. Mientras que el dependentismo latinoamericano estuvo signado de la revolución cubana, Amin partió de Bandung y la convergencia del nacionalismo revolucionario con el socialismo en Asia y África. Sin lugar a dudas expresa otra vertiente muy fructífera de la teoría de la dependencia.

Y también está el caso del dependentismo en el Caribe, donde se registró una recepción bastante interesante y poco investigada.

Si. Fue distinta por su peculiar mezcla con tradiciones múltiples. Ahí aparece el problema de la negritud que no es estrictamente latinoamericano. La relación de dependencia con el indigenismo conceptualizada por  varios autores andinos, adoptó en el Caribe otro tipo de conexiones, insertas en la huella de los jacobinos negros y la revolución haitiana. Pero ahí también se observa la mayor proximidad de la revolución cubana. La teoría de la dependencia articuló esa diversidad de problemáticas con la especificidad de economías muy fragmentadas. Lo que Marini pensaba para Brasil no se aplica a Jamaica, pero ambos países están conectados a la misma dinámica de la reproducción dependiente.

Quería preguntarte sobre las distintas trayectorias dentro del dependentismo latinoamericano.

Yo considero necesario estudiar con detenimiento a Marini que elaboró un razonamiento integral. Indagó el caso de  Brasil que en los años sesenta era una formación intermedia en proceso de industrialización. Compartió las mismas preocupaciones de los teóricos de la CEPAL sobre Argentina y México y analizó la dinámica de esas economías. En ese abordaje introdujo categorías muy novedosas y polémicas, como la superexplotación, el ciclo dependiente y el subimperialismo. Lo que Cueva estudiaba para países como Ecuador, Bolivia o Perú –aún centrados en la problemática del campesinado y el latifundio– Marini lo indagaba para una sociedad como Brasil, ya signada por los desequilibrios de la industrialización. Eran dos escenarios distintos de la lógica de la dependencia.
Me parece importante rescatar también la figura de Theotônio dos Santos que acaba de fallecer. En los años 60-80 aportó ideas claves sobre el estado, las clases y también la estrategia socialista. Razonó de otra forma, con menos apego a la elaboración abstracta de Marini, que seguía rigurosamente las pistas de El Capital y de todas las categorías de Marx.

Es decir, pensaba el dependentismo a partir de la ley del valor.

Si. Claramente en Marini. Pero en Theotônio prevalece más bien el estudio combinado de la dimensión económica y política. Desarrolla una visión más familiar al abordaje que inauguró Lenin. No hay tanta preocupación por definir las contradicciones de un modelo de la reproducción ampliada, sino por detectar cuáles son las fuerzas sociales actuantes en cada escenario. Ahí aparece esa reflexión sobre las relaciones entre el estado, las clases dominantes y la burocracia, que en la obra posterior de Dos Santos asumieron connotaciones más controvertidas. Quizás a la hora de los homenajes conviene también recordar las interesantes clasificaciones que desarrolló Bambirra, sobre distintas economías latinoamericanas.
En mi opinión hay que revisar la originalidad y consistencia de cada aporte teórico, pero con alguna tesis ordenadora. De lo contrario, nos deslizamos hacia la simple descripción o hacia la reivindicación ritual. Mi balance subraya la síntesis entre Cueva y Marini y la consiguiente confluencia del endogenismo con el exogenismo marxista. Observo los aspectos problemáticos de ambas vertientes, pero no pierdo de vista que ese empalme define un enfoque integral y rival del pensamiento liberal o desarrollista. En ese trípode se concentran las grandes divergencias teóricas que perduran hasta la actualidad.

En los años ochenta el dependentismo experimentó un fuerte revés y partir del nuevo milenio se observa una ligera recuperación. ¿Cómo caracterizarías ese acotado resurgimiento?

Yo creo que efectivamente hay una cierta recuperación del dependentismo. Ese rebrote acompañó al ciclo progresista de la última década y sobre todo al surgimiento del chavismo. La teoría de la dependencia estuvo muy presente en el universo conceptual de Chávez y también en muchos razonamientos Evo Morales. No es la mirada de Lula, ni tampoco de Cristina Kirchner, que son tolerantes pero no afines al dependentismo. Con el mismo énfasis que postuló la actualidad del comunismo y del socialismo, Chávez reivindicó la teoría de la dependencia.
En términos más generales, todas las propuestas teóricas que aparecieron en los últimos años como el “socialismo del siglo XXI”, el “bolivarianismo” o el “buen vivir” rescatan elementos de la teoría de la dependencia. Por eso hemos visto homenajes a sus principales figuras y una interesante reedición de libros. No se repite el clima intelectual de los 70, pero resurgió el pensamiento crítico. Han aparecido además muchos núcleos de investigación especialmente en Brasil, mientras que en México continúa la elaboración de los autores que fueron discípulos de Marini. Hay muchas variantes de estos replanteos en distintos puntos de América Latina. Incluso en Argentina, dónde nunca tuvo raíces significativas.
En la actualidad se verifica también un llamativo contrapunto entre los defensores de la teoría de la dependencia tal como fue formulada por Marini, y los críticos marxistas de ese enfoque, que conforman la vertiente antidependentista. Retoman los cuestionamientos que aparecieron desde los años 80, especialmente en Inglaterra. Son planteos con cierta resonancia en el mundo académico de Argentina.

Pero también existe una corriente que reivindica una renovación de la teoría marxista de la dependencia.

Si. Yo me ubico en ese terreno de reivindicación de la teoría, señalando al mismo tiempo la necesidad de introducir importantes actualizaciones y modificaciones. En este plano hay varios temas en discusión. El primero es la superexplotación. En sus últimos trabajos Marini sostuvo que ese rasgo ya no constituía una peculiaridad de América Latina o la periferia, sino que integraba las características del capitalismo globalizado. Esa reformulación abrió un debate entre quienes ampliamos y reconsideramos la dinámica de ese principio y los autores que defienden su formato tradicional.
El segundo tema –que todavía no suscitó polémicas abiertas pero que seguramente va a derivar en intensas discusiones– es la renta. Algunos pensadores cuestionan la teoría de la dependencia por omitir esa categoría y otros responden que no tiene relevancia específica. Yo coincido con la tesis de reintegrar el concepto al dependentismo, con una caracterización peculiar de la renta agraria y petrolera a escala internacional. Este problema tiene importantes consecuencias para la evaluación de la economía argentina o venezolana.
También se ha renovado el viejo debate sobre el intercambio desigual, ya no con las referencias de los años 70 al modelo de Emmanuel, sino considerando las nuevas modalidades de la división global del trabajo. Hay investigaciones muy interesantes, sobre la forma en que la plusvalía es transferida a empresas ubicadas en la cúspide de la cadena de valor. El mismo proceso se verifica en las maquilas y en ciertas empresas transnacionales. Las ideas dependentistas son muy gravitantes en estos terrenos.
Un tercer problema en debate es la validez o alcance del concepto de subimperialismo. Hay llamativas evaluaciones de Brasil y Sudáfrica y sobre todo del papel de los BRICS. Yo creo que esa categoría rige más bien para países como Turquía o India. No es una noción meramente económica. Es un concepto geopolítico, referido a la capacidad de una potencia intermedia para actuar en el plano militar. Es lo que hace Turquía en Siria contra los kurdos. Brasil ha quedado situado en otro plano, desde que perdió capacidad de acción autónoma. Otro tema muy conectado a estos debates es la configuración actual de China. La controversia gira en torno a su clasificación dentro del denominado “Sur global”.

Y en ese caso si el comercio entre América Latina y China expresa una cooperación sur-sur o una nueva forma de dependencia.

Exacto. Hay trabajos muy recientes de autores estadounidenses sobre el tema. Abordan la globalización productiva desde la óptica dependentista, con acertadas evaluaciones de la nueva dinámica del arbitraje global del trabajo. Analizan cómo el valor generado en un punto del planeta se realiza en otro. Pero justamente ahí aparece el problema geopolítico del status de China. No creo que esa nueva potencia forme parte del “Sur global”. Es la segunda economía del mundo y actúa como un imperio en formación.

En uno de tus textos más recientes reivindicas entonces la renovación del paradigma dependentista. ¿Cómo se concretaría ese replanteo?

