En un momento clave de disputas globales y redefiniciones del poder mundial, nos encontramos para pensar Nuestra América frente a los grandes actores del escenario internacional. Junto a Leandro Morgenfeld y Gabriel Merino, abrimos el debate a partir de la presentación de tres libros fundamentales para entender el presente: 📘 Nuestra América, Estados Unidos y China 📕 Nuestra América frente a la doctrina Monroe 📗 China en el desorden mundial Editorial Batalla de ideas y Clacso
Un encuentro para discutir el rol de América Latina, las tensiones entre Estados Unidos y China, y los desafíos geopolíticos que atraviesan nuestra región en su etapa más crucial. 🗓 Jueves 5 de febrero 🕖 19 hs 📍 Badaraco Libros – Av. Entre Ríos 921 CABA 🎟 Actividad gratuita con inscripción previa
El historiador Leandro Morgenfeld analiza
la agresiva política internacional de Estados Unidos que intenta
sostener una hegemonía en decadencia. El rol de Europa, Rusia y China y
el escenario en Latinoamérica.
Tiene
el mundo en un puño. ¿Lo tiene? No hay nadie que lo detenga. ¿Nadie? Su
arrojo demuestra la grandeza de su país. ¿Grandeza? Para Leandro
Morgenfeld, historiador, profesor de la UBA, investigador del Conicet y
coordinador de estudios sobre Estados Unidos de Clacso, corresponde
refutar a la hegemonía mediática en su discurso unívoco: Donald Trump es
el amo, resolvió todo en Caracas en 47 segundos, se queda con el
petróleo, listo, ganó. Ni tanto, ni tan poco.
–¿Cómo evaluás a Trump como líder político? –Él
internamente arrancó mucho más fuerte que hace ocho años, porque ahora
sí ganó el voto popular, controla ambas Cámaras, logró purgar y
controlar a buena parte del Partido Republicano y además controla la
Corte Suprema dado que en el mandato anterior metió tres jueces
ultraconservadoras rompiendo el histórico equilibrio del máximo
tribunal. Esta Corte lo avaló durante todo el año pasado a que pueda ser
candidato presidencial a pesar de todas las condenas que tenía.
La paradoja es que gobierna un Estados Unidos mucho más débil que
hace ocho años, porque últimamente (sobre todo desde la pandemia) se
profundizó el proceso que llamamos de transición hegemónica, es decir,
declive relativo de Estados Unidos, que ya no puede ejercer su hegemonía
como al principio de la posGuerra Fría, desde los años 90, desde la
caída del Muro de Berlín.
«Estados
Unidos va perdiendo posiciones en todos los órdenes y por ahora solo
mantiene la supremacía desde el punto de vista militar.»
–Declive que el propio Trump admitió. –Claro, lo
dice cuando asume el 20 de enero del año pasado, «Vengo a frenar el
declive de Estados Unidos». El problema es si Trump va a revertir o
acelerar ese declive. Mi hipótesis es que lo va a profundizar. La
guerra comercial que lanzó en abril contra casi todos los países del
mundo, en particular contra China; la política de pelearse con sus
propios aliados y humillarlos, caso Europa, caso Canadá; la política de
destrozar el sistema del multilateralismo unipolar que construyó Estados
Unidos y otros después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial; el
desprecio a las Naciones Unidas; el desconocimiento de instancias
multilaterales como la Corte Penal Internacional; el desdén hacia
espacios que construyó Estados Unidos como el G-20; son señales en ese
sentido. Estados Unidos va perdiendo posiciones en todos los órdenes y
por ahora solo mantiene la supremacía desde el punto de vista militar.
–¿Sobre esa supremacía regresa a la Doctrina Monroe, la de una «América para los americanos»? –«El
hemisferio es nuestro», acaba de decir Trump en referencia al
continente americano. Ya lo había planteado hace un mes, al presentar la
última estrategia de seguridad nacional. El secretario de Guerra
incluso publicó una caricatura de hace más de 100 años que cuestionaba
el imperialismo norteamericano y aparecía el Tío Sam con un
garrote poniendo un pie sobre todo el continente, por las más de 30
intervenciones militares de entonces contra países, sobre todo de
Centroamérica y del Caribe. Bueno, ese Tío Sam aparece ahora
con la cara de Trump diciendo «desde Groenlandia hasta Alaska es todo
para nosotros». Es una política hacia lo que ellos llaman,
despectivamente, el patio trasero, que tiene muy pocas zanahorias y
mucho garrote.
La agresión militar a Venezuela, el secuestro de un presidente en
funciones, el bombardeo por primera vez en la historia en un país
sudamericano, son acciones que configuran un salto en la Doctrina
Monroe. Dicen que «ahora vamos a ir por Petro (presidente de Colombia),
ahora vamos a ir por Claudia Sheinbaum, porque México está gobernado por
los cárteles narco, y la próxima que va a caer es Cuba». Y dicen más;
que se van a apropiar de Groenlandia sin importarle lo que diga Europa,
lo que opine Dinamarca, «para nuestra seguridad nacional la tenemos que
controlar y va a ser nuestra, por las buenas o por las malas. La
compramos, como en su momento compramos Alaska, o la ocupamos por la
fuerza, como le sacamos la mitad del territorio a México».
«Europa
está en una situación muy complicada, lo que viene haciendo en los
últimos años es resignar cualquier relevancia geopolítica y subordinarse
absolutamente a Estados Unidos.»
–Hablando de Europa, ¿parecen más espectadores que protagonistas? –Europa
está en una situación muy complicada, lo que viene haciendo en los
últimos años es resignar cualquier relevancia geopolítica y subordinarse
absolutamente a Estados Unidos. Esto tiene un costo enorme para el
Viejo Continente, creo que si se levantara de la tumba Charles de Gaulle
(expresidente de Francia) se revolcaría y volvería a morirse porque hoy
no tenemos ningún liderazgo en Europa que plantee, aunque sea, mantener
las formas de cierta autonomía estratégica. Trump está logrando imponer
a Europa todo lo que quiere, después de haber apoyado la política de
cambio de gobierno en el 2014 en Ucrania, haber empujado a un conflicto
entre Rusia y Ucrania, haberle bombardeado el gasoducto Nord Stream 2,
que le proveía de gas barato a Alemania por parte de Rusia; está
obligando a Europa a que adquiera hidrocarburos americanos a precios
muchísimo más caros, ahora le obligó a los países europeos a aumentar el
presupuesto militar al 5% del PIB, lo que va a generar un desastre
económico en muchos de esos territorios.
Foto: gentileza Morgenfeld
–¿Qué contrapeso pueden aportar China y Rusia? –Antes
de morir, Henry Kissinger (exsecretario de Estado de EE.UU.) le dijo a
Trump «vos ahora tenés que entenderte con la Rusia de Putin porque
nuestro enemigo estratégico es China». En eso acuerdan todos en la clase
dominante norteamericana, con distintas estrategias: una fue la
estrategia globalista de Barack Obama, los megaacuerdos de libre
comercio para que China esté, si se quiere, dentro del campo
capitalista, pero con las reglas que impone Estados Unidos. Esto no lo
pudo hacer Trump en la primera presidencia porque tenía un Gobierno
mucho más heterogéneo y porque los sectores rusófilos de la clase
dominante norteamericana eran muy fuertes. Intenta ahora negociar con
Vladimir Putin (presidente ruso) para tratar de provocar una separación,
una fractura entre Rusia y China, pero tiene un problema: las sanciones
brutales de 2022 contra Rusia por parte de Estados Unidos. Europa y sus
aliados no solo no hicieron colapsar la economía rusa, sino que
empujaron todavía más a una alianza estratégica que tienen hoy Rusia y
China. Es más, el aumento de aranceles brutales contra la India, ahora
uno de los principales compradores de petróleo a Rusia, hicieron que la
India, que siempre tuvo conflictos con China y que tenía un juego
propio, se abroquele. Entonces, hace pocos meses, en la vigésima quinta
Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, que se hizo en
China, se reunieron justamente los líderes de Rusia, de la India, de
China, además de Turquía, Irán y otros países, y ratificaron la voluntad
inquebrantable de la alianza de estos países.
