domingo, 13 de agosto de 2017

“El G-20 no nos representa”. Por Luciana Ghiotto




Por Luciana Ghiotto*

En julio, el Grupo de los 20, o G-20, se reunió en la ciudad alemana de Hamburgo. Este grupo, heredero del G-7 (más Rusia), es actualmente el foro internacional más relevante en donde se discute el futuro del mundo. ¿Por qué?



En un contexto de crisis del multilateralismo, como tanto se habla en la prensa y en la academia, las reuniones anuales del G-20 han pasado a ser el espacio intergubernamental de mayor peso a nivel mundial. Desde 1991 el Foro Económico Mundial, o Foro de Davos, sostiene un rol similar, en donde un club selecto de participantes, entre políticos y representantes de las grandes corporaciones globales, marcan las líneas de la economía mundial.

El G-20 ocupa ese mismo lugar, pero con la diferencia de que nuclea a presidentes y primeros ministros (e incluso jeques árabes). Entonces, en lugar de discutir los grandes temas que importan a todos en los foros multilaterales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o la Organización Mundial de Comercio (OMC), los representantes de estos países se recluyen en cumbres de pequeña participación y dudosa legitimidad.

Asimismo, el G-20 tiene dos particularidades. Primero, la creación de este foro como un espacio más amplio que el histórico G-8 implica el reconocimiento del peso que los países emergentes tienen en la economía global. Y esencialmente, China. El G-20 ha sido entonces un modo de incluir a China en las grandes ligas de debates sin tener que generar un espacio extra, totalmente nuevo. Este foro fue creado en 1999 y funcionó de modo paralelo al G-7 hasta que finalmente en 2009 se decidió que lo reemplazara.

La existencia del G-20 significa que se promueve un diálogo entre los tradicionales países poderosos de la segunda posguerra y los nuevos países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) e incluso el nuevo grupo de los países MIKTA (México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia). Efectivamente, los especialistas concuerdan en que la crisis del multilateralismo y el avance del G-20 se producen en el marco de una mutación del poder global, especialmente de sus centros de gravitación.

Segundo, y se desprende del punto anterior, el G-20 incluye a los países más grandes en términos de su peso real en la economía y el comercio mundial.  Este foro representa más de dos tercios de la población mundial, el 85% del PBI mundial y el 75% del comercio. Entre el elitismo cerrado del G-7 y la irrelevancia de algunos organismos internacionales como la ONU con sus inmanejables 193 miembros, el G-20 se presenta a sí mismo como el único foro que reúne la suficiente legitimidad entre los núcleos de poder económico y político como para marcar ciertos lineamientos en la gobernanza global. Desde la mirada de Donald Trump, para qué necesitamos una ONU o incluso una OMC cuando tenemos un espacio más pequeño en el que podemos discutir política con los verdaderos jugadores mundiales. El resto, que espere.

El problema es que aun desde esa mirada, la última reunión del G-20 tuvo serios problemas para avanzar en acuerdos concretos. Las posiciones de Alemania y de China a favor del libre comercio se plasmaron en una agenda ambiciosa de negociación desde el inicio de 2017, agenda que los representantes de EEUU fueron descartando punto por punto. Estas tensiones se manifestaron en una confusa declaración final, donde se expresa que “continuaremos luchando contra el proteccionismo incluyendo todas las prácticas comerciales injustas, pero reconociendo el rol de la defensa comercial legítima en este sentido”. La frase final se abre a la libre interpretación.

Durante una semana, hubo muchísimas y enormes manifestaciones pacíficas – pero lo que predominó en los medios y en los debates posteriores fueron las imágenes de confrontación

Efectivamente, la reunión oficial del G-20 dejó mucho que desear para quienes esperaban directrices concretas, por ejemplo, en el avance de la liberalización comercial y las reglas para las inversiones extranjeras. Sin embargo, el G-20 implica más que la reunión de presidentes. Gravitan a su alrededor 6 foros de debate de diferentes sectores de la sociedad civil: Business 20 (o B-20), Civil Society 20Labour 20Think 20Women 20 y Youth 20.