El punto de partida es evaluar las enormes transformaciones registradas en el capitalismo, en comparación a la época de Marini. Estamos en una etapa neoliberal completamente distinta, luego del ocaso del periodo keynesiano. Necesitamos conceptualizar el funcionamiento del capitalismo mundial de nuestro tiempo.
Ese sistema se basa en una agresión permanente contra los trabajadores, asentada en el predominio de las empresas transnacionales. Hace cuarenta años ya era un capitalismo mundial pero sin cadenas de valor. Ahora predomina la globalización productiva, que define las formas de expansión de la mundialización financiera y de los nuevos mecanismos de extracción de plusvalía. La distinción entre explotación del centro y superexplotación en la periferia ya no constituye un criterio acertado. Hay expresiones de ambos tipos en ambos polos de la economía mundial, con fuertes diferencias en el status del trabajo formal e informal.
También la estructura jerárquica mundial y las redes de transferencia de valor son diferentes. Por eso necesitamos una comprensión del nuevo capitalismo mundial, que opera con una inédita dinámica de recorte del empleo. No sólo destruye más puestos de trabajo que los generados. Consuma esa demolición a una velocidad muy superior a todo lo conocido. Theotônio dos Santos era un pensador muy abierto a estudiar estos problemas. Pero esos procesos eran desconocidos en el auge de la teoría de la dependencia. La revolución digital sólo era imaginada en la ciencia ficción.
Además el universo geopolítico actual es totalmente distinto. Desapareció la Unión Soviética, surgió China y existe una controversia irresuelta sobre el declive Estados Unidos, en un contexto de remodelación de todos los dispositivos imperiales. El capitalismo y el imperialismo son distintos a los imperantes en los años de Marini. Sin afrontar el tipo de transnacionalización pura que conciben algunos pensadores, tampoco prevalecen las viejas configuraciones nacionales. Más bien predomina una modalidad híbrida de mundialización productiva, sin correlato equivalente en las clases sociales y los estados.
Esta mutación nos obliga a re-conceptualizar muchos problemas. Por ejemplo, el estricto paralelo entre subimperialismo y semiperiferia ya no se verifica con la misma sintonía. Hay modalidades combinadas en todas las formaciones intermedias. Una semiperiferia como Corea del Sur carece de rasgos subimperiales y difiere de Turquía, que a su vez no tiene el grado de integración global de la economía del Sudeste Asiático.
Por lo tanto hay que reacondicionar muchas categorías en la tradición teórica del dependentismo, pero sin fascinarse con un sólo pensador. Y por eso conviene observar a esa escuela como un momento de evolución de todo el marxismo, con un aporte específico en la indagación de la lógica del subdesarrollo. Quizás lo más interesante es retomar las tesis del ciclo dependiente, como mecanismo de transferencia de valor hacia economías más desarrolladas. Marini fue un buen teórico de la maquila mexicana. Pero hay otros fenómenos que en su momento exageró o que eran válidos para su época y no para la actualidad.

Y desde esa perspectiva de una renovación intervienes en los debates sobre la superexplotacion.

Si. Pero en esas discusiones deberíamos tener cuidado para no repetir los errores del pasado, cuando se extremaron contraposiciones entre partidarios de la misma concepción. Como es un debate entre defensores de la misma tradición dependentista deberíamos mensurar las divergencias en juego. Estas polémicas no pueden tener la intensidad de las controversias con nuestros enemigos del neoliberalismo o con nuestros adversarios de la heterodoxia.

En los últimos años, una de las nociones más frecuentadas en los debates sobre el desarrollo en América Latina ha sido el extractivismo, pero curiosamente emerge con grandes desencuentros con el dependentismo. ¿Por qué?

También ahí existe una dualidad de situaciones. Hay por un lado un gran espectro de convergencias entre ambas corrientes, en la denuncia de la reprimarización y en la defensa del medio ambiente. Muchos autores trabajan con razonamientos de las dos concepciones. El desencuentro se ubica con lo que podríamos denominar post-desarrollismo. Hay vertientes anti-extractivistas que objetan la idea del desarrollo, en contraposición al programa marxista de forjar otro desarrollo. Esa meta es clave en América Latina como corolario directo de la crítica al subdesarrollo. Además, existe una fuerte divergencia con las perspectivas localistas, meramente comunitarias y anti-estatales de esas corrientes. La teoría de la dependencia se inscribe en una tradición de intervención estatal radical, con la mira puesta en la gestación de una sociedad socialista. El post-desarrollismo se opone a esa perspectiva.

El fin del ciclo progresista es uno de los temas de mayor actualidad en la región. ¿Cuál sería la lectura dependentista de ese proceso?

Desde una óptica dependentista cabría señalar que el ciclo progresista se frustró por no encarar la superación del subdesarrollo. Y eso vale para Argentina, Brasil, pero también para Venezuela. No se ha logrado transformar la renta agraria o petrolera en una fuente de desarrollo inclusivo y equitativo.
Desde la misma tradición es igualmente clave distinguir el radicalismo de Chávez o Evo Morales del centroizquierdismo convencional de Lula o Kirchner. También corresponde aclarar que esos procesos no están clausurados. Debemos extraer un balance de lo ocurrido hasta ahora sabiendo que la disputa sigue en pie.

¿Y cuáles son para ti las posibilidades y los límites del nuevo auge del neoliberalismo en América Latina?

Yo soy muy cauto con cualquier pronóstico. Lo que está claro es el diagnóstico. Estamos en un momento de restauración conservadora con gobiernos neoliberales que afrontan tres grandes problemas. El primero es económico. Pretenden afianzar la primarización y el extractivismo, en un contexto internacional adverso por el estancamiento de los precios de las materias primas. Implementan una adaptación pasiva al libre-comercio, cuando Trump y Macron revisan todos los aranceles. Además, el comprador de las materias primas es China y no Estados Unidos, y los presidentes derechistas de la región han quedado desubicados por su primitivismo ideológico pro-norteamericano.
El segundo problema es político. Son gobiernos con legitimidad reducida, basados en un esquema de constitucionalismo muy limitado. Cada día se corrobora algún nuevo rasgo regresivo de sistemas políticos autoritarios con elementos pro-dictatoriales. La consistencia de esos regímenes para implementar la reorganización neoliberal que ambicionan es muy dudosa. El tercer aspecto es la resistencia social. Todos enfrentan el rechazo en las calles. En Argentina esa oposición es fuerte y ha limitado el proyecto de Macri. En otros países es más limitada, pero todos los regímenes derechistas deben lidiar con el movimiento popular. Qué no hayan logrado destituir a Maduro es otro indicio de los límites del neoliberalismo. Bolivia, Venezuela, Cuba siguen en pie, demostrando la persistencia de los bastiones que la derecha no ha podido remover.

Por último, quisiera preguntarte sobre el alcance del dependentismo. ¿Puede trascender el contexto latinoamericano y posicionarse frente al capitalismo mundializado?

Me parece que sí. Pero ese problema remite a una vieja disyuntiva de los pensadores sociales de la región, que han buscado evitar tanto el puro singularismo como la disolución de la especificidad latinoamericana. Nuestros problemas no son únicos e incontrastables, pero deben ser abordados con una mirada de tradiciones locales. Por eso es tan fructífera la herencia de Mariátegui.
La teoría de la dependencia justamente evitó esos dos errores. Compartió las trayectorias del marxismo latinoamericano y se mantuvo alejado del exotismo regional y de la simple copia de enfoques elaborados en otros escenarios. Confluyó con pensadores de África y Europa, integró exponentes de Estados Unidos y nunca tuvo pretensiones latinoamericanistas excluyentes. Pero al mismo tiempo evitó la mera absorción de un dogma elaborado fuera de la región.
El dependentismo construyó una teoría para explicar el subdesarrollo y por eso despertó tanto interés en otras regiones de la periferia. Brindó instrumentos para comprender las polaridades mundiales y también las bifurcaciones. Este último aspecto es clave por la relevancia actual de las semiperiferias frente a la mera contraposición entre centro y periferia. No basta con explicar las distancias que separan a Estados Unidos de Guatemala. También debemos entender a Corea del Sur, en la pista aportada por Marini para indagar a Brasil.
Yo creo que hoy es interesante estudiar por qué ciertas economías industriales declinan, y otras avanzan. Es justamente el contrapunto entre Corea del Sur y Brasil. Ese cambio sólo se explica en  la lógica de la mundialización productiva y por eso es decisivo renovar el dependentismo.
Finalmente una observación política. La actualización de la teoría de la dependencia empalma en mi opinión con el resurgimiento del antiimperialismo. Esta bandera es clave en una era signada por la agresiva brutalidad de Trump. También debería converger con tradiciones internacionalistas de acción común de los pueblos sin distinción de nacionalidades. Son dos raíces que siempre nutrieron al dependentismo. La lucha contra el imperio y la batalla contra el capitalismo. En esas dos acciones aparecerán nuevos problemas y nuevas respuestas que afianzarán la renovación de la teoría marxista de la dependencia.