–Hay otro mundo detrás de lo que Occidente llama «el Mundo». –Hay
una transición acelerada hacia un mundo más multipolar. Hay un proceso
de construcción de otro mundo, de relaciones políticas, económicas,
diplomáticas, financieras, monetarias, que no dependen del dólar, que no
dependen de los sistemas bancarios que controla Estados Unidos, e
incluso que pueda eventualmente superar las sanciones que ponga Estados
Unidos o los bloqueos comerciales como los que sufrió Rusia o como los
que le impuso a Venezuela en los últimos meses.
«Hay
un proceso de construcción de otro mundo, de relaciones políticas,
económicas, diplomáticas, financieras, monetarias, que no dependen del
dólar.»
–¿Cuál es tu visión acerca del escenario en Latinoamérica? –Obviamente
cuando hay una ofensiva tan fuerte y cuando hay incapacidad o
dificultad para una respuesta conjunta fuerte, como fue el «No al ALCA»
en 2005, se generan muchísimas dudas. Eso sí; si bien las condiciones
políticas hay que construirlas hoy, 20 años después del «No al ALCA» en
Mar del Plata, las condiciones a nivel global, estructurales, para que
América Latina tenga una política propia, una política de inserción
internacional más diversificada y deje de ser el patio trasero de
Estados Unidos y pase a ser un polo emergente en este nuevo mundo más
multipolar, son mucho mayores que hace 20 años. Además, no hay que
pasarse de rosca en pensar que porque tenemos a Milei, a Nayib Bukele
(presidente de El Salvador, a Daniel Noboa (presidente de Ecuador),
ahora ganó José Antonio Kast en Chile o Santiago Peña en Paraguay, la
ultraderecha gobierna todos los países de la región. Tres de las
economías más grandes, Brasil, México y Colombia, tienen Gobiernos de
izquierda, Gobiernos progresistas dentro del campo nacional popular y
hay otros, muchos otros Gobiernos. América Latina sigue siendo una
región en disputa. Los desafíos son enormes. Creo que si entre los
pueblos, los Gobiernos de la región, las organizaciones sociales y
políticas, no frenamos esta avanzada imperialista desembozada de Estados
Unidos con Trump, América Latina va a tener que resignarse a ser una
región cada vez más periférica, cada vez más desigual, un patio trasero
de Estados Unidos, sin ninguna relevancia geopolítica a nivel global y
con sociedades que expulsen cada vez más millones de personas que
tratarán de migrar hacia los grandes centros mundiales para escapar de
condiciones de vida cada vez más penosas.
Leandro Morgenfeld analiza todas las novedades de la avanzada de EEUU y los cambios geopolíticos que sacuden el mundo, en Crónica Anunciada (Futurock), 8 de enero 2026.
El historiador, profesor de la UBA e investigador del Conicet Leandro Morgenfeld analizó el impacto global del operativo estadounidense en Venezuela, el avance del unilateralismo de Trump, la crisis del derecho internacional y las consecuencias para América Latina y la Argentina en un mundo en transición.
La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, mediante un operativo militar sin declaración de guerra ni aval del Congreso norteamericano, que incluyó un fuerte bombardeo en Caracas y provocó la muerte de más de 80 personas, aceleró una crisis que ya atravesaba al sistema internacional. Para Leandro Morgenfeld, historiador, profesor de la UBA e investigador del Conicet, el hecho no puede leerse como un episodio aislado, sino como un salto cualitativo en el proceso de demolición del orden global construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Según explica, en su segundo mandato Donald Trump profundiza una política exterior basada en el unilateralismo, el desconocimiento de los organismos multilaterales y la primacía del poder militar como herramienta para frenar el declive relativo de Estados Unidos frente al ascenso de China y un mundo cada vez más multipolar. En ese marco, Venezuela vuelve a ocupar un lugar central por su peso energético, su experiencia política autónoma y su articulación con otros polos de poder global.
En diálogo con C5N, Morgenfeld, autor de libros como "Bienvenido Mr. President: de Roosevelt a Trump, las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina" y coordinador de "Nuestra América, Estados Unidos y China", analizó las reacciones internacionales, las tensiones internas en Estados Unidos, el impacto regional del conflicto y los riesgos que enfrenta la Argentina con un alineamiento automático con Washington. Captura
Periodista- ¿La captura de Nicolás Maduro marca un punto de quiebre en el orden internacional vigente?
Morgenfeld - El orden internacional está en crisis. En su segundo mandato, Trump impulsa un proceso de demolición del sistema multilateral: se retiró de organismos de Naciones Unidas, les quitó financiamiento, hostiga y deslegitima instituciones internacionales y abandonó la Organización Mundial del Comercio. Todo forma parte de una estrategia que busca reemplazar el multilateralismo por una unipolaridad unilateral, donde Estados Unidos negocia bilateralmente según su conveniencia.
En ese contexto, secuestrar a un presidente en funciones mediante el bombardeo de la capital de otro país, sin declaración de guerra y sin autorización del Congreso, representa un punto de inflexión. Es un paso más en la crisis del orden mundial y, al mismo tiempo, pone en jaque a Estados Unidos, porque erosiona su legitimidad y su propio liderazgo global.
P- ¿Cuáles son los rasgos centrales del nuevo orden que se está configurando?
M- Estamos atravesando una transición. Tras la Guerra Fría, Estados Unidos ejerció una hegemonía unipolar junto a aliados subordinados como la Unión Europea y Japón. En el siglo XXI, y sobre todo en los últimos años, se observa un declive relativo de Estados Unidos y un desplazamiento del eje del poder hacia el Pacífico, con China como actor central.
Washington intenta frenar o ralentizar esa transición hacia un mundo multipolar. Perdió peso económico, comercial, financiero, monetario y tecnológico, pero mantiene una clara primacía militar, y la está utilizando como herramienta principal. Por eso apela al unilateralismo: el sistema multilateral ya no le resulta funcional.
Aunque Trump se presenta como el “presidente de la paz”, en su segundo mandato ya bombardeó siete países. Su política exterior, conducida por Marco Rubio y el secretario de Defensa Pete Hegseth, combina el mayor presupuesto militar de la historia con una estrategia de “más palos y menos zanahorias”, especialmente en América Latina. El secuestro de Maduro y el bombardeo de Caracas, precedidos por ataques a embarcaciones y buques petroleros, constituyen un salto cualitativo en ese proceso.
P- ¿Cómo reaccionó la comunidad internacional ante el operativo?
M- Hubo un repudio mayoritario, aunque con distintos niveles de intensidad. Las condenas más fuertes provinieron de Rusia y China, pero también de países latinoamericanos como Colombia, México, Brasil, Chile y Uruguay, y de España en Europa.
En contraste, los gobiernos de ultraderecha evitaron condenar esta violación flagrante de la soberanía venezolana y del principio de no intervención, pilares del sistema interamericano y del derecho internacional, consagrados en el artículo 2 de la Carta de la ONU. A mediano plazo, este tipo de acciones puede tener efectos muy adversos para Estados Unidos, porque socava su legitimidad global. Esto no lo dice solo el mundo: lo sostiene buena parte de la oposición dentro de Estados Unidos.
P- ¿Puede leerse esta acción como una maniobra de Trump para recomponer liderazgo interno?
M- Trump intenta mostrarse como el mejor presidente de la historia, pero enfrenta un escenario interno muy adverso. En su primer año de gobierno registra los índices de aprobación más bajos desde 2017. Tiene problemas económicos, con inflación impulsada en parte por la guerra comercial lanzada en abril de 2025, y sufrió derrotas electorales significativas.
