jueves, 13 de octubre de 2016

"Trump y Clinton frente a América Latina"

Trump y Clinton frente a América Latina

 

Trump y Clinton frente a América Latina


Por Leandro Morgenfeld
Notas.org.ar

En pocos días se sabrá quién sucederá a Barack Obama: Hillary Clinton o Donald Trump. Además, se definirá si el nuevo Congreso estadounidense seguirá controlado por los republicanos o tendrá mayoría demócrata. ¿Qué rol juega América Latina en esta elección? ¿Cómo impactará en la región la elección de uno u otro? ¿Qué pasará con la inmigración hispana, el bloqueo a Cuba, el Acuerdo Transpacífico (TPP), las “amenazas” del narcotráfico y el terrorismo y la relación con Venezuela?

El creciente peso demográfico de la comunidad hispana en Estados Unidos -55 millones de personas, la mitad de los cuales están habilitados para votar- hace que sean un target electoral cada vez más codiciado. Las bravuconadas de Trump contra los mexicanos y sus propuestas para ampliar el muro que separa la porosa frontera sur de Estados Unidos y expulsar a los más de 11 millones de indocumentados hacen esperar que la gran mayoría de esa “minoría”, históricamente renuente a involucrarse en las compulsas electorales, termine volcando la elección a favor de Clinton, sobre todo en Estados clave como la Florida. Pero América Latina y el Caribe cuentan no solamente por la población de ese origen que reside en Estados Unidos, sino porque es el área de influencia más próxima del imperio: su “patio trasero”.
Obama, en su segundo mandato, está logrando recuperar el dominio regional que su país ejerció en la región desde la posguerra e impulsa una profundización del giro político que sepulte el desafío que supo desplegar el bloque bolivariano y el eje Argentina-Brasil en la última década.
La discusión sobre los tratados de libre comercio en la región y las críticas de ambos al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), que aguarda su ratificación en el Congreso estadounidense, hacen que esta elección tenga especial interés para Nuestra América. También está en juego el proceso de normalización de las relaciones con Cuba y la reversión (o no) de la “guerra a las drogas”. Esta última, excusa, junto a la lucha contra el terrorismo, para la perpetuación del injerencismo militar en la región -una extensa red de bases militares se ampliaron durante las presidencias de Obama-. Al mismo tiempo, está en juego qué vínculo mantendrá Estados Unidos con el gobierno de Nicolás Maduro y con los demás países no alineados -Bolivia, Ecuador, Nicaragua-.
La inmigración
Uno de los tópicos sobre los que giró la campaña, al igual que está ocurriendo en Europa, es el de los inmigrantes ilegales. A pesar de que el capital se nutre de los millones de indocumentados, para superexplotarlos, también los utiliza para canalizar contra ellos el malestar social, producto del desempleo y la creciente pobreza, que se dispararon tras la crisis de 2008.
Así, el discurso xenófobo de Trump encuentra eco en trabajadores industriales blancos que empeoraron sus condiciones de vida en los últimos años. La burguesía estadounidense descarga su responsabilidad por la crisis y a la vez logra fragmentar la solidaridad de clase de los trabajadores, incentivando las tensiones étnicas o raciales.
Clinton, en cambio, si bien desde un discurso progresista, a favor de la diversidad y en defensa de los inmigrantes, promete continuar con la política migratoria de Obama y omite un dato clave de la realidad: durante la actual administración hubo tres millones de indocumentados deportados, promediando 400 mil por año.
Más allá de que el debate mediático gira en torno a los exabruptos de Trump, a la propuesta de ampliar el muro -que ya existe- en la frontera y a un improbable programa de expulsiones masivas, en los hechos ya se viene aplicando una dura política expulsiva. El temor a ser echados del país es aprovechado por los empresarios estadounidenses para contratar trabajadores indocumentados, con nulos derechos laborales y salarios más bajos.
El TPP y los Tratados de Libre Comercio