"La histórica cumbre entre los mandatarios de EE.UU. y Norcorea. Donald Trump y Kim Jong-un, de las bravuconadas a los abrazos". Por Julián Varsavsky

Kim Jong-un y Donald Trump se saludaron y sonrieron ante las cámaras previo a la reunión a solas.
 Kim Jong-un y Donald Trump se saludaron y sonrieron ante las cámaras previo a la reunión a solas.
La histórica cumbre entre los mandatarios de EE.UU. y Norcorea
Donald Trump y Kim Jong-un, de las bravuconadas a los abrazos
El presidente norteamericano y su par norcoreano se acercaron a un primer acuerdo que busca enfriar ese empate bélico siempre latente que fue la Guerra de Corea. Un análisis de lo que sucedería a largo plazo en el tablero geopolítico mundial.
Cuando el presidente Richard Nixon tuvo en 1972 su cordial encuentro con Mao Tse Tung en Beijing –líderes de países que se enfrentaron en la Guerra de Corea donde EE.UU evaluó usar la bomba nuclear–, el perjudicado fue el gobierno de Taiwán: China y EE.UU restablecieron lazos diplomáticos y la isla perdió su status de país –aunque no de aliado– para los norteamericanos: la China dividida en dos fue entonces una sola para EE.UU, mientras Mao movía así una ficha paralela y “proimperialista” en su disputa con la URSS. Cuatro décadas más tarde, el Gigante Rojo pasó a ser el principal tenedor de bonos del tesoro norteamericano y casi el salvador de su “adversario” durante la crisis económica mundial de 2008.
Al retirarse EE.UU de Vietnam en 1975 totalmente humillado, la división norte-sur de este país fue saldada por la guerra, no restando mucho por negociar. Bill Clinton restableció las relaciones sin mucho intercambio en la mesa de negociación, apenas veinte años después: hoy Vietnam es una sola y EE.UU es el principal cliente de las exportaciones vietnamitas.
Nada de esto había sido posible hasta ahora en la relación EE.UU-Corea del Norte, por una confluencia de fatídicos factores. A diferencia de Vietnam, la península coreana quedó dividida en dos mitades resultado de un empate. Cada polo llevó su modelo a extremos pocas veces vistos, apartándose incluso de la norma mundial. Corea del Norte devino en un pseudocomunismo de rasgos monárquicos ajenos a la teoría marxista, al tiempo que en el sur se instalaba un hipercapitalismo dictatorial –con fuerte presencia estatal en la dirección de la economía– que se radicalizó en su exigencia de eficacia y superexplotación, al punto que sus habitantes inmersos en la “sociedad del cansancio” y el “panóptico digital” –conceptos del filósofo surcoreano Byung-Chul-han–, terminaron elevando la tasa de suicidios a la más alta del mundo desarrollado: en los últimos cinco años 70.000 surcoreanos se quitaron la vida, en gran medida por estrés y soledad digital. Estos dos modelos son inconciliables hasta hoy.
¿Por qué EE.UU no tuvo con Corea del Norte el mismo pragmatismo que en China y Vietnam? El pequeño mercado norcoreano asfixiado desde afuera y sin commodities, nunca resultó tentador para la que es, todavía, la economía más grande de la tierra. Por lo tanto han seguido primando los reclamos de “democracia” y “derechos humanos”.
El otro factor que impidió hasta ahora un acuerdo de paz duradero ha sido la existencia de un régimen paranoico en un sentido estalinista en Corea del Norte. Las tres generaciones de presidentes Kim estructuraron su análisis del mundo con la lógica de lo que Byung-Chul-han caracteriza como la “sociedad inmunológica” típica de tiempos de Guerra Fría –a un lado y al otro de la Cortina de Hierro–, en la cual todo cuerpo extraño llegado desde el exterior debía ser neutralizado por el sistema defensivo en una reacción “anti-viral”. Por esto Corea del Norte se encerró sobre sí misma de manera absoluta, como lo hicieron China entre los siglos XV y XIX y Japón desde 1639 a 1853, en los tres casos por miedo a una colonización extranjera. Este sentimiento de desconfianza total conspiraba contra cualquier entendimiento con ese enemigo real que era EE.UU, el cual había reducido a cenizas cada ciudad norcoreana con bombardeos.
Lo único factible de negociar –la reunificación– era inaceptable para cada bando, en la medida en que alguna de sus dos cabezas políticas tuviese que ceder un poder imposible de compartir. Al no haber términos de intercambio, Corea del Norte y del Sur quedaron técnicamente en guerra y EE.UU también. Por esto la situación devino en ese limbo insólito, un capítulo anacrónico de la Guerra Fría. Curiosamente, lo que permitió destrabarlo fue su recalentamiento adrede: Corea del Norte se nuclearizó.
La dinastía Kim adquirió algo valioso para colocar sobre la mesa: a cambio de la desnuclearización, pidieron un pacto real y creíble de no agresión ni invasión, y el aflojamiento de las sanciones económicas. Todo esto, sin embargo, se puso en entredicho de manera intempestiva hace un mes, cuando Kim dio por cancelada su reunión con Trump. John Bolton -Consejero de Seguridad Nacional- había dicho la única palabra que no debía ni siquiera insinuar: “Libia”. Se refirió al modelo de negociación que hubo entre ese país y Occidente, resultando en la desnuclearización libia a cambio de su salida del “eje del mal”. Claro que esto devino en el asesinato de Khadafi a manos de un ejército con apoyo extranjero. El presidente de Corea del Norte, naturalmente, se sintió engañado.
El acuerdo que se venía negociando por detrás de la escena pública, necesariamente debía tener como uno de sus ejes que se le garantizara a Kim seguir en el poder, única garantía de no terminar como Muamar Khadafi o Saddam Hussein. La cumbre internacional había quedado en veremos durante tres semanas, hasta que Kim Yong-Chol –ex jefe del espionaje norcoreano– viajó a Washington con un sobre enorme, conteniendo una carta para Trump. Allí se habría reafirmado el compromiso de desnuclearizar y seguramente exigieron lo de siempre, pero de manera más creíble: garantías.
El presidente de EE.UU respondió con inusuales buenos modales: “Ellos quieren la desnuclearización; creemos que es importante. Y cometeríamos un gran error si no lo lográramos. Creo que tendremos una relación y comenzará el 12 de junio”. Y en un tweet agregó que, en apenas un minuto, se daría cuenta de si Kim miente.
Corea del Norte, para se creíble, tendrá que desmantelar el gran complejo nuclear de Nyongbyon con su reactor soviético, algo verificable incluso desde un satélite. En cambio, las plantas de enriquecimiento de uranio son más pequeñas y trasladables a alguno de los 10.000 túneles que surcan el subsuelo norcoreano. Con siete kilos de plutonio ocupando el mismo volumen que una pelota de softball, habría materia prima para una bomba atómica (o en una botella de un litro de uranio enriquecido). Inevitablemente, un acuerdo de este tipo necesita entonces de una cuota alta de confianza. Trump también exige la eliminación de los misiles intercontinentales ICBM que, en teoría, alcanzarían los EE.UU.
Donald Trump gana con este acuerdo la posibilidad de mostrarse más pacifista –hay quienes pretenden candidatearlo a Premio Nobel de la Paz–, al mismo tiempo en que acaba de romper el pacto antinuclear con un país por cierto petrolero como Irán, y restablece un enemigo histórico para sus peleas por Twitter.
  En el centro de la triada del conflicto intercontinental con base coreana confluyen dos sentimientos compartidos por todos: el deseo de evitar una guerra nuclear y un aura de suspicacia mutua. No parece vislumbrarse en el futuro la aparición de un McDonald’s junto a la Plaza Kim Il-Sung en Pyongyang, la señal previa de una posible reunificación. Los carriles por donde podría fluir el acuerdo seguramente irán en otro sentido.
Los acuerdos de la reunión en la isla-resort de Singapur no darán los resultados –al menos a mediano plazo– que tuvieron los acercamientos de EE.UU con China y Vietnam. El cambio podría ser que las dos caras del bifronte coreano que se dan la espalda, se den vuelta y comiencen a mirarse. Corea del Norte ya tiene un moderno centro de esquí y está terminando un mega resort de playa en forma de pirámide con un lago artificial, donde en algún momento podrían comenzar a llegar millones de turistas surcoreanos. En la ciudad china de Dandong –fronteriza con Norcorea– algunos sueñan con una carretera comercial que conecte China con Seúl en pocas horas, en la que Pyongyang sea una mera parada de reabastecimiento.
  Así como la ciudad de Zhezhen fue el primer experimento capitalista de la China comunista con empresarios taiwaneses, las corporaciones surcoreanas quisieran reproducir en todo Corea del Norte –sin reunificación– el modelo del complejo industrial intercoreano Kaesong que se instaló hace unos años del lado norte de la frontera, donde los sureños ponían el capital y los comunistas el trabajo, hasta que la escalada conflictiva de 2013 lo arruinó todo: allí el salario mínimo era de US$ 169 mientras que en Corea del Sur es de US$ 1470.
Hoy, resultado remoto del encuentro Nixon-Mao, China y EE.UU son competidores geopolíticos y económicos, pero también fuertes socios comerciales más allá de esa disparidad en la balanza a favor de China que molesta a Trump, interesado en traer de vuelta a casa las fábricas norteamericanas exportadas en busca de mano de obra barata. Pero grandes firmas como Apple dependen de la flexibilización laboral extrema con que somete Foxconn –firma taiwanesa ensambladora con plantas en China– a más de un millón de obreros chinos: China le hace el “trabajo sucio” a Apple sin dejar la firma de nadie, y esto le sirve al país para multiplicar su PBI. Este mismo negocio –que acerca las condiciones laborales a una idea de esclavitud moderna– podría cerrarle muy bien a firmas coreanas como Samsung, Hyundai y LG hipotéticamente instaladas en Corea del Norte, allí donde no existe derecho a reclamo alguno, hay un estado de vigilancia total y por lo tanto una mano de obra sumisa, condiciones necesarias para el desarrollo del modelo tigreasiático.
Julián Varsavsky: Coautor con Daniel Wizenberg del libro Corea, dos caras extremas de una misma nación.

