En momentos en que Estados Unidos reacomoda su
estrategia imperialista, el gobierno argentino se ofrece como su mejor
alfil en el tablero regional. Detrás del discurso de combatir al
narcotráfico, al terrorismo y promover el desarrollo de la ciencia,
Macri le abre la puerta a la instalación de una base en Misiones y otra
en Ushuaia. Una mirada y una advertencia antes de que sea demasiado
tarde.
Desde el comienzo de su mandato Macri se esmeró en ofrecer medidas
para “reestablecer la confianza” en el país y “volver al mundo”. El
asunto es cuál es el lugar que se le quiere dar a Argentina en el
escenario global, y cuál es el universo al que se quiere regresar. A
juzgar por los hechos, la agenda de Cambiemos no es otra que la que
dicta Estados Unidos, con sus políticas económicas, militares y
culturales.
Para cumplir con el mandato del orden mundial, el gobierno nacional
realizó todos los deberes requeridos a nivel regional para lograr el
beneplácito de la Casa Blanca: críticas y aislamiento a Venezuela,
boicot a UNASUR y CELAC, acercamiento a la Alianza para el Pacífico,
promesa de firma del Tratado de Cooperación Transpacífico (TPP). Como si
fuera poco bajó los costos laborales con altos índices de desocupación,
prometió flexibilización y liberalización de la economía, modificó la
ley de tierras a favor de la extranjerización, habilitó el regreso del
FMI, pagó a los buitres, y un largo etcétera que podría extenderse por
varios renglones.
Tanto en el afamado Mini Davos del Centro Cultural Kirchner, como en
el marco de la participación argentina de la reunión de la ONU, los
empresarios del mundo le pidieron al gobierno “previsibilidad”, que
“Argentina sea un país normal”. Esto quiere decir, garantías de que no
habrá otro diciembre de 2001, que Cambiemos completará su mandato y que
el que le continúe tendrá las mismas características que el actual.
Macri tiene todo lo que piden las corporaciones. Pero aún así, no hay inversiones.
Mientras el presidente asistía a la Asamblea de la ONU, en septiembre
pasado, el diario británico Financial Times publicaba una nota titulada
“Argentina: sin tiempo que perder”, de Walter Molano, economista en
jefe del Banco BCP (Banque de Commerce et de Placements). El agente de
Wall Street diferencia entre las inversiones a corto plazo “que siempre
pueden vender sus acciones e irse del país en un abrir y cerrar de
ojos”, de las inversiones reales que implican un compromiso “por años”.
Para el analista, no sorprende que la inversión extranjera directa siga
sin entrar a la cancha: “El horizonte político argentino es cualquier
cosa menos certero”.
La paciencia del pueblo argentino es algo que no puede prometer
Mauricio Macri, ni nadie de la comitiva económica que viaja por el mundo
ofreciendo todo tipo de ventajas.
Las inversiones a largo plazo que más gustan al Departamento de
Estado norteamericano y a sus empresas socias (y viceversa) son las
relacionadas al control de los recursos naturales. Y eso sí que requiere
garantías. Y especialistas.
DONDE MANDA MARINE…
Además de la meta de “pobreza cero”, Macri resume sus desafíos por el
mundo diciendo que le hará la guerra al narcotráfico y al terrorismo.
Esas consignas no necesitan demasiada explicación y se conocen en cada
casa del planeta donde haya un televisor.
“Bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y el
antiterrorismo Estados Unidos ha elaborado distintas formas para la
apropiación de bienes naturales a lo largo del mundo. Su interés es el
libre acceso y el control de los recursos”, explica Elsa Bruzzone,
profesora de historia y especialista en temas de Defensa Nacional,
Estrategia y Geopolítica, secretaria del CEMIDA (Centro de Militares por
la Democracia Argentina).