Perdió la alcaldía de Nueva York, la ciudad más grande y rica del país, y el Partido Republicano cayó en Miami, Virginia, Nueva Jersey y otros distritos. Esta tendencia podría llevarlo a perder las elecciones de medio término en 2026 y el control del Congreso. Además, hubo protestas masivas durante todo el año pasado, incluyendo una movilización histórica con siete millones de personas en más de 3.000 ciudades.
Trump necesita equilibrar a su base: por un lado, el sector duro encabezado por Marco Rubio en Florida, profundamente hostil al chavismo y a los gobiernos no alineados; por otro, sectores que rechazan las intervenciones militares. Aunque niega estar en guerra, bombardear un país y detener a su presidente implica una guerra de facto, sin autorización del Congreso, lo que ya le generó múltiples cuestionamientos legales y políticos.
P- ¿Por qué Venezuela vuelve a ser un escenario clave para Estados Unidos?
M- Durante gran parte del siglo XX, empresas estadounidenses controlaron el petróleo venezolano, clave para el abastecimiento energético de Estados Unidos. Eso cambió con la llegada de Hugo Chávez hace más de 25 años. Si bien compañías como Chevron siguieron operando, el chavismo cuestionó la idea de América Latina como “patio trasero”.
Venezuela fue central en el rechazo al ALCA en 2005 y en proyectos de integración autónoma como el ALBA y la CELAC, un espacio regional sin Estados Unidos ni Canadá. Además, fortaleció vínculos con potencias emergentes como China, Rusia e Irán. Por eso, más allá del petróleo, derrotar al chavismo es una prioridad estratégica para Washington desde hace años, algo que hasta ahora no había logrado.
P- ¿Qué peso tiene el petróleo venezolano en la disputa global por los recursos?
M- Venezuela posee las mayores reservas de petróleo convencional del mundo, incluso por encima de Arabia Saudita. La mayoría de los conflictos militares del siglo XX y XXI están ligados al control de recursos estratégicos, en particular los hidrocarburos.
Hoy gran parte del petróleo venezolano se dirige a países considerados adversarios por Estados Unidos, como China e Irán. Washington busca que sus empresas vuelvan a controlar ese flujo energético, lo que explica el renovado interés estratégico sobre Venezuela.
P- ¿Estamos ante una reedición explícita de la Doctrina Monroe?
M- Absolutamente. Estados Unidos reivindica de forma explícita la Doctrina Monroe. En la Estrategia de Seguridad Nacional publicada el 4 de diciembre hablan del “corolario Trump” de esa doctrina, una versión abiertamente injerencista y paternalista.
Es la versión más radical de toda la historia: plantean quedarse con Groenlandia, convertir a Canadá en el estado 51, rebautizar el Golfo de México y desconocer luchas históricas como la soberanía panameña sobre su canal. Cualquier gobierno no alineado, como Venezuela o Colombia, queda bajo amenaza de políticas de cambio de régimen.
P- ¿Qué escenario se abre para América Latina?
M- Es temprano para definirlo. Si Trump logra transformar a Venezuela en una neocolonia e influir en procesos electorales clave, la región quedará más fragmentada, subordinada y periférica, con más desigualdad y pobreza.
Pero si esta acción genera una reacción de gobiernos, partidos y movimientos sociales que rechacen el rol de patio trasero y apuesten a una estrategia común en un mundo multipolar, América Latina podría recuperar márgenes de autonomía, como ocurrió a comienzos del siglo XXI.
P- ¿Hasta dónde están dispuestos a involucrarse Rusia y China?
No habrá una intervención militar. China no actúa de ese modo y Rusia tiene otras prioridades, como Ucrania. Sí repudiaron con fuerza la acción estadounidense y mantienen vínculos económicos y de cooperación con Venezuela.
Habrá que observar cómo se reconfigura la correlación de fuerzas dentro de Venezuela y qué reacciones se producen en los próximos meses para evaluar el alcance real de esa relación.
P- ¿Qué implica este escenario para la Argentina con un gobierno alineado con Trump?
M- La posición del gobierno argentino va a quedar en la historia como una de las más vergonzosas de la diplomacia nacional. Rompe con una larguísima tradición de neutralidad y de defensa del principio de no intervención, desde la Doctrina Drago hasta la Doctrina Calvo.
El alineamiento acrítico con Trump deja a la Argentina subordinada y aislada, votando en soledad en Naciones Unidas y perdiendo apoyos históricos, incluso para la causa Malvinas. Es un camino de entrega de soberanía, recursos y capacidades estratégicas. Si no se revierte, la Argentina corre el riesgo de convertirse en un actor periférico y menor, incluso dentro de su propia región.
Morgenfeld en Minuto1 por C5N desmontando la operación del Cartel de los Soles con la que pretendieron justificar el ataque a Venezuela, 6 de enero de 2026
Diez claves para comprender el alcance del
ataque estadounidense a Venezuela, los escenarios en disputa y los
desafíos que enfrenta la región ante una ofensiva imperial para
reinstalar, sin eufemismos, la lógica del patio trasero.
El ataque militar lanzado por la administración de Donald Trump
contra la República Bolivariana de Venezuela, coronado con el secuestro
del presidente Nicolás Maduro, luego de meses de asedio, constituye una
violación flagrante del derecho internacional y un retroceso histórico.
Se trata de una agresión ilegal que vulnera la Carta de las Naciones
Unidas —en particular la prohibición del uso de la fuerza y el principio
de solución pacífica de controversias—, desconoce los compromisos
asumidos en el marco de la OEA y pisotea principios largamente
defendidos en América Latina y el Caribe, como la no intervención y el
respeto irrestricto a la soberanía de los Estados nacionales.
La Casa Blanca intentó presentar el operativo como una acción
quirúrgica, ordenada, indolora y ya consumada. Sin embargo, más allá del
impacto inicial y del despliegue mediático, estamos ante un proceso
político y militar abierto, inestable y profundamente disputado. La
historia latinoamericana enseña que los golpes y las intervenciones no
se definen en el primer acto: se dirimen en la resistencia popular, en
la cohesión de las fuerzas internas, en la correlación de fuerzas a
nivel internacional (incluidas las reacciones diplomáticas de los
distintos actores) y en la capacidad de los pueblos para convertir la
indignación en acción política sostenida que modifique la correlación de
fuerzas tras el embate inicial.
Este artículo propone diez claves para comprender el alcance del
ataque, los escenarios en disputa y los desafíos que enfrenta Nuestra
América ante una ofensiva imperial que busca reinstalar, sin eufemismos,
la lógica del patio trasero, reivindicando sin pruritos la bicentenaria doctrina Monroe.
1. Condenar sin ambigüedades la agresión imperialista
Lo primero y principal es condenar de manera firme, clara y sin
vacilaciones la agresión imperialista de Estados Unidos contra Venezuela
y, por extensión, contra Nuestra América. Se trata del ataque más grave
contra la región desde la invasión a Panamá en 1989. No hay atenuantes
posibles: no es una «operación de seguridad», ni una «misión
humanitaria», ni un episodio aislado. Es una acción de fuerza que busca
disciplinar a un país soberano y enviar un mensaje intimidatorio al
conjunto de la región. La discusión sobre el gobierno chavista, sobre
las elecciones de 2024 y demás cuestiones son en este momento
secundarias. Todas las fuerzas democráticas, del campo nacional popular
progresista y de izquierda deben condenar esta brutal agresión.