lunes, 11 de junio de 2018

"FMI más aval del G7 para inducir la regresividad en Argentina y la región". Por Julio Gambina

No al FMIFMI más aval del G7 para inducir la regresividad en Argentina y la región

 
Mauricio Macri en Canadá recibió el aval del FMI y sus principales accionistas, los integrantes del G7: EEUU, Canadá, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Japón. Invitado en su calidad de coordinador del G20, el Presidente de la Argentina participó de la Cumbre de los países capitalistas desarrollados del sábado 9/6. Sin la decisión de estos países resulta impensable el acuerdo financiero entre el gobierno argentino y el organismo internacional.
El préstamo es muy superior a la relación por tenencias de Derechos Especiales de Giro (DEG) de la Argentina, lo que evidencia la voluntad política de la hegemonía capitalista mundial por sostener el rumbo del gobierno local y su papel en la región y en el mundo. El préstamo “stand by” asciende a 50.000 millones de dólares por tres años; a los que debe sumarse préstamos de otros organismos internacionales: a) del BID por 2.500 millones de dólares; b) del Banco Mundial por 1.750 millones de dólares y c) de la CAF por 1.400 millones de dólares. Suman en total 55.650 millones de dólares de nuevo endeudamiento público de la Argentina.[1] Son montos que deben adicionarse a los 232.952 millones de dólares de deuda externa registrados a diciembre del 2017 y a los 320.953 millones de dólares de deuda pública, también a fines del 2017.
De este modo, la DEUDA EXTERNA asciende ahora con estos datos a 288.602 millones de dólares, con un crecimiento del 24%. Del monto total de Deuda Externa correspondían al sector gobierno unos 142.375 millones de dólares, que ahora ascienden a 198.025 millones de dólares, con un incremento de 39%. La DEUDA PÚBLICA registra ahora un total de 376.585 millones de dólares, que si hacia fines del 2017 representaba un 57,1% del PBI, ahora puede estimarse en un crecimiento en 10 puntos, algo así como el 67% del PBI.
Los datos en sí mismo expresan la gravedad de la hipoteca a que se compromete la Argentina, lo que representará una carga dolorosa sobre el conjunto de la sociedad, especialmente los sectores de menos ingresos.

¿Por qué tamaño apoyo financiero y político del poder mundial?

Asistimos a un momento de reordenamiento del orden mundial y vale como anécdota el final de la Cumbre del G7 en Quebec, con un Donald Trump desairando el cónclave con críticas al anfitrión, el titular del gobierno de Canadá, con acusaciones de falsedad y rechazando la suscripción del documento final.
Tuiteó el Presidente de EEUU: “El primer ministro Justin Trudeau de Canadá ha actuado de forma mansa durante las reuniones del G-7 sólo para poder dar una rueda de prensa después de que yo me fuera, en la que poder decir que los aranceles de Estados Unidos son insultantes y que “no dejará que le manejen”. Deshonesto y débil. Nuestros aranceles son una respuesta a sus impuestos del 270% en los lácteos”[2]
No hay acuerdo mundial sobre cómo superar los problemas actuales del orden global y la potencia hegemónica gobernada por Trump desarma toda la racionalidad de la mundialización construida por cinco décadas. EEUU reclama volver a discutir el orden mundial y para eso retoma concepciones proteccionistas y reposicionarse como principal beneficiario del capitalismo en tiempos de la transnacionalización. Claro que Europa no acepta mansamente un papel subordinado, como tampoco el asignado al vecino Canadá. Ni hablar de China, que no integra el G7, pero que sus políticas intervienen en la nueva geopolítica del sistema mundial, más aún con sus renovadas y crecientes relaciones con Rusia y otros países, las que afectan la estrategia imperialista.
En ese marco se destaca el rumbo asumido por Nuestramérica durante los tres primeros lustros del Siglo XXI. El territorio que fuera el ensayo de las políticas neoliberales en los primeros años de la década del setenta del siglo pasado, se constituyó en el laboratorio de crítica e intentos de cambios de esa estrategia desde el inicio del presente siglo.
Solo a modo de ejemplo consignemos la perdida de funciones de la OEA, quien no hace mucho solicitaba el reingreso de Cuba luego de la expulsión de comienzos de los sesenta y que ahora, el organismo dependiente de la política exterior estadounidense promueve con variadas complicidades en la región la expulsión de Venezuela.
Fue un golpe para la estrategia de la transnacionalización de la economía, la liberalización y libre movimiento de capitales, mercancías y servicios, la nueva concepción de integración alternativa propuesta desde la región y que pretendía coronarse con la CELAC. El aislamiento de EEUU en la región no podía permitirse y mucho menos la disputa global a manos de China o de un poder compartido con los socios europeos, mucho menos si algunos empezaban a proclamar el objetivo socialista. La voz de mando apuntaba entonces a retrotraer la situación al auge de las políticas de apertura y subordinación sustentadas en los años 90, los del Consenso de Washington.
Ese es el marco para los golpes blandos en la región, sea Honduras, Paraguay o Brasil, como las “guarimbas” en Venezuela que pretenden instalarse contra cualquier intento de confrontar con la lógica capitalista dominante.
Por eso la importancia de la Argentina, que por primera vez en su historia constitucional un gobierno con programa explícito de derecha asume por el voto de su población. En el imaginario del poder mundial, sea el FMI o el G7 (aun con sus diferencias) Macri expresa la posibilidad de restaurar un rumbo amigable a las inversiones y las necesidades del gran capital, y no solo para la Argentina.
No es un dato menor que Buenos Aires haya sido sede de la 11° Ministerial de la OMC en noviembre del 2017 y reciba la cumbre del G20 en noviembre y diciembre próximos, en el marco de la coordinación del ámbito durante el 2018.
Hay discusión sobre el orden mundial y Nuestramérica ofreció una perspectiva de cambio social que motivó a otras experiencias similares en otras latitudes, en Europa o el Norte de África.
Ese proceso de cambio político se mantiene abierto no solo en expresiones gubernamentales, sino en la memoria viva de los movimientos populares en la región. Es una realidad que convoca a las clases dominantes a desplegar una enorme iniciativa y con fondos suficientes para revertir ese clima de época crítico al neoliberalismo y/o al capitalismo para recuperar la ofensiva capitalista cuestionada.
No exageramos si decimos que el papel de la OEA y del FMI, organizaciones deslegitimadas y con pérdida de funciones en los últimos tiempos, renuevan su papel para subordinar a Nuestramérica en la lógica de acumulación capitalista, aún en tiempos de turbulencias y desorden en la disputa por la hegemonía.
El gobierno argentino incorpora lo propio en este programa, que suena muy bien en las expectativas de los capitales dominantes, caso de las reformas estructurales en materia laboral y previsional.
La ganancia gran empresaria exige bajar costos de producción y entre ellos el gasto social que suponen las jubilaciones y pensiones en momentos de crecimiento de la posibilidad de vida. El envejecimiento de la sociedad es un problema para los inversores capitalistas, ya que la longevidad compite con la apropiación del excedente económico. Ni hablar de los derechos laborales que resienten las mejoras de ganancias, móvil esencial del régimen del capital.

