jueves, 5 de noviembre de 2020

Panel: El escenario internacional y regional postpandemia. Perspectivas para América Latina

 


El escenario internacional y regional postpandemia. Perspectivas para América Latina


10.500 suscriptores
 
Coordinadora: María Alejandra Racovschik (FLACSO Argentina) 
Leandro Morgenfeld (UBA/IDEHESI-CONICET) 
Cecilia Nahón (Directora Ejecutiva Alterna por Argentina y el Cono Sur en el Banco Mundial, Washington DC) 
Carlos Ominami (Director de Fundación Chile 21 y vicepresidente del Foro Permanente de Política Exterior)
 
 

Estados Unidos: papelón electoral

 

 

Elecciones en Estados Unidos: papelón electoral


En la tarde del jueves Joe Biden incrementó a 11.000 votos la diferencia a su favor en Nevada, el estado que le podría otorgar los 6 votos para alcanzar el número mágico de 270 en el Colegio Electoral. Algunos todavía no dan como totalmente segura su victoria en Arizona (foto, lidera por 68.000, pero faltan contar unos 400.000). Mientras el suspenso se estira, la victoria podría llegar por el lado de Pensilvania (la ventaja de Trump se redujo a 115.000 votos, cuando faltan más de 500.000 por contar, mayoría de ellos previsiblemente demócratas) o Georgia (Trump lidera por 12.000, y faltan contar 50.000, en general de Atlanta, donde Biden es favorito). Mientras tanto, Trump se declara ganador, insistió hoy con las denuncias de fraude, llamó a parar los recuentos de votos y multiplica las impugnaciones judiciales. No sólo no suavizó el discurso que dio en la Casa Blanca en la tensa madrugada del miércoles, sino que muestra que está dispuesto a ir por todo.

Esta estrategia recuerda la que usó Bush Jr. para robarle la elección en Florida a Al Gore hace 20 años -se quedó con los 29 electores de ese estado por la escasa diferencia de 538-, cuando la Corte Suprema resolvió, en diciembre que no se contarían los miles de votos pendientes en ese estado.

Hoy, sin embargo, el presidente estadounidense recibió tres reveses judiciales: los recuentos en Michigan, Georgia y Pensilvania no se detendrán.

En las próximas horas se espera que Biden anuncie que llegó a la mayoría en el Colegio Electoral. La duda es hasta dónde el actual inquilino de la Casa Blanca llevará una disputa que viene pergeñando y anunciando hace meses (“Esto no termina bien”, disparó en el primero de los debates con Biden, el 29 de septiembre). Los antecedentes no son buenos. El 1 de junio ordenó a la Guardia Nacional reprimir a quienes se manifestaban en la capital contra el racismo y la violencia policial, para sacarse una foto con la Biblia en la mano, definiéndose como el presidente de la “Ley y el Orden”. Luego presionó para movilizar a tropas federales en las distintas ciudades donde se multiplicaban las protestas. En agosto, no dudó en romper una ley no escrita y cerró la convención del partido republicano en los jardines de la mismísima Casa Blanca. La semana pasada tomó allí juramente a Amy Barrett, la tercera integrante que colocó en una Corte Suprema que, espera, lo mantenga en el poder a pesar de haber perdido la votación popular por más de 3 millones y medio de votos. Además, se negó a condenar a grupos supremacistas blancos. Asustan las imágenes de milicianos trumpistas marchando por distintas ciudades el día de la elección, haciendo ostentación de sus armas y declarando que no aceptarían que los demócratas transformaran a Estados Unidos en un país socialista.

Ayer, por otra parte, hubo movilizaciones populares en distintos estados reclamando algo que parece elemental y obvio: que se cuenten todos y cada uno de los votos.

En medio de la mayor crisis económica desde los años treinta y de una pandemia que no cede (ayer fue el peor día desde que empezó en marzo, con el récord de más de 100.000 contagios en 24 horas), la polarización social y política –la grieta-, no sólo no cede, sino que se profundiza en forma acelerada.

El mundo está en vilo. Los demócratas aguardan que hoy mismo se confirme su triunfo y que el establishment republicano le ponga un freno a Trump.

Mientras aguardamos la definición del proceso electoral y de la crisis política que acapara toda la atención global, ya tenemos algunas certezas. El sistema electoral requiere una urgente reforma integral –lo reiteró ayer Bernie Sanders-, no hubo ola azul y Joe Biden no generó demasiado entusiasmo (la elección fue un previsible referéndum entre trumpistas y antitrumpistas) y la tensión y la movilización social tendrá que incorporarse como un dato permanente de la política estadounidense. Vista la edad y lo que representan ambos candidatos, es necesaria una renovación política frente a un esquema bipartidista que está en crisis (en parte ya se está produciendo ya que el martes se concretó la llegada al congreso de una nutrida y joven camada de representantes progresistas y de izquierdas, liderada por Alexandria Ocasio Cortéz). Además de un congreso con mayor presencia de la bancada referenciada en el carismático y popular senador Sanders, de confirmarse la derrota de Trump, esto implicaría un enorme alivio par las mujeres, inmigrantes, trabajadores, ambientalistas, afrodescendientes, estudiantes, hispanos, científicos y artistas que desde hace cuatro años vienen luchando contra la agenda regresiva y anti-derechos impulsada por su Administración y por los republicanos.

Por último, si Trump no acepta su derrota, se profundizará la incertidumbre y la crisis institucional iniciada por este caótico proceso electoral, lo cual será otra manifestación del declive hegemónico estadounidense en curso. La incapacidad del gobierno estadounidense de dar respuesta multilateral y coordinada a la pandemia y a la depresión económica global ya había derrumbado este año su imagen internacional. El actual papelón político-electoral profundizará esta decadencia. Las últimas 48hs muestran que cada vez más le costará al viejo hegemón seguir sosteniendo el liderazgo global que supo ostentar en los últimos 75 años.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Trump vs Biden: Crónica de un escándalo anunciado

 Elecciones_01Port

 

Trump vs Biden: Crónica de un escándalo anunciado

 

Por Leandro Morgenfeld

 

Revista Anfibia

 

Si algo le faltaba al 2020 para ser recordado como el año en que crujieron los cimientos de la hegemonía estadounidense era esta crisis de su sistema político-electoral. Una vez más fracasaron las encuestas y hoy tanto demócratas como republicanos se muestran ganadores. Con el juego electoral todavía abierto, Leandro Morgenfeld ensaya cinco respuestas para entender por qué la decadencia del imperio americano está a la vista de todos.

 

Estados Unidos dista de ser la sociedad ideal pensada por los padres fundadores. La presente elección plantea un escenario distópico marcado por una incertidumbre e inestabilidad casi sin precedentes. El ex vicepresidente Joe Biden gana el voto popular (lleva la delantera por cerca de tres millones) y se impone en el Colegio Electoral por un margen estrecho, mientras Donald Trump se proclamaba ganador en la noche del martes, denunciaba fraude y pedía la intervención de la Corte Suprema. 

El pronóstico se cumplió. En la medianoche de ayer, Biden se mostró ligeramente optimista, declarando que iban camino a la victoria. Trump recién habló desde la Casa Blanca a las 2.30 am hora local (a las 4.30 de la Argentina), se declaró triunfante, denunció que querían robarle la elección y, sin dar prueba alguna, avisó que acudiría al máximo tribunal de justicia, repitiendo la historia de Bush Jr. vs. Al Gore hace 20 años. 

Fracasaron, una vez más, las encuestas y no hubo un huracán azul –demócrata-, a pesar de la participación récord. Se estima que votaron más de 160 millones de personas, dos tercios de quienes estaban habilitados. 

Es miércoles a la tarde y ambas campañas se muestran ganadoras. El mundo está en vilo. Los demócratas aguardan que hoy mismo se confirme su triunfo en Michigan y en Wisconsin –la campaña de Trump acaba de pedir recuento en ese estado- y consolidar la estrecha ventaja de 8000 votos que tienen en Nevada (ya se escrutó el 86%, pero el recuento seguiría el jueves). Si estos tres triunfos azules se confirman, Biden llegará al número mágico de 270 electores (ni uno más), sin contar a Pensilvania, el principal estado en disputa cuyo resultado se conocería recién el fin de semana. Todavía hay muchas dudas luego de una noche eterna no apta para cardíacos, pero ya podemos proponer algunas conclusiones. 

