miércoles, 18 de enero de 2017

"Macri y el fracaso de la subordinación a Estados Unidos: de Obama a Trump"

Leandro Morgenfeld * (Especial para sitio IADE-RE) |

"A gobiernos derechistas, como los de Macri, Temer o Peña Nieto, alinearse con el impopular Trump les hará pagar un costo político interno más alto. Nuestra América debe avanzar con una agenda propia, descartar las estrategias aperturistas y subordinadas a Estados Unidos", indica el autor en su análisis.



Cuando llegaron a la Casa Rosada, Macri y Malcorra impulsaron una nueva política exterior, subordinando su agenda a de los gobiernos de Estados Unidos y Europa. Argumentaban que así atraerían inversiones, facilitarían el crédito externo a tasas más bajas y ampliarían las exportaciones. A lo largo de su primer año, el nuevo gobierno argentino sobreactuó el alineamiento con Washington –retomando la senda que supo transitar Menem en los noventa- y se ilusionó con la continuidad que supondría la previsible llegada a la Casa Blanca de Hillary Clinton. Sin embargo, la lluvia de inversiones no llegó, las tasas para tomar créditos no disminuyen y la balanza comercial empeoró. El triunfo de Trump profundiza el contexto externo negativo y muestra el fracaso de la estrategia aperturista, situación que reconocen hasta los impulsores de la inserción internacional neoliberal. De aquí en más, subordinarse al imperio acarreará para Macri costos políticos internos más altos –para muestra, ver lo que está ocurriendo con Peña Nieto en México- y beneficios aún más inciertos.

En abril de 2015, meses antes de las elecciones presidenciales, se hizo público el documento “Reflexiones sobre los desafíos externos de la Argentina: Seremos afuera lo que seamos dentro”, del autodenominado “Grupo Consenso”, integrado por referentes de la oposición al kirchnerismo, que planteaba cuáles eran los desafíos, en materia política exterior que debía abordar quien sucediera a Cristina Fernández.
Lo más llamativo del texto son algunas omisiones fundamentales para comprender la última década. Por ejemplo, no da cuenta del “No al ALCA” en Mar del Plata (2005), que permitió la aparición posterior de nuevas instancias de integración (ALBA) y de coordinación y cooperación política (UNASUR y CELAC) en América Latina y el Caribe. Ninguna de estas herramientas es siquiera mencionada, lo que configura un claro ocultamiento. ¿Se puede escribir un documento con tamañas pretensiones y no mencionar a la unión de 33 países de América Latina y el Caribe, que ha tomado forma bajo la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños? ¿Se puede mencionar a la ONU como foro privilegiado en la escena internacional -como se hace en reiterados pasajes- sin mencionar al G77+China, el principal bloque dentro de esta organización, donde precisamente la Argentina participaba con gran peso junto al resto de la región? Justamente Macri, desde que asumió, decidió ningunear estas organizaciones alternativas, y privilegiar otras, como el Foro Económico de Davos (al que asistió personalmente en enero de 2016) o la Organización de los Estados Americanos (a la que reivindicó con Obama, en la declaración conjunta del 23 de marzo).
El documento del Grupo Consenso pedía “insertar adecuadamente” a la Argentina en el mundo, que el país se transformara en un actor global “responsable”, partiendo de nuestra “identidad occidental” y defendiendo las “instituciones republicanas, la división de poderes, la libertad de expresión, los derechos humanos y las garantías individuales”. Llamaba a consolidar los valores de una “sociedad abierta, moderna y respetuosa del ordenamiento internacional”. En síntesis, había que volver a ser un país “normal” y “serio”, como venían proclamando muchos de los firmantes en los últimos años. O sea, asumir nuestra condición periférica y evitar cuestionar el rol de gendarme global que hace décadas ejerce Estados Unidos, con Europa y Japón como socios.
En ese texto se planteaba, además, la necesidad de establecer una “adecuada convergencia entre el Mercosur atlántico y la promisoria Alianza del Pacífico”, pero sin dar cuenta de que, precisamente, esta última -impulsada por México, Colombia, Perú y Chile, que firmaron Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos tras la derrota del ALCA- era una herramienta para intentar una restauración conservadora y para imponer una agenda neoliberal.
Además, bajo la idea de “fortalecer nuestras tradicionales relaciones con Europa y EEUU”, se pedía al futuro gobierno encarar una política exterior diferente a la kirchnerista, que precisamente se había caracterizado por estrechar acuerdos con los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-, sin dejar de lado históricas relaciones del país. En definitiva, se demandaba una “apertura” del Mercosur, orientada a la UE y EEUU, una idea sobre la cual las derechas latinoamericanas venían trabajando con fuerza en los últimos años.
El documento resaltaba como positiva la especialización en la producción de alimentos y energía, alentando un esquema reprimarizador y extractivista que genera exclusión y destruye el medio ambiente, permitiendo ganancias extraordinarias para un núcleo reducido de la clase dominante -y los grandes capitales externos con los que se asocia- y un escasa diversificación productiva. Retomando la agenda de Estados Unidos, señalaba que los principales enemigos a escala global eran el terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado. No decía nada de cómo esas “amenazas” se utilizaron para dar sustento a invasiones militares unilaterales ni a campañas de desestabilización de gobiernos adversarios de Estados Unidos.
El “Consenso” que promovían, por los dichos y las omisiones mencionadas, parecía más cercano al “Consenso de Washington” de los 90, cuando la política económica de nuestros países era determinada por los organismos multilaterales de crédito, al calor de una indiscutible hegemonía estadounidense a nivel mundial. Con cierta nostalgia de las “relaciones carnales” que primaron en aquella década, y utilizando un lenguaje aggiornado, los firmantes de este documento apuntaban a una restauración conservadora en la política exterior argentina e impulsan la vuelta a una inserción internacional dependiente. ¿Por qué lo recordamos ahora? Porque la política exterior desplegada en el último año comparte sus premisas.