La letra chica del “stand by”

La información ofrecida es sobre metas globales y aún falta conocer el impacto concreto del ajuste comprometido a cambio del préstamo a desembolsar, que por ahora serán solo 15.000 millones de dólares. El resto se desembolsará en la medida que sea necesario, dice el Ministro de Finanzas”[3] y que se cumplan los acuerdos para bajar el déficit fiscal y la inflación, según sostiene el acuerdo firmado con el FMI.
Por lo pronto, en las metas se establece un recorte del déficit fiscal por 20.000 millones de dólares entre 2018 y 2021. Podemos imaginar que el achique afectará al gasto social, sea en presupuesto asignada a salarios y empleos en el Estado, tal como se deduce de las medidas en curso, sean el congelamiento de la planta de personal o la política de “retiros voluntarios”. No debería sorprender que educación o salud sufran reducciones o congelamientos, tal como sugiere la política presupuestaria hacia las universidades públicas o al sistema educativo en general. En el mismo sentido puede pensarse en restricciones a la salud pública.
El Ministro de Finanzas anticipa que este respaldo servirá para resolver las necesidades de financiamiento más allá de la gestión y en efecto, en 18 meses termina el gobierno Macri y el acuerdo es por 36 meses, comprometiendo a la futura gestión, que podrá ser o no del mismo signo y sesgo político.
Se pretende utilizar unos 20.000 millones de dólares para cancelar parte del stock de LEBAC que registra en su cuenta el BCRA. Si el stock es de unos 46.000 millones de dólares, el gobierno pretende morigerar el efecto de esa bomba reduciéndola a un poco menos de la mitad. Para eso, ofrecerá nuevos instrumentos y activos financieros para inducir un canje de tenencias de deuda en pesos a corto plazo por vencimientos más largos en títulos que serán muy atractivos para esos inversores especulativos.
Resulta grave la consideración de todos los temas, ya que la hipoteca en dólares hace imprevisible nuestro futuro cercano y de mediano plazo. El dólar cerró la semana en 26 pesos por unidad de dólar y nadie puede prever su evolución, con impacto en el conjunto de los precios de la economía. La inflación continuará siendo una incógnita y un modo de redistribución regresiva del ingreso en la Argentina.
Las metas de inflación del 2018 saltaron por el aire. Ya no son del 10% o del 15% tal como se corrigieron y el anuncio remite a 17% en el 2019. Ver para creer podríamos decir, ya que no existen fundamentos que avalen la seriedad de los nuevos pronósticos, mientras el dólar sube, como los combustibles o las tarifas, los alimentos y todo aquello que hace a la calidad de vida de la población.

Contentos y amargados como el tango “Cambalache”

El poder está conforme y avala, los grandes empresarios también y se explica con subas en la Bolsa y mayores valorizaciones de las empresas cotizantes en las Bolsas. Los especuladores reciben noticias de nuevos y renovados instrumentos para apostar con sus colocaciones. Los acreedores cobran e incluso diversifican sus carteras. Los que pueden trasladan a precios y suman ganancias en sus balances, con posibilidad de remitir utilidades al exterior si fuera ello necesario, o incluso fugar capitales ahora que las reservas internacionales serán reconstituidas y acrecentadas con préstamo de organismos internacionales.
En lo ideológico programático, los principales comunicadores y operadores afines al sistema y al gobierno, o a la oposición que disputa el gobierno de una política similar, explican que no había otro camino y menos mal que se actuó con rapidez. Al mismo tiempo, desestiman la crítica porque no imaginan la viabilidad de una política alternativa.
Los perjudicados son la mayoría de la población, sea por el AJUSTE fiscal que como señalamos afectará al gasto social, como por las REFORMAS ESTRUCTURALES que se anuncian, especialmente las reformas laborales y previsionales.
En la estrategia oficial se incluye la contención o represión del conflicto social y para eso, al mismo tiempo que anunciaba el acuerdo con el FMI convocaba a la CGT para sacarla del paro general. La CGT hablaba de convocar a Paro y que solo restaba definir la fecha, sobre todo luego del veto a la legislación que establecía límites al tarifazo. Con las negociaciones entre gobierno y la cúpula sindical de la CGT la medida de fuerza fue postergada.
La realidad de protesta social y el descontento está más allá de lo que expresa la dirección del sindicalismo tradicional y por eso desde las CTAs emergió la convocatoria al Paro General para el jueves 14/06, con movilización. Es una medida convergente con las suscitadas por otras organizaciones sindicales, entre ellos el Sindicato de Camioneros o la Corriente Federal que lideran los bancarios.
Están echadas las cartas y las iniciativas políticas confrontan. Por un lado la coherencia, aun con contradicciones y matices del poder local y mundial, “los beneficiarios”; y por otro, en el campo de “los perjudicados”, con mucha fragmentación, la dinámica de descontento y protesta que busca canales de articulación para constituirse en opción y disputar poder.
Claro que hace falta mucha argumentación para la socialización de caminos alternativos a los del poder. No se trata de recuperar programas que imaginan reformas en el marco capitalista, que es como es y no como algunos imaginan que podría ser.
El imaginario por el anticapitalismo se nutre de la subjetividad consciente, pero también de experiencias que en el presente anticipan el futuro de organización de la sociedad más allá de la búsqueda de la ganancia y en una perspectiva de satisfacción de necesidades sociales.

Buenos Aires, 10 de junio de 2018

[1] Información obtenida del Ministerio de Finanzas de la República Argentina. En: https://www.argentina.gob.ar/finanzas (consultado el 10/06/2018
[2] Trump rompe el 'acuerdo de mínimos’ del G7 e insulta a Trudeau. Redacción ElHuffPost del 10/06/2018. En: https://www.huffingtonpost.es/2018/06/10/trump-rompe-el-acuerdo-de-minimos-del-g7-e-insulta-a-trudeau_a_23455206/ (consultado el 10/06/2018)
[3] Finanzas explicó el acuerdo con el FMI al mercado local e internacional. En: https://www.argentina.gob.ar/noticias/finanzas-explico-el-acuerdo-con-el-fmi-al-mercado-local-e-internacional-0 (publicado el 8/6 y consultado el 10/6/2018)

El trompazo de Trump al mundo


EE.UU. llama traidor al premier de Canadá y “socialista” al comunicado final


El presidente de EE.UU., Donald Trump, estrechando la mano del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, el sábado, durante la cumbre (Evan Vucci / AP)
Difícilmente Valéry Giscard D’Estaign podía imaginarse, cuando creó las reuniones de las siete mayores potencias democráticas del mundo, en plena crisis petrolera, que su 44.º edición terminaría con el representante de Estados Unidos dando un portazo y fulminando con un tuit la firma que horas antes había estampado en el comunicado final, pero es así como acabó la reunión del G-7 en Canadá.
Furioso porque los demás líderes ofrecieran una versión del acto distinta de la suya, Donald Trump se retractó de los acuerdos firmados, calificó de “deshonesto y débil” al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, por sus declaraciones a la prensa y anunció aranceles para los vehículos de importación.