La primera conclusión es que Estados Unidos tiene uno de los peores sistemas electorales, con múltiples mecanismos para torcer la voluntad popular. Como bien se explica en el reciente documental “El poder del voto” (Netflix), no funciona el principio elemental de cualquier democracia presidencialista: una persona, un voto. Si así fuera, Biden ya sería el nuevo mandatario estadounidense (ganó 50,1% a 48,3%) y no habría discusión alguna. Pero no. El voto es voluntario, no hay un padrón ni autoridad electoral federal única, hay que inscribirse, se vota un día de semana, cada estado tiene un sistema de votación distinto, hubo más de 100 millones de votos anticipados (en persona y por correo, muchos de los cuales todavía siguen llegando), el ganador de cada estado (salvo Maine y Nebraska) se queda con la totalidad de los electores (winner takes all), los estados menos poblados (en general rurales, republicanos) están sobrerepresentados en el colegio electoral, hay infinidad de mecanismos se “supresión del voto” (negar el derecho político más elemental, sobre todo a los pobres y las minorías), se redujeron miles de centros de votación en cuatro años para desalentar la participación, se modifican regular y arbitrariamente las circunscripciones electorales para obtener más representantes (gerrymandering). 

Además, desde que George W. Bush liberó los aportes electorales privados, especialmente de corporaciones y lobistas, quedó aún más en evidencia que lo que realmente existe es más una plutocracia que una democracia. En 2016, por ejemplo, se registraron 2.368 SuperPACs (Comités de Acción Política) ante la Comisión Federal Electoral, que invirtieron más de mil millones de dólares en esas campañas presidenciales. Si se suman los gastos de los aspirantes a las Cámaras de Representantes y de Senadores, las cifras se disparan. La carrera para controlar el Capitolio insumió 4.267 millones de dólares. El gasto total estimado alcanzó la astronómica cifra de 7 mil millones de dólares hace cuatro años. La contracara, por cierto, son las campañas del senador Sanders de 2016 y 2020 financiadas a partir de pequeños aportes, situación que también se replicó en las de otros aspirantes socialistas democráticos (DSA), quienes recaudan importantes cifras con cientos de miles de aportes de menos de 20 dólares. Y la tendencia siguió profundizando este año. Según la estimación del Center for Responsive Politics (CRP), el proceso electoral para elegir al presidente, vicepresidente representantes y senadores alcanzaría la astronómica cifra de 10.838 millones de dólares, un 50% más que hace cuatro años. Billetera mata voluntad popular. 

Como bien destacó Bernie Sanders por estas horas, es necesaria una reforma electoral integral, que se vote en día feriado y que no haya que hacer horas de cola para votar, entre otras cuestiones elementales. 

La segunda conclusión es que Joe Biden era un pésimo candidato, incluso si termina imponiéndose. Con un historial conservador, fiel exponente del establishment bipartidista que cada vez genera más rechazo o antipatía, no generó entusiasmo alguno entre la mayoría de la ciudadanía que rechaza a Trump (un 60%, según las encuestas). Un tercio de los votantes de Biden, según bocas de urna, contestaron que lo habían elegido no por afinidad, sino sólo para derrotar a Trump. Su falta de carisma, su edad (asumiría con 78 años), las dudas sobre su salud mental, su historial conservador como senador (votó, por ejemplo, a favor de la invasión a Irak en 2003, a diferencia de Bernie Sanders o Barack Obama) y una campaña que se centró en un discurso de defensa formal de la democracia y las instituciones (limando todos las propuestas más interesantes de la plataforma de los socialistas democráticos, como el Green New Deal, el aumento del salario mínimo, la extensión de un sistema de salud universal, la condonación de las deudas de los estudiantes universitarios, la regulación de la tenencia de armas o el desfinanciamiento de las policías) realmente muestra el fracaso de la estrategia “centrista”. La propia Alexandria Ocasio-Cortez hizo duras críticas por el fracaso de la campaña demócrata para atraer el voto hispano en la Florida, donde Trump estiró la ventaja de hace cuatro años.  

La tercera conclusión es que la grieta económica, social y política no sólo no se cerró, sino que acaba de profundizarse mucho más. Trump anunció que no va a entregar el poder, empoderó a milicias armadas que el martes marcharon en varias ciudades y está dispuesto a dar batalla, provocando una crisis político-institucional con muy pocos antecedentes históricos. En el campo opuesto, la movilización popular no va a permitirle al actual presidente robar la elección como hizo Bush Jr. En la madrugada de anoche hubo movilizaciones anti-Trump alrededor de una Casa Blanca, que fue rodeada con vallas. 

La cuarta conclusión es que anoche se consolidó una necesaria renovación generacional y política que está modificando la composición del congreso. Fueron elegidos representantes jóvenes de izquierda que desafían al establishment demócrata. Junto a Ocasio Cortéz fueron reelectas también las otras tres integrantes del “squad”: Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley, denostadas por Trump en los últimos dos años. Además, la enfermera Cori Bush, militante del movimiento Black Lives Matter y del mismo grupo referenciado en Sanders, se transformó en la primera mujer afrodescendiente en llegar a la Cámara de Representantes por Missouri. A ellas se les suma, entre otros, el demócrata Jamaal Bowman, quien ganó con el 83% de los votos la banca del Distrito 16 (Bronx), derrotando al conservador Patrick McManus. Sarah McBride será la primera senadora trans, al ganar con el 86% de los votos en Delaware, y hubo récord de representantes de las disidencias LGBTQ+ electos/as en las legislaturas. 

En las próximas horas, no habrá sólo una lucha palaciega (¿se fracturará el establishment republicano, si Trump se niega a reconocer la victoria? ¿qué harán los jueces de la Corte Suprema? ¿cómo se resuelve la sucesión presidencial en caso de un conflicto de poderes que se extienda durante semanas?) sino que habrá también un enfrentamiento en las calles, como estamos viendo desde el asesinato de George Floyd, hace cinco meses, que provocó una sostenida y masiva movilización popular contra el racismo y la brutalidad policial. De confirmarse, la derrota de Trump sería un gran triunfo de las mujeres, inmigrantes, trabajadores, ambientalistas, afrodescendientes, estudiantes, hispanos, científicos y artistas que hace cuatro años vienen luchando contra la agenda regresiva y anti-derechos impulsada por Trump.   

La quinta conclusión, tal como venimos anticipando hace semanas, es que este caótico proceso electoral es la manifestación del declive hegemónico estadounidense, que comenzó algunos años atrás, pero se profundizó por la crisis sistémica –sanitaria, económica, social y política- que horadó este año el liderazgo de Estados Unidos. A su vez, el caótico desenlace de este proceso electoral va a profundizar todavía más esa caída. Tras el papelón que está protagonizando su elite por estas horas, la imagen del gobierno estadounidense no hará sino seguir deteriorándose. Estados Unidos protagoniza una fuerte disputa geopolítica con China. Por su incapacidad para liderar una respuesta global a la pandemia y a la crisis económica, hoy Trump tiene mucho menos aprobación global que líderes como Merkel, Xi Jinping o Putin. Su decisión de denunciar fraude antes de que terminase el recuento de votos confirma los temores que suscitaron sus amenazas de las últimas semanas.

Si algo le faltaba al 2020 para ser recordado como el año en que se resquebrajaron buena parte de los cimientos sobre los que se erigió el liderazgo global estadounidense era esta crisis de su sistema político-electoral. 

Estados Unidos ya no conserva la supremacía industrial ni tecnológica. Trump pareció renunciar a liderar las instituciones multilaterales sobre las que Estados Unidos edificó su rol de líder global luego de la segunda guerra mundial. Después del 3 de noviembre, tampoco le volverá a ser fácil pretender erigirse como el modelo de democracia, república y sistema político. Le queda, todavía, la superioridad militar. Pero con eso no alcanza para la dominación hegemónica. El rey está desnudo. La decadencia del imperio americano ya está a la vista de todos. 

martes, 3 de noviembre de 2020

El rechazo a Trump originará una participación récord en la elección en EEUU

 

Trump avisó que que no estaba dispuesto a esperar varios días para conocer el resultado de la elección.

El rechazo a Trump originará una participación récord en la elección en EEUU

Télam

Para el académico Leandro Morgenfeld, si Biden no gana hoy claramente se verá "un proceso de disputa político judicial" con un Trump "que controla la Corte Suprema de Justicia, en la cual hay seis jueces ultraconservadores", tres de ellos nominados por él mismo.

Trump avisó que que no estaba dispuesto a esperar varios días para conocer el resultado de la elección.

El historiador y académico Leandro Morgenfeld consideró que el amplio rechazo que la figura del presidente estadounidense Donald Trump despierta en sectores sobre todo juveniles podría originar una inédita participación de votantes en las elecciones de este martes, en las que el republicano se enfrenta al demócrata Joe Biden.

En declaraciones a Télam Radio, el investigador del Conicet, dijo que "se espera hoy que la votación pueda llegar a 160 de los casi 240 millones de norteamericanos habilitados para votar, lo cual sería un récord", ya que el voto es voluntario.

