martes, 18 de abril de 2017

"Trump como peligro y desafío para Nuestra América". Por Leandro Morgenfeld










Por Leandro Morgenfeld
Ponencia presentada en el Taller “Trump y su impacto en la región”
EDI 15 años– Hotel Bauen - 1 de abril de 2017




La elección en Estados Unidos de un presidente abiertamente xenófobo, anti-obrero, misógino, unilateralista, negacionista del cambio climático y militarista supone un gran peligro no sólo para la mayoría de la población de ese país, sino también para toda Nuestra América. Sin embargo, la presencia del magnate en la Casa Blanca supone también una oportunidad para enfrentar ese desafío recuperando la senda de la coordinación y cooperación política regional, en función de retomar una integración latinoamericana que impugne no solamente la ofensiva neoliberal restauradora, sino que adquiera una perspectiva anti-imperialista con proyección anti-capitalista y socialista.

            Si bien todo lo que sostenemos en esta presentación tiene un carácter exploratorio, en tanto Trump es presidente hace poco más de dos meses, ya es posible vislumbrar ciertas tendencias para caracterizar su gobierno.

En primer lugar, Trump es más débil lo que muchos vaticinaron. Ganó ampliamente el colegio electoral, tiene mayoría en ambas cámaras, nombró al noveno juez –conservador- para completar la Corte, los republicanos tienen la mayoría de las gobernaciones, el magnate ostenta una amplia popularidad y su liderazgo trasvasa las estructuras políticas tradicionales.

Sin embargo, obtuvo 2,8 millones menos de votos, enfrentó amplísimas protestas desde que asumió, por segunda vez se paralizó en la justicia el decreto para prohibir entrada de ciudadanos de algunos países con mayoría musulmana (lo cual ocasionó masivas protestas en los aeropuertos), el reemplazo del ObamaCare por el TrumpCare fracasó en el congreso, y el affaire Rusia no cede (cayó su jefe de la NSA, Mike Flynn, se le pusieron limitaciones al fiscal feneral Jeff Sessions, su ex jefe de campaña está en la mira por sus vínculos con Moscú, el jefe del FBI desestimó su acusación de que Obama lo espió y confirmó los avances en las investigaciones en las investigaciones por intromisión rusa en la campaña, y hasta su influyente yerno, Jared Kushner, está investigado por haberse reunido en diciembre con el embajador ruso).

Tras un inicio en el que sobreactuó su impetuoso estilo para mostrarse como todopoderoso, Trump parece estar en las últimas semanas más acorralado. Ya no sólo hay una resistencia política sino que la batalla se trasladó al campo judicial, se agudizó la pelea con los grandes medios de comunicación, y en el Congreso empezaron a aparecer grietas dentro del establishment republicano y militar que lo apoya

En síntesis, los datos de las últimas semanas vuelven relevante algo que muchos nos preguntamos antes de que asumiera Trump: ¿podrá completar su mandato? Esta caracterización es necesaria para contextualizar el tema central de esta exposición, sobre Trump y América Latina. Su elección, en diciembre de 2016, es expresión de la crisis de la hegemonía estadounidense y del creciente rechazo a la globalización neoliberal. Los simultáneos frentes de conflicto que abrió en sus primeras semanas en la Casa Blanca no hicieron sino ahondar la polarización que caracterizó a toda la campaña. No hay que descartar, entonces, la posibilidad  de que avance un impeachment, para lo cual se requeriría el apoyo de un sector del Partido Republicano. Trump, mientras tanto, se recuesta en su base ultraconservadora –el 24 de febrero fue aclamado en la Conferencia de la Acción Política Conservadora, junto al influyente Steve Bannon-, y en Wall Street, no sólo porque colocó a un ex Goldman Sachs como Secretario del Tesoro, sino por las desregulaciones, las rebajas de impuestos a los ricos y la reactivación del proyecto de construcción de los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access, tras meses de lucha de pueblos originarios y ambientalistas que se oponían.

En el plano de la política exterior, también hubo novedades y múltiples escándalos por el (des)trato a los mandatarios de México y Australia. Contra lo que muchos auguraban, Trump ya mostró que no va a ser aislacionista: nombró a diversos militares en su gabinete y aumentó 9% el presupuesto militar (54 mil millones de dólares), reivindicó a las Fuerzas Armadas cada vez que pudo, atacó a China vía Twitter, bombardeó Yemen el 29 de enero, impulsa el expansionismo de los asentamientos ilegales en territorio palestino, recibió al ultraderechista Netanyahu, quien pone en duda la solución de los dos Estados, amenazó a Irán y agredió a Venezuela incluyendo al vicepresidente de Maduro en la lista de promotores del narcotráfico y recibiendo en la Casa Blanca a la esposa de Leopoldo López, incluso antes que a cualquier mandatario regional. Más que reducir el intervencionismo a escala global, Trump pretende reimponer el unilateralismo, en detrimento del multilateralismo y de una conducción imperial más colegiada. Como sus antecesores, sigue pregonando el excepcionalísimo y la idea de que los estadounidenses son un pueblo elegido, diferentes al resto. 