En mayo pasado, el Secretario de Estrategia y Asuntos Militares de
Argentina, Angel Tello, participó de una reunión bilateral en Washington
con la Secretaria para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roberta
Jacobson y representantes del Pentágono y del Comando Sur, de la que
resumió: “Está previsto que Estados Unidos ayude a desarrollar la
capacidad de autoridades del orden público, especialmente en la
asistencia del Departamento de Justicia con relación al terrorismo y al
financiamiento del terrorismo en la Región de la Triple Frontera”. Tello
también contó a la agencia Télam que “Estados Unidos nos ha planteado
su interés en profundizar los lazos de cooperación en la Antártida”, por
lo que se convino la instalación de una “base científica” en Ushuaia.
Las negociaciones habrían comenzado en marzo pasado, durante la
visita de Barack Obama al país, en el marco del 40º aniversario del
golpe genocida de 1976. Según consigna una investigación del CEMIDA
titulada
Desarmando la soberanía, “filtraciones norteamericanas informaron que el gobierno argentino había ofrecido las mismas”.
Es síntesis, Estados Unidos podría tener dos bases militares (aunque
se las presente de otra manera) en Argentina: una en Misiones y otra en
Tierra del Fuego. Es decir, una sobre el acuífero Guaraní, el cuarto
reservorio de agua dulce del mundo y un punto estratégico para el cerco
sobre el gran Amazonas; y otra sobre el camino más cercano a la
Antártida (la mayor reserva de agua dulce congelada del mundo), con la
posibilidad de controlar la plataforma continental, el mar argentino con
sus recursos hidrocarburíferos, minerales y pesqueros, así como el
control de los océanos Atlántico Sur y Pacífico.
La noticia corrió a mediados de mayo pero el gobierno se hizo el
desentendido y no volvió a ser tema de preocupación mediática. Ni
siquiera la movilización en la capital de Tierra del Fuego del 10 de
junio, ni los foros de debate y alerta que se dieron en Posadas los días
7, 8 y 9 de septiembre, tuvieron espacio en la agenda noticiosa.
Si Macri no fue capaz de contestar a una tibia pregunta en torno a
las operaciones misilísticas de Gran Bretaña en la base de la OTAN sobre
Islas Malvinas, menos contestaría sobre un asunto de tamaña gravedad.
El que siempre contesta aunque sea con poca claridad es el jefe de
ministros, Marcos Peña, quien negó en el Congreso Nacional que se
pretenda avanzar en ese tipo de relación con Estados Unidos e ironizó:
“puede estar tranquilo con lo de las bases militares”, en respuesta al
pedido de informe del legislador misionero Daniel Di Stefano.
“Lo cierto es que, más allá de que el gobierno no diga nada o incluso
lo pueda negar, desde el Departamento de Estado, el Pentágono y el
Comando Sur, confirman que los acuerdos existen”, cuenta a Mascaró
Bruzzone, quien además asegura que “la instancia del proyecto está en
que Estados Unidos se encuentra a la espera de que el gobierno argentino
logre convencer a las provincias, y en sortear las protestas que puede
originar la confirmación de la noticia”.
En el mismo sentido opina la periodista Telma Luzzani, autora del libro
Territorios Vigilados:
“el silencio mediático tiene que ver con las malas intenciones que hay
detrás de este acuerdo. Porque de lo que estamos hablando es de permitir
a la mayor potencia extranjera del mundo ocupar territorialmente
nuestro país, y ante esa entrega total no puede haber muchos argentinos
que estén de acuerdo”.
DE PELÍCULA
Si a la base patagónica se le busca la excusa de la “investigación”, a
la de la triple frontera se la enmascara bajo una supuesta lucha contra
el terrorismo.
En 2012, el Comando Sur estuvo a punto de instalar una base de “ayuda
humanitaria” en el aeropuerto de Resistencia, pero las movilizaciones
en toda la provincia de Chaco obligaron a Cristina Fernández de Kirchner
a abortar su implementación. Desde el gobierno nacional trataron de
despegarse y de responsabilizar del acuerdo al entonces gobernador Jorge
Capitanich. Esa hipótesis es difícil de sostener, ya que lejos de
aislarlo o reprocharle el haberse cortado solo, “Coqui” fue designado
poco después como Jefe de Gabinete de la presidenta.