Toda relativización —en nombre de diferencias políticas con el
proceso venezolano, del pragmatismo, de supuestas «excepciones» o de
cálculos coyunturales— debilita la defensa de principios que son, a la
vez, jurídicos y políticos. La condena debe ser inequívoca porque lo que
está en juego no es la simpatía o antipatía por un gobierno
determinado, sino la vigencia de reglas básicas de convivencia
internacional que protegen especialmente a los países periféricos ante
una agresión militar imperial como la consumada por Estados Unidos, que
recuerda a las peores intervenciones de hace un siglo.
2. Un proceso abierto, no un hecho consumado
Pese a que Trump intentó instalar, en su conferencia de prensa del 3
de enero, la idea de que la situación estaba definida (habló de
«transición» para no usar el término «cambio de régimen», que irrita a
buena parte de su movimiento MAGA), la realidad muestra un escenario en
pleno desarrollo. La experiencia del golpe de Estado de abril de 2002
contra Hugo Chávez es el antecedente interesante, aunque el contexto es
sin dudas bien distinto: una acción que pareció triunfante durante horas
(Bush se apuró a reconocer diplomáticamente como nuevo presidente al
empresario Pedro Carmona), pero que fue revertida por la movilización
popular, la lealtad al chavismo de las fuerzas armadas y la presión
regional. Dos días después de ser secuestrado en helicóptero el líder
bolivariano volvía a reasumir el poder en el Palacio de Miraflores
Hoy, como entonces, el desenlace no está escrito. La intervención
abre una fase de confrontación política, diplomática y social que puede
prolongarse en el tiempo. El intento de imponer un nuevo orden por la
fuerza suele generar resistencias inesperadas y costos crecientes para
el agresor, tanto en Venezuela, como en Estados Unidos y en el resto de
la región y el mundo.
3. Guerra psicológica, operaciones y cohesión interna
Desde el primer momento se multiplicaron y difundieron distintas
hipótesis, especulaciones y versiones sobre la operación, las supuestas
complicidades internas y las traiciones dentro del chavismo (Maduro fue
capturado por una infiltración de la CIA, negoció entregarse o fue
traicionado por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello). Aunque
todavía es temprano para conocer realmente qué sucedió, por estas horas
pareciera ser que parte de esa avalancha informativa responde menos a
datos verificables que a una posible estrategia deliberada de guerra
psicológica destinada a sembrar desconfianza, fragmentar liderazgos y
quebrar la moral de la militancia y la dirigencia chavista.
La asunción de Delcy Rodríguez como presidenta interina, con respaldo
explícito de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas y con
reconocimientos diplomáticos iniciales de otros países (Brasil), indica
que el núcleo del poder estatal venezolano mantiene cohesión. Al menos
por ahora. Esa cohesión es, históricamente, el principal obstáculo para
los planes de desestabilización externa. Hoy Trump volvió a amenazar al
gobierno venezolano: a hacen lo que él quiere o terminarán peor que
Nicolás Maduro, tras una segunda incursión militar, declaró.
4. El Corolario Trump y la Doctrina Monroe recargada
Trump inauguró una nueva fase del denominado Corolario Trump de la Doctrina Monroe,
presentado formalmente en la Estrategia de Seguridad Nacional del 4 de
diciembre de 2025. Allí se reivindica sin rodeos la noción de (cinco)
áreas de influencia y el derecho de Estados Unidos a actuar
unilateralmente en su «vecindario estratégico». El Hemisferio
Occidental, como llaman al continente americano, debe quedar bajo su
control. En el marco de la Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada en curso, el declive relativo de Estados Unidos hace que sea más agresivo y peligroso en América:
Groenlania Canadá, México, el Canal de Panamá, Cuba, Colombia y hasta
Brasil, declaran sin disimulo desde la Casa Blanca, deben quedar bajo
control de Estados Unidos o con gobiernos totalmente alineados, como el
de Milei, Bukele o Noboa.
Sin embargo, como ha señalado Gabriel Merino, reconocer una
estrategia de esferas de influencia no implica aceptar la tesis
simplista de un reparto del mundo ya acordado con Vladimir Putin y/o Xi
Jinping. Según esta tesis, el «acuerdo» implicaría darle Ucrania a
Rusia, Taiwán a China y que Venezuela y el resto de América Latina sean
el patio trasero, una suerte de protectorado, estadounidense.
El sistema internacional es hoy mucho más conflictivo, fragmentado y
competitivo. Washington pretende reafirmar su primacía en el hemisferio
occidental precisamente porque la percibe amenazada (China, por ejemplo,
es primer o segundo socio comercial de todos los países
latinoamericanos, y un prestamista e inversor cada vez más importante).
5. El petróleo como objetivo explícito
Trump fue absolutamente sincero en algo en la conferencia de este
sábado: el objetivo central de la incursión militar es quedarse con el
petróleo venezolano, que controló por décadas hasta la llegada del
chavismo. El país caribeño tiene la mayor reserva mundial comprobada de
cruso. Ya no se apela al ropaje discursivo de la «defensa de la
democracia», a los «valores republicanos» o a los «derechos humanos». La
excusa del narcotráfico resulta particularmente hipócrita cuando el
propio Trump acaba de indultar hace pocas semanas al ex presidente
hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en 2024 en la justicia
estadounidense a 45 años de cárcel por vínculos con el narco.
Esta franqueza brutal desnuda la lógica extractivista y depredadora
que subyace a la intervención: garantizar el control de recursos
estratégicos en un contexto de creciente competencia global. Pero le
genera un grave problema de legitimidad interna y externa a su acción
militar y, como sabemos, ninguna hegemonía se sostiene sólo en base a la
coerción, sino que requiere consenso.
6. Rechazo internacional y fisuras en el consenso occidental
La acción militar recibió rechazos explícitos, de distintos tonos,
de numerosos gobiernos: China, Rusia, Irán, Brasil, México, Colombia,
Chile, Uruguay, España, Cuba, Honduras, Guatemala, entre muchos otros.
Aunque las posiciones no son idénticas ni equivalentes, el dato central
es la ausencia de un consenso internacional que legitime la
intervención. Hay pedidos de acción urgente del Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas.
Incluso dentro del llamado «Occidente ampliado» emergen fisuras que
limitan la capacidad de Washington para construir una coalición estable y
duradera. De no lograr estabilizar rápidamente la situación en
Venezuela Trump puede complicar la relación con sus aliados-vasallos del
Occidente Geopolítico.
7. Oposición interna en Estados Unidos
La ofensiva contra Venezuela no ocurre en un vacío doméstico. Hubo
movilizaciones de rechazo en ciudades como Nueva York y pronunciamientos
críticos desde sectores de la oposición, incluyendo figuras como Zohran
Mamdani, flamante alcalde de la ciudad donde confinaron a Nicolás
Maduro, y organizaciones como Democratic Socialists of America, además de miembros del congreso, sindicatos, activistas y medios de comunicación.
La aprobación de Trump viene cayendo a sus mínimos niveles desde que
asumió su primer mandado en 2017 y en un contexto de dificultades
económicas, derrotas electorales en 2025 y la proximidad de las
elecciones de medio término de 2026, en las que podría perder el control
de una o ambas cámaras del Congreso. La aventura exterior puede
convertirse en un búmeran político si el plan de Marco Rubio —hoy hombre
fuerte de su gabinete y principal candidato a sucedar a Trump, junto al
vice J. D. Vance— no triunfa.
8. Nuestra América en disputa
La región atraviesa una disputa intensa. Como explicamos en el libro Nuestra América, Estados Unidos y China. Transición geopolítica del sistema mundial
(Merino y Morgenfeld, CLACO y Batalla de ideas, 2025), es una región
clave para las aspiraciones geopolíticas de Washington. Trump recurre
cada vez más al garrote que a la zanahoria, pero
(todavía) no controla a los gobiernos de los principales países de la
región (México, Brasil y Colombia). Una incursión fallida en Venezuela
podría debilitar su estrategia hemisférica y comprometer a figuras clave
como Marco Rubio, Secretario de Estado, Consejero de Seguridad Nacional
y administrador de la USAID.