La oficina de Macron critica la “incoherencia e inconsistencia” estadounidense

“Hay un lugar en el infierno para cualquier líder extranjero que hace diplomacia con mala fe con el presidente Donald J. Trump y luego le da una puñalada en la espalda en cuanto se va por la puerta”, declaró ayer el consejero de la Casa Blanca sobre Comercio, Peter Navarro. Trump, adujo, “le había hecho un favor” al ir a Quebec a pesar de tener “cosas mejores que hacer” y firmando “ese comunicado socialista” que el G-7 logró pactar a duras penas. “Este es uno de los mayores errores de cálculo de un líder de Canadá en la historia moderna”, aseveró Navarro en la televisión Fox News. También Larry Kudlow, asesor económico de Trump, acusó en la CNN a Trudeau de “traición” y dijo que el presidente no podía permitir que le debilitaran ante la cumbre con el líder norcoreano, Kim Jong Un.
Los líderes europeos demostraron este G-7 que también ellos saben usar las redes sociales, si bien de forma más sutil que Trump. La delegación alemana ganó la batalla de la comunicación con la difusión el sábado de una foto en que se ve al presidente sentado con cara de pocos amigos y rodeado por el resto de los miembros del G-7 mientras Angela Merkel le interpela. El portavoz Steffen Seibert, autor del tuit, subrayó ayer que “Alemania man­tie­ne su adhesión al comunicado acordado”. Pero más duro fue el ministro de Exteriores, Heiko Maas, al decir que “una cantidad extraordinaria de confianza puede quedar rápidamente destruida con un tuit. Por eso es tan importante que Europa se mantenga unida y defienda sus intereses aún más agresivamente”. Sin ir al detalle, un portavoz de la primera ministra británica, Theresa May, dijo a Efe que “seguimos comprometidos con el acuerdo recogido en el comunicado”.

“Es importante que Europa defienda sus intereses aún más agresivamente”

El mensaje de aislamiento de Trump en la escena internacional estaba claro. Los asesores de la Casa Blanca distribuyeron sus propias fotos, menos dramáticas que la del portavoz de Merkel, mientras el Elíseo publicaba su versión de las discusiones con el líder francés en primera línea. Macron supo del tuit de Trump justo cuando abordaba su avión de regreso. Su oficina criticó la “incoherencia e inconsistencia” de la actitud estadounidense.
Fue Emmanuel Macron quien llevó la voz cantante en las discusiones sobre comercio el viernes. “Estaba pactado así, se había preparado muy bien y mantuvo una auténtica discusión con Trump, con ejemplos concretos” sobre cosas que este ha dicho y no son ciertas o carecen de lógica económica, explicaron a este diario fuentes diplomáticas europeas desde Quebec. “En un formato así no puedes ignorar sin más los argumentos, y diría que Trump quedó algo desestabilizado”, aseguraron las fuentes. “Nuestras discusiones han permitido restablecer la verdad sobre los intercambios comerciales entre Europa y EE.UU.”, tuiteó victorioso Macron el sábado.
Ese día, tras un duro tira y afloja, EE.UU. firmó el comunicado final del G-7, un texto que rechaza el proteccionismo y aboga por resolver las disputas comerciales por vías legales. Unas horas después, Trump se desmarcó del documento aunque ya estaba firmado. Antes de abandonar la cumbre había hecho una lectura exultante de sus discusiones con los otros líderes del G-7 que se desmoronó cuando estos dieron su propia versión de los hechos y expresaron sus opiniones.
Trump tiene una curiosa concepción de la diplomacia que mezcla las relaciones personales con la política. Su enfado con Trudeau se debe en parte a que este negó que Canadá esté a punto de firmar una revisión del Tratado de Libre Comercio de las Américas que expire a los cinco años, como había dicho Trump. O a que discrepara, como Macron, de que las importaciones de acero y aluminio de Canadá y la UE sean una “amenaza para la seguridad de EE.UU.”, el supuesto al que se ha acogido para aprobar los aranceles sin consultar al Congreso.
Más allá de los roces personales, que Europa, Canadá y México vayan a responder a EE.UU. subiendo los aranceles a algunos de sus productos irrita mucho a Trump. “Siempre decían que eso no iba a ocurrir”, recordó ayer el presentador de la Fox a Peter Navarro.

jueves, 7 de junio de 2018

Invitación Taller: "G20 en Argentina: Futuro del Trabajo y La Ciudad del Futuro" (martes 12/6)

Lxs invitamos a nuestro próximo taller formativo el martes 12/6 a las 18.00 en Pichincha 674 sobre "G20 en Argentina: Futuro del Trabajo y Urban 20: La Ciudad del Futuro"

En esta oportunidad nos preguntaremos:¿Qué y quiénes son los G20?¿Qué debaten y qué consecuencias tienen para los pueblos?¿Que son los grupos de afinidad que supuestamente representan a la sociedad civil?¿Cómo se prepara el gobierno argentino para los días de la cumbre...y cómo nosotrxs?
Convocan: Asamblea Argentina Mejor sin TLC, CTEP Capital, Movimiento Popular la Dignidad, Observatorio por el Derecho a la Ciudad, Movimiento Emancipador

miércoles, 6 de junio de 2018

Lo que hay detrás del partido de la Selección en Jerusalem. Jorge Elbaum: “Macri se siente cómodo con Netanyahu y Trump y no con Evo Morales y Maduro. En lugar de alinearse con quienes quieren la unidad de Latinoamérica, prefiere alinearse con los sectores más belicistas del mundo”



Jorge Elbaum: “La decisión de Macri de comprarle armas a Israel supone un pacto geopolítico”

La suspensión del partido entre Argentina e Israel dejó al descubierto una trama de alineamientos geopolíticos que incluyen el negocio de la compra de armas y software de espionaje, como así también el posible traslado de la embajada argentina a Jerusalén.
Este martes se informó la suspensión del partido que el sábado 9 de junio jugarían las selecciones de Argentina e Israel como parte de la preparación para el Mundial de Fútbol que se desarrollará en Rusia. El encuentro, que originalmente se iba a realizar en la ciudad israelí de Haifa, había sido trasladado a Jerusalén, que es parte del territorio en disputa con el Estado de Palestina. La decisión de jugar el partido en la Ciudad Santa iba en línea con la medida que tomó el presidente norteamericano, Donald Trump, al trasladar la embajada de su país a Jerusalén y reconocer esa ciudad como la capital de Israel –medida que va contra lo que manda el derecho internacional y las resoluciones de Naciones Unidas–.
La política exterior del gobierno de Mauricio Macri se ha basado en un alineamiento total con las posturas de Estados Unidos, el Reino Unido e Israel. Este nuevo posicionamiento geopolítico de Argentina también ha implicado que el gobierno de cambiemos haya puesto gran parte del armado de su seguridad en manos de Israel, sus servicios de inteligencia y el negocio de la compra de armas.
Contexto dialogó con Jorge Elbaum, periodista, sociólogo y presidente del Llamamiento Argentino Judío, quien explicó la alineación geopolítica en la que el gobierno de Macri ha decidido poner a Argentina.
– Usted denunció que el precio que Argentina pagó las lanchas que le compró recientemente a Israel para seguridad es realmente excesivo.
– Las lanchas que se han comprado tienen sobreprecio indudable y es probable que también lo tenga el software para seguridad interior que se ha adquirido y del que no hay información. A futuro habrá que ver quién se quedó con ese sobreprecio.
Elbaum: “Macri se siente cómodo con Netanyahu y Trump y no con Evo Morales y Maduro. En lugar de alinearse con quienes quieren la unidad de Latinoamérica, prefiere alinearse con los sectores más belicistas del mundo”.
– ¿Por qué Argentina compra este tipo de material a Israel, un gobierno que, como usted ha señalado, siempre ha votado contra el reclamo argentino por la soberanía de Malvinas?
– En este tema también entra en juego el aspecto geopolítico. Uno no le compra armas a cualquiera, sino a aquel con el que uno pretende tener un nivel de confianza estratégicá. La decisión de Macri de comprarle armas a Israel supone un pacto geopolítico. Macri se siente cómodo con Netanyahu y Trump y no con Evo Morales y Maduro. En lugar de alinearse con quienes quieren la unidad de Latinoamérica, prefiere alinearse con los sectores más belicistas del mundo.
– Parece extraño pensar que un partido de fútbol, como el que iban a jugar la selección de Argentina y la de Israel, sea parte de ese alineamiento.
– El partido original se iba a jugar en Haifa, pero después se cambió a Jerusalén, que es una ciudad que ha sido anexada contra el derecho internacional. Jerusalén iba a ser capital de dos países, pero Israel pretende que sea únicamente suya, que sea indivisible. En ese marco, Estados Unidos ha contribuido a la provocación contra los palestinos al disponer que su embajada esté en Jerusalén.
– Algunos señalan que Argentina podría seguir los pasos de Guatemala y Paraguay al alinearse a la postura de Estados Unidos y trasladar, también, su embajada a Jerusalén. ¿Usted cree que esto es posible?
– Lamentablemente, es lo que puede esperarse de Macri y de su alineamiento internacional con los sectores más reaccionarios.

