sábado, 11 de abril de 2015

"El desafío: no ser una cumbre del pasado"

El desafío: no ser una cumbre del pasado

Por   | Para LA NACION


El multilateralismo, en el mundo y el continente, está en crisis. En ese sentido, no es mucho lo que se deba esperar de la VII Cumbre de las Américas. No será un éxito memorable, como tampoco un fracaso evidente. El mayor desafío de este cónclave, que cuenta con la presencia de Cuba, será evitar convertirse en una cumbre del pasado.
Las cumbres del pasado son aquellas que van perdiendo progresivamente su razón de ser por falta de un foco temático específico; por el (re)surgimiento de intereses divergentes que opacan los valores compartidos, y por la pérdida relativa de relevancia para ciertos participantes clave.
El sistema de cumbres americanas, nacido en 1994, tuvo un solo objetivo: formalizar, el 1° de enero de 2005, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Pero la Cumbre de Mar del Plata en noviembre de ese año sepultó aquella meta. A partir de allí, las cumbres perdieron un leitmotiv que justificara su existencia. La de Panamá estuvo antecedida de hechos interesantes y contradictorios: la gradual normalización de vínculos entre La Habana y Washington; la anacrónica orden ejecutiva de Estados Unidos contra Venezuela; el bajo interés de América del Sur en las reuniones preliminares para sugerir tópicos de convergencia; la designación de un enviado especial de Washington para el proceso de paz de Colombia; la introspección diplomática de México y los países del Cono Sur (especialmente de Brasil) debido a crecientes retos de naturaleza doméstica, y la elaboración de un borrador de mandato para la acción multitemático que no necesariamente prenuncia un consenso práctico. Washington confirma su reafirmación en la cuenca del Caribe y buena parte de América del Sur oscila entre el desdén y la pasividad.
Este cónclave, ambiguo en su finalidad, contrasta con la primera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y China de enero en Pekín. China se comprometió a aumentar en 250.000 millones de dólares su inversión en los próximos diez años. Pekín confirma su propósito de expansión, no desea interferir en los asuntos internos de los países y muestra una generosa chequera.
América latina y el Caribe no parecen evidenciar fisuras ideológicas cuando dialogan con China y ninguno de los participantes les asigna un lugar destacado a valores como los derechos humanos. Para todos, el único foco de atención parece ser el tema de los negocios. ¿Será éste el modelo de las cumbres del futuro que América latina y algunas contrapartes no occidentales pretenden estimular? ¿Es éste el resultado paradójico de lo que Estados Unidos y Europa le pidieron por décadas a la región: ser pragmáticos?

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