Lejos de consolidar un liderazgo indiscutido de las ultraderechas pro
estadounidense, que Milei pretende acaudillar, la agresión puede
acelerar procesos de coordinación autónoma entre países que rechazan la
lógica de la subordinación.
9. Dos caminos para la región
Nuestra América enfrenta una disyuntiva histórica: resignarse al rol de patio trasero
de Estados Unidos (el plan de Marco Rubio, con sus alfiles Bukele,
Noboa, Peña, Milei y Kast) o avanzar hacia la construcción de un polo
emergente con voz propia en un mundo cada vez más multipolar (la
estrategia de Lula a través del grupo BRICS+). Este segundo camino no es
sencillo ni lineal, pero es el único compatible con la soberanía, el
desarrollo y la justicia social.
La crisis actual puede funcionar como catalizador de definiciones
estratégicas largamente postergadas. Por eso, en la definición del
actual ataque militar está en juego mucho más que el futuro de
Venezuela.
10. El rol urgente de la movilización popular
Los pueblos y sus organizaciones sociales y políticas deben pasar a
la acción. Frente a las actitudes claudicantes o de sumisión neocolonial
de gobiernos como los de Javier Milei, Nayib Bukele o Daniel Noboa, e
incluso de algunos gobiernos no alineados, la respuesta desde abajo no
puede ser el silencio, la resignación o el mero declaracionismo.
Las correlaciones de fuerza no están dadas ni son fijas. Depende de
la acción política. Las numerosas convocatorias que se vienen
multiplicando desde el sábado en toda la región, y en el mundo, dan
cuenta del rechazo a la agresión imperial de Estados Unidos, que debe
seguir creciendo. Es importante tener presente el ejemplo de las masivas
movilizaciones globales contra la invasión a Irak en 2003. La historia
demuestra que ningún imperialismo es invencible cuando los pueblos
deciden ponerse de pie y defender su dignidad. En esta hora tan
dramática para los pueblos latinoamericanos, la unidad para rechazar la
agresión militar es necesaria para evitar una mayor periferialización y
desintegración de Nuestra América.
Leandro Morgenfeld
Docente de la Universidad de Buenos Aires, investigador del CONICET
y co-coordinador del Grupo de Trabajo CLACSO “Estudios sobre Estados
Unidos”.
El triunfo de la agenda securitaria y la intervención de Donald Trump ha marcado el año en América Latina.
Gerardo Szalkowicz (El Salto diario) Buenos Aires (Argentina) 31 dic 2025
06:00Desde que el llamado “ciclo progresista”
comenzó a agotarse más o menos por 2015, América Latina vive una etapa
de volatilidad e inestabilidad en sus gobiernos, sin una hegemonía clara
de ningún campo político. En este marco de oscilación permanente (salvo
excepciones como México o El Salvador), el 2025 cierra con el péndulo
balanceado hacia la derecha, con cuatro elecciones presidenciales
ganadas por las fuerzas conservadoras. Un año marcado a fuego por la
ofensiva recolonizadora de Trump y la intervención militar directa en la
región después de 36 años.
Los votos y las botas
El año electoral latinoamericano arrancó en Ecuador, donde el 13 de abril se anunció la reelección de Daniel Noboa 11 puntos arriba de Luisa González, la candidata del correísmo.
Apalancado
por la prensa hegemónica y el poder económico, Noboa, hijo del
empresario más rico del país, logró validar su gestión militarista
neoliberal pese sus magros resultados frente al crimen organizado, que
en pocos años transformó al país en el más inseguro de la región. El
proceso tuvo infinidad de irregularidades y abusos de poder por parte
del presidente, pero la oposición careció de fuerza social para sostener
las denuncias de fraude.
Las urnas en Bolivia marcaron
la partida de defunción formal del “proceso de cambio” iniciado en 2006
con la irrupción del primer presidente indígena
La deriva autoritaria de Noboa encontró un freno en la consulta popular de noviembre, cuando el pueblo ecuatoriano rechazó sus cuatro propuestas, entre ellas la de restablecer las bases militares estadounidenses.
Las urnas en Bolivia marcaron la partida de defunción formal del “proceso de cambio”
iniciado en 2006 con la irrupción del primer presidente indígena. La
guerra fratricida entre Evo Morales y su sucesor Luis Arce decantó en la
autodestrucción del proyecto que más había avanzado en el ecosistema
del progresismo latinoamericano en este siglo.
Con el MAS
fracturado en varios pedazos, una prolongada crisis económica y Evo
proscripto llamando a la abstención, la mesa quedó servida para el
regreso de las élites. El 19 de octubre, Rodrigo Paz Pereira,
calificado como de centro-derecha, le ganó el balotaje al referente de
la ultraderecha Jorge ‘Tuto’ Quiroga proponiendo un “capitalismo para
todos”. El hijo del exmandatario Jaime Paz Zamora debutó en la
presidencia recomponiendo las relaciones con EEUU y quitando los
subsidios a los combustibles, lo que generó las primeras protestas que
auguran un nuevo ciclo de conflictividad social.
La corriente de ultraderecha logró sumar
otro sillón presidencial el 14 de diciembre en Chile, con la aplastante
victoria en segunda vuelta de
La otra
clave fue la gran decepción que significó el gobierno de Gabriel Boric,
que no aplicó ninguna reforma estructural ni supo estar a la altura de
las expectativas generadas tras el estallido social de 2019.
El año electoral cerró en Honduras con el
escrutinio más polémico. El CNE eligió el 24 de diciembre para anunciar,
24 días después de los comicios, el triunfo de Nasry ‘Tito’ Asfura
apenas 26 mil votos por sobre Salvador Nasralla. El eterno conteo de
votos estuvo marcado por interrupciones, fallas en el sistema y
denuncias de inconsistencias en miles de actas.
Nasralla denunció
“una grave traición a la voluntad popular y un “asesinato a la
democracia”, mientras que la candidata oficialista, Rixi Moncada,
coincidió en que “la proclama del ‘presidente electo’ es un fraude y una
imposición extranjera”. Incluso uno de los integrantes del CNE, Marlon
Ochoa, apuntó contra sus colegas y alertó: “EEUU y las élites aliadas
del crimen organizado quieren un presidente que responda a sus
intereses, no importa que surja de un golpe de estado electoral”.
La
injerencia explícita de Trump jugó también en las urnas argentinas,
donde el espaldarazo previo a Javier Milei fue determinante para la
victoria de su partido en la elección de medio término
Todas
las miradas apuntan al Norte. “El único verdadero amigo de la libertad
en Honduras es 'Tito' Asfura. Podemos trabajar juntos para luchar contra
los narcocomunistas”, había dicho Trump días antes de la votación y
amenazó con recortar la ayuda al país. Acto seguido, indultó al
expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (del partido de Asfura),
condenado en EEUU a 45 años por narcotráfico.
Al margen del
controversial desenlace, abre muchas preguntas el duro revés del
progresista partido Libre, que quedó en tercer lugar, más de 20 puntos
abajo, tras cuatro años en el gobierno con Xiomara Castro.
La injerencia explícita de Trump jugó también en las urnas argentinas, donde el espaldarazo previo a Javier Milei fue determinante para la victoria de su partido en la elección de medio término.
Claves del repunte derechista
“Estamos
en un cuadro de gran inestabilidad política, donde los oficialismos de
cualquier signo tienen mucha dificultad para mantenerse en sucesivos
gobiernos, salvo algunos casos a contracorriente como México o El
Salvador”, señala el periodista y analista internacional Marco Teruggi.
Más
allá de particularidades locales, parece haber un punto neurálgico en
la dinámica regional: el auge del crimen organizado y su metástasis
hacia el sur del continente. Un tópico en el que las derechas se mueven
como pez en el agua, al menos en lo discursivo, y en el que los
progresismos carecen de horizontes propositivos.