"El nivel de participación tiene que ver con el grado de polarización social y política que hay en Estados Unidos", sostuvo, y explicó que"Trump mantiene su base de apoyo muy consolidada y muy participativa, como se vio en los actos que hizo en las últimas 72 horas. La nota de color es que el nivel de rechazo que siempre generó su figura se estaría traduciendo en esta elección en una mucha mayor participación electoral, sobre todo de los jóvenes".


Agregó que "esto entusiasma a quienes quieren propinarle una derrota a un presidente que nunca tuvo más de 50 por ciento de apoyo en el electorado norteamericano", pero que "a pesar de todos los escándalos que promovió, a pesar de políticas xenófobas, misóginas, de ataque a las minorías, y de romper muchas de las reglas de lo que era tolerable políticamente en Estados Unidos, conservó un apoyo en torno al 40 por ciento durante sus casi cuatro años de Presidencia".

"El gran dilema va a ser qué va a pasar con ese récord de participación, porque Trump ya anticipó varias veces que ésta va a ser la elección más fraudulenta de la historia sin mostrar pruebas. Y dijo anoche que él no estaba dispuesto a esperar varios días para conocer el resultado de la elección, sino que quiere hoy mismo proclamarse ganador, y después va a judicializar el recuento de votos", lamentó Morgenfeld.

Recordó que esa situación "hace acordar la experiencia traumática del fraude de (George) Bush (h) en el año 2000, cuando terminó imponiéndose en el estado de La Florida por apenas 538 votos, no contabilizando miles y miles de votos que se habían ejercido en ese estado".

"El nivel de rechazo que siempre generó su figura se estaría traduciendo en esta elección en una mucha mayor participación electoral, sobre todo de los jóvenes"

"Creo que vamos a ir, si Biden no gana hoy claramente, a un proceso de disputa político judicial, y con un Trump que controla la Corte Suprema de Justicia, en la cual hay seis jueces ultraconservadores, tres de ellos nominados por el propio Trump", evaluó.

En cuanto a cómo puede incidir el resultado de la elección respecto de la Argentina, el historiador dijo que cree que "tanto el Gobierno argentino como la mayoría de las fuerzas esperan, sin decirlo públicamente, un triunfo de Biden para resetear el vínculo bilateral, dado que la actual Administración, encabezada por Alberto Fernández, tuvo algunos roces diplomáticos con Trump, o más bien al revés".

Recordó además que "Trump financió la campaña por la reelección de (Mauricio) Macri a través del megacrédito del Fondo Monetario Internacional y del apoyo de múltiples funcionarios", por lo que "si bien hay un vínculo bilateral hoy no hostil entre Alberto Fernández y Trump, claramente, por una cuestión de afinidades ideológicas y por este apoyo de Trump a Macri, hay una expectativa de relanzar el vínculo bilateral con un eventual gobierno de Biden".



domingo, 1 de noviembre de 2020

¿Trump o Biden? Argentina ante una nueva encrucijada estadounidense

 

De cara a las presidenciales en EE.UU., la Casa Rosada mantuvo un bajísimo perfil, pero hay razones que indican que preferiría un triunfo demócrata

Por Javier Slucki (BAE)


"Le ofrecí a Alberto Fernández ayudarlo a renegociar la deuda de Argentina con el FMI", dijo Mauricio Claver-Carone cuatro días después de su elección como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Sin proponérselo (o tal vez sí, un poco), Claver-Carone mostró en cinco segundos todo el poder de influencia que Estados Unidos mantiene sobre la Argentina. Su propio cargo al frente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la presión de Washington para que el Fondo Monetario Internacional ( FMI) otorgara el mayor préstamo de su historia a una sola nación, dejaron en claro que los que hace cuatro años creyeron que a Trump simplemente no le interesarían los asuntos latinoamericanos festejaron de forma anticipada.

¿Cuál es el escenario que se plantea para Argentina ahora? ¿Los dos candidatos "son lo mismo"? ¿Qué rupturas podría haber si se inaugurara un nuevo ciclo demócrata?

Cuestión de conveniencias

La respuesta a qué cambiaría si ganara el demócrata Joe Biden "es poco interesante", resume Francisco De Santibañes, Secretario General del Consejo Argentino para las Relaciones Exteriores (CARI), porque en definitiva da un poco lo mismo. "Parece que no va a variar mucho porque la relación de Estados Unidos con Argentina va a estar definida a partir de ahora por el conflicto estratégico entre Estados Unidos y China, y eso es independiente del gobierno de turno", explica.

Para De Santibañes, las diferencias solo se dan en el orden de lo "táctico", o sea, en las formas. Mientras que los demócratas le dan más importancia a los organismos multilaterales, los republicanos se relacionan sobre todo a través del sector privado y de la agenda de seguridad.

Fernando Oris de Roa, embajador argentino en Estados Unidos entre 2018 y 2019, opina que además "Argentina no tiene impacto en las políticas norteamericanas porque América Latina no es prioridad para los Estados Unidos ni para Rusia ni para China" y que por eso le sirve a Washington como "terreno neutro para avanzar lo más que pueda" mientras no le cueste mucha plata ni puestos de trabajo.

Por el contrario, Diana Tussie, directora del área de Relaciones Internacionales de FLACSO, piensa que la rivalidad norteamericana con China, en la que ambos candidatos coinciden, "puede abrir espacio para Argentina y la región".

¿Entonces al Gobierno le da igual que gane Trump o Biden? Leandro Morgenfeld, historiador experto en la relación bilateral entre Argentina y Estados Unidos, cree que no. Hay varias razones por las que a Alberto Fernández le conviene una victoria del exvicepresidente de Obama, dice. Primero, por la afinidad ideológica. Segundo, por el buen vínculo del embajador en Washington con el establishment demócrata. Tercero, porque se la jugó a fondo con Béliz en la elección del BID, intentando posponerla para después de enero. Y cuarto, por la estrecha relación de Macri con Trump, préstamo del Fondo incluido.

Los beneficios para el gobierno peronista pueden ir incluso más allá de Argentina. A nivel regional, Biden supondría menos riesgo para los ciclos electorales en marcha y "menos intentos de desestabilización", sobre todo tras el triunfo del MAS en Bolivia y del Sí en el referéndum de Chile, explica Tussie.

Alberto "el prudente"

De todas maneras, si algo diferencia a esta elección de la anterior (entre varias cosas), es la prudencia de la Casa Rosada. En 2016, Mauricio Macri no se privó en ningún momento de mostrar su favoritismo por la fórmula demócrata. "Digamos que he trabajado más con Hillary Clinton en los últimos años", llegó a afirmar el entonces presidente en un encuentro de negocios un mes y medio antes de aquellos comicios. 

El Gobierno actual parece haber aprendido de los errores no forzados: Fernández se cuidó de no hacer ningún comentario y el embajador Jorge Argüello, aclararon cerca suyo, declinó varias invitaciones a foros para hablar del escenario electoral. "No vamos a tomar partido por nadie, por respeto a la voluntad del pueblo norteamericano", se limitan a decir en Cancillería.

"Estas cosas no se manejan apoyando a uno u otro candidato" sino con un embajador que tenga muchos tópicos en carpeta y sepa cuáles promover según quién gane la elección, señala al respecto Oris de Roa, quien ve con preocupación que "hay cientos de temas que Argentina no plantea". "Lo que diga un presidente tiene poco sentido si la carpeta está vacía. Se hablaba de la amistad entre Macri y Trump, pero eso es anecdótico", admite el predecesor de Argüello.

La renegociación con el Fondo

A Macri no le fue tan mal con Trump de todos modos, como muestra el impulso decisivo que le dio el presidente norteamericano al préstamo de USD57.000 millones que el FMI otorgó al gobierno de Cambiemos. Pero, paradójicamente, el escenario de renegociación con Kristalina Georgieva no cambiaría demasiado más allá de lo que suceda el 3 de noviembre.

"En la relación de Argentina con el FMI hay más cosas en juego -dice Morgenfeld-. La nueva dirección del organismo tiene una política de intentar acordar", sobre todo porque "es un caso muestra de lo que puede pasar con las deudas de muchos países en un contexto de depresión económica".

De Santibañes dice que Washington "tendrá una actitud positiva (en la negociación) tanto con Trump como con Biden", aunque el demócrata tendría más posiblemente "un gesto de buena voluntad". En términos económicos, al fin y al cabo, "es más importante Jerome Powell en la Fed que quién es presidente".

¿Sale Bolsonaro, entra Fernández?

El que sí se decidió “a lo Macri”, pero por el candidato opuesto, es Jair Bolsonaro. El presidente brasileño no se preocupó por ocultar en estos meses la relación carnal que mantiene con la administración actual. “Yo hago fuerza por (la reelección de) Trump porque estoy seguro de que con él vamos a potenciar, y mucho, las relaciones entre ambos países”, lanzó sin tapujos en julio pasado.