Estas reuniones tienen dos características: en primer lugar, sus eventos se realizan siempre antes del G-20 oficial, no simultáneamente, por lo cual, y esto lleva al segundo punto, no hay un contacto real entre estos espacios y la reunión de presidentes, además de que los resultados de esas reuniones no son vinculantes para la reunión oficial.

Por su parte, el B-20 sacó recientemente un documento donde evalúan la declaración final de la reunión presidencial, diciendo que sienten preocupación por el escaso avance en torno a los puntos acordados en la reunión de Hangzhou, cuya declaración hacía un fuerte llamado a avanzar en la liberalización comercial y en la facilitación de las inversiones. Claro, en esa reunión estaba Obama, no Trump.

Solidaridad sin fronteras en vez de G-20

Entonces, ¿por qué si el G-20 está compuesto por presidentes y primeros ministros elegidos legítima y democráticamente, esta cumbre suscitó tanta resistencia en Hamburgo?; ¿por qué si existen espacios de participación de la sociedad civil, se generó una cumbre alternativa de organizaciones sociales?; y ¿por qué si el G-20 está destinado a garantizar la gobernanza en un contexto de crisis del multilateralismo, Hamburgo se convirtió en un caos?

Porque el G-20 no nos representa. Esto se escuchó en el marco de la Cumbre de Solidaridad de los Pueblos que tuvo lugar los dos días previos a la cumbre oficial. El diagnóstico general de los más de 3.000 participantes en la Cumbre fue que el G-20 convalida las políticas que exigen las grandes corporaciones multinacionales y no la que necesitan los pueblos y el planeta.

Mientras el G-20 se presenta como un foro democrático, en muchos de los países miembros no se respetan los derechos humanos básicos: se criminaliza a los políticos y activistas, no se protege a los más pobres ni a los desocupados, se aplican políticas que provocan las migraciones forzosas, y ponen las necesidades de crecimiento económico por encima de la búsqueda de soluciones al cambio climático.

Durante la Cumbre, Vandana Shiva, premio Nobel Alternativo, calificó a los países del G-20 de «auxiliares» de los poderes económicos. También los intelectuales, políticos, activistas de más de 25 países que participaron en paneles y talleres durante la Cumbre llamaron a construir alternativas e intercambiaron puntos de vista sobre las estrategias para ponerlas en práctica.

Los dos días que duró la cumbre oficial, más los cuatro días previos, la ciudad de Hamburgo se convirtió en un hervidero. Manifestaciones callejeras pacíficas, performances artísticas, corridas con la policía. Pero esto era, parafraseando a Gabriel García Márquez, una crónica de un caos anunciado; si acaso, una provocación. Realizada al lado de dos barrios obreros y con fuerte tradición anarquista, la cumbre del G-20 implicó la militarización de la ciudad y el despliegue de 15.000 efectivos policiales.

Un representante del centro cultural anarquista Rote Flora, ubicado a escasas 10 cuadras de la “zona roja” donde se prohibían las manifestaciones, se preguntaba “quién tuvo la idea de organizar la reunión justo al lado de donde vive la izquierda’. Un argumento de seguridad puede ser la cercanía de Hamburgo con el mar en caso de un atentado o amenaza a la seguridad de los presidentes. Pero la realidad es que la elección de la ciudad de Hamburgo para este evento aún resulta un misterio.

Las decenas de miles de personas que dieron la “bienvenida al infierno” a los presidentes no solo protestaron contra la cumbre del G-20. Protestaron contra la presencia de Trump, y la presencia del presidente turco Recep Erdogan; contra una globalización que genera perdedores; contra el capitalismo y sus injusticias; contra las acciones corporativas que provocan el cambio climático; entre otras cientos de cosas.

El G-20, con su política cerrada, elitista y poco transparente corporiza esos reclamos, y se convierte hoy en el eje de protestas de ciudadanos de todo el mundo. En países como Turquía, con sus 50.000 presos políticos, o como China, la reacción fue mucho menor. Pero en Alemania, en el corazón del capitalismo y en una ciudad con alta tradición política de izquierda, no podía esperarse otra cosa.

Las protestas siguen al G-20 donde quiera que vaya. Y el año que viene, lo seguirán a Buenos Aires.

*Investigadora del CONICET con sede en la Universidad de San Martín, Argentina. Miembro de ATTAC Argentina y la Asamblea Argentina mejor sin TLC.

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