Inserción internacional aperturista y política exterior subordinada

Desde que asumió, el gobierno encabezado por Macri siguió los lineamientos del Grupo Consenso. Malcorra señaló, en diciembre de 2015, que desplegarían una política exterior “desideologizada”, cuyo objetivo es la atracción de capitales, la toma de préstamos y la apertura de nuevos mercados para los exportadores Macri no ahorró señales hacia el gran capital financiero, pero sobre todo hacia Estados Unidos. 
Desde su concepción liberal, la vía para dar seguridad jurídica a los inversores externos es firmar Tratados de Libre Comercio (TLC). Viajó a Davos, se reunió con líderes europeos y recibió a Obama. En julio visitó Chile para participar por primera vez de la cumbre presidencial de la Alianza del Pacífico, donde insistió en que el Mercosur estaba congelado y debía sellar un tratado comercial con ese bloque; luego voló a Francia, Bélgica y Alemania, para relanzar las negociaciones de un “acuerdo de asociación” con la Unión Europea; y culminó su periplo en Estados Unidos, para reunirse con los CEOs de empresas de telecomunicaciones y servicios. “Argentina volvió al mundo”, declaró en Berlín, eufórico ante empresarios teutones.
Macri y Patricia Bullrich permitieron a Estados Unidos avanzar nuevamente en materia militar y de inteligencia, con la excusa del terrorismo y la lucha contra el narcotráfico. Hay planes de adiestramiento de tropas, venta de armamento y también viene hablándose de una base en Misiones, cerca de la Triple Frontera, y otra en Tierra del Fuego, cerca de la Antártida. Se las enmascara como bases humanitarias o científicas, pero son emplazamientos militares de nuevo tipo.
El gobierno de Cambiemos decidió impulsar las negociaciones comerciales en tres direcciones: intentar sellar un acuerdo Mercosur-Unión Europea, procurar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y avanzar en una convergencia con la Alianza del Pacífico, como primer paso para sumarse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Macri abandonó una política exterior de orientación latinoamericanista y que apuntaba a los BRICS, y está reeditando una suerte de “relaciones carnales” con los Estados Unidos. Su apoyo a Hillary Clinton en las elecciones estadounidenses tenía que ver con mantener ese alineamiento, con la esperanza de que así llegarían las inversiones y créditos a tasas más bajas. La posición pro acuerdos de libre comercio de Clinton era convergente con la política exterior que impulsa el actual gobierno argentino.
Malcorra, por su parte, cerró el 2016 acumulando críticas de diversos sectores. A su fallida carrera por la Secretaría General de la ONU (muchos cuestionaron la incompatibilidad con el cargo de canciller), se le suma el bochornoso Acuerdo con Gran Bretaña y el varias veces explícito apoyo a Clinton. Sin embargo, el mayor fracaso de su gestión es que el cambio de contexto internacional a partir del triunfo de Trump echa por la borda con el núcleo de la política exterior de Cambiemos. Abren la economía e impulsan tratados de libre comercio cuando hay un repliegue proteccionista en Estados Unidos y Europa. Apuestan al crédito externo cuando va a tender a encarecerse el acceso al dinero y dan concesiones para atraer inversiones, cuando los capitales se van a refugiar en los países centrales, ante tanta incertidumbre global.