Como es sabido, el eje Washington-Brasilia ha sido el pilar de la política exterior de Bolsonaro, quien, para horror de Itamaraty, se propuso no solo relegar los históricos vínculos comerciales de su país con China o el Mercosur sino también destrozar la tradicional autonomía diplomática brasileña. Desde el momento cero de su mandato, Brasil se convirtió en el aliado privilegiado de Trump en Latinoamérica.

Por eso, aunque sea un poco por rebote, con una nueva administración demócrata podría "haber más espacio para Argentina, porque Bolsonaro seguramente puede perder el apoyo tan explícito que tuvo en estos años", opina Tussie.

Morgenfeld coincide: "Más allá de que mantendría el vínculo estratégico con Brasilia, creo que, para equilibrar, Biden apostaría mucho más a un buen vínculo con el gobierno argentino que con Brasil. Ahí sí habría un cambio interesante en la relación de Estados Unidos con América Latina".

Para Oris de Roa, el panorama igualmente no cambiará demasiado porque cualquier acercamiento que pueda llegar a hacer un eventual gobierno de Biden será "sobre temas que no son prioridad". "Sus asesores se preocupan por temas de Derechos Humanos, sociología o acuerdos sobre el clima. Son aproximaciones a Argentina que van a ocurrir pero de carácter soft, no hard como el caso de inversiones en empleo", explica.

De todos modos, el exembajador invierte la cuestión: "No es que Trump prioriza el eje con Brasilia sino que Argentina no ha querido jugar. Ni al macrismo ni a la coalición peronista les entusiasma una alineación con nadie. Este lujo se lo puede dar Dinamarca pero no sé si nosotros, porque la alineación no es solo intelectual sino también de progreso", cuestiona.

De Santibañes, en cambio, cree que las diferencias ideológicas entre Bolsonaro y parte del Partido Demócrata afectarán poco la política exterior de Estados Unidos respecto a Brasil, "porque no pueden darse el lujo de pelearse entre sí". "Seguramente habrá menos fotos pero la relación se debería mantener", grafica.

Qué hay de Venezuela

Hasta ahora, Alberto Fernández procuró denunciar el autoritarismo de Nicolás Maduro y condenar sus violaciones a los derechos humanos. Pero, al mismo tiempo, evitó caracterizar a su gobierno como una dictadura, jamás reconoció a Juan Guaidó y repudió la idea de un bloqueo.

Ni siquiera esta postura equilibrada salvó al Presidente de algún escándalo diplomático con Estados Unidos. No es otro que Claver-Carone, recuerda Morgenfeld, quien fue enviado por Trump a Buenos Aires el 10 de diciembre pasado para terminar pegando un portazo horas antes de la jura formal de Fernández, en protesta por la presencia de un funcionario chavista en la ceremonia.

¿Podría la Casa Rosada tener más libertad en su vínculo con Caracas si ganara el candidato demócrata? La realidad es que más bien sería al revés, porque Biden volvería a darle importancia a organismos multilaterales como la OEA y exigiría a través de ellos un mayor compromiso de Argentina para atacar a sus adversarios, explica Morgenfeld. Después de todo, agrega De Santibañes, desde sus épocas como senador el candidato demócrata siempre ha sostenido una política exterior tradicional, de la rama de derecha de su partido.

Para Tussie, más allá del caso de Venezuela, esta dinámica de los demócratas no es necesariamente negativa: "Es bueno que Biden se declare favorable a las reglas multilaterales en contraste con la política de hechos consumados de Trump. Ello permite más espacio para la negociación y una solución pacífica de las disputas", concluye. 

Panel: "El escenario internacional y regional post pandemia. Perspectivas para América Latina"

 



V° CONGRESO NACIONAL ESTADO Y POLÍTICAS PÚBLICAS

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Sede Argentina) 


Los próximos  3, 4 y 5 de noviembre se llevará a cabo de manera virtual el V° Congreso de Estado y Políticas Públicas. 

En ese marco, el día jueves 5 a las 14.30 hs. presentaremos el Panel "El escenario internacional  y regional post pandemia. Perspectivas para América Latina" con los especialistas Carlos Ominami, Cecilia Nahón y Leandro Morgenfeld

Entre otros temas, se analizarán los resultados de las elecciones en Estados Unidos y su impacto para América Latina y el mundo, la crisis del multilateralismo y la cooperación internacional en tiempos de pandemia y el desafío de reintegrar a una Región fragmentada. 

Quedan TODOS/AS invitados/as!! 

Para inscribirse ingresar a nuestra web

EEUU A LOS VOTOS

 



EEUU A LOS VOTOS 

«A los votos» | Episodio #3

Si bien no se trata de un país de nuestra región, sin duda es un actor que genera impacto por lo que sus elecciones merecen ser vistas con una lupa.

¿Qué está en juego con estas elecciones?

Entrevistas a

🗣 Leandro Morgenfeld -  Investigador del CONICET y especialista en Historia Económica y de las Políticas Económicas

🗣 Valeria Carbone - Historiadora del CONICET y especialista en Historia de Estados Unidos

🗣 Edda López - Secretaria de Asuntos de la Mujer y Género del Partido Independentista Puertorriqueño

🗣 Teri Mattson | Coordinadora para Latinoamérica de la organización Code Pink

🗣 Tamara Stuby | Artista estadounidense residente en Argentina


🎧 Escuchalo por:

SPOTIFY ▶ https://spoti.fi/3oNdnEo  

YOUTUBE ▶ https://bit.ly/2TIFc2j 

producido por @migrantesxmigrantes

Conversatorio: Nuestro norte es el sur. Geopolítcia y coyuntura en América Latina

 


viernes, 23 de octubre de 2020

El camino a la Casa Blanca

 


Charla en el Centro de Estudios de Política Internacional (FSOC-UBA)

Presentación de la Revista Anthropos


 

Trump vs Biden. Una mirada desde nuestra región

 

UNITV

Jueves 22/10 - 22hs, en “Periscopio, la agenda del día después”, analizamos el impacto que pueden tener los resultados de las elecciones en Estados Unidos (3 de noviembre) en nuestra región. Para entender qué hay en juego en esta contienda Biden vs. Trump, tanto a puertas adentro como en el tablero geopolítico mundial, invitamos Leandro Morgenfeld, doctor en historia, profesor de la UBA, investigador del CONICET y autor de libros como: “Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas (1880-1955)”, “Relaciones Peligrosas. Argentina y Estados Unidos”, y “Bienvenido Mr. President. De Roosevelt a Trump: las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina”. Con la conducción de Damián Valls, acá, en el Youtube de UNITV, el canal de la Universidad Nacional de General Sarmiento.


"Estados Unidos tiene un sistema electoral anacrónico". Trump vs Biden en Periscopio

La última emisión de Periscopio, el ciclo de UniTV que busca ahondar en los debates más necesarios en tiempos de pandemia, analizó la incipiente elección presidencial en Estados Unidos y los efectos que va a tener en nuestra región el resultado. A poco más de una semana de los comicios, Daniel Valls entrevistó al historiador Leandro Morgenfeld.

"Es imposible entender la historia nacional en abstracción de lo que ocurre en el resto del mundo y en la región, más en los países periféricos donde mucho de lo que nos pasa está condicionado con lo que sucede en los países centrales", dijo Morgenfeld, autor de los libros “Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas (1880-1955)”, “Relaciones Peligrosas. Argentina y Estados Unidos” y “Bienvenido Mr. President. De Roosevelt a Trump: las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina”.

Al mismo tiempo caracterizó a Estados Unidos como "una sociedad que se mira para adentro" y destacó que la sociedad argentina "tiene una mirada global en general bastante mas desarrollada de lo que ocurre en otros países".

Con respecto a las elecciones presidenciales en Estados Unidos del próximo martes 3 de noviembre, Morgenfeld consideró que el resultado está muy "apretado": "Muchos medios dicen que está resuelto pero es una mirada superficial y errónea". Esto, explicó, se debe al sistema electoral: "Estados Unidos tiene un sistema electoral muy anacrónico, que nos lo muestran como el mejor pero creo que tiene el peor sistema de voto de las democracias del mundo. Trump llegó a la presidencia hace cuatro años sacando tres millones de votos menos que Hillary. El voto es voluntario, se vota un día de semana, hay que inscribirse para votar, no vota más del 60% del padrón, existen muchos mecanismos de supresión de voto. Además no eligen al presidente, eligen un colegio electoral donde están sobrerrepresentados pequeños estados rurales que es donde los conservadores tienen mayoría".