Promovió la distención con Rusia, para enfrentar a China. Menospreció a la Unión Europea y calificó a la OTAN como una alianza obsoleta, aunque luego el vice Pence, en gira europea, matizó estas consideraciones. Su lema, America First, significaría que no está más dispuesto a pagar los costes de ser el gendarme planetario. Si Europa y Japón quieren la “protección” militar estadounidense, argumenta Trump, que paguen por ello. Esto podría implicar una renegociación del vínculo con sus aliados.

América Latina fue blanco de ataques durante la campaña y lo sigue siendo ahora. Trump utiliza a los hispanos como chivo expiatorio y los humilla para acumular políticamente. México es el gran perjudicado, desde el punto de vista económico y político. La nueva Administración también intenta revertir la distensión con Cuba iniciada hace dos años por Obama. En los últimos días la presión fue contra el gobierno venezolano. Para atacar a los países no alineados, Trump busca subordinar a los gobiernos neoliberales que quedaron descolocados por su prédica proteccionista. Si Peña Nieto y Temer no pueden cumplir hoy cabalmente el rol de alfiles de Washington, los candidatos son Santos –ahora complicado por el escándalo de Odebrecht-, Kuczynski y Macri. El peruano fue recibido el viernes pasado en la Casa Blanca y Macri negoció y logró una escueta llamada telefónica de Trump unos días antes. Allí el argentino se mostró dispuesto a seguir al pie de la letra la agenda de Washington. No planteó ni solidaridad con México ni reclamó por la negativa al ingreso de limones al mercado estadounidense. La única preocupación del mandatario argentino era lograr que Trump lo recibiera en Washington, cuestión que ocurriría entre abril y mayo. Como planteó Malcorra, quieren aprovechar las dificultades de México y Brasil para que Macri se transforme en el interlocutor regional de Trump.

A pesar de tomar la agenda de Washington, Argentina, en concreto, no logró ni abrir el mercado estadounidense a sus limones ni facilidades para visas, dos de las pocas concesiones que había prometido Obama. Es grave la estrategia del gobierno de aprovechar la desdicha de México y la ilegitimidad de Temer para postularse como el alumno ejemplar de Trump. Es una vuelta, apenas solapada, a las relaciones carnales de los años noventa. El único tema concreto que abordaron Macri y Trump en su conversación telefónica de febrero fue Venezuela. Este semestre, seguramente Macri tenga su foto con Trump. A diferencia de lo que ocurrió con Obama, el acercamiento a alguien que genera tanto rechazo va a tener un costo político no menor, en año electoral.

Con la visita de Obama, en marzo de 2016, la Casa Blanca procuró transformar a la Argentina, que tantas veces dificultó sus proyectos hegemónicos a nivel continental, en el nuevo aliado que legitimara el avance de las derechas en la región. El mandatario estadounidense lo repitió varias veces en Buenos Aires: Macri es el líder de la nueva era, el ejemplo a imitar.

Ahora Estados Unidos y sus aliados intentan desplazar al gobierno chavista de Nicolás Maduro –en agosto, Brasil, Paraguay y Argentina bloquearon su asunción a la presidencia pro tempore del Mercosur, y unos meses después suspendieron a Venezuela-, para clausurar el desafío que supo enarbolar el eje bolivariano. La crisis económica que asola a los países de la región tras la caída del precio de las materias primas genera condiciones propicias para este reposicionamiento del país del norte.

La virtual parálisis del Mercosur, la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) lleva a la Casa Blanca a intentar reposicionar a la Alianza del Pacífico y a la Organización de Estados Americanos (OEA), que en los últimos años había sido opacada por los mecanismos de coordinación y cooperación política exclusivamente latinoamericanos.