lunes, 4 de junio de 2018

"Argentina cortejando a Washington" y "Sobre la doctrina de inseguridad nacional" (Tokatlian)

Los presidentes de Argentina y Estados Unidos, Mauricio Macri y Donald Trump, estrechan sus manos en julio de 2017, durante la reunión del G20 en Hamburgo, Alemania (AFP).

Argentina cortejando a Washington

Por Juan Gabriel Tokatlian (Clarín)

Llama la atención el silencio de la Cancillería argentina frente a acciones polémicas de parte de Estados Unidos, como el abandono del acuerdo nuclear con Irán o el lanzamiento de la "madre de todas las bombas" en Afganistán. ¿Se evita irritar a la Casa Blanca?

La administración de Cambiemos ha desplegado una política de acercamiento a Estados Unidos que transitó dos etapas: una primera, bajo la gestión de la canciller Susana Malcorra, con señales nítidas de aproximación, cautelosa y sin sobreactuación y una segunda, desde mediados de 2017, que he llamado unilateralismo periférico concesivo; es decir, hacer concesiones al poderoso para salvaguardar los intereses propios. Si la primera etapa tuvo tintes pragmáticos, la actual es más ideológica.
Un modo de analizar la política exterior de un gobierno consiste en evaluar sus votaciones y pronunciamientos y revisar los datos y acciones.
Por ejemplo, anualmente el Departamento de Estado publica un informe sobre votaciones en la ONU señalando las coincidencias de los países con Washington, tanto en términos del total de resoluciones como de las que Estados Unidos considera las más importantes.
Jorge Faurie, Argentina's foreign affairs minister, listens during a press conference at the G20 Summit in Buenos Aires, Argentina, on Monday, May 21, 2018. The G20 Meeting of Foreign Affairs Ministers is the third ministerial meeting of the G20 Argentina summit, bring together foreign ministers to discuss and debate issues on the international agenda. Photographer: Erica Canepa/Bloomberg
El ministro argentino de Relaciones Exteriores, Jorge Faurie (Erica Canepa/Bloomberg).
En 2016 (gobierno Obama), Argentina coincidió con Estados Unidos en 52,6% de las votaciones, igual que Chile; Uruguay en 52,1% y Brasil en 56,5%. En 2017 (gobierno Trump), la Argentina coincidió con Estados Unidos en 59%, Uruguay en 47% y Brasil y Chile en 44%.
Una fuente adicional para ponderar las relaciones bilaterales es examinar los comunicados de la Cancillería. En el último año, el Ministerio se manifestó enfáticamente y deploró el gravísimo deterioro en Venezuela, las pruebas misilísticas y nucleares de Corea del Norte, los atentados terroristas en Estados Unidos, Europa, Asia y África, la tragedia humanitaria en Siria y el uso de armas químicas.
Sin embargo, salvo por una comunicación que lamenta el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París y otra que se preocupa por la construcción del muro con México, no hubo desaprobación o crítica al abandono unilateral del compromiso del P5 + 1 con Irán, al lanzamiento de la “madre de todas las bombas” en Afganistán, al traslado de su embajada a Jerusalén en medio de exacerbadas tensiones en Medio Oriente, a la reversión del proceso de normalización con Cuba, a Arabia Saudita -receptor de un masivo suministro de armas de Estados Unidos-, que ha aplicado una política brutal en Yemen; al mayor debilitamiento de la ONU impulsado por Washington y a la detención del programa de refugio para menores centroamericanos, entre otros.
La intención parece ser no irritar a Estados Unidos, a pesar de que muchas de sus acciones riñen con el derecho internacional, la estabilidad mundial y los vínculos interamericanos.
La Argentina continúa con serias dificultades de acceso al mercado estadounidense. En el primer trimestre de 2017 el déficit comercial del país fue de US$ 1.113 millones y para el mismo período en 2018 fue de US$ 1.064: prácticamente ninguna variación.
El Ejecutivo conoció el año pasado la dureza de Washington, que aumentó los aranceles para el biodiesel, y debió aceptar que en 2018 se le aplicaran cuotas a la venta de acero y aluminio: 180.000 toneladas para el acero (en 2017 la Argentina le exportó a Estados Unidos 200.000 toneladas) y 180.000 toneladas para el aluminio (en 2017 las exportaciones llegaron a 260.000 toneladas).
El Ministerio de Seguridad procuró la presencia de más funcionarios de la DEA y aumentó la colaboración con el FBI en lo que hace al desarrollo de “centros de fusión de inteligencia”.
La mayor y estrecha colaboración bilateral no impidió que en el informe del Departamento de Estado de 2018 en materia anti-narcóticos se subrayaran las deficiencias de la Justicia, en el campo del control del lavado de activos y en el uso de jurisdicciones off-shore para actividades criminales.
Al parecer el nuevo embajador estadounidense, Edward Prado, está interesado en “fortalecer la confianza de la gente” en la justicia argentina; algo poco usual que convendrá seguir en detalle.
Edward Prado, embajador de Estados Unidos en la Argentina, y fanático de Manu Ginóbili.
Edward Prado, embajador de Estados Unidos en la Argentina.
En el ámbito militar ha habido un intento de mejorar los lazos. En marzo de 2018 el Comandante de la Cuarta Flota (creada en 1942, disuelta en 1950 y restablecida en 2008), Sean Buck, visitó Puerto Belgrano, en el marco de lo que se conoce como Maritime Staff Talks y en el que, de acuerdo con el comunicado del Comando Sur, se trató el “respaldo a la estrategia naval global de Estados Unidos”.
Sin embargo, y como señalaron Benjamin Gedan y Kathy Lui en una nota reciente del Argentine Project del Wilson Center, ubicado en Washington, “por el momento, la Argentina carece de las capacidades para proteger sus fronteras y mucho menos resumir su contribución a la seguridad global”.
La eventual intensa relación militar no subsana los severos problemas internos que enfrenta el país en el terreno de su política de defensa y respecto a las fuerzas armadas.
Habrá que ver qué sucede con las relaciones argentino-estadounidenses después del acuerdo con el FMI: sería disfuncional para la Argentina hacer concesiones políticas en temas estratégicos. La debilidad coyuntural no debería conducir a cesiones de impacto estructural negativo para los intereses nacionales.