"Este 3 de noviembre puede pasar que termine la elección y no tengamos un ganador", dijo el entrevistado. Tanto Biden como Trump pueden declararse como ganadores "porque la diferencia en los estados que definen es del 4%, que está dentro del margen de error". Morgenfeld, que también dicta clases en la UBA, agrega que es probable que se abra un escenario de "conflictividad institucional de impugnaciones récord en el que la Corte Suprema, de mayoría conservadora, tenga que definir la elección semanas después".

La charla completa se puede ver en el canal de youtube de UniTV



jueves, 22 de octubre de 2020

¿Hay «mal menor» para América Latina?

 Trump-Biden

¿Hay «mal menor» para América Latina?

El 3 de noviembre se define si Donald Trump estará cuatro años más al frente de la Casa Blanca o si será reemplazado por el exvicepresidente Joe Biden. En un contexto de crisis (sanitaria, económica, social y política), el resultado electoral –y la crisis institucional que podría estallar si hay impugnaciones y la Corte Suprema debe intervenir– definirá la modalidad de las disputas geopolíticas de los próximos años.

Estados Unidos atraviesa una crisis sistémica. El desmanejo de Trump hizo que su país pasara rápidamente a ser el centro de la pandemia global. La crisis sanitaria provocada por el COVID-19 ya se cobró más de 220 mil víctimas fatales, y son más de 8 millones los infectados confirmados, mientras que los especialistas estiman que la cifra total de contagiados sería 10 veces mayor. La reacción tardía, la falta de coordinación entre el gobierno federal y las autoridades de los estados y municipios, el hostigamiento a los gobernadores demócratas que dispusieron aislamientos sociales y el aliento a la militancia anticuarentena, sumados a un sistema de salud que deja afuera a millones de ciudadanos y a las crecientes desigualdades sociales, produjeron una catástrofe sanitaria cuya profundidad, en parte, es responsabilidad de Trump.

El mandatario ordenó, a fines de mayo, la salida Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), acusándola de ser «pro-China», desfinanciando a esta institución multilateral clave para la lucha coordinada contra el coronavirus. Avanza el otoño boreal y crecen los contagios, aumentando el riesgo de que la lucha contra la pandemia se salga nuevamente de control. El domingo 18 de octubre, Trump calificó de «idiota» al reconocido epidemiólogo Anthony Fauci –quien había dicho que no le sorprendía que Trump se hubiera contagiado– e incluso amenazó con despedirlo, alegando que los estadounidenses estaban hartos de oír hablar del COVID-19 y de las recomendaciones médicas.

A esta situación sanitaria crítica se agrega el desplome económico. En el primer trimestre la actividad se redujo un 4,8%, la mayor caída desde 2008. Entre marzo y mayo hubo 41 millones de solicitudes de seguros de desempleo, cifra récord que sólo puede compararse con los guarismos de la Gran Depresión de los años treinta. La desocupación saltó del 3,5% en febrero al 13,3% en mayo. Casi 21 millones de personas figuraban como desempleadas en junio. Pero, si se suman las personas que el gobierno señaló que habían sido clasificadas erróneamente como empleadas y las que perdieron empleos pero no buscaron nuevos trabajos, la cifra asciende a 32,5 millones.

Según las previsiones del FMI de mayo, siempre optimistas, el PBI en Estados Unidos caería el 5,9% este año. El 24 de junio, sin embargo, modificó estos pronósticos, anticipando que la caída llegaría al 8 por ciento, la más alta desde la Segunda Guerra Mundial (el peor año, 2009, tras la crisis financiera internacional, la caída de la actividad económica en Estados Unidos fue inferior al 2%). Hasta ahora, ningún presidente logró reelegirse en un contexto económico tan adverso –Herbert Hoover, también republicano, perdió las elecciones de 1932 frente a Roosevelt en medio de la Gran Depresión– y esa parece ser la obsesión del actual presidente estadounidense, dispuesto a sacrificar vidas para apurar el acelerado rebote económico, cuya concreción antes de las elecciones es cada vez más improbable.

El índice de confianza del consumidor muestra una pronunciada caída desde hace meses, aunque esto no se refleja en el precio de las acciones, que se recuperaron luego del desplome de marzo. Sin embargo, esta suba en el precio de los activos financieros se debió al anuncio por parte de Estados Unidos y la Unión Europea de una inyección de liquidez récord. Así, la Reserva Federal otorgó 2,3 billones de dólares de facilidades crediticias. Los bancos centrales de las diez mayores economías del mundo expandieron la masa monetaria por la exorbitante cifra de 6 billones de dólares entre enero y mayo. En solo cinco meses, se inyectó más del doble de dinero que en el bienio 2008-2009.

La última semana del junio, el FMI advirtió que la desconexión entre la economía «real» (récord de caída de la actividad, del empleo y empresas en default) y la financiera abría la posibilidad de un crack bursátil de enormes dimensiones. En el segundo trimestre del año, la economía registró la brutal caída del 9,5%, la mayor desde 1947, cuando se empezaron a tomar estos registros. Trump apuesta a un rápido rebote, pero la posibilidad de salir de la recesión antes de noviembre es baja. Si bien hay una reactivación económica, el desempleo no cedió tanto, y actualmente roza el 8%. Las cifras de la esperada recuperación del tercer trimestre deberían hacerse públicas recién el 29 de octubre, es decir, a solo cinco días de las elecciones.

Si la catástrofe sanitaria y el desastre económico ya de por sí complicaban las posibilidades de éxito electoral de Trump, el 25 de mayo se produjo el brutal asesinato de George Floyd en Minneapolis, desatando una rebelión social comparable a la de los años sesenta. Una de las novedades de las masivas movilizaciones impulsadas, entre otros, por el cada vez más popular movimiento Black Lives Matter, es que no solo participan los afroestadounidenses, sino también infinidad de jóvenes blancos e hispanos.

Además, hubo manifestaciones de apoyo en las capitales de muchos países europeos y una reacción masiva a nivel global. La inicial mesura de Trump duró poco. El lunes 1º de junio, desde los jardines de una Casa Blanca asediada por las protestas –como cientos de ciudades en todo el país–, amenazó a los gobernadores que se negaban a convocar a la Guardia Nacional con aplicar una ley de insurrección que data de 1807 para enviar el ejército a reprimir a sus estados. Con la Biblia en la mano, e intentando emular a Richard Nixon, arremetió con un discurso de «ley y orden». Acusó de terroristas a la infinidad de movimientos que se revindican como antifascistas y pidió a los gobernadores que recuperaran el dominio del espacio público a fuerza de balas. Las protestas, lejos de desvanecerse, se multiplicaron.

En la madrugada del 13 de junio se consumó otro crimen racial en Atlanta, sede de enormes protestas, que llevaron a la renuncia del jefe de la policía. Hoy, ya no solo se discuten necesarias reformas en las fuerzas de seguridad, sino que crecen los reclamos para reducir el presupuesto a las policías y dedicarlos a programas sociales de salud, educación y vivienda. Aparece, también, la propuesta de abolir directamente esos corruptos cuerpos de seguridad, cuyos integrantes se ensañan, sistemáticamente, con los pobres, afrodescendientes e hispanos.

La deriva contra la violencia policial, encarnada en las demandas Reform, Defund, Abolish, indica el grado de radicalización que está adquiriendo el movimiento social en Estados Unidos. Biden hizo un guiño a los reclamos de reformas (en la Convención Nacional Demócrata fue homenajeado George Floyd), aunque aclarando que no está dispuesto a grandes modificaciones del statu quo. Trump, en cambio, profundiza el discurso estigmatizando a las protestas, reivindicando a las fuerzas de seguridad e intentando mostrarse como el paladín de la lucha contra la inseguridad y contra las propuestas «radicales» de los demócratas. En el primer debate presidencial, el actual mandatario insistió con esta embestida, lo que motivó a su oponente a desestimar cualquier reforma profunda que afecte el poder de los poderosos sindicatos policiales.

El tema volvió a los primeros planos del debate público tras los siete disparos que recibió Jacob Blake el 23 de agosto en Kenosha, Wisconsin, hecho al que siguieron protestas multitudinarias. Un simpatizante de Trump, armado con una ametralladora, asesinó a dos manifestantes. Mientras la reacción del presidente, para consolidar su base, fue enviar la Guardia Nacional a reprimir y vanagloriarse de que restablecería la «ley y el orden», la indignación social se esparció. Seis equipos de la NBA suspendieron su participación en los play off en repudio a la brutalidad policial. La estrella de ese deporte, LeBron James, llamó a deshacerse de Trump y a luchar por un cambio en serio. Además, otros equipos de poderosas ligas como la MLS (fútbol) y la MLB (béisbol) se sumaron al boicot.