Teruggi destaca
que “las derechas han logrado conectar e imponer una serie de agendas de
tipo securitarias, de tipo económicas o de tipo anti migrantes, de
marcos de interpretación conservadores”. Y agrega otro factor de
relevancia: “Y han tenido mayor capacidad de unidad política, han
logrado un campo sumamente articulado”. De la mano de este último punto,
aparece el dilema de la renovación de liderazgos, con tensiones
internas que resultaron traumáticas (Bolivia, Ecuador, Argentina) o el
caso de Brasil donde Lula volverá a presentarse a sus 80 años.
Sobre
estos límites, Teruggi menciona también “la incapacidad de llevar
adelante las agendas prometidas. Ante una derecha mucho más avasallante,
mucho más segura hacia dónde quiere ir, las desuniones, las
frustraciones y las desilusiones son algunas claves de las derrotas del
progresismo”.
Tal vez el signo de época más preocupante sea que,
mientras las derechas se radicalizan y expresan la rebeldía al status
quo, los progresismos aparecen a la defensiva, como fuerzas
administradoras del orden. Álvaro García Linera habla de “una huelga de
ideas, una parálisis cognitiva”. Y lo llama “progresismo desteñido”.
En
tiempos de tanta insatisfacción con la democracia, esa falta de
audacia, de creatividad, de proyecto de futuro que despierte entusiasmo
en las grandes mayorías, junto a fracasos en la gestión, terminaron
abriendo paso a personajes neofascistas como Milei o Kast.
A la reconquista del “patio trasero”
Si
bien nunca cesó la injerencia estadounidense en la política
latinoamericana, el 2025 fue el año del regreso de “la diplomacia de las
cañoneras”, de la intervención militar directa 36 años después de la
invasión a Panamá.
Ocho buques de guerra, dos destructores, un
submarino nuclear, decenas de aviones de combate, bombarderos B-52, unos
8.000 marines y el Gerald Ford, el portaaviones más grande del mundo;
un cuarto de la flota naval de la principal potencia militar desplegadas
en las aguas del Caribe, cerca de las costas venezolanas.
Con el
pretexto de combatir al narcotráfico, en los últimos meses EEUU
bombardeó 29 lanchas (también en el Pacífico) y asesinó
extrajudicialmente a 104 personas, sin presentar ni una prueba, sin
ningún proceso judicial, violando completamente el derecho
internacional. En las últimas semanas desnudó uno de sus verdaderos
objetivos con el bloqueo al petróleo venezolano y el secuestro de buques
cargueros.
A principios de diciembre, la Casa Blanca blanqueó con
palabras lo que venía mostrando en los hechos. Presentó la Estrategia
de Seguridad Nacional 2025 con un título elocuente: El Corolario Trump de la Doctrina Monroe (presidente
estadounidense que en 1823 básicamente planteó que el continente
americano les pertenecía). Con la prepotencia de un emperador, Trump se
atribuye, sin eufemismos, el dominio total de la región: “Tras años de
abandono, EEUU reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restablecer
la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger
nuestro territorio nacional pero también para tener acceso a zonas
geográficas clave en toda la región”.
“La presión
extrema [de EEUU] busca alinear políticamente al continente y frenar el
avance de China, que es primero y segundo socio comercial de casi todos
los países de América Latina”
Leandro Morgenfeld,
historiador y especialista en la política exterior estadounidense,
explica que en ese documento “EEUU reconoce que ya no tiene las
capacidades que supo tener tras la posguerra fría de ser el hegemón y el
gendarme planetario, y plantea una suerte de vuelta a áreas de
influencia donde el hemisferio occidental es su zona de despliegue
privilegiada”.
La estrategia es nítida: en un contexto global de
transición hegemónica hacia un orden multipolar, EEUU decide replegarse
en lo que siempre consideró su “patio trasero”. Morgenfeld señala que
“este ataque contra todos los gobiernos no alineados tiene mucho más de
garrote que de zanahoria. Una presión extrema que busca alinear
políticamente al continente y frenar el avance de China, que es primero y
segundo socio comercial de casi todos los países de América Latina”.
El
texto de la Casa Blanca lo admite explícitamente: “Negaremos a los
competidores no-hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras
capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos
estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
La mira principal
apunta al cambio de régimen en Venezuela, por tener la primera reserva
de crudo mundial (Trump llegó al delirio de decir que el petróleo
venezolano le pertenece a EEUU) y por ser el gran aliado de sus
enemigos. Pero el objetivo es el control de los recursos naturales de
toda la región. A México lo amenazó con invadir militarmente con la
excusa de los cárteles y cambió el nombre del Golfo de México; a Gustavo
Petro lo incluyó con Maduro en su lista fantasiosa de líderes narco y
puso a Colombia también bajo posible ataque; a Brasil le quiso subir los
aranceles al 50%, pero la cintura diplomática de Lula logró revertir la
extorsión. Justamente los gobiernos que menos se subordinan a sus
designios.
“Lo que vemos es una militarización de la
política exterior, una vuelta a lo que fue la aplicación de ‘el gran
garrote’ con Roosevelt a principios del siglo XX”
Claro
que también tiene su ejército de vasallos, con Milei, Noboa y Bukele a
la cabeza. Y varias islas caribeñas (como Dominicana o Puerto Rico) que
utiliza como bases militares. “Lo que vemos es una militarización de la
política exterior, una vuelta a lo que fue la aplicación de ‘el gran
garrote’ con Roosevelt a principios del siglo XX, la idea de la
automanifestación de EEUU de intervenir en cualquier país para defender
sus intereses”, asegura Morgenfeld.
La ofensiva recolonizadora de
Trump avanza mientras siguen paralizados los procesos de integración
latinoamericana y los pocos líderes que se le plantan lo hacen de forma
aislada. Las elecciones en Brasil y Colombia en 2026 serán determinantes
para amortiguar el proyecto trumpista de dominación total de la región.
Lo que está en juego es, ni más ni menos, que la soberanía de América
Latina y el Caribe.
El
año se va y deja un tendal de hechos en la región que dan cuenta del
nivel de avanzada de Trump sobre el continente y una amenaza persistente
a la soberanía regional. El objetivo es impedir la expansión comercial
de China en la región y lograr que sean cada vez más los países
alineados a los propósitos de Estados Unidos. Intervencionismo,
democracia y resistencias componen el tenso mapa de América Latina. Para
analizarlo, conversamos con el historiador Leandro Morgenfeld, el
sociólogo Juan Gabriel Tokatlian y la activista feminista chilena Karina
Nohales.
Durante 2025, Donald Trump, demostró que está decidido a intervenir
en diferentes aspectos sobre la vida política de los países de la
región. Este año hemos visto una sucesión acelerada de hechos
perpetrados desde Washington hacia todo el continente y, particularmente
sobre, América Latina. Este accionar está en buena medida caracterizado
por la impronta impredecible del presidente de Estados Unidos, que
funciona un poco como estrategia y otro poco como rasgo de personalidad.
Enumerar
estos hechos podría ser una tarea demasiado ardua y aburrida, pero
recordemos algunos para intentar dimensionar el escenario: la
reivindicación del Canal de Panamá como propiedad de Estados Unidos; la
idea de anexar Groenlandia y Canadá; el cambio de nombre del Golfo de
México por Golfo de América; la militarización de la frontera con
México; la imposición de aranceles a modo de sanción a diferentes
países; la macabra exhibición de la política antimigratoria y las
deportaciones masivas; la incidencia directa sobre procesos electorales
como sucedió en Honduras donde finalmente se consagró presidente Nasri Asfura, el candidato de Trump, y en Argentina
cuando a días de la última elección Trump le confirmó a Javier Milei
respaldo económico y político. “Usted va a ganar la elección. Vamos a
respaldarlo hoy, respaldarlo completamente”, pero también le advirtió
que “si pierde, no vamos a ser tan generosos con Argentina”. Esto
último, influyó sobre una parte del electorado que ante la escasez de
reservas y la disparada del precio del dólar veía armarse la tormenta
perfecta para una nueva crisis económica.