Los desafíos ante el triunfo de Trump

Los gobiernos neoliberales que apostaban a la continuidad con Clinton y a la firma y extensión de acuerdos como el NAFTA y el TPP, ahora están recalculando. Se les dificultará seguir con la política de promoción del libre comercio, endeudamiento externo masivo y concesiones para atraer inversiones estadounidenses. El contexto internacional va a ser mucho más adverso. Cantan loas a la globalización neoliberal, cuando en Estados Unidos y Europa está siendo impugnada. En Argentina, por ejemplo, ya hablan de la necesidad de diversificar mercados y desplegar una política exterior menos enfocada en Washington y la Unión Europea, justo lo contrario que hicieron en el último año.
La política externa desplegada por Macri profundiza la inserción dependiente. Apenas es beneficiosa para una minoría concentrada: los bancos, los socios menores del gran capital trasnacional y los grandes exportadores, beneficiados por la baja de retenciones y por la mega-devaluación inicial. Sin embargo, hubo una evaluación errónea del contexto internacional. Se promovió una apertura comercial en función de avanzar con tratados de libre comercio, justo cuando las potencias occidentales avanzan en sentido contrario. Se pagó lo que exigían los fondos buitre, elevando enormemente el endeudamiento externo. Sigue cayendo la actividad, aumentan el desempleo, la pobreza y la desigualdad, la inflación no cede y la deuda externa aumenta como nunca antes.
Ante la radicalidad del giro en materia de política exterior, es necesario recordar que la posibilidad de ampliar la autonomía nacional y regional depende de mantener una relación no subordinada con Estados Unidos, justo lo contrario del embelesamiento que mostró Macri con Obama y que ahora pretende reconstruir con Trump (la elección como ministro de Hacienda de Nicolás Dujovne, cuñado del socio local del magnate neoyorkino, parece ir en esa línea). Potenciar la integración latinoamericana, hoy en crisis, es condición necesaria, aunque no suficiente, para desplegar iniciativas que amplíen el margen de maniobra, como la creación de mecanismos de defensa o financiamiento regional. Si se siguen resquebrajando los mecanismos latinoamericanos de cooperación y coordinación política, como la UNASUR y la CELAC –ninguneados por el gobierno que encabeza Macri-, y de integración alternativa, como el ALBA, en función de recomponer los vínculos subordinados con Estados Unidos y las demás potencias, Argentina seguramente recorrerá el sendero que ya tantas veces en la historia la llevó a crisis económicas, ajustes sociales y tensiones políticas.
La única forma de hacerlo en forma no dependiente es recuperando la coordinación y cooperación política en torno a organismos latinoamericanos y avanzando hacia una integración alternativa. Las guerras de monedas y comerciales que se avizoran, a partir del repliegue neoproteccionista que prometió Trump en la campaña, obligan a pensar estrategias económicas que potencien los mercados internos y regionales, a contramano de las lógicas de libre mercado que impulsa la Alianza del Pacífico. O sea, el “modelo” aperturista de Perú y Chile, que tanto alabaron gobiernos neoliberales como el de Macri, deberá ser abandonado.
El encarecimiento del crédito, a partir de una esperable suba de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal, obliga a los países latinoamericanos a abandonar las políticas de endeudamiento externo y desplegar estrategias que reviertan la desigualdad y dependencia que se profundizaron a partir de la aplicación acrítica de la globalización neoliberal que impusieron desde los centros del capital trasnacional. Como ya no vendrán las inversiones extranjeras que añoran los gobiernos neoliberales, es contraproducente otorgar concesiones para “seducir” a los mercados. Macri no parece tomar nota del cambio de escenario. En su primera conferencia de prensa del año, el 17 de enero, declaró: “No creo que las políticas proteccionistas de Donald Trump nos perjudiquen. Espero que le dé importancia a la relación con Argentina, creo que hay un enorme camino para recorrer juntos. Tenemos mucho por mejorar en esta ruta que trazamos con Barack Obama y que esperamos continuar con Donald Trump”.
En la región, es esperable que el racismo de Trump y su menosprecio hacia los hispanos incremente el rechazo al gobierno de Estados Unidos. A gobiernos derechistas, como los de Macri, Temer o Peña Nieto, alinearse con el impopular Trump les hará pagar un costo político interno más alto. Nuestra América debe avanzar con una agenda propia, descartar las estrategias aperturistas y subordinadas a Estados Unidos. El fracaso de las socialdemocracias europeas y del Partido Demócrata en Estados Unidos, que a pesar de su prédica progresista implementaron el ajuste neoliberal, tiene que ser una lección para las fuerzas populares y de izquierda. O se avanza con una crítica radical y se construyen alternativas, o la impugnación a la globalización neoliberal será aprovechada por los líderes neofascistas.



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