La brutal reacción militarista de Trump generó incluso una grieta en su propio partido, provocando una crisis política que se suma a la sanitaria, la económica y la social. El 3 de junio, Mark Esper, su Secretario de Defensa, salió públicamente a rechazar la idea de Trump de sacar las tropas a la calle para reprimir al pueblo. A él se sumó nada menos que James Mattis, el jefe del Pentágono en 2017 y 2018, quien afirmó que Trump era divisivo, que representaba un peligro para la Constitución estadounidense y que había que apoyar a los manifestantes.

También alzaron voces críticas otros militares, como el general John F. Kelly, ex Jefe de Gabinete de Trump, y John Allen, excomandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, quien declaró: «Trump fracasó en proyectar emoción o el liderazgo que se necesita desesperadamente en cada rincón del país en este difícil momento». Pocos días después, el General retirado Collin Powell, ex Secretario de Estado de Bush (2001-2005), fue todavía más lejos y declaró que votaría por Joe Biden en las elecciones del 3 de noviembre (aunque, hay que decirlo, Powell es un republicano que viene apoyando a los demócratas desde las elecciones de 2008). El 18 de agosto lo reiteró en la Convención Nacional del Partido Demócrata, indicando que apoyaría la fórmula Biden-Kamala Harris porque representaba «los valores» que hay que «restaurar» en la Casa Blanca. Lo mismo hicieron Cindy McCain, viuda del exsenador y excandidato a presidente republicano en 2008, John McCain, quien también se pronunció en ese mismo sentido, y John Kasich, exgobernador de Ohio (2011-2019) por el partido republicano, quien expresó su apoyó al aspirante demócrata destacando que lo conocía bien y sabía que no iba a girar a la izquierda. El senador republicano Ben Sasse, quien busca la reelección en Nebraska, criticó la semana pasada a Trump porque «coquetea con supremacistas blancos», ataca a las mujeres y apoya a dictadores en otros países.

Una plutocracia que manipula la voluntad popular

Los principales medios de comunicación y los políticos del establishment de Occidente abonan la idea y la percepción general de que Estados Unidos es una democracia modelo, el ejemplo a imitar. Sin embargo, eso es uno de los grandes mitos forjados en el poderoso país del norte, para consumo externo y también para reforzar su dominio ideológico, cultural y político global.

En realidad, lo que se observa en Estados Unidos es más bien una democracia (burguesa) de baja intensidad, en la cual la participación política ciudadana está muy mediatizada y distorsionada. Se vota cada dos años, pero garantizando la alternancia prácticamente exclusiva entre los dos partidos del orden. En los procesos electorales hay una serie de mecanismos para que cambie algo –un demócrata o un republicano al mando de la Casa Blanca–, pero sin que nada se modifique estructuralmente. La presencia de legisladores de terceras fuerzas políticas es casi inexistente. Hace una década, por ejemplo, Bernie Sanders era el único senador independiente. Y, para dar batalla a nivel nacional, debió hacerlo al interior del Partido Demócrata, cuyo establishment lo boicoteó en las primarias de 2016 contra Hillary Clinton y en las de este año contra Biden.

Desde que George W. Bush desreguló los aportes electorales privados –y de las corporaciones y lobistas– quedó aún más en evidencia que lo que realmente existe es más una plutocracia que una democracia. En 2016, por ejemplo, se registraron 2.368 SuperPACs (Comités de Acción Política) ante la Comisión Federal Electoral, grupos de lobistas que invirtieron más de mil millones de dólares en esas campañas presidenciales. Si se suman los gastos de los aspirantes a las Cámaras de Representantes y de Senadores, las cifras se disparan. La carrera para controlar el Capitolio insumió 4.267 millones de dólares. El gasto total estimado alcanzó la astronómica cifra de 7 mil millones de dólares hace cuatro años. La contracara, por cierto, son las campañas del senador Sanders de 2016 y 2020 financiadas a partir de pequeños aportes, situación que también se replicó en las de otros aspirantes socialistas democráticos (DSA), quienes recaudan importantes cifras con cientos de miles de aportes de menos de 20 dólares.

Y la tendencia se sigue profundizando. Este año, de acuerdo a un informe del Center for Responsive Politics (CRP), el proceso electoral para elegir al presidente, vicepresidente representantes y senadores alcanzará la astronómica cifra de 10.838 millones de dólares, o sea un 50% más que hace cuatro años.

El sistema electoral estadounidense, además, es uno de los más anacrónicos, heredado del período esclavista: fueron cuatro las oportunidades en las que a la Casa Blanca no llegó el candidato presidencial que más votos sacó, sino el que ganó en el colegio electoral (en el cual están sobrerrepresentados algunos estados escasamente poblados). La última vez ocurrió en 2016: Trump ganó en colegio electoral (se adjudicó 304 de los 538 integrantes), a pesar de que obtuvo 2.870.000 votos menos que Hillary Clinton. Lo mismo ocurrió en 2000, cuando Bush le arrebató la elección a Al Gore, habiendo sacado menos votos que él a nivel nacional.

Además, existen muchos mecanismos de supresión del voto. Esto quiere decir que a millones de personas –pobres, negros e hispanos, en su mayoría– se les niega, en cada elección, el derecho político más elemental: el derecho a votar. La elección, además, se realiza en un día laborable (martes), el voto no es obligatorio y es necesario empadronarse para poder participar. En 2016, por ejemplo, sobre una población total de 325 millones de personas, había habilitados para votar 231 millones, pero solo ejercieron ese derecho 137 millones. Casi 94 millones no votaron. La participación fue de apenas el 59% de los votantes habilitados. Trump, entonces, se convirtió en presidente con apenas el 27% de los votos del total de personas en condiciones de sufragar. Como muestra el reciente documental «El poder del voto» (Netflix), los conservadores utilizan además el mecanismo de gerrymandering, es decir, la manipulación de circunscripciones electorales para modificar la voluntad popular y sobrerrepresentar a los republicanos.

Un error común entre los analistas es reducir la política a las contiendas electorales, que son sólo un aspecto de la misma. Hoy Estados Unidos no solo atraviesa elecciones, sino que se ve sacudido por múltiples movimientos que cuestionan el statu quo de diversas formas: Black Lives Matter, feministas, hispanos, ambientalistas, sindicatos, organizaciones LGBTI+, inmigrantes que resisten las deportaciones, jóvenes contra la libre portación de armas que defiende la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA), pueblos originarios, militantes que luchan por cobertura médica universal y estudiantes que procuran la gratuidad de la educación y la condonación de sus deudas, son algunos de los protagonistas de la resistencia a Trump desde 2017.

La plutocracia estadounidense, con su sistema electoral obsoleto y conservador, devino en una farsa democrática, que se manifiesta en la banalización y la espectacularización de la política. Trump es un objeto más de consumo por parte de los grandes medios de comunicación –con menos recursos financieros que Hillary Clinton, hace cuatro años, logró mayor cobertura mediática por el rating que generaba a través de los escándalos que protagonizó durante toda la campaña–, pero él no es una rara avis. O, al menos, no totalmente, como pretenden mostrarlo los medios de prensa liberales. Todo aquel que haya seguido la transmisión de las convenciones demócrata y republicana y las campañas, puede percibir cómo la política estadounidense devino en un gran show de contenido diluido. Y los candidatos parecen envases vacíos, a merced de que los expertos en marketing los vendan lo mejor posible a sus potenciales clientes-consumidores-votantes. Si bien este fenómeno es global, en el caso de Estados Unidos, cuna de la telepolítica desde 1960, esta tendencia está llevada a su máxima expresión.

Para América Latina, ¿da lo mismo Trump o Biden?

Siendo dos hombres blancos, millonarios, casi octogenarios, que integran la elite estadounidense (aunque Trump pretenda presentarse como anti establishment, ese argumento ya es menos efectivo que hace cuatro años), muchos se preguntan si son lo mismo. Es cierto que representan a los dos grandes partidos de un sistema político creado para que, más allá de las elecciones cada dos años, casi nada estructural pueda modificarse. El llamado «gobierno permanente de las grandes corporaciones» y el complejo militar-industrial y de inteligencia y el equilibrio de pesos y contrapesos bloquea cualquier alternativa de cambio real, como la que podía haber expresado Bernie Sanders.

Dicho esto, ambos expresan cosas distintas dentro del sistema, por lo cual el triunfo de uno u otro tendrá consecuencias. Desde el punto de vista de la clase dominante, Trump encarna la alianza del sector americanista-nacionalista de la burguesía estadounidense, mientras que Biden al sector globalista, de los capitales más internacionalizados. Desde el punto de vista político-ideológico-cultural, el primero representa a los hombres blancos protestantes anglosajones (WASP) del llamado «Estados Unidos profundo», con más peso en los ámbitos rurales, mientras que el segundo a los sectores cosmopolitas y socialmente diversos de las grandes ciudades.