* Juan Gabriel Tokatlian es profesor plenario Universidad Torcuato Di Tella

----------------------------------------------------------------------------
 
Sobre la doctrina de inseguridad nacional

El presidente Mauricio Macri afirmó en el Día del Ejército: “Necesitamos Fuerzas Armadas que dediquen mayores esfuerzos en colaboración con otras áreas del Estado, brindando apoyo logístico a las fuerzas de seguridad para cuidar a los argentinos frente a las amenazas y desafíos actuales”. Su aserción parece preanunciar un eventual decreto en el que se explicitaría la decisión política de comenzar a desmantelar el consenso sociopolítico existente desde la recuperación de la democracia respecto a la estricta separación entre defensa y seguridad interior. El pronunciamiento del mandatario generará posiblemente reacciones de diverso tipo.
En este caso me quiero concentrar en la expresión “amenazas y desafíos actuales”. ¿A qué parece apuntar ello? ¿En qué matriz interpretativa se puede inscribir esa referencia? ¿Qué vínculo podría tener dicha expresión en el contexto de las relaciones interamericanas? A mi modo ver, la respuesta a dichos interrogantes exige detenerse, inicialmente, en Estados Unidos y la llamada grand strategy como punto de partida y su evolución en el tiempo. Washington la ha ido modificando y actualizando. Lo anterior conduce a reconocer el macro nivel global y la especificidad continental en los que se ha ido expresando la “gran estrategia” estadounidense.
Durante la Guerra Fría Washington desplegó, en el terreno inter-estatal, la estrategia de la contención. En aquel período era fundamental frenar la expansión de la Unión Soviética y, de ser factible, revertir tanto su proyección de poder en la periferia (en clave de época, el Tercer Mundo) como la afirmación de su área de influencia (esto es, Europa oriental). En el campo no estatal y, en particular, en las naciones periféricas y de modo directo o indirecto, Washington recurrió a la contra-insurgencia: una modalidad de confrontación destinada a socavar la legitimidad del oponente armado (por ejemplo, los grupos guerrilleros y los movimientos de liberación nacional), interrumpir el acceso a recursos para impedirles librar su lucha, debilitar las oportunidades políticas del adversario y lograr adhesión social (por ejemplo, en áreas rurales y centros urbanos).
La principal doctrina militar que primó fue la disuasión; esto es, dejarle en claro a la URSS que los costos de atacar a Europa occidental y de usar armas nucleares contra Estados Unidos y sus aliados serían exorbitantes pues la respuesta de Washington sería aniquiladora. La dinámica de la “destrucción mutua asegurada” subyacía a una doctrina que tenía su espejo en el mismo tipo de mensaje que Moscú le enviaba a Estados Unidos.
La estrategia y la doctrina señaladas eran acompañadas en el terreno diplomático por el establecimiento de firmes alianzas político-militares. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y el Tratado Anzus (Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos), entre otros compromisos, fueron, bajo la premisa de la bipolaridad, los acuerdos que aseguraban el mantenimiento de las zonas de influencia de Washington y su proyección internacional de poder.
Ahora bien, en el ámbito latinoamericano la grand strategy estadounidense remitía a una doctrina subalterna. La eventual y definitiva confrontación Este-Oeste tenía unos protagonistas principales (Estados Unidos y Europa occidental por un lado, y la Unión Soviética y Europa oriental, por el otro), mientras que las fuerzas armadas de Latinoamérica no eran contempladas como un actor decisivo en el hipotético combate directo contra la URSS. El papel de los militares latinoamericanos era, en términos de la gran estrategia de Washington, prioritariamente doméstico: luchar y doblegar al “enemigo interno” –el “comunismo” local– que era concebido como la extensión en la región del expansionismo soviético. En ese marco, la contra-insurgencia era, en lo doméstico, la estrategia principal de las fuerzas armadas. Para ello se contaba con el respaldo de Estados Unidos y, si fuere del caso, con su participación. Lo anterior se inscribía en una doctrina subalterna: la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN).
En la inmediata Posguerra Fría se mantuvo, respecto de la estrategia, la contención tanto frente a un potencial resurgimiento de Rusia como ante el emergente poder de China. Persistió la disuasión como doctrina en relación a contra-partes estatales, mientras se recurrió a respuestas misilísticas contra actores no estatales en respuesta a actos terroristas contra intereses estadounidenses en el extranjero. No hubo cambios diplomáticos en cuanto al sistema de alianzas: Washington tuvo un comportamiento internacional en el que combinó multilateralismo episódico y unilateralismo recurrente.
En cuanto a la lógica subalterna se produjo, después del colapso soviético y del desmoronamiento del comunismo en Europa oriental, la configuración-en especial desde Estados Unidos –del denominado fenómeno de las “nuevas amenazas” (narcotráfico, terrorismo, crimen organizado, etc.)–. Se entiende que las mismas constituyen, en palabras de Marcelo Saín, “el conjunto de riesgos y situaciones conflictivas no tradicionales, esto es; no generadas por los conflictos interestatales derivados de diferendos limítrofes-territoriales o de competencia por el dominio estratégico”.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos fueron de enorme trascendencia e impacto y dieron paso a una redefinición de su grand strategy. En ese sentido, la nueva estrategia se orientó hacia la primacía; es decir, Washington no estaba (ni está) dispuesto a tolerar, ni en el campo militar ni el político, a ningún competidor internacional de igual talla (peer competitor), fuese este un viejo rival (Rusia) o un nuevo oponente (China). No se trataba de un asunto de (buena o mala) voluntad o de ideología (conservadora o liberal), sino de un empuje derivado, en buena medida, de la elocuente disparidad de poder existente en el sistema mundial. La estrategia de primacía suponía (y supone) que los intereses vitales estadounidense no estarían suficientemente protegidos con un esquema multilateral de reglas y acuerdos. En cuanto a los actores no estatales, a la proverbial contra-insurgencia anteriormente mencionada se sumó el contra-terrorismo que se caracteriza por atacar militarmente a un oponente que se considera criminal y letal (por lo tanto, no sujeto a reconocimiento político) y por desplegar acciones coercitivas de distinto tipo sobre determinados grupos terroristas (preferentemente islámicos), sus eventuales aliados estatales, sus redes de sostén material y sus refugios.
En cuanto a la doctrina, la disuasión continuó siendo la columna vertebral en materia militar. En el apogeo de lo que se presumía como una condición unipolar perdurable Washington estaba encaminado hacia una política de preponderancia incuestionable. Una novedad posterior a los atentados de septiembre de 2001 fue la incorporación de la doctrina de la “guerra preventiva”. La misma apunta a mostrar que Estados Unidos se arroga el poder de usar su poderío bélico contra un país, independientemente de que este se disponga a atacar de manera inminente a Estados Unidos y sin tener en cuenta la evidencia cierta para legitimar, al menos parcialmente, el recurso al instrumento militar en las relaciones internacionales.
Asimismo, las alianzas sólidas del pasado se superponen en unos casos, y se sustituyen en otros, en tanto instrumentos diplomáticos de respaldo y compromiso político-militar, por coaliciones ad hoc (las llamadas coalitions of the willing), lo que supone que sólo Washington fija la misión y luego establece la coalición para llevarlas a efecto (como ha ocurrido en Irak o contra el Estado islámico).
Finalmente, la lógica subalterna que se ha ido consolidando en gran parte de América Latina en el marco de una redefinición de la grand strategy estadounidense ha sido la de las aludidas “nuevas amenazas”. Las mismas son múltiples, entrelazadas y letales. Esa proliferación de peligros entrecruzados se nutre de la ausencia y/o captura parcial del Estado y, en consecuencia, requiere de un rol activo de las fuerzas armadas para hacerle frente, borrando así las diferencias entre seguridad interna y defensa externa. Eso remite a lo que llamo una Doctrina de Inseguridad Nacional en sustitución de la vieja DSN: los enemigos actuales son un entramado de actores interconectados que operan domésticamente como parte de una oscura acechanza global y, por lo tanto, se necesita de los militares y su poder de fuego para neutralizarlos y eliminarlos. Complementariamente, y a nivel internacional, se trataría de involucrar a los militares ya no en las tradicionales misiones de paz de la ONU sino en acciones anti-terroristas en las nuevas operaciones desplegadas por Naciones Unidas en algunos países de África, por ejemplo.
El llamado del presidente Macri a que los militares se vinculen a la lucha contra las “amenazas y desafíos actuales” se puede localizar en la dinámica de las “nuevas amenazas” que, a su turno, se inscriben en los cambios ocurridos en las relaciones interamericanas. Con ello no solo se afectaría un activo de la Argentina democrática en América Latina –esto es, la separación entre defensa y seguridad interior–, sino que se obstruiría la urgente necesidad de un debate nacional sobre qué política de defensa y qué fuerzas armadas necesita hoy el país. Una gran mayoría de los que creemos en el valor y utilidad de aquella separación venimos planteando que tal debate es impostergable y que debe hacerse con argumentos serios, francos y frontales. Pero la postura en la materia del gobierno de Cambiemos nos conduciría a menos deliberación en torno a la defensa y más debilitamiento de las fuerzas armadas.

* Profesor plenario de la Universidad Di Tella.

Macri, de Obama a Trump: persisten las dificultades bilaterales


Macri, de Obama a Trump: persisten las dificultades bilaterales.
Exposición de Leandro Morgenfeld en la presentación de Voces en el Fénix 67
Facultad de Ciencias Económicas, UBA, abril de 2018