Otro de los temas controvertidos de la campaña, al que se aludió en el primer debate presidencial, fue el TPP, firmado por 12 países en febrero pasado, pero que para entrar en vigencia debe ser ratificado por los congresos de los países signatarios.
Obama lo impulsó como el brazo económico de su estrategia de reposicionamiento en Asia y América Latina, para contener el avance chino. El problema es que este enfoque geopolítico descuidó el frente interno. En consecuencia, el acuerdo corre el riesgo de no ser refrendado en el Capitolio, con lo cual no entraría en vigencia.
Trump, intentando captar el voto de los trabajadores blancos descontentos, insiste recurrentemente en los efectos nefastos que tuvo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), que entró en vigencia en 1994, durante la Administración Clinton, y promete que enterrará el TPP. Por el lado demócrata, en las primarias Bernie Sanders obligó a Hillary a modificar su posición pública respecto a este mega acuerdo. La candidata demócrata se vio forzada a señalar que, ante los temores de sindicatos, asociaciones de consumidores, PyMEs y ecologistas, ahora no estaba de acuerdo con el TPP tal como se había firmado.
Sin embargo, la semana pasada, Wikileaks filtró parte de los discursos de la candidata -por los que Goldman Sachs le pagó 700 mil dólares- ante banqueros de Wall Street: allí Clinton se ufana de sostener posiciones distintas en público y en privado y tranquiliza a los financistas, aclarándoles que en realidad ella seguirá apoyando un acuerdo de libre comercio en todo el continente. Si esta filtración no la afectó gravemente es porque la atención pública giró en torno al audio en el que Trump, una vez más, dejaba en claro su vergonzosa misoginia.
Más allá de lo que digan los candidatos, Obama despliega un fuerte lobby para ratificar el TPP antes del recambio parlamentario de enero. Si Estados Unidos no lo refrenda antes de febrero de 2017, ese mega acuerdo de libre comercio se cae.
La relación con América Latina
En cuanto al reestablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba y a la relación con los países bolivarianos, no puede esperarse nada demasiado nuevo por parte de ninguno de los dos candidatos. Trump, con un discurso de cuño más aislacionista, pregona que no hay que gastar recursos “promoviendo la democracia” en países que no la quieren.
Su hostil discurso hacia la comunidad hispana seguramente reflotaría un sentimiento anti-yanqui, como el que en su momento generó George W. Bush. Por eso los gobiernos de derecha en la región, a pesar de tener una prédica que a priori sintonizaría más con las propuestas del magnate inmobiliario, señalaron que prefieren a Clinton en la Casa Blanca. Ella garantizaría la continuidad de las políticas de Obama y tendría mejores condiciones para avanzar con el TPP, al que miran con esperanzas no solo los gobiernos neoliberales de México y Perú, que ya lo firmaron, sino los de Brasil y Argentina, que aspiran a incorporarse.
Macri, quien en el pasado hizo negocios con Trump, y hasta lo alojó en más de una oportunidad en su quinta Los Abrojos, declaró públicamente que se inclina por la demócrata. Supone que así podrá seguir desplegando la política de seducción con la Casa Blanca y sumarse a los nuevo tratados de libre comercio impulsados por Estados Unidos tras el fracaso del ALCA.
En síntesis, un hoy improbable triunfo de Trump complicaría la estrategia estadounidense de recuperar el pleno control en Nuestra América, desafiado de múltiples formas en lo que va del siglo XXI. La victoria de Clinton, en cambio, colocaría en la Casa Blanca a una fiel representante del establishment económico y político que hace más de tres décadas gobiernan en Washington. Habrá continuidad, pero más agresiva hacia los gobiernos no alineados.
Hillary es más propensa a ceder ante las presiones del complejo militar, tal como demostró como senadora y secretaria de Estado. En consecuencia, Nuestra América, más que depositar esperanzas por lo que pueda ocurrir en las urnas el 8 de noviembre, tiene el desafío de reconstruir el camino de la integración autónoma, fuera de la órbita estadounidense.

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