Por supuesto que plantearlo así es una simplificación; pero en cada uno de los órdenes que analicemos –económico, político, social, cultural, ideológico, militar, geopolítico, medioambiental y científico– Trump y Biden expresan orientaciones distintas, al menos en lo discursivo (más allá del grado en que luego puedan concretar esas aspiraciones).

Y esto es así no solo para los más de 300 millones de personas que habitan hoy en Estados Unidos, sino para el mundo entero. Por eso, tal como ocurrió en 2016, el resultado de la contienda va a impactar en el resto de los países y, en particular, en América Latina.

Una pregunta recurrente es qué le conviene a la región. ¿Da igual, gane quien gane? Creo que no. Lo primero que hay que decir es que la estrategia estadounidense de mantener a su patio trasero como su área de influencia, defender sus bases militares y los intereses de sus corporaciones y atacar a los gobiernos, actores sociales y políticos que promuevan una integración latinoamericana autónoma es un objetivo compartido por todo el establishment estadounidense desde el establecimiento de la doctrina Monroe (1823).

Las diferencias son en las tácticas y las modalidades empleadas, en el uso de hard (Trump) o soft power (Biden), en apelar más al multilateralismo (Biden) o al bilateralismo (Trump) y en la retórica más o menos agresiva, por ejemplo, contra Cuba. Tener esto en claro es fundamental para no alimentar falsas expectativas. Ya Obama decepcionó a quienes creyeron en su promesa de 2009 de una nueva política «entre iguales» con los países de la región. Dicho esto, entiendo que hay diferencias.

La reelección de Trump potenciaría a las ultraderechas, como ocurrió con Jair Bolsonaro en Brasil en 2018. Sin Trump en la Casa Blanca, difícil imaginar que el militar podría haberse encaramado en el poder. Lo mismo puede decirse sobre la ofensiva contra cualquier política económico-social incluso tímidamente igualitarista, o contra los derechos sociales conquistados o por conquistar (sindicales, de las diversidades sexuales, del aborto legal, de las luchas de los pueblos originarios por las tierras o de los ambientalistas contra el extractivismo). Cuatro años más de Trump implicarían un corrimiento todavía mayor hacia a la derecha en todo el mundo, y en especial en América Latina.

Es cierto que el magnate no promovió los mega acuerdos de libre comercio que impulsaban los globalistas ni impulsó (todavía) guerras en el extranjero. Pero el avance de la internacional ultraderechista apañada por los trumpistas y sus émulos latinoamericanos implica un peligro enorme para la región, que hoy podemos constatar no solo en Brasil, sino también en Bolivia y Ecuador, por poner dos ejemplos elocuentes. Una derrota de Trump sería también un revés para quienes, con una retórica propia de la guerra fría, acusan a todos de socialistas intentando bloquear cualquier perspectiva emancipatoria a nivel local, nacional, regional e internacional.

La estrategia regional ante el potencial escándalo político-institucional en EE.UU

A solo dos semanas de las elecciones, el resultado todavía es incierto. El promedio de encuestas muestra hoy una ventaja de entre 8 y 9 puntos en favor de Biden, pero lo que cuentan son los estados oscilantes, donde la diferencia es mucho menor, de apenas 4% (Hillary Clinton, a esta altura de la campaña, aventajaba a Trump por 5 puntos y terminó perdiendo esos estados). Además, luego de la lección de 2016, es prudente no confiar demasiado en las encuestas –apenas un 5% de los estadounidenses las contestan–. Hasta hoy, más de 28 millones de estadounidenses había emitido su voto por correo en forma anticipada, cifra récord que, se estima, puede ampliarse hasta los 80 millones en las próximas dos semanas (muy por encima de los 57 millones que votaron anticipadamente hace cuatro años).

Lo más probable es que en la noche del martes 3 de noviembre no pueda anunciarse quién es el presidente electo. O que ambos se declaren ganadores, abriendo una batalla político-judicial potencialmente explosiva y mucho más disruptiva que la que en el año 2000 le permitió a Bush Jr. llegar a la Casa Blanca. Trump repitió en el debate del 29 de septiembre su pronóstico alarmista: «Será un fraude como nunca antes se ha visto. Esto no va a terminar bien». Si, como indican las encuestas, los resultados son ajustados en los swing states y el voto por correo confirma el protagonismo que mostró hasta hoy –lo cual es lógico, por la pandemia-, lo más probable es que esto termine en una disputa judicial complejísima. La última palabra la tendrá la Corte Suprema, con tres de sus nueve miembros –si el senado confirma el nombramiento de la ultraconservadora Amy Barrett– propuestos por Trump. Lo único seguro es que el sistema político y electoral estadounidense va a salir mucho más desprestigiado y deslegitimado de lo que ya está.

En medio de una fuerte disputa geopolítica y geoeconómica con China, la imagen internacional de Estados Unidos no para de caer en todo el mundo. Por su incapacidad para liderar una respuesta global a la pandemia y a la crisis económica, hoy Trump tiene menos aprobación internacional que líderes como Merkel, Xi Jinping o Putin. El 2020 será recordado como el año en que se resquebrajaron buena parte de los cimientos sobre los que se erigió el liderazgo global estadounidense.

Para América Latina esto puede significar una enorme oportunidad. La reciente victoria de Luis Arce y el MAS en Bolivia, sumada al previsible triunfo popular en el plebiscito del 25 de octubre en Chile para reformar la constitución pinochetista y las venideras elecciones en Venezuela y Ecuador auguran un nuevo ciclo de protagonismo de los pueblos y las fuerzas sociales radicales y progresistas en la región, luego de las enormes movilizaciones de los últimos meses del año pasado, pausadas por el estallido de la pandemia.

Como señaló Evo Morales el lunes 19 de octubre, horas después del contundente triunfo electoral, es el momento de reconstruir la UNASUR y demás herramientas regionales de coordinación y cooperación política, atacadas por gobiernos derechistas en los últimos años. Álvaro García Linera, hace dos años y frente a tantos agoreros que pronosticaban una robusta restauración conservadora, pronosticó que no habría un largo invierno neoliberal ya que, a diferencia de los años noventa de siglo pasado, cuando se impuso el llamado Consenso de Washington, el neoliberalismo del siglo XXI no tenía un proyecto. Parecía, más bien, un «neoliberalismo zombi», con poco combustible. La crisis hegemónica del imperio –en cuyo seno miles y miles de jóvenes que simpatizan con el socialismo se lanzan a la participación política– genera condiciones para que el renovado protagonismo de los pueblos latinoamericanos impulse un cambio histórico y ponga en marcha la construcción de la tantas veces anhelada Patria Grande.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Novedad editorial! Estados Unidos: Situación interna e internacional en el entorno de las elecciones y la pandemia. Revista Anthropos 255

 

Estados Unidos: Situación interna e internacional en el entorno de las elecciones y la pandemia. Revista Anthropos 255


Presentación, Sonia Winer y Mariana Aparicio Ramírez 

Estados Unidos: situación interna e internacional en el entorno de las elecciones y la pandemia 

  • ◗  Marco A. Gandásegui. Pensador prolífico y multifacético, Dídimo Castillo Fernández 
  • ◗  Las políticas de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe después de los comicios de 2020: una primera aproximación al escenario más probable, Luis Suárez Salazar 
  • ◗  Los centros de pensamiento (tanques pensantes) y el proceso de conformación de la política exterior de Estados Unidos, Raúl Rodríguez Rodríguez 
  • ◗  Estados Unidos más allá de 2020: tendencias, perspectivas y opciones, Jorge Hernández Martínez 
  • ◗  Trump, los derechos humanos y la guerra híbrida: disputas en contexto electoral y de Covid-19, Sonia Winer y Gabriel Merino 
  • ◗  Apuntes sobre el vínculo entre seguridad nacional y política comercial en la campaña electoral de Estados Unidos en tiempos de la Covid-19, Mariana Aparicio Ramírez, Andrés Cuevas Puigferrat
    y Santiago Molina Torres Arpi 
  • ◗  Los think tanks latinoamericanos y sus conexiones con las organizaciones de Estados Unidos, Ary César Minella 
  • ◗  Trump y la Argentina, de Macri a Fernández. Balance y perspectivas de la relación bilateral, Leandro Morgenfeld 
  • ◗  Proceso de paz en Colombia o de la búsqueda de caminos para la democratización de la sociedad, Jaime Zuluaga Nieto 
  • ◗  Los intereses hegemónicos estadounidenses como factor de continuidad de la estrategia contra las drogas en México, Yasmín Martínez Carreón 
  • ◗  Estados Unidos y el golpe de estado en Bolivia: asistencia para el desarrollo, red de derecha y consumación del golpe, Silvina M. Romano, Tamara Lajtman, Aníbal García Fernández y Arantxa Tirado 

Edición: 1ª., 2020

Medidas: 17 x 24 cm

Acabado: Rústica con solapas

ISNN: 977-2385-51500-4-00255

Colección: Revista Anthropos

Editorial: Anthropos 

viernes, 9 de octubre de 2020

Elecciones en EEUU: La tormenta perfecta

 

 

 

 

 

 

 

Elecciones en los Estados Unidos

La tormenta perfecta

Por Leandro Morgenfeld (Revista Mestiza)

Desde la crisis de 2008 se debate sobre el declive de Estados Unidos, el ascenso de China y la reconfiguración del orden internacional de posguerra. Este año quedará en la historia como un punto de inflexión: a la crisis sanitaria, económica y social, el caótico proceso electoral está sumándole una potencial debacle político-institucional, que profundizaría la caída de imagen de un país que ya no puede ejercer el liderazgo global de antaño. 