El gobierno de Macri, en tanto, pareció no tomar nota de los cambios en el contexto mundial tras su asunción. Como bien lo sintetiza Tokatlian: “En enero de 2016 el presidente asistió al Foro de Davos y tuvo diversas citas con CEOs de multinacionales, quienes, según el mandatario, estaban ‘muy entusiasmados con el cambio’ en la Argentina. Sin embargo, al pasar los meses se hizo evidente que la llamada ‘lluvia de inversiones’ no se produciría. Meses después se llevó a cabo el voto del Brexit y aún así en su visita a Ángela Merkel en Alemania y a las autoridades de la Unión Europea (UE) en Bruselas el presidente Macri destacó la voluntad a favor de un acuerdo de libre comercio UE-Mercosur; tema sobre el que nadie parecía muy interesado en comprometerse en Europa. Algo semejante ocurrió en relación a la elección presidencial en Estados Unidos: los pronunciamientos oficiales más importantes se manifestaron a favor de Hillary Clinton, quizás con la expectativa de que su eventual triunfo confirmaría que la globalización hoy existente es un fenómeno que debe ahondarse. Triunfó Donald Trump. En síntesis, y anticipando la conclusión, este texto apunta a subrayar que es hora de que el gobierno se aboque más sistemática y seriamente a un buen diagnóstico de los asuntos internacionales. La victoria de Trump debiera ser una nueva llamada de alerta para dejar atrás posturas ingenuas, voluntaristas, auto-gratificantes, de corto plazo y dogmáticas”[2].

Más allá de este cambio de contexto, el gobierno que encabeza Macri mantiene su discurso. Desde enero de este año buscan casi con desesperación un contacto con Trump y negocian una visita a la Casa Blanca, prevista para abril. Mientras, la nueva administración estadounidense revirtió en enero algunas de las poquísimas concesiones que había otorgado Obama a la Argentina: suspendió la entrada de limones argentinos a Estados Unidos –en diciembre de 2016 se había anunciado el fin de la restricción fitosanitaria que bloqueaba esas exportaciones hacía 15 años- y la flexibilización en el otorgamiento de visas a argentinos. Para Trump, la subordinación casi gratuita de Macri es ganancia pura. Para Nuestra América, un problema. En vez de solidarizarse con México e impulsar una coordinación y cooperación política con los países de la región, para enfrentar las amenazas que plantea el nuevo gobierno de Estados Unidos, Macri pretende ser el interlocutor predilecto de Trump, reemplazando a Peña Nieto, Temer o Santos. Ese alineamiento, ya transitado en los años noventa con Menem, en funcional a la lógica de fragmentación que Estados Unidos impulsa hace dos siglos en América Latina y que sólo trajo dependencia y falta de autonomía para los países de la región.

Posiciones como las de Macri son un peligro para la desarrollar una perspectiva de integración regional más autónoma. Pero, como señalamos más arriba, alinearse con alguien como Trump tiene un enorme costo para las derechas gobernantes. Trump es un líder neofascista que está siendo enfrentado por mujeres, inmigrantes, afroamericanos, latinos, musulmanes, estudiantes, ecologistas, sindicatos, organismos de derechos humanos y la izquierda en Estados Unidos. Propone más poder y presupuesto a las fuerzas armadas, rebaja de impuestos a los más ricos, ataca a los sindicatos y pretende horadar los derechos laborales y cualquier regulación medioambiental. No tiene nada de progresista y cualquier comparación con los llamados “populismos” latinoamericanos es improcedente.

Hace un año, repudiábamos la visita de Obama, que coincidió con el 40 aniversario del golpe del 24 de marzo, y tuvimos que soportar el enorme embelesamiento mediático con la familia Obama. Imagino que si Trump todavía es presidente a mediados de 2018, cuando deba visitar la Argentina para asistir a la Cumbre Presidencial del G20, va a enfrentar en las calles argentinas concentraciones similares a las que se produjeron en Mar del Plata en noviembre del 2005, con las consignas No al ALCA y fuera Bush de Argentina y América Latina.

En síntesis, Trump es un gran peligro, pero a la vez una oportunidad, por el rechazo que genera, para retomar la integración latinoamericana con una perspectiva antiimperialista y anticapitalista, y al mismo tiempo ampliar la coordinación y cooperación política con las organizaciones de las clases populares que lo enfrentan en Estados Unidos.





[1] Dr. en Historia. Profesor UBA e Investigador Adjunto del CONICET. Correo electrónico: leandromorgenfeld@hotmail.com.
[2] Tokatlian, Juan Gabriel 2017 “La Argentina y Trump” en Archivos del Presente (Buenos Aires) marzo, p. 22.

1 comentario:

  1. un articulo esclarecedor con una compilacion de eventos que ubican al lector en la actualidad de la politica internacional y nos abre los ojos a resistir al dominio de ultras derechas en nuestra america del sur. muy bien recopilado y planteado.

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