Por último, la decisión de la Casa Blanca de iniciar una serie de
ejecuciones extrajudiciales de aproximadamente 100 lancheros en aguas
del Caribe y el Pacífico acusados de cometer delitos vinculados al narco
terrorismo. Y, sin dudas, uno de los actos más confrontativos fue la
intervención militar en las costas de Venezuela desplegando tropas y el
mayor portaaviones de las fuerzas estadounidenses adjudicándose el
petróleo del territorio venezolano como propiedad estadounidense.
Se trata de “una política extremadamente injerencista porque Estados
Unidos ya no puede a nivel global dominar como antes, ejercer una
hegemonía y un dominio global como lo hacía al inicio de la posguerra
fría y se está recostando en lo que ellos llaman el hemisferio
occidental o, en términos más coloquiales y despectivos, el patio
trasero de Estados Unidos”, afirmó el historiador e investigador
CONICET Leandro Morgenfeld.
Estos hechos cobran mayor relevancia a partir de la publicación de la
Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca. Allí
Washington define este documento como “el corolario Trump” de la
Doctrina Monroe. Es decir, una versión actualizada del documento que en
1823 declaró a América Latina como “el patio trasero” de Estados Unidos,
mientras este se arrogaba la injerencia sobre la región. Doscientos
años después, la administración Trump define que debe impedir la
expansión y consolidación comercial de China en América Latina y para
eso, se adjudica la potestad de intervenir en la política, la justicia,
la economía y los territorios de los países de la región con acciones
como las enumeradas.
“(Norte)América First”
Estados Unidos primero, es una idea rectora de la Estrategia
de Defensa Nacional que declaró a China como su principal amenaza al
tratarse del principal socio comercial de América Latina. Implica una
política a punta de garrote o, en palabras del sociólogo Juan Gabriel Tokatlian durante el Webinario Regional sobre Militarización organizado por el CELS,“es
una lógica de dominación, de imposición, de sometimiento y
subordinación a la región que no habíamos conocido en otros momentos”. Este
escenario se despliega aceleradamente mientras en América Latina las
ultraderechas se convierten en opciones electorales como sucedió en
Ecuador, Bolivia, Argentina y recientemente en Chile.
“El documento de la Estrategia de Seguridad Nacional es inédito
para América Latina, a mi modo de ver, nos va a llevar no a la vieja
doctrina de seguridad nacional, sino a una nueva doctrina de inseguridad
continental. Todo lo que proviene de América Latina es un problema para
Estados Unidos y no lo puede lograr de manera fácil en la región. Con
lo cual, me parece que el componente de mano dura, más coercitivo y
punitivo es el que va a seguir aplicando”. Por eso, Tokatlian
sostiene que además, la creación del “nuevo comando Western Hemisphere
Comand significa atar la seguridad nacional de Estados Unidos a la
seguridad continental”. En este sentido, el profesor de la Universidad Di Tella advirtió que “el
uso de la fuerza en la región es un problema mayúsculo porque hay
muchos gobiernos que comparten la lógica de la acción de los Estado
Unidos y veo que las voces críticas son pocas y reducidas, casi se ha
concentrado todo en Colombia y Brasil. Aún México ha bajado el tono de
su malestar inicial con las acciones”.
Los desalineados
El contrapeso viene marcado por tres de las cuatro economías más
grandes de la región, estamos hablando de México, Colombia y Brasil,
países no alineados a Estados Unidos. En Colombia y Brasil, Trump
intentó intervenir en la política y la justicia, en ambos casos por
fallos judiciales adversos a expresidentes como Álvaro Uribe y Jair
Bolsonaro, ambos dirigentes de la ultraderecha y con una gran afinidad
política con el mandatario estadounidense.
Estos tres países “han tenido distintos tipos de conflictos con el
gobierno de Trump ya que, justamente expresan otro tipo de inserción
internacional. Los tres gobiernos han mantenido y mantienen políticas
soberanas y de defensa de la autodeterminación de los pueblos y de
América Latina como una zona de paz. Los tres países que tienen vínculos
económicos muy fuertes con Estados Unidos y entienden que la única
posibilidad de tener un desarrollo, una política exterior y una
inserción internacional más soberana es diversificando las relaciones,
es vinculándose con otros países del sur global, con otros emergentes,
con el grupo BRICS, con Asia Pacífico que es el motor de la economía
mundial y esto llevó a Estados Unidos a tener una política de mucha
confrontación, sobre todo con el gobierno de Petro en Colombia”, señaló Leandro Morgenfeld.
El historiador también advirtió que“con el gobierno de Lula ahora
están retomando las negociaciones y el diálogo bilateral, pero
recordemos que Estados Unidos avanzó con amenazas directas contra el
gobierno de Brasil y por la decisión de la Corte Suprema de condenar a
Bolsonaro le impusieron aranceles extraordinarios del 50%. La posición
de Lula fue muy firme en la defensa de la soberanía de Brasil, logró
torcerle el brazo a Trump, se levantaron esas sanciones y además, Lula
subió en las encuestas por esta política de defensa soberana de Brasil”.
Es un sondeo prematuro pero para no desestimar ya que Lula está
decidido a renovar su mandato el año próximo, mientras los diputados
bolsonaristas buscan reducir la condena efectiva del ex presidente por
trámite legislativo. Bolsonaro no podrá presentarse como candidato en
2026 y todavía no suena con fuerza quién será el representante del
bolsonarismo.
En el caso de Colombia, son múltiples la amenazas contra la gestión,
incluso al presidente Petro a quien le revocaron la visa a Estados
Unidos por manifestarse en New York en contra del genocidio contra el
pueblo palestino. Colombia está en la mira de Trump y le advirtió que “Pronto será el siguiente. Espero que esté escuchando”,
al referirse al mandatario colombiano por haber cuestionado la
intervención a Venezuela. Colombia también tendrá elecciones
presidenciales en 2026, allí Iván Cepeda, un histórico referente de la
política y los derechos humanos, disputará la presidencia liderando la
lista de unidad de la izquierda y el progresismo en el Pacto Histórico.
Del otro lado, una vez más, las alianzas de ultraderecha comandadas por
el uribismo.
La democracia en la región
La última postal electoral de este año viene de Chile donde por un
58% en segunda vuelta se consagró el regreso al poder de un heredero del
pinochetismo. La activista feminista chilena e integrante de la
Coordinadora 8M, Karina Nohales caracterizó el acontecimiento en estos términos “Chile
vive un momento marcado por la recomposición del consenso neoliberal y
por la instauración de un consenso xenófobo entre las fuerzas políticas
institucionales”. Esta caracterización se representa en la figura
del presidente electo, José Antonio Kast, cuyo primer gesto político fue
viajar al día siguiente de la elección a Buenos Aires para posar con su
par argentino junto a la motosierra, emblema político del achicamiento
del Estado, el ajuste económico y la violencia de la gestión de Javier
Milei. Antes de cruzar la cordillera, Kast se encargó de decirle a la
población que implementaría un plan de shock y que, desde luego, dolerá.
Mientras tanto, sus votantes celebraban el resultado con retratos en
alto del dictador Augusto Pinochet. En términos ideológicos, se espera
que Chile quede alineado detrás de las directivas de Trump, del mismo
modo que Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay y Argentina en el Cono Sur.