 

En Estados Unidos, el desastroso manejo sanitario de la pandemia produjo más de 200.000 muertos. Como recordó Joe Biden en el debate del 29 de septiembre, con apenas 4% de la población mundial, su país concentró el 20% de los muertos mundiales por COVID. Irónicamente, cuando todavía no se acallaban las críticas por el penoso papel del presidente en el primer duelo entre los candidatos, el viernes 2 se conoció la explosiva noticia de que Trump dio positivo y contrajo el virus. Con 74 años, y siendo un paciente de riesgo, la incertidumbre general está justificada. De ahora en más seguramente la campaña ya no girará tanto en torno a la economía (pese a que atraviesa la mayor caída desde los años treinta, el actual presidente prefiere enfatizar la recuperación de los últimos dos meses), a la elección de la nueva integrante de la Corte Suprema, o a la rebelión popular desatada contra la violencia policial y el racismo desde el asesinato de George Floyd el 25 de mayo. El tema de la pandemia, y la pésima gestión del gobierno federal, vuelve al primer plano, muy a pesar del candidato republicano.  

Las elecciones de noviembre van a contribuir a horadar todavía más la hegemonía global estadounidense. La cada vez más cierta posibilidad de que las dificultades para votar, por la extensión de la pandemia, hagan que el voto por correo defina las elecciones es una suerte de bomba de tiempo. Existen ya múltiples controversias sobre el Servicio Postal, el conteo de los votos por esa vía –Trump declaró que podría llevar meses o años conocer el resultado electoral- y la potencialidad de un fraude masivo. El martes 25 de agosto, los fiscales de New York, New Jersey y Hawai presentaron una demanda contra Trump acusándolo de sabotear el servicio postal de cara a los comicios. A ellos se sumaron también los alcaldes de San Francisco y New York, quienes apuntaron contra el director del correo, Louis DeJoy, fanático trumpista, quien ordenó la eliminación de buzones y equipos de procesamiento de cartas. En el debate presidencial, Trump volvió a atacar el voto por correo, se negó a aceptar que reconocería una eventual derrota y declaró que habría fraude y que “esto terminaría mal”. 

Cada día aparecen más indicios de que no sólo el establishment globalista, sino también importantes sectores republicanos parecen inclinarse por Biden, en vez de Trump. La última controversia estalló el domingo 23 de agosto, cuando Kellyanne Conway, una de las asesoras y más fervientes sostenedoras del gobierno Trump –fue su jefa de campaña en 2016 y lo acompaña en la Casa Blanca desde el inicio-, anunció que abandonaba su puesto, apenas horas antes de que se iniciara la convención del GOP. Su marido, George Conway, fundador del Proyecto Lincoln, conformado por republicanos anti-Trump, y se había transformado en un acérrimo crítico del jefe de su esposa, cuestionando su salud mental y planteando que era un “cáncer” que el Congreso debía extirpar. Trump perdió así a una de sus más fervientes defensoras. Esta semana, incluso periodistas de la trumpista cadena Fox lo criticaron fuertemente por no condenar en el debate presidencial a los grupos supremacistas blancos, a pesar de los insistentes pedidos del moderador Chris Wallace.

Queda por delante un mes en el que puede ocurrir de todo. Trump no será como Al Gore, quien se retiró de la contienda en diciembre del 2000 para evitar erosionar la imagen internacional de Estados Unidos, luego de evidencias de fraude en el proceso que terminó con el polémico triunfo de Bush. Queda por ver la evolución de la pandemia, el grado de recuperación de la economía y los ataques que el avezado Trump lanzará contra su adversario en los dos debates presidenciales restantes (15 y 22 de octubre), si es que su nueva condición de salud permite realizarlos. Intentará capitalizar un eventual rebote en la actividad y el anuncio de una vacuna contra el COVID-19, además de supuestos logros en materia de política exterior (reconocimiento de Israel por parte de Emiratos Árabes Unidos). Profundizará su retórica anti-China y anti-inmigrantes y atacará las propuestas demócratas acusándolas de socialistas. Agitará el fantasma del fraude e intentará reducir a la mínima expresión el voto por correo, para disminuir la participación electoral. 

El resultado electoral todavía es incierto. El promedio de encuestas da hoy una ventaja de entre 6 y 7 puntos a Biden, pero lo que cuentan son los estados oscilantes, donde la diferencia es mucho menor. Y no gana el que más votos obtiene, sino el que más electores cosecha (Trump consiguió imponerse hace cuatro años con casi 3 millones de votos menos que Hillary Clinton). Además, luego de la lección de 2016, ya pocos confían en las encuestas (apenas un 5% de los estadounidenses las contestan). A esto debe sumarse la posibilidad de la aparición de otro cisne negro en octubre. Aunque, para algunos analistas, la sorpresa preelectoral ya aconteció: fue la muerte de la progresista jueza de la Corte Suprema Ruth Bader Guinsburg y la decisión de Trump de reemplazarla antes de las elecciones por Amy Barrett, garantizándose una mayoría ultraconservadora de 6 a 3 en el máximo tribunal (que puede revertir la legalidad del aborto o el matrimonio igualitario, dos temas sensibles para la base evangélica que apoya al actual presidente). Otra novedad de última fue lo que ocurrió cuando el influyente New York Times publicó la declaración de impuestos federales de Trump de 2016: pagó apenas 750 dólares (contra 300.000 que pagó Biden). Esto provocó un mini terremoto político que, a pesar de que fue aludido en el debate, no está claro que tenga un impacto electoral (ya dijo el magnate neoyorquino en 2016 que él podía dispararle a alguien en la Quinta Avenida sin perder ni un solo voto). Sin embargo, puede enojar a los trabajadores de los estados del Cinturón del Óxido, que hace cuatro años le dieron el triunfo por escaso margen y que hoy, según las encuestas, podrían volverse azules (o sea, votar por un demócrata). En las últimas horas apareció la famosa novedad de octubre: Trump dio positivo de COVID. Esta noticia cayó como una bomba y modificó una vez más el panorama electoral (¿debe reemplazarlo el vice? ¿podrá volver a los mítines presenciales? ¿participará en los debates restantes?). Está por verse si esta es la última sorpresa o todavía faltan más. 

Lo más probable es que la noche del martes 3 de noviembre no haya un presidente electo. O que ambos se declaren ganadores, abriendo una batalla político-judicial potencialmente explosiva y mucho más disruptiva que la que en el año 2000 le permitió a Bush Jr. llegar a la Casa Blanca. Trump repitió en el debate su pronóstico alarmista: “Será un fraude como nunca antes se ha visto. Esto no va a terminar bien”. Si, como indican las encuestas, los resultados son ajustados en los swing states y el voto por correo es mucho más significativo que lo habitual –lo cual es lógico, por la pandemia-, lo más probable es que esto termine en una disputa judicial complejísima (son decenas de millones de votos que se realizan por correo y en forma anticipada-. La última palabra la tendrá la Corte Suprema, con tres de sus nueve miembros, si prospera el nombramiento de Amy Barrett, propuestos por Trump. Lo único seguro es que el sistema político y electoral estadounidense va a salir mucho más desprestigiado y deslegitimado de lo que ya está. No es poco. 

En medio de una fuerte disputa geopolítica y geoeconómica con China, la imagen internacional de Estados Unidos no para de caer en todo el mundo. Trump, por su incapacidad para liderar una respuesta global a la pandemia y a la crisis económica, hoy tiene menos aprobación internacional que líderes como Merkel, Xi Jinping o Putin. El 2020 será recordado como el año de la tormenta perfecta. ¿Será este el momento del principio del fin de la hegemonía estadounidense?

Acerca del autor / Leandro Morgenfeld

Profesor Regular, UBA. Investigador Adjunto del CONICET, en el IDEHESI. Co-coordinador del Grupo de Trabajo CLACSO “Estudios sobre Estados Unidos.