Desde fines de los 90, Estados Unidos presiona para controlar la
zona, instalando la idea de que diferentes grupos “fundamentalistas”
(primero Al Qaeda y ahora ISIS) encuentran allí cobertura y
financiamiento proveniente del tráfico de armas, drogas y personas. Esas
presunciones parecen tan serias como la calificación de terroristas de
los dos jóvenes de Chacarita que amenazaron por twitter (y en árabe) al
presidente Macri.
El gobierno y sus medios cómplices generan noticias, realizan
informes basura y preparan el terreno para instalar una idea de peligro e
indefensión. Así, el Secretario de Seguridad Eugenio Burzaco, lanzó en
los primeros días de septiembre que había “detectado argentinos que se
han formado en ISIS” y que, “han estado en zonas calientes del
conflicto, en Siria o el norte de Irak”. Burzaco detalló que las
“células dormidas” tenían asentamiento en Corrientes y Misiones. El
mismo día, un comunicado de la Secretaría de Seguridad con su firma,
desmintió los hechos, pero aseguró que desde el gobierno seguirían
trabajando contra el terrorismo internacional.
La estrategia no es nueva y el macrismo la viene desarrollando desde
la campaña presidencial: por ejemplo, utiliza el recurso del discurso de
la inseguridad y de la imposibilidad de controlar los nuevos tipos de
delitos con las fuerzas de seguridad en las condiciones actuales, para
instalar la necesidad de que el Ejército participe en cuestiones de
seguridad interior, y que las fuerzas sean preparadas por especialistas
de México, Colombia e Israel. Si quiere tener a las FFAA cumpliendo el
papel de policía necesita modificar la Ley de Defensa, para lo que no
sólo debe tener mayoría parlamentaria, sino un consenso generalizado
dentro de la población.
Como todo forma parte de un todo: la idea de que el Ejército patrulle
las calles, es del Pentágono y un requerimiento del Comando Sur.
El otro punto que siempre instala Estados Unidos en su agenda
solidaria para combatir los males del mundo, es el de su colaboración en
emergencias humanitarias y catástrofes naturales. Para justificar ese
tercer eje, se entendería la designación del Rabino Sergio Bergman al
frente del Ministerio de Medio Ambiente y, (tratando de no caer en el
conspiracionismo) tendrían sentido sus recientes declaraciones en las
que dijo que para evitar algún desastre climático “lo más útil que
podemos hacer es rezar”.
INFORMES Y UNIFORMES
No hay que pensar que las bases que instalará EEUU serán como las que
se ven en las películas, con cientos de marines armados hasta los
dientes y totalmente desquiciados. La cosa va un poco más maquillada,
mejor pensada, menos agresiva, incluso justificable.
La periodista Telma Luzzani, explicó a Mascaró que “uno de argumentos
que los estadounidenses reconocen como un beneficio de estas cuasi
bases, es que es mucho más fácil de aceptar por los pobladores del país
anfitrión y, al mismo tiempo, más fácil de justificarlo por parte del
gobierno local, ya que en apariencia no se trataría de una intervención
militar. Si dicen que se trata de una base científica, no podemos
quedarnos tranquilos, porque no deja de ser una base militar”.
Según la investigación de Luzzani, estas cuasi bases, conocidas en la
jerga militar como “lily pads” o por sus siglas en inglés FOL (Foward
Operating Location), están ubicadas en todo el mundo, en lugares
considerados estratégicos o peligrosos para la seguridad de Estados
Unidos.
La periodista explica que “desde 1997, con el nuevo diseño de
política exterior de Estados Unidos -denominada Estrategia Nacional para
la Nueva Era-, desaparecen las bases militares tradicionales con
tanques, barracas, polígonos de tiro y comienzan a instalarse pequeñas
delegaciones en aeropuertos o en destacamentos no tan extensos, donde
cumplen funciones de recolección de datos, vigilancia de territorios,
control de recursos naturales, y al mismo tiempo pueden convertirse en
puntos de partida para situaciones de crisis o guerras”.
Nota completa en edición impresa Mascaró #38, Noviembre – Diciembre de 2016.