“Efectivamente, hay un avance muy fuerte de las
ultraderechas, primero fue en Estados Unidos con Trump, después con
Bolsonaro, luego con Milei, con Bukele en El Salvador, y estamos viendo
ahora en el caso de Chile, de Ecuador y en Honduras avances electorales
muy importantes. Creo que hay una crisis muy fuerte de lo que se
llamaría las democracias liberales o las repúblicas como funcionaban en
los últimos años, es decir, unos sistemas políticos que no redundaron en
mejoras en la calidad de vida de las poblaciones sino todo lo
contrario. América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo,
una región que enfrenta situaciones económico sociales muy complejas,
que tiene un saldo migratorio negativo, es decir, atraviesa distintas
problemáticas muy importantes, algunas estructurales”, señaló Morgenfeld.
El historiador también hizo énfasis en cierta “imposibilidad de los
gobiernos social demócratas, progresistas, en algunos casos gobiernos de
izquierda para superar esta dependencia estructural, estos problemas de
desarrollo, hizo que este descontento social fuera capturado por
supuestos outsiders que vienen con propuestas de ultraderecha y han
desplazado a las derechas tradicionales que fueron parte también de los
gobiernos en muchos países de la región en los últimos años. Han sido
muy astutos en presentarse como opciones que venían de afuera de lo que
en Argentina se llamó la casta y que lograron capturar parte de este
descontento”.
Pensando a partir de la última elección en Chile, Karina Nohales
plantea que “este consenso se sostiene en la derrota del movimiento
social y de las amplias fuerzas populares que irrumpieron en 2019 en el
estallido social. Los sectores activistas y organizados experimentan un
reflujo significativo, y los sectores populares no organizados que se
involucraron en la revuelta atraviesan, una vez más, una defraudación de
las expectativas de cambio en un país en que las profundas
desigualdades estructurales se siguen manteniendo intactas tras un largo
ciclo de luchas antineoliberales”.
La particularidad del caso chileno es que “el avance social de la
ultraderecha ha sido sostenido en los últimos años en Chile. No se trata
en este caso de una nueva derecha, sino de la vieja derecha
pinochetista, ultraconservadora, ultrarreligiosa y ultraneoliberal, cuyo
programa y cuya receta conocemos bien. Sin embargo, hoy adquiere una
entidad mayor -con el triunfo presidencial de José Antonio Kast- al
llegar al gobierno por primera vez mediante las urnas, con el voto de
amplios sectores populares, en un contexto internacional marcado por el
avance de fuerzas de extrema derecha y con una centralidad programática
además puesta en la restauración patriarcal sobre las vidas y cuerpos de
mujeres, disidencias, niñeces, persona migrantes y racializadas”,
destacó Karina Nohales que, en sintonía con lo que
planteado por Morgenfeld sostiene que “el progresismo gobernante no
logró consolidarse en ese sentido, pues apostó por recomponer la
normalidad neoliberal impugnada. Se abre un momento plagado de peligros.
El mayor de ellos, en mi opinión, es que la reacción logre en este
ciclo constituirse orgánicamente como movimiento social más allá de la
esfera institucional”.
Desafíos para una región en disputa
El próximo año Brasil y Colombia, dos de los desalineados, irán a
elecciones presidenciales. En ambos países estará en juego en buena
medida la soberanía democrática ante la injerencia creciente de Estados
Unidos, y en términos locales, para ambos se medirá la capacidad de
hacerle frente al regreso de sus ultraderechas al poder, esta vez
acompañadas por un tono de época a nivel mundial. En el caso de
Colombia, el gobierno de Petro es una excepción en una larga sucesión de
gobiernos de derecha, y en Brasil aunque con Bolsonaro preso, habrá que
ver las posibilidades del bolsonarismo y cuál será el candidato que
pueda competir con Lula.
“Creo que el desafío para las fuerzas del campo nacional, popular,
progresistas, de izquierda es dejar de actuar solamente de forma
defensiva frente a estos asedios que sufren las democracias de la región
y plantear cuál es un proyecto de emancipación regional y nacional en
cada caso que redunde en mejoras en las condiciones de vida de la mayor
parte de la población, sino América Latina va a estar signada a ser cada
vez más periférica desde el punto de vista de su inserción económica
internacional y con sociedades cada vez más desiguales, y por lo tanto,
cada vez con más conflictos sociales, más violencia, más exclusión, más
problemas de migraciones, entre otros temas”, afirmó Leandro Morgenfeld.
A partir de las últimas elecciones en Chile y de este proceso de
avanzada electoral de las ultraderechas que han logrado hacerse del voto
popular, Karina Nohales señala que “el hecho es que muchas de las
personas que hoy han dado su voto a Kast salieron a la calle en 2019,
durante el estallido social, con una clara impugnación a lo existente.
Es importante recordarnos que en una proporción importante lxs votantes
actuales son esas mismas personas, porque aunque la idea parezca
desmoralizante -y en parte lo es- nos muestra que las mayorías sociales
no nacen, viven y mueren siempre con las mismas ideas. La conciencia
política no está hecha de acero: es un territorio de disputa. Esa
disputa atraviesa hoy una fase reaccionaria, pero de ninguna manera un
cierre definitivo”.
Para la integrante de la Coordinadora Feminista 8M de Chile,
comprender esto forma parte de comenzar a desplegar una pedagogía
antifascista que pueda hacerle frente a este periodo sin entenderlo como
un cierre consumado, sino como una disputa abierta.“Es un momento muy
adverso dentro de un ciclo más largo en el que tenemos un rol que jugar.
Este rol es, entre otras cosas, pedagógico: estar ahí -sin sectarismo-
cuando comience el desencanto de sectores que han votado Kast, exponer
en la práctica el carácter regresivo de las propuestas del gobierno
electo.
La tarea que las organizaciones populares tienen por delante en Chile
para los próximos cuatro años puede darnos algunos indicios para pensar
y poner en práctica las complejas tareas del presente ante un escenario
tan adverso en diferentes países. “Agrupar y activar la movilización de
los sectores organizados; no distanciarnos de quienes, desde la
precariedad, el descontento y el miedo han dado su voto a Kast -contra
ellxs Kast dirigirán con especial saña sus políticas: trabajadorxs
pobres, pobladoras asediadas por el narco, personas migrantes y familias
desalojadas de tomas y campamentos, etc-; articular un oposición a la
vez amplia, pero autónoma de los partidos progresistas que han
contribuido, de múltiples formas, a allanar el avance del fascismo”.
Por último, es sabido que si algo tienen en común estas ultraderechas
actuales es su profundo desprecio por los feminismos y la comunidad
LGTBIQA+. Muchos países de nuestra región ya tienen la experiencia de
los transfeminismos en las calles, en organización y lucha. La
experiencia es una herramienta de resistencia y de construcción de un
destino común. Este 2025 comenzó en Argentina con una multitudinaria
movilización de Orgullo Antifascista Antirracista que se replicó en diferentes ciudades y se hizo escuchar. En este sentido, tal como lo señala Karina Nohales,
“el rol del feminismo es clave, no solo por la innegable fuerza
internacional e internacionalista que ha encarnado el movimiento en la
última década, sino también porque, en tiempos reaccionarios, corremos
el doble peligro de que, ante el avance la extrema derecha, ganen
terreno las ideas y corrientes conservadoras al interior de la
izquierda. Sabemos que existen fuerzas que responsabilizan a luchas
feministas, a las luchas LGBTQIA+, a las luchas indígenas,
ambientalistas, pro migrantes, antirracistas, del avance del fascismo.
Necesitamos una oposición amplia que no retroceda, una oposición de las
migrantas, de las racializadas, de las lesbiana, de las trans y
travestis, de las desalojadas de las tomas de terreno y de todas las
demás. Lo que ocurre hoy en Chile está ocurriendo también en Argentina,
en Brasil, en Estado Unidos y más allá. En este contexto, el diálogo
internacionalista entre las diversas experiencias de resistencia resulta
fundamental”.