jueves, 21 de marzo de 2013

Integración de los pueblos o del capital

Integración de los pueblos o del capital

Integración de los pueblos o del capital


Leandro Morgenfeld
www.marcha.org.ar 


En la última década hubo avances concretos en la históricamente postergada integración latinoamericana. Se profundizaron distintos proyectos y crece la percepción general de lo positivo de la unión regional. Sin embargo, hay dos tipos de integración contradictorias: la que promueven los capitales y la que impulsan los pueblos.


La minera brasilera Vale anunció la suspensión de una multimillonaria obra en Mendoza -el Proyecto Potasio Río Colorado- y estalló la polémica en el MERCOSUR. La empresa justificó esta medida, que pone en riesgo miles de puestos de trabajo, señalando que en Argentina no había un clima de negocios favorable y que las demandas laborales eran excesivas. Desde el gobierno nacional sostuvieron que no estaban dispuestos a otorgarles (nuevos) beneficios impositivos por 3000 millones de dólares. El conflicto, que llevó en los últimos meses a negociaciones al más alto nivel (entre las presidentas Rousseff y Fernández), pone al descubierto tanto los flagelos del modelo extractivista, como la integración regional. La gran prensa brasilera demandó a Dilma que defienda los intereses "nacionales" frente a los países "bolivarianos y semejantes".

Tras la devaluación, en 2002, se multiplicaron las inversiones brasileñas en Argentina. La mayoría de ellas fueron orientadas a comprar empresas de capitales nacionales y no a realizar nuevas inversiones. Así, más de 500 grandes empresas, algunas emblemáticas, pasaron a manos brasileñas. Este proceso es parte de la conformación de un conglomerado de empresas trasnacionales de origen verdeamarelo: las llamadas "translatinas". A partir del caso de Vale, o del que en su momento se suscitó entre La Paz y Brasilia, ante el anuncio de la parcial nacionalización del petrólero boliviano, es necesario poner en discusión qué integración se está produciendo en la región. ¿La que postula la gran burguesía regional, con epicentro en Brasil, o la integración de los pueblos, como la que propicia el ALBA?

Los grandes industriales de San Pablo, agrupados en la poderosa Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP), pretenden avanzar en una integración regional, ya sea a través del MERCOSUR o la UNASUR, que permita ampliar su escala de reproducción a nivel regional. Brasil procura erigirse en líder regional, con el objetivo de potenciar su liderazgo global. Su economía e incidencia internacional, menores a las de sus otros socios del llamado grupo BRICS, como China y Rusia, necesitan del resto de América del Sur para alcanzar ese status tan ansiado por el Palacio de Itamaraty.

El proyecto del gran capital brasilero es, entonces, hegemonizar una burguesía regional, que no confronte con el capital trasnacional estadounidense, europeo o chino, sino que establezca algún tipo de entendimiento. Es una integración que no tiene una perspectiva anti-imperialista ni en favor de potenciar un desarrollo de los mercados internos. Mucho menos, de morigerar las profundas diferencias sociales y económicas que históricamente azotaron la región. Además, este esquema de integración profundiza las asimetrías regionales. El MERCOSUR ya mostró su relativa inviabilidad para Uruguay y Paraguay. Si se profundiza esa línea, también lo será para Argentina. De hecho, en los últimos años, proliferaron las compras de grandes empresas de capitales argentinos por parte de las transalatinas. La burguesía brasileña, por ejemplo, presiona en estos días para que la presidenta Rousseff tome represalias ante la posible cancelación de la concesión a la minera Vale.

La otra integración, aquella que abreva en Bolívar y que reclama la (re)construcción de la patria grande, es impulsada por las organizaciones sociales y políticas que luchan por la igualdad, la libertad y una verdadera emancipación regional. La unión latinoamericana, desde esta perspectiva, permitiría enfrentar en mejores condiciones los embates del capital trasnacional, los organismos financieros y las grandes potencias.

Muchas de estas organizaciones se han nucleado, desde 2007, en el "ALBA de los movimientos sociales", que se autodefine como anti-imperialista, anti-neoliberal y anti-patriarcal. Reivindican el camino de los gobiernos que integraron la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y a la vez impulsan una integración desde abajo. Esta otra integración, tiene, entonces, un contenido potencialmente anti-capitalista.

Si bien se empezaron a materializar algunos de los proyectos impulsados por los gobiernos de Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, en realidad el ALBA es hasta el momento una iniciativa de algunos países, sin mucho mayor apoyo de otros gobiernos, aunque sí fue tomado como bandera por numerosas organizaciones populares de distintos países de la región. El ALBA, si es apropiado por el conjunto de los movimientos sociales y políticos en lucha, tiene como desafío ser el puntapié para pensar y concretar una integración al servicio de los proyectos anti-imperialistas y socialistas. Imaginado en términos de esperanza, amanecer o alborada, sólo podrá hacer cumplir las expectativas enunciadas si se desenvuelve como un proyecto revolucionario. Para ello, debe impugnar no solamente el libre comercio y las políticas neoliberales, sino recuperar el legado anti-imperialista que plantearon los revolucionarios latinoamericanos a principios del siglo XIX.

La primera integración, al servicio del capital, es más de lo mismo y no va a permitir superar la dependencia. La segunda perspectiva, que proclama que “Otra América es posible”, critica esa “integración” neoliberal, que prioriza la liberalización del comercio y las inversiones, y propone, en cambio, una integración en función de la solución de los problemas que aquejan a las mayorías populares: pobreza, indigencia, explotación, analfabetismo, desigualdad, subdesarrollo, deterioro ambiental, endeudamiento externo. Criticada por idealista, esta última integración busca construir una agenda económica independiente de los intereses de los capitales más concentrados y de los dictados de los organismos internacionales de crédito. Distinguir entre estas dos perspectivas es el primer paso para construir esa otra